miércoles, 15 de septiembre de 2010

Puras y castas, o el niño de Damian.

Tenía yo un compañero de trabajo, que gustaba de contar las aventuras de su matrimonio. Quizá la palabra aventura sea un tanto desmesurada, pero si él así lo consideraba, yo lo doy por bueno. Esta anécdota que contaré, la relató un día en que sentados a la mesa del comedor de la fábrica, nos comíamos unos huevos duros con tomate y filetes empanados. Era el rancho que nos llevaban del bar cuando teníamos que hacer horas extra.

Aquel día estaba triste, pesaroso y se le notaba la preocupación a una legua. No era para menos.

"Sabéis que tengo un hijo de diez años y que tanto mi mujer como yo, somos bastante liberales en el tema de sexo. Siempre hemos andado por casa en "prorrica" y para él era natural. Juntos hemos visto esas revistas de tías en pelota, que mi hermano me trae de Inglaterra donde trabaja. Comentamos, hacemos chistes... pero el otro día, cuando él debía estar en la escuela, entro en casa y nos pilló en la cocina. Mi mujer tenía puesto únicamente el delantal y yo la "aperrillaba" contra la barra de la cocina. Se quedó mudo, con cara de asco, dio media vuelta y se marchó. Por la noche no había venido aún y la preocupación era grande, hasta que mi madre llamó por teléfono para decir que estaba en su casa. Se había ido andando los 25km. que hay desde Llaranes hasta la Calzada".

El chico se quedó a vivir en Gijón con la abuela, que era viuda y tenía 62 tacos. No había riesgo. Al menos eso creía él, la abuela, de muy buen ver, todos los jueves por la mañana o la tarde según coincidiera, se iba a casa de uno que tocaba el saxo y que también trabajaba con nosotros a turnos. Pero a dios gracias, el chico no se enteró nunca de esto. Menos mal, el trauma ya hubiera sido insoportable.

Y es que para nosotros, los españoles, la madre, las hermanas y demás féminas de la familia, son sagradas. Ellas no hacen esas cosas. Al menos a mediados de los sesenta, cuando en la aduana te revisaban las revistas y con rotulador negro tapaban los escotes pronunciados.

2 comentarios:

rubo dijo...

Esto me recordó a un vecino del pueblo, Venancio, cuando rememoraba sus tiempos de "mili" en Marruecos, antes de la Guerra Civil. El paisano rascaba la cabeza bajo la boina y, sonriendo con cara de pícaro, decía algo así:
"Acuérdome yo de esas morinas que nos metían por unos rincones..."
Y es que el paisano había ido de putas (con perdón) como es natural, pero a nosotros eso nos parecía imposible e impropio de un abuelete tan digno.
Pero todos tienen, o tenemos, un lado muy muy personal.
Saludos.

Alfredo dijo...

Es que los mayores solemos tener cara de dignidad, será por las canas.
Salu2.