miércoles, 8 de diciembre de 2010

El canto del gigante.

En el año 1672 el padre Johan Michael Vansleb de Erfurt, fue considerado como el primer occidental, que investigó las ruinas de dos colosales estatuas mencionadas por Herodoto (485/425 a.C.) y correspondientes al rey Amenofis III. Los griegos las llamaban "columnas de Memnón".

Cuando la madre Eos, diosa de la aurora, hija de Hiperión, el fuego astral, y Tea, diosa de la vista, surgía en el horizonte, su hijo Memnón gemía y se quejaba con un tono que no era de este mundo, pero que emocionaba a cuantos lo oían. Noticias hay de ello por Estrabón y Pausianas.

El emperador Adriano visitó Egipto con su esposa para oír los lamentos de Memnón y al parecer, les emocionó como ninguna otra cosa en su vida. Años más tarde, Septimio Severo mandó restaurar la parte superior de las estatuas con bloques de asperón, y el ruido desapareció.

Nadie sabía el motivo por el cual las estatuas producían aquel canto, pero todos achacan a Septimio y su obra de reconstrucción el que dejaran de hacerlo. Se supuso que la labor del viento sobre la piedra durante siglos era la causante, hoy es otra la explicación; las frías noches del desierto hacen que el rocío se adhiera a las piedras, con el día cambia la temperatura provocando la evaporación de ese agua, que al salir por las grietas producía el sonido.

Una de las estatuas, de unos doce metros de altura conserva aún el dedo corazón de una de las manos con una longitud de 1.38 metros.

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