viernes, 8 de octubre de 2010

El espejo maldito.

Este cuento me lo ha inspirado lemaki a raíz de su comentario a mi entrada "En busca de la fuente de la juventud". Sé que no es bueno y que está redactado de un tirón, pero puede que algo de lo que en él se dice, sea el sentir de mucha gente.


Según mi costumbre, hacia las doce me senté en el porche para tomar algo; un zumo o un vino, igual da, con que acompañar el pincho. Pero esta vez estaba de mala leche sin llegar a acertar el motivo; la brisa suave, el sol luciendo, las hojas meciéndose, el panorama casi idílico... algo había que desentonaba. Hasta que de casa salió mi mujer y me preguntó si no encontraba algo distinto. ¡Ya cayó la rata debajo de la lata!. Eso era, había colocado aquel pedazo de espejo que comprara en el Iquevá. No quise discutir por tan estrafalaria decisión, ya se sabe que en cuestión de moda u ornamentación es tontería contradecir a una mujer.

Sentado desde mi sillón de mimbre, vi una figura extraña reflejándose; un tipo cano de mirada aviesa parecía inquirir... ¿que coño miras?. Ojos de conejo, nariz y orejotas grandes, como esas que yo suelo decir, tienen los viejos. Aunque las arrugas eran profundas en la frente y algo más leves junto a los ojos, con todo y eso, no era lo más grave. Su espalda corva parecía la de alguien que había pasado años de duro trabajo. Pero con todo y eso, no era lo más grave. Miré sus manos negras como si estuviera del hígado, abultados nudillos formados por la artrosis, nervudas y con las venas que parecía iban a estallar, pero con todo y eso, no era lo más grave.

Lo más grave era, que no hace mucho, de aquellos ojos, una moza dijo desde muy cerquita; porque guardas esos bellos ojos tras esas gafas tan oscuras. Lo más grave era, que no hace mucho al hombre lo llamaban "chato mío" mientras unos labios sensuales jugueteaban con el lóbulo. Lo más grave era, que no hace mucho, aquella cara tenía una piel tersa y fina, acariciada a menudo por las mujeres. Lo más grave era, que no hace mucho, aquella espalda era la de un gladiador romano cuyos músculos resaltaban por el ejercicio y causaban la envidia de otros hombres. Lo más grave era, que no hace mucho, aquellas manos estaban bien formadas, con uñas brillantes cual si fueran de mujer, y servían para abrazar y tocar. Lo más grave era, que aquel individuo desconocido que me miraba, era yo.

Cogí las tijeras de podar y las estrellé contra aquel espejo maldito. Al menos, aunque los añicos quisieran devolver la imagen, solamente lo podían hacer parcialmente.

4 comentarios:

rubo dijo...

Estoy convencido de que el aspecto que describes en el reflejo del espejo es una exageración; no obstante, el relato me ha gustado mucho, sobre todo las dos frases del final.
Buen fin de semana/puente del Pilar.

lemaki dijo...

Un honor que te inspire estas hermosas palabras... solo escribirte un pequeño secreto: mientras escribía el comentario no te incluí en ese inmenso grupo de hombres, de acuerdo y también mujeres, preocupados por la estética, por aparentar juventud y belleza, por preocuparse más de lo debido por su imagen y aspecto general. De ahí que utilizase "la obsesión de algunos hombres, puesto que escribir la mayoría, es faltar a la verdad, no?"

Y este comentario te lo escribe alguien que corre y monta en bici seis días a la semana... y lleva media vida controlando lo que come. Por tanto, te entiendo.

Me gustó mucho tu relato e historia, escribes muy bien.

saludos.

Alfredo dijo...

rubo.
Pensé poner la foto de un gran espejo para ilustrar el cuento, pero caí en la cuenta de que el relato era en cierto modo lo contrario del Retrato de Dorian Gray.
Salu2.

Alfredo dijo...

lemaki.
Me alegro que te guste, lo cierto es que temí te pareciera mal asociar tu nombre al cuentin.
Ese otro relato, el de las aguas milagrosas, no trata solamente de estetica, es algo demasiasdo intimo y que si afecta a una gran mayoría de hombres, mira estadisticas.
De todos modos gracias por los comentarios y por la deferencia. Es un placer tenerte aquí.
Salu2,