jueves, 9 de septiembre de 2010

Y tal vez... el descanso.

Voy a urgencias, son las cuatro de la mañana. Reconozco al médico que me va a atender; es el oncólogo del hospital que hoy está de guardia. No ha tenido mucho trabajo, tiene cara de adormilado y la camilla donde ha estado echado está revuelta. Mi barriga es como el lago donde tres niños están pescando, sus anzuelos se me clavan en las tripas y hacen que me encoja.

Tu mal tiene cura, me dice, pero para ello has de venir conmigo. Acepto, los niños continúan pescando. Prepara la jeringa y busca la vena. Me lleva al exterior, hemos de subir por una escalera de gato que no tiene protección. Él sube primero abriendo camino, sus pasos son seguros sobre los recios barrotes, los míos, dubitativos; padezco de vértigo. Ya ha llegado arriba y se pierde por lo que intuyo un pasadizo, yo aún estoy un trecho atrás. La escalera comienza a bambolearse; ha perdido el anclaje de la parte superior. ¡Que negros presagios! No quiero mirar abajo, si lo hago caeré sin duda. Logro enderezar la escalera y me asomo al otro lado del muro, un pasillo de chapa herrumbrosa deja ver por sus agujeros el abismo allá abajo.


Los niños tiran con fuerza de sus cañas y, yo, a cada tirón, me encojo más y más. Abajo, la riva bianca, la riva nera y la Iva Zanicchi, por cada año un kilo y ya han pasado cincuenta. No sé, mis ojos ya están sin luz, me han herido y tal vez fuiste tú. Yo ya he llegado al final, si, estoy cansado, no puedo más.


Huele a picadillo y huevos estrellados, a café cargado, a pan de molde aún caliente untado con manteca y mermelada de melocotón.
Definitivamente el tequila de la noche, fue demasiado.

2 comentarios:

rubo dijo...

¿Un sueño? ¿Una pesadilla?

Alfredo dijo...

rubo.
Pesadillas de esas que tenemos de vez en cuando.
A veces, ni el sueño resulta gratificante.
Salu2.