sábado, 9 de octubre de 2010

Padmasana.

Comencé mis clases de yoga cuando apenas tenía diez años. Mis padres, practicantes del hatha yoga entendieron mi interés al verlos hacer sus practicas. También entendieron que lo más positivo para mi desarrollo era el kundalini yoga; las asanas requieren de lentitud y concentración para el movimiento, el pranayama controla y mantiene una respiración profunda y los kriyas requieren poca exigencia física, mantienen la mente relajada y generan energía vital.

Durante veinte años practiqué y practiqué sin apartarme de la disciplina que mis progenitores me impusieron desde los primeros días, aunque muchas veces practicaba padmasana. Tal era mi dominio de la relajación, que podía pasar horas en la posición sin mover un músculo. Llegué a tomar conciencia de que perdía la consciencia, y tuve que marcarme un tiempo colocando un despertador.

Tendía una alfombra frente al balcón del salón, la mejor pieza de la casa, que daba al parque. El verdor de los árboles caducifolios en primavera-verano y el amarillo del otoño eran la imagen con la que mis ojos se cerraban. Entonces, aspiraba su fragancia desde la distancia, el olor del agua del lago, y oía el pipiar de los pajarillos que poco a poco se iba debilitando.

Aunque parezca una cursilada, en un pebetero colocaba unos palitos de sándalo para perfumar el ambiente, sobre todo en invierno que el frío obligaba a mantener el balcón cerrado, a la par que una cinta recitaba mantras.

Como daba clases de relajación a los alumnos del instituto, quise llevar un video grabado a modo de ilustración. Se por experiencia que los chicos aprenden más si primero lo ven en la tele y luego en la vida real. Dispuse la cámara de tal modo que por esta vez yo diera la espalda al balcón, así se vería el panorama y, para que la luz que entraba no fuera impedimento, coloqué dos focos para contrarrestar.

Visioné un trozo de la cinta, borré las pruebas de encuadre, la metí en la bandolera y cogiendo la bicicleta me fui a dar la clase. Los días previos había tratado de interesarles hablando mucho de la etimología de la palabra y relatando anécdotas que les sucedieron a algunos yoghis. Reuní en el gimnasio a dos de las clases formadas por mozalbetes de ambos sexos entre trece y quince años y tras breve comentario encendí el video. Sentados en el suelo, se apagaron los murmullos y yo, de espaldas al televisor, iba dando las explicaciones pertinentes para el calentamiento básico del ejercicio. A punto de finalizar la sesión, uno de los chicos, levantando la mano preguntó ¿Y como hace ese truco? Como no sabía de que me hablaba, giré para ver las imágenes y quedé estupefacto. ¡Estaba levitando! ¡Yo estaba levitando! ¡Sentado en la posición de loto y a tres palmos del suelo!. Increíble. No supe dar explicación.

Había leído algo sobre como un yogui hindú, llamado Subbayah Pullavar, se mantenía elevado a una altura de unos cincuenta centímetros del suelo mientras dormía "recostado en el aire". Pero me resultaba difícil de creer, así que me dispuse a realizar un nuevo video. Esta vez coloqué dos cámaras, una a ras de suelo, encendí sándalo y comencé la sesión. Lo que sucedió después no lo puedo saber yo más que por lo que me contaron. Al parecer un chispa del pebetero saltó a la alfombra, se prendió fuego que se propagó por el parquet y mi ropa en un momento. Cuando salí de la meditación ya estaba envuelto en llamas, corrí al baño y me metí en la ducha. Aunque los bomberos lo apagaron, todo se perdió. Camino del hospital con quemaduras de importancia, pensaba que jamás podría demostrar que por una vez fui igual a Subbayah Pullavar.

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