jueves, 25 de noviembre de 2010

El canalla.

Gaudeamus igitur,
iuvenes dum sumus.

Si, he sido un canalla. Tal vez pudiera disculparme alegando que era joven e inexperto. Tal vez que era un inconsciente, que me quería comer la vida a bocados, que ansiaba disfrutar placeres sin cuento. Nada me exime, hoy bien lo se.

Por mi vida pasaron las mujeres pero, yo no pasé por ellas. Y eso hace que al repasar aquellas vivencias, solo, me sienta apesadumbrado de lo que hice, y de lo que fui.

Conocía Amelia y para ella fui su primer amor, ese amor juvenil del que algunos dicen que casi nunca cuaja. No cuajó por que yo tenía una meta; coleccionar conquistas. Dejé a Amelia por Blanca, a Blanca por Carmen, a Carmen por Daniela, a Daniela por Ester, a Ester por Felicia...

Si, lo recuerdo bien, es fácil, en aquella loca carrera buscaba completar el alfabeto. Y casi lo consigo.

¿Como te llamas? ¡Ah!. Yo soy Juan.

El nombre de aquella que no encajaba en mi esquema, la apartaba hasta mejor ocasión. ¡Presuntuoso!

¿Y tenía yo toda la culpa? Si, la tenía en un porcentaje elevado, pero ellas, algunas, también tenían algo que reprocharse. Se estableció una especie de competición soterrada para conseguirme, quizá para castigarme. Pero yo no tenía corazón y nada hacía mella en mi.

A Patricia la dejé por Rosa, a Rosa por Tania, a Tania por Ulma...

Pero aquella admiración, devoción, fijación o competición, un buen día se acabó. Las chicas cayeron en la cuenta de lo que hacía y, comenzaron a llamarme "el coleccionista don Juan". Huían de mi como de la peste. Y me preguntaba ¿Que es lo que ha sucedido? ¿No sigo siendo atractivo, no tengo don de gentes?. Cierto es que ya no era aquel mozo, pero si hacemos caso al refrán... el que tuvo...

Un día, por la calle, reconocí en la distancia a Gema. Empujaba un cochecito con un bebe. Cuando ya nos cruzábamos pude ver su dura mirada. Hice ademán de saludarla, pero me torció la cabeza con un mohín de disgusto.

Dos mujeres parecían venir de compras, animada charla, grandes bolsas... ambas eran hermosas... ¡pero si es Laura!. Pero Laura, modelo afamada, me miró fríamente desde la altura de sus tacones y yo, a pesar de mi estatura, me creí un gusano.

A María la vi sentada a la mesa de un café. Un niño enredaba con un juguete y, a su lado, el marido al que beso cuando yo la miraba. No fue para darme celos, era un beso de amor, ella bien sabía quien era yo.

Con todas las que anduve, quedé mal. No era para menos, con vanas disculpas me alejé, sin detenerme a pensar siquiera, si las hería. ¡Bastardo!

Un sabor agridulce se destilaba dentro de mi. Estaba contento por ver como aquellas novias que tuve, me habían borrado de su vida y eran felices; triste por no haber sabido yo hallar el camino.

Aquel día casi pierdo el tren. Me acerqué a la ventanilla para ver como mi ciudad quedaba atrás ya que tardaría años en volver. El convoy arrancó lentamente, y yo, solo, quise quedarme con la mirada de la gente que habían ido a despedir a sus parientes o amigos. Una figura me llamó la atención, era sin duda Heliana. Ella también me vio, se soltó del brazo de la que parecía ser su madre, y alzando su mano derecha, me decía adiós mientras corría pareja al andén.

Pedí al mozo que me llevara unos botellines de whisky al compartimento y tras trasegar ocho o diez a gollete, me quedé dormido sobre la cama. Las ruedas cantaban He-lia-na, He-lia-na, He-lia-na, mientras aquella blanca mano, sin alianza, me decía adiós.

4 comentarios:

yo soy, NaturalDeSevilla dijo...

Bonito relato, que refleja lo que es la vida, las ocasiones que dejamos pasar, como ese tren que despide al protagonista herido por el recuerdo y trastocado por una mano. Siempre hay una mano que se vuelve para decir adiós. Saludos

Alfredo dijo...

Natural de Sevilla.
Gracias por el comentario, me alegro que te gustara... las tardes de lluvia y frío ponen a la gente un tanto melancólica.
Salu2.

rubo dijo...

Yo sería incapaz de vivir como este tipo, dejando corazones rotos en la cuneta. Creo que el final lo tiene más que merecido, ojalá acabaran todos así. Como él mismo dice, es un bastardo.
Saludos.

Alfredo dijo...

rubo.
Al final, cuando se ve solo, el don Juan de pacotilla comprende lo que ha sido su vida y se arrepiente. Siempre hay que dejar una puerta abierta a la esperanza. Quizá esa esperanza está en esa mano de la joven que parece seguir amándolo. Posiblemente vuelva, la busque y encuentren ambos la felicidad.
Salu2.