viernes, 10 de diciembre de 2010

El maullido del gato.

Se suele decir que la cabra tira al monte. Y es que los humanos, tendemos a no variar de costumbres. Aunque solamente de vez en cuando, ya nada me ataba al pueblo, volvía por allí. Desviaba kilómetros mi camino, para visitar a los pocos vecinos que aún quedaban con vida de aquel que otrora fuera lugar de mi niñez. Las casas, antaño repletas de gente, estaban ahora cerradas unas, deshabitadas otras y apunto de derrumbarse las más. Solamente cuatro viejos, incapaces de abandonar el lugar donde nacieron, de finiquitar un modo de vida, que a aquellas alturas, en ningún lugar podían encontrar.

Hacía tiempo que me había dicho a mi mismo, que no volvería, pero por algún motivo había fuerzas superiores que me impelían a ello. Me apenaba en sobre manera comprobar la ansiedad con que te recibían, el afán con el que escuchaban las novedades que les pudiéramos traer, y que sin duda serían el centro de las conversaciones durante un tiempo, la petición, casi un ruego, para que te quedaras un poco más. Te invitaban a café, te cargaban una bolsa con patatas o manzanas, con unos huevos "de casa" si los había, todo para que alargaras aquellas breves estancias. Ellos, los que quedaban, tenían hijos y nietos que los visitaban, sobre todo en el verano, pero así y todo, su soledad parecía inmensa. El panadero conocía estas soledades y todos los días perdía algo de su tiempo con los vecinos, les subía la prensa o las medicinas... también el pescadero, pero este tenía más prisa, no hacía recados.

A Sara, como a Manuel, Modesta, Josefa, Aquilino, Esperanza o Pilar, los conocía, me conocían desde que nací. Y tal vez yo les debía algo, no recordaba que, pero algo les debía.

- Estoy mal - me decía Sara - desde que murió mi Paco tengo dolores de espalda, se me hinchan mucho las piernas y ando fastidiada con la tensión. Pero lo que me da un miedo atroz, es que se me olvidan las cosas, de noche me despierto y no se donde estoy; ahora dejo las contraventanas abiertas, pues en la oscuridad, había veces en que no sabía si estaba viva o muerta.

- No exageres Sara - le decía yo tratando de quitar importancia- pero si quieres, mañana vengo y te llevo al médico. Es natural que estés un poco deprimida.

- Ahora llevo unas noches en que despierto oyendo a un niño llorar. Es un lloro continuo, tristísimo, y siento que su madre no lo puede consolar. ¡Fíjate, un niño aquí!

Dicen que los sueños tiene un significado, pero yo jamás lo creí. A pesar de que José interpretó los del Faraón y de que está escrito en el Génesis, para mi eso era leyenda. Por eso le dije a Sara...

- Es tiempo de gatos, Sara, y ya sabes que cuando están en celo, alguno tiene un maullido como de niño, no te preocupes, será solo un gato.

No creo que ella quedara muy aliviada con mis palabras, pero yo si me fui preocupado. ¡Un gato! ¡Valiente mamarrachada!

La llamé por teléfono al día siguiente por la mañana, no contestó; tal vez estuviera en la huerta. La volví a llamar de noche... y no contestó. Negros augurios nublaban mi mente. Al otro día llame a su hijo Fermín y me dijo que la habían encontrado muerta, al pie de la ventana de su habitación. Quizá aquella noche quiso comprobar si en realidad era el gato el que lloraba.

2 comentarios:

oliva dijo...

Hola Alfredo.

Vaya historia, solo espero que por supuesto, sea inventada. Genial esta historia. Es la triste realidad de muchos pueblos de la España rural, pronvinciana. Ya sabes que soy de Badajoz, y al igual que Cáceres, hay muchos pueblos con escasos o apenas habitantes. Donde solo las personas que llevan toda su vida en esa localidad se resisten a abandonar su historia, sus pertenencias, sus tierras, sierras, ríos...

Es una historia muy triste, pero al menos ella murió en su casa, mirando a su alrededor, su vida y su pueblo.

un abrazo.

Alfredo dijo...

oliva.
Gracias por los elogios Oliva. Mis cuentos son solamente eso; cuentos. Lo que no implica que estén escritos sobre una base de realidad. Este cuento es sencillo y triste, es la verdad. Sencillo porque no lo he escrito yo, lo escriben esas personas condenadas a la soledad que las circunstancias imponen, y eso es triste.
A mis hijas, que también escriben, y mucho mejor, les suelo decir que es relativamente fácil escribir cosas tristes, incluso asesinar, no hay más que copiar de los telediarios. Lo difícil es hacer reír, contar historias alegres. Espero que un día me llegue la iluminación
Salu2.