miércoles, 31 de marzo de 2010

Animales y animales


DE LA RELACION ENTRE ANIMALES

Cerca de mi casa, hay un pequeño chalet con una parcela rectangular de unos dos mil metros cuadrados. Toda la finca está cerrada de boj y a la vera de este, el dueño tiene plantada una hilera de fresas. Una planta tras otra se alinea de forma que desde la vereda, el hombre, ya mayor, y que la recorre varias veces al día, va recogiendo los frutos en sazón. A veces lleva uno a la boca probando su dulzor y los otros los deposita en una pequeña cesta de mimbre para llevarlos a la casa. Este ritual, entre primaveral y veraniego, es seguido por un perro, un gato y un pato. Cuando el hombre sale de casa con la cesta, el perro, un pastor alemán tan viejo como su dueño, ya sabe lo que éste va a hacer; se coloca tras‚ él y lo sigue haciendo el recorrido y las consiguientes paradas. Nada extraño o novedoso hasta aquí, si no fuera por que el gato sigue al perro y el pato al gato. Todos forman en fila india y parece como si la impronta, más propia del ultimo animal, se hubiera contagiado a los otros dos. Es chocante cuando menos, o a mí así me lo parece, ver la formalidad con que respetan el paseo; El perro no molesta al gato y ambos respetan al pato. Nadie abandona la fila ni se adelantan el uno a los otros, a lo más, el ánade estira el cuello y picotea algún caracolillo que ha salido al camino.



Nosotros no hemos tenido el privilegio de criar a nuestro perro. No hemos sentido el placer que sin duda produce verlo crecer, aprender y enredar porque nos lo regalaron con siete años. Sin embargo, creo que el cambio de manada no le ha creado ningún trauma, antes bien; me parece que nos ha adoptado de muy buen agrado. Enseguida ha hecho su valoración del resto de su nueva familia y dado su orden de prioridades en su cariño, su amistad o su fidelidad. Quizá me crea un poco fatuo al pensar que a mí me respeta y me obedece mejor, que a mi mujer la quiere porque le da de comer y le hace más arrumacos que los demás. A Yolanda la gruñe de vez en cuando por que es un poco pesada y no le deja en su intimidad, a Susana por que le pasea a menudo, a Alejandro no se sabe el porque, y a mi suegra ni fu ni fa.



Creo que él necesita cariño y firmeza, y que es demasiado listo como para comprender quién es el que trata de engañarlo; es decir conoce la sinceridad de los sentimientos de cada persona hacia sí. Aquel que finge un cariño que no siente, aquel que solamente trata de pasarle la mano por el lomo para que no le gruña o que simplemente trata de estar a bien con él para que no le moleste, lo desprecia olímpicamente

Le gusta sentirse admirado, y si lees o escribes durante un rato sin hacerle caso, ha de arreglárselas para subir sobre la mesa y sentar sus reales en medio del periódico o la libreta. Puede que se tumbe sobre ellos cuan largo es, o que se quede sobre sus cuartos traseros mirándote fijamente a los ojos, tan cerca, que con solo alargar la lengua te la pase por la cara. Solo se bajará de allí si lo engañas diciendo que vas a la calle, o si lo quitas a la fuerza.



Dicen que hay perros que miran la televisión y que incluso tienen sus programas favoritos. A este ni si quiera le llama la atención, y a lo más que llega, es a ladrar cuando siente algo que no le agrada; Las sirenas de ambulancia o policía, el silbido del viento y por supuesto los ladridos de otros congéneres.




Generalmente se tumba a los pies de cualquiera, aunque prefiere los de Alejandro, Mari y los míos. Cambia a menudo de posición y lugar, lo que es un peligro tanto para él como para los demás, pues como es tan silencioso y tan pequeño, nunca sabes donde está o no lo recuerdas. Bajas el pie, lo pisas o simplemente lo rozas y se lanza como un poseso a morder zapatilla, zapato y con ellos lo que va dentro. Antes de hacer cualquier movimiento hay que tener siempre la precaución de ver donde está, y así nos pasamos la noche preguntándonos unos a otros:¿Dónde está el perro?. No quiero suponer, aunque la duda me asalta, que los anteriores dueños le dieran alguna que otra patada y por eso reacciona de esa forma. De algún modo se ha de defender de lo que cree una agresión y pasada la momentánea rabieta, trata de hacerse perdonar como mejor sabe: a lametones.




A un vecino mío le regalaron un mestizo de mastín y san Bernardo. Desde nuestra terraza lo vimos crecer en el jardín de la casa y con nosotros toda la chiquillería que pasaba camino de la escuela cercana. El perro, cuidado por un amigo, ya que este vecino solo pasa en la casa los veranos y fines de semana, se crió con el afecto y cariño de todos y nadie dejaba de decirle cosas desde el otro lado de la tapia. Pero cuando cumplió la mayoría de edad, lo regalaron. El dueño de la casa decía que le entraba en la huerta y se la desbarataba, además, aunque por su envergadura podía amedrentar al más pintado, su carácter bonachón se dejaba ver enseguida y no ofrecía garantía de defensa para los intereses del amo. Es cierto que las peras y las manzanas desaparecían de los árboles, y que Viriato nada hacía por guardarlas de los que saltaban a por ellas; él gozaba corriendo tras los chicos y dejaba coger el fruto en pago a los alegres momentos que pasaba. Su falta la echa en cuenta nuestro Yors, que acostumbrado como estaba a hablarle desde la terraza, no hay momento que pase ante su puerta en que no gruña buscándole, o trate de saltar a lo alto del muro para tratar de verle. Viriato hace ya casi dos años que no vive junto a nuestra casa. La relación tampoco ha sido estable en ésta ocasión. Tal vez si el perro hubiese sido un poco más fiero como quería, tampoco le hubiese servido a mi vecino. Posiblemente no está preparado para tener compañeros animales, ni siquiera en los fines de semana.





Esto lo escribí hace ya quince años. Desde entonces hemos tenido cuatro perros más. Antes de la muerte de nuestro primer yors, me traje un perro de la fábrica donde trabajaba. Posiblemente, y para deshacerse de ella como he visto en muchas ocasiones, alguien introdujo en un vagón del ferrocarril una perra preñada que llego a fábrica. La perra parió dos cachorros y al poco murió, junto con uno de ellos atropellada en la carretera. Yo me traje al otro para la finca. Un año más tarde, a nuestro yors lo mato el perro de un vecino, y la compañía de seguros nos reembolsó el dinero para que pudiéramos adquirir otro perro de igual raza. Esa fue la forma de entrada en nuestra vida del segundo cachorro. Al mismo tiempo, a mi hija Yolanda le regalaron otro cachorrillo que se veía abocado al abandono.
La aldea es el sitio idóneo para que muchos desalmados sin conciencia, abandonen los perros que fueron regalo de unos meses y que luego causan engorros. Pero todos tenemos un límite y a veces que hay que decir basta. Algunos convecinos se hacen cargo en ocasiones de estos abandonos- yo lo hice con nuestra última perra- ante el temor y certeza de que si no es así, pronto los veremos muertos en la cuneta de la carretera. ¡Pero a los animales se les coge cariño!. ¡Pero los animales también sufren y mueren! ¡Pero nosotros sufrimos con ellos! ¡Pero lloramos por ellos como si de un familiar muy allegado se tratase!.
Hoy solamente nos quedan dos. Están viejitos y enfermos, y, aunque digan que la mancha de la mora con otra se quita, el día en que falten, en mi casa no entrará otro perro.
Las fotos son las de nuestros perros. Tenemos además a Musona, Musina, Tgrina, Bisbi, Pecherina, la Negra, la Guapa, la Bola, Roxin, Mus, y el Feo.

lunes, 29 de marzo de 2010

Pueblos. El porqué.




Ayer, cuando mi hija y yo comentábamos sobre los blogs en internet, surgió la pregunta ¿porqué el nombre de pueblos?. A la sazón ella aún no había entrado en el que yo preparo y por tanto no sabía de que iba el asunto. Tras comentarlo, me di cuenta que este tema necesitaba una explicación y hoy vengo con ella.
A mí me llaman poderosamente la atención otras culturas, otros países, otras razas. Me causa admiración como pateros, moros, sudacas, espaldas mojadas, blancos, negros, amarillos, cobrizos, del norte, del sur, del este u el oeste son capaces de adaptarse a los lugares a los que emigran.
No quisiera que al decir moro, sudaca etc., se entendiese como peyorativo. Nada más lejos de mi intención, lo hago al igual que entiendo lo hacen los argentinos, que a todos los españoles nos llaman gallegos, aunque uno sea de Albacete. Ni ellos tratan de ofender, ni nosotros nos damos por ofendidos. Una vez aclarado esto último, os diré el porqué de mi admiración.
Cuando yo era niño y hacía el bachiller, en tercero y cuarto, estudiaba francés. Dos años. Apenas si me quedaron en la mollera un par de palabras, y eso que empecé a cartearme con una chica. Por entonces esto estaba de moda; una asociación nos ponía en contacto, tratando de fomentar ambos idiomas. A decir verdad la cosa no funcionó porque yo, que escribía en francés, debía de recibir respuesta en español. Sin embargo la chica lo hacía en su idioma. A la segunda misiva recibida opte por no volver a escribir, no entendía la mitad de las cosas que me decía. Más tarde, comencé una carrera técnica y me tocaron otros dos años, esta vez de ingles. Tampoco en esta ocasión fui capaz de aprender cuatro palabras seguidas y los exámenes los saqué de chiripa.
Esta no facultad mía para aprender otro idioma, hace que vea a los emigrantes con esa admiración de la que llevo hablando un rato. Chinos, senegaleses, rumanos, marroquíes, búlgaros, pakistaníes… Tal vez si yo hubiera vivido en Alemania, Grecia o cualquier otro país aprendería… lo dudo. Es cierto que muchos de esos emigrantes tienen estudios, pero la mayoría de ellos no los tienen y aprenden rápido.



Mi abuelo paterno tenía un bar. Recuerdo que cuando era muy pequeño, tres o cuatro años, a ese bar acudían a tomar el té los moros que Franco trajo para la guerra. Mi abuelo encendía la chimenea y ellos permanecían sentados a las mesas comiendo cacahuetes y hablando de sus cosas. Yo tenía un amigo; Blancanieves. - así lo llamaban en casa, tal vez por que era más negro que un zapato- que me sentaba en su cuello y me desgranaba el maní para que fuera comiendo. A pesar del miedo que la gente decía que daban, a pesar de la culera del pantalón donde parece ser que guardaban a los niños, yo nunca tuve miedo.
Quizá ese roce, aunque no pudo ser muy largo en el tiempo, con aquellos cabileños, pastores, nómadas o agricultores, me creó una especie de vinculo afectivo con todos los emigrantes, con sus pueblos, con sus culturas…

domingo, 28 de marzo de 2010

Imposible volver atrás.





¿Fatalidad?... Vencido en la pelea,
fuera en el mundo su derrota gloria,
y su heroica caída una victoria
de su amarga y anónima odisea.
De aquel noble soldado la idea,
que con sus triunfos ilustró su historia,
apenas si conserva la memoria
un cadáver que flota en la marea.
Sintió las alas y ensayó su vuelo;
estaba su alma de grandeza ungida;
le abrió el amor esplendoroso el cielo;
y audaz, altivo, luchador y fuerte...
¡halló, al salir del sueño de la vida,
la realidad del sueño de la muerte!

Diego Fernández Espiro


IMPOSIBLE VOLVER ATRÁS

Como venía haciendo últimamente, salí de casa bien entrada la noche. Era el mío un vagabundear errático por calles desiertas. Mas, lo de errático, solamente era algo que me repetía una y mil veces tratando de convencerme. Al final, sabía con toda seguridad a donde se encaminarían mis pasos. Dentro de mi mente, se desencadenaba una lucha feroz; por un lado el firme propósito de no dirigirme allí, un deseo angustioso por no llegar a plantearme siquiera el dilema de ir, o no ir. Un afán de querer fijarme en cosas dispares y ajenas, que no hacían sino traer a primer término, lo que quería olvidar. Aquella fuerza irresistible, aquel no sé qué, que me impulsaba, que me arrastraba sin remisión, era el antagonista poderoso que vencería al propósito firme. Por más vueltas y vueltas que diese por el pueblo, al final enfilaba el estrecho sendero que me conduciría al acantilado.

Viviendo junto a la mar, a poco que quieras, sus cosas siempre te han de interesar. A mí me gustaba su olor, su color y su sabor. Me atraía el paisaje en torno a ella, sus calas de dorada arena, las agrestes rompientes, el rum rum de los regodones batidos por las olas en el pedrero. Pero ese no era motivo suficiente para que de un tiempo acá, me sintiese tan atraído por aquel lugar.
¿Cuándo comenzó aquello? Ni lo sé. Todo empezó con aquel maldito insomnio. Dejé de dormir sin motivo aparente. Quizás el exceso de trabajo o los problemas familiares. Tal vez el mismo correr de los años por una vida fútil. Quizá porque como Dante en su Infierno... "... el mayor dolor de los dolores en vano recordar tiempos mejores, desde el fondo del mísero destino..." De todos modos, nada parecía tan grave como para que aquello ocurriese. Me acostaba tarde y con miedo a no pegar un ojo, aunque eso sucedía invariablemente. Comenzaba a pensar en cosas banales y rogando que el dios de los sueños viniese a mí. El oído sin embargo estaba presto a cualquier clase de ruido. El tictac del reloj me sacaba de quicio. Comenzaba a rascarme aquí y allá, me enfurecían los ronquidos del vecino que a través de los tabiques de pandereta de la casa, sonaban rítmicamente. Un pitillo. El remedio era mucho peor aunque ya lo sabía. Apenas mediado me tenía que levantar. La boca pastosa y con el sabor a tabaco reclamaba agua fresca. Volvía a acostarme; nada. Después de dar vueltas y más vueltas en la cama, tomaba la determinación de salir a pasear.
Las calles a esas horas, se me antojaban ridículas. Algunos de sus letreros de neón trataban en su intermitencia de atraer la atención, ¿de quién a esas horas? Todo estaba desierto. El camión de la basura tal vez. Algún juerguista si era sábado. Sólo yo. Ni siquiera mis pasos resonaban para hacerme compañía. A veces, los gatos que rebuscaban entre los desperdicios, salían como alma que lleva el diablo cuando de repente se apercibían de mi presencia.
Esta noche he salido también. A pesar del viento casi gélido, a pesar de que amenaza lluvia, he salido. El piso está húmedo por la brisa marina. El olor a salitre es tan fuerte, que las playeras parece que se deslizan como si lo pisara. He tomado una determinación firme; hoy no deambularé por las calles, me dirigiré al monte, allí donde los eucaliptos levantan su barrera de troncos y ramas para preservar las casas del viento del norte. La cuesta es empinada pero no aflojo el paso, jadeo por el esfuerzo y mi aliento es como pequeñas nubecillas que fueran expulsadas por máquina de vapor en el andén de una estación. Del jardín de uno de los chalecitos situados en la ladera, sale un ladrido, ha oído, o ha intuido mi presencia. Alerta a otros que a coro le responden, sólo es un instante, poco a poco sus ecos se diluyen en la amplia noche. Mi presencia se pierde ya, y ellos se han tranquilizado. Han cumplido su misión. Se echarán de nuevo en su perrera, se harán un ovillo y con el hocico junto al rabo, dormirán hasta que otro ruido, otro olor de persona desconocida, llegue hasta su mente.
Mis pies abandonan ahora la estrecha carreterilla que llega hasta la misma puerta de la última casa. Entro en un camino. La senda, pisada y repisada por los pescadores de caña, o por los que gustan de admirar el agreste paisaje, parece una herida. La luna llena, hace que la hierba de los lados parezca cana. Los árboles hace ya un trecho que han desaparecido, sólo alguna zarza, alguna roca que proyecta su sombra fantasmagórica. Las luces del pueblo van quedando atrás y el silencio va dando paso al rumor del mar.
He llegado. Desde aquí, desde lo alto, puedo divisar gran parte de la costa. A mi derecha, allá abajo, las puntiagudas pizarras van menguando su tamaño hasta desaparecer enterradas por la arena de la playa. Luego, el terreno comienza a elevarse una y otra vez como si de una montaña rusa se tratase. La cala en forma de herradura es similar a la de mi izquierda. Vista desde arriba, a vuelo de gaviota, parece la costa, no sé, una hogaza de pan a la que se hubieran dado mordiscos uno a continuación de otro.
Me arrebujo en mi plumífero y me siento en una roca apoyando la espalda en un talud que forma el terreno, de cara a ese mar hoy precioso por efecto de la luna. El viento ha cesado, se llevó consigo todas las nubes y ha dejado un cielo como hacía mucho tiempo no había visto. Quizá no sea del todo cierto, o quizá sea el tan manido tópico, pero es un azul celeste tachonado de brillantes y titilantes estrellas. Las olas casi han desaparecido también, sólo un suave ondular y un leve murmullo al acercarse a besar la orilla. Oigo un ruido acompasado y muy leve en principio. Sé que irá en aumento para desaparecer luego igual que se inició. Miro a derecha e izquierda. Nada aún. En el horizonte, perfectamente recortado, tampoco. Es un barco que pronto aparecerá por uno de los cabos. Así es; una proa asoma poco a poco, por babor que diría el marino. Es sin duda un granelero. Largo, largo y castillo a popa, las luces de situación perfectamente definidas. El negro penacho emanando de su gran chimenea deja una estela que en ese cielo azul oscurece alguna estrella y quiere ir a unirse con la luna. En los camarotes, oscuridad. Dormirán sin duda casi todos. Quizá lleve el piloto automático y con un par de marineros sea suficiente para manejar esa mole. No. Es imposible que tan cerca de la costa lleven el automático.
¿Qué es aquello? Me ha parecido ver una bengala. Es raro. La mar tranquila, el barco navega sin problemas... Otra más. Ahora sé lo que es; son estrellas fugaces que por un momento me han confundido. Cuanto tiempo hacía que no veía ninguna... Desde que estuve en aquel pueblo de Castilla, donde la polución no existe y las noches de verano son como las que se suelen poner a los belenes.
Divago. Estoy divagando y no es éste el problema sobre el que he venido a reflexionar aquí. Aunque en estos breves momentos me he apartado casi de todo, he metido la pata. He vuelto a traer a colación lo que creí había conseguido olvidar. ¡Cuánto mejor estaba divagando!
Ya ha desaparecido el buque y mi mente no puede ser atraída ahora por nada que no sea mi problema. Todo parece estar en armonía. ¿Por qué no yo? ¿Por qué estoy aquí? ¡No lo sé!
¡No seas imbécil! ¡Lo sabes de sobra y tratas de engañarte a ti mismo!
¡No es cierto! Estoy aquí porque esta paz calma mis nervios rotos. Me tranquiliza y reconforta más que las pastillas y más que cualquier tratamiento. ¿No te das cuenta? El agua es un bálsamo. Escucha su murmullo. Dice ven... ven... mi seno es tibio y dulce... ven... ven... soy todo paz... la paz que anhelas con tanto ahínco... ven... ven... te acogeré entre mis brazos de plata y turquesa, te meceré suavemente, con mimo... ven... ven...
¡No escuches ese canto de sirena! ¿No ves que sólo es esa parte enferma de tu mente, la que te reclama al sacrificio?
¿Por qué mente enferma? Es cierto que me embarga su perfume de yodo, sal y algas. Me subyuga su vaivén, su movimiento cadencioso y su leve son... ven... ven...
¡Es una locura!. !Lucha contra ese deseo que sólo quiere tu mal! ¡Piensa en otra cosa! ¡Aléjate de aquí! ¡Oh cielos! ¿Qué he de decir para convencerte?. ¿Acaso no te das cuenta de la tentación del maligno?. ¡Acuérdate de Jesús!
¡No me vengas con historias sagradas!. ¡Nunca me he encontrado mejor !. ¿No ves esa sensación que me embarga?. ¡Es como si flotase!. ¡Es el seno materno lleno de tibieza y amor que me reclama!
¡Eso es una falacia de la cual sólo tú te arrepentirás!. ¡Vuelve atrás insensato, vuelve!
Ya me he levantado y camino hacia la orilla del precipicio. Treinta metros abajo, la espuma nacarada es una leve cinta. Saco las manos de los bolsillos del anorak, levanto los brazos en cruz. En mi cabeza comienzan a resonar con fuerza unas notas de Nabucco. ¿Hablan de libertad o de esclavitud?. Doy un impulso y salto cual aquellos jóvenes de Acapulco que realizan el salto del ángel...
He hallado por fin la tranquilidad. La paz. La libertad tanto tiempo ansiada. Mírame ahí tendido sobre las rocas; descansando. Que delicia. Más... ¿Qué estoy viendo? De mi boca mana un hilo de sangre que se mezcla y diluye con esa agua fría, pegajosa y salobre. Estoy todo empapado y en una postura grotesca. ¡Tengo la cabeza rota!
¿Qué has hecho estúpido?. ¡Te has matado!. ¡Estas muerto!. ¿Acaso no es tu alma, o tu última esencia, eso que se va, lo que te ve desde lo alto?
¡No puede ser! ¿Hacia dónde me dirijo?. ¡No quiero ascender por ese túnel, quiero volver a mí!. ¡No deseo morir !. ¡ Soy joven y lleno de vi... y estaba lleno de vida!. ¿Es posible que ya no pueda volver a ver los senos turgentes de una mujer?, ¿Los labios carnosos y sensuales, los ojos dulces y llenos de amor de una compañera? ¿No gozaré más de una buena lectura o de una buena obra de arte? ¿No tendré el gozo de ver corretear a mi lado unos hijos? ¿Dónde quedan los buenos ratos con los amigos, el placer de vivir esa vida que me he negado? ¿Es que no volveré a ver tanta belleza como hay en este condenado mundo? ¡He de volver! ¡Tengo que volver! ¡No puede ser que me esté sucediendo a mí eso que algunas veces he leído! Voy a frenar en esta loca ascensión a ese vacío que me atrae. ¡Tengo que parar! ¡He de volver atrás ! ¡Otros lo han hecho!
Estoy volviendo. Milímetro a milímetro, centímetro a centímetro, pero vuelvo. Ya no soy una masa difusa entre la bruma. Me veo con claridad. Estoy llegando. Volveré a ser yo otra vez. ¡Me salvaré, y nunca jamás pasaré por este trance! ¡Oh cielos, que amargura, que sensación de vacío... de eternidad he sentido ! ! He logrado vencer a ese poderoso imán que me atraía! Ahora he de incorporarme, pedir ayuda y salir de aquí. ¡Qué esfuerzo me cuesta mover los brazos! Trataré de sacar el que tengo bajo mi cuerpo. Aún no me atrevo a abrir los ojos. Tengo miedo. La salitre adherida a mis pestañas, y mis párpados casi sin fuerza, hacen que el esfuerzo sea casi baldío. Tengo ganas de orinar. Por fin veo algo de claridad. Sólo unas pequeñas ranuras.
He abierto los ojos de golpe. La verdad es, que ha sido todo tan real, que cuando la luz se ha hecho en mi mente, casi me dan ganas de llorar primero y de abofetearme después. Todo ha sido una desagradable pesadilla. Una horrible y larga pesadilla. Sin duda he cenado demasiado. Me levanto de la cama y sin calzarme las zapatillas, corro al baño. El frío de las baldosas ayuda a despejar mi mente aún turbia. La luz del amanecer entra por las rendijas de las persianas. Se me han quedado los pies helados. Vuelvo a acostarme. Mi mujer duerme apaciblemente. Me arrebujo junto a ella, a su calorcillo. Trato de darle la vuelta hacia mi lado para besarla y ahuyentar mi miedo, mi terrible miedo. Tengo que agradecerle que esté allí. Quiero que me rodee con sus amorosos brazos, me proteja y me reconforte. Ni siquiera se inmuta. Me quedo amodorrado cogido a su cintura, mi cabeza apoyada en su pecho. Ha pasado una hora, tal vez dos. Suena el despertador y ella lo para con los ojos aún cargados de sueño. Se levanta. Comienza a ponerse la bata. La invito a que se quede unos minutos más. Con un ademán harto conocido, se despereza. No parece escucharme. Se habrá levantado de mal humor. Debe de ser temprano. Quizá sea domingo. La verdad es que no sé en el día en que vivo. La llamo; silencio. Me levanto. Voy a la cocina a prepararme una manzanilla, tengo ardor de estómago. Aún tengo los pies fríos. Ella está en el baño. Cuando llega, le ofrezco una taza. Continua ignorándome. ¿Qué pasa? ¿Es que estás molesta conmigo? Silencio. Enchufa la cafetera, prepara el tostador, del frigorífico saca mantequilla y mermelada, retira la jarra con el humeante líquido y va a ocupar... la misma banqueta que yo creía estar ocupando
Me fue imposible volver atrás.

FIN

Este cuento también lo escribí para el concurso de Carreño y tuvieron a bien premiarlo. Gracias a los que lo leyeron.

viernes, 26 de marzo de 2010

Los Jibaros



Jíbaros Reductores de cabezas

Los españoles dieron el nombre de Jíbaros a un pueblo amerindio originario del altiplano ecuatoriano, que habita en Sudamérica en la cuenca amazónica. Forman comunidades tribales cuya economía se basa en la agricultura, la caza y la pesca. La unidad social básica es la familia, en su sentido amplio: viven agrupados en una casa grande, dividida en dos partes, una de ellas reservada a los hombres y la otra a las mujeres. Esta vivienda es parte de un grupo mayor de casas, cuya cohesión se basa sobre todo en los lazos familiares.
Pero por lo que son realmente conocidos y temidos como pueblo de guerreros belicosos, es por la practica del rito de la "reducción de cabezas" de sus enemigos.
Hacia el año 1450, el ejército inca de Tupac Yupanqui ataca una provincia situada en la actual frontera entre el Perú y Ecuador, al norte del río Marañón. Sus soldados sienten una violenta repulsión hacia aquellos indios de la selva: no sólo son feroces combatientes, sino también decapitan a los enemigos vencidos y reducen sus cabezas hasta que queden más pequeñas que sus puños.
Esta costumbre no tiene por único objeto hacer alarde de trofeos de guerra durante las fiestas tribales. Cada vez que matan a un enemigo, el guerrero jíbaro, conserva su cabeza que luego reduce para evitar que el espíritu del muerto, “el muisak”, vuelva para vengarse de su matador.
El complejo ritual, destinado a encerrar el alma del muerto en su propia cabeza, cuidadosamente reducida, comienza con la preparación de esta y dura varios días. Las ceremonias mágicas son de relevante importancia, alternándose con las operaciones manuales propiamente dichas.
Para la reducción de la cabeza, los Jíbaros primero cortan la cabeza de su adversario. Luego con un cuchillo se hace un corte desde la nuca al cuello, se tira de la piel y se desprende del cráneo, desechando el cerebro, ojos y demás partes blandas, además de los huesos.
El siguiente paso consiste en meter la piel en agua hirviendo a la que se añade jugo de liana y otras hojas, que evitan que se le caiga el pelo. Mantienen la cabeza sumergida durante unos quince minutos; ya que si lo hacen por más tiempo la cabeza podría ablandarse demasiado y posiblemente se pudra. Los párpados son cocidos para que el muerto no pueda ver lo que lo rodea. La piel endurecida se tiñe de negro para que su espíritu quede para siempre sumido en la oscuridad y los ojos y los dientes son lanzados en ofrenda a las anacondas de los ríos.
A continuación retiran la cabeza del agua, la que en este momento ya es de la mitad del tamaño original, y la ponen a secar. Una vez seca, se raspa la piel por dentro para quitar restos de carne y evitar el mal olor y la putrefacción y se frota por dentro y por fuera con aceite de carapa.
Después cosen el corte realizado en la nuca para extraer los materiales blandos y el cráneo. También cosen los párpados y la boca, quedando la cabeza como una bolsa, en la que se echa una piedra del tamaño de un puño o el volumen equivalente en arena caliente.
Finalmente la cuelgan sobre el fuego para desecarla poco a poco con el humo, a la vez que se le va dando forma al cuero con una piedra caliente. En este proceso la cabeza acaba por reducirse. Luego se retira la piedra o la arena y se tiñe la piel de negro.
Una vez que el ritual ha terminado, se hace un orificio en la parte superior de la cabeza reducida, por el que se introduce un lazo. Luego, el tsantsa es envuelto en una tela y guardado por el guerrero en una vasija de barro. La operación dura en total seis días.
A partir del siglo XIX, los jíbaros comenzaron a intercambiar las cabezas reducidas por objetos y armas. Los traficantes revendieron los trofeos en Europa, donde se convirtieron en curiosidades buscadas por los coleccionistas y los museos. Hoy en día las comunidades de jíbaros, nunca totalmente pacificadas por los blancos, tienen guerras periódicamente. Se dice que se han seguido reduciendo algunos muisaks, a pesar de las severas leyes ecuatorianas y peruanas sobre esta materia

La Atlántida



LA ATLÁNTIDA

Las primeras referencias a la Atlántida aparecen en el Timeo y el Critias, textos en diálogos del filósofo griego Platón. En ellos, Critias, discípulo de Sócrates, cuenta una historia que de niño escuchó de su abuelo y que este, a su vez, supo de Solón, el venerado legislador ateniense, a quien se la habían contado sacerdotes egipcios en Sais, ciudad en del delta del Nilo. En el siglo V, comentando el Timeo, Proclo refiere que Crantor (aprox. 340-290 a. C.), filósofo de la Academia platónica, viajó a Egipto y pudo ver las estelas en que se hallaba escrito el relato que escuchó Solón.
La historia, que Critias narra como verdadera, se remonta a nueve mil años antes de la época de Solón. En ella describe cómo los atenienses detuvieron el avance de los atlantes. Estos, belicosos habitantes de una gran isla llamada Atlántida, situada frente a las Columnas de Hércules, desaparecieron en el mar a causa de un terremoto y del Tsunami? subsiguiente, poco tiempo despues de la victoria ateniense.
Los textos de Platón sitúan la Atlántida frente a las Columnas de Hércules (en el estrecho de Gibraltar) y la describen como una isla más grande que Libia (por aquel entonces norte de África) y Asia juntas. Señala su geografía como escarpada, a excepción de una gran llanura de forma oblonga de 3000 por 2000 estadios (un estadio romano = 185m) rodeada de montañas hasta el mar. A la mitad de la longitud de la llanura, el relato ubica una montaña baja por partes, distante 50 estadios del mar, destacando que fue el hogar de uno de los primeros habitantes de la isla, Evenor, nacido del suelo.
Según el Critias, Evenor tuvo una hija llamada Clito. Cuenta este escrito que Poseidón era el amo y señor de las tierras atlantes, puesto que, cuando los dioses se habían repartido el mundo, a Poseidón le correspondió entre otros lugares, la Atlántida. De aquí la razón de su gran influencia en esta isla. Este dios se enamoró de Clito y para protegerla, creó tres anillos de agua en torno de la montaña que habitaba su amada. La pareja tuvo diez hijos, para los cuales el dios dividió la isla en diez reinos. Al primogenito, Atlas o Atlante, le entregó el reino que comprendía la montaña rodeada de círculos de agua, dándole, además, autoridad sobre sus hermanos. En honor a Atlas, la isla entera fue llamada Atlántida y el mar que la circundaba, Atlántico. Un segundo hijo se llamaba Eumelo en griego, siendo su nombre original Gadiro o Gadeirus, y gobernaba el extremo de la isla que se extiende desde las Columnas de Heracles hasta la región que se denominaba Gadírica, Gadeirikês o Gadeira en tiempos de Platón.
Favorecida por Poseidón, la tierra insular de Atlántida era abundante en recursos. Había toda clase de minerales, destacando el oricalco,(como cobre de montaña) más valioso que el oro para los atlantes y de usos religiosos; grandes bosques que proporcionaban ilimitada madera; numerosos animales, domésticos y salvajes, especialmente elefantes; copiosos y variados alimentos provenientes de la tierra. Tal prosperidad dio a los atlantes el impulso para construir grandes obras. Edificaron, sobre la montaña rodeada de círculos de agua, una espléndida acrópolis plena de notables edificios, entre los que destacaban el Palacio Real y el templo de Poseidón. Construyeron un gran canal, de 50 estadios de longitud, para comunicar la costa con el anillo de agua exterior que rodeaba la metrópolis; y otro menor y cubierto, para conectar el anillo exterior con la ciudadela. Cada viaje hacia la ciudad podía ser vigilado desde puertas y torres, y cada anillo estaba rodeado por un muro. Los muros estaban hechos de roca roja, blanca y negra sacada de los fosos, y recubiertos de latón, estaño y oricalco. Finalmente, cavaron, alrededor de la llanura oblonga, una gigantesca fosa a partir de la cual crearon una red de canales rectos, que irrigaron todo el territorio de la planicie.
La justicia y la virtud eran norma del gobierno de la Atlántida, pero cuando la naturaleza divina de los reyes descendientes de Poseidón se vio disminuida, la soberbia y las ansias de dominación se volvieron características de los atlantes. Según el Timeo, comenzaron una política de expansión que los llevó a controlar los pueblos de Libia hasta Egipto y de Europa, hasta Tirrenia (Italia). Cuando trataron de someter a Grecia y Egipto, fueron derrotados por los atenienses.
El Critias señala que los dioses decidieron castigar a los atlantes por su soberbia, pero el relato se interrumpe en el momento en que Zeus y los demás dioses se reúnen para determinar la sanción. El parecer el castigo fue un gran terremoto y una inundación que hizo desaparecer en el mar la isla donde se encontraba el reino o ciudad principal, "en un día y una noche terribles", según señala el Timeo.
Los reinos de la Atlántida formaban una confederación gobernada a través de leyes, las cuales se encontraban escritas en una columna de oricalco, en el Templo de Poseidón. Los reyes acordaban las principales leyes que debían cumplirse; ayudarse mutuamente, no atacarse unos a otros y tomar las decisiones concernientes a la guerra, y otras actividades comunes, por consenso y bajo la dirección de la estirpe de Atlas. Alternadamente, cada cinco y seis años, los reyes se reunían para tomar acuerdos y para juzgar y sancionar a quienes de entre ellos habían incumplido las normas que los vinculaban.
Se conservan muchos párrafos de escritores antiguos que aluden a los escritos de Platón sobre la Atlántida; ciertamente se han perdido muchos otros. Estrabón, en el siglo I a. C., parece compartir la opinión de Posidonio (c. 135-51 a. C.) acerca de que el relato de Platón no era una ficción. Un siglo más tarde, Plinio el Viejo nos señala en su Historia Natural que, de dar crédito a Platón, deberíamos asumir que el océano Atlántico se llevó en el pasado extensas tierras. Por su parte, Plutarco, en el siglo II, nos informa de los nombres de los sacerdotes egipcios que habrían relatado a Solón la historia de la Atlántida: Sonkhis de Sais y Psenophis de Heliópolis. Otros autores antiguos y bizantinos como Teopompo, Plinio, Diodoro, Sículo, Claudio, Eliano y Eustacio, entre otros, también hablan sobre la Atlántida, o los atlantes, o sobre una ignota civilización atlántica.

Las cadenas de Miramamolin




El mito de las cadenas navarras y el escudo de España

El 6 de julio de 1212 tuvo lugar la Batalla de Las Navas de Tolosa, muy cerca de La Carolina (Jaén). El ejército cristiano, formado por las tropas de Sancho VII “el Fuerte” de Navarra, Alfonso VIII “el Noble” de Castilla y Pedro II “el Católico” de Aragón, resultó victorioso sobre el ejército del Imperio almohade mandado por el califa Muhammad Al-Nasir (para los cristianos Miramamolin).
Sancho el Fuerte tuvo una participación decisiva en la victoria, y como parte del botín de guerra llevó de vuelta a Navarra varios fragmentos de la cadena que rodeaba la tienda de Miramamolin. Al parecer, las cadenas unían a los soldados de la guardia personal del emir, aunque también se dice que la línea defensiva la formaban esclavos.
De las cadenas, que pasaron a formar parte del escudo de Navarra, se conservan ejemplares en Roncesvalles y en el Palacio de Navarra, procedentes estos del Monasterio de Irache.
La tienda en seda y oro, fue enviada al Papa Inocencio III como agradecimiento por conceder el rango de cruzada y ayunando durante tres días como rogativa. Los pendones arrebatados a los almohades se conservan en Toledo, y Burgos conserva la bandera del Rey de Castilla.

La primera referencia conocida a la ruptura de las cadenas es el poema de Guilhem Anelier sobre la guerra de la Navarrería. Anelier alaba la valentía del monarca, su manejo de la maza, y su decisión de lanzarse al ataque.

“…Veríais al rey con su maza agitar de tal forma que el que hería no había
forma de curarlo”

Una nueva variante del relato, del S. XV, narra que en el momento decisivo de la lucha, fue el mismo Sancho el Fuerte quien rompió con su espada la cadena, arrebatando además del turbante del califa una esmeralda que lo adornaba. La leyenda dice que la esmeralda habría sido llevada a la Real Colegiata de Santa María de Roncesvalles, pero un estudio gemacológico ha concluido con que la piedra allí conservada procede de Colombia.

Fernando el Católico, al anexionarse el Reino de Navarra en el año 1512, incluye en uno de los cuarteles principales del Escudo de España el Escudo de Navarra.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Las Columnas de Hercules.

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LAS COLUMNAS DE HÉRCULES
Las Columnas de Hércules, de origen mitológico, señalaban el límite del mundo conocido. La leyenda las situaban en el estrecho de Gibraltar, eran el “Non Terrae Plus Ultra” de los romanos junto con el “Finis terrae”. Es decir; los confines del continente por el sur y por el norte.
Los griegos, conocedores del Mediterráneo, con toda probabilidad se adentraron en el océano Atlántico pero tanta distancia y tanta agua debió lugar dar a leyendas y temores por lo que no fueron más allá.
Los fenicios llamaron a este lugar “Columnas de Melkart”. Melkart fue una divinidad fenicia a la que estuvo consagrado primitivamente el templo de Heracles en la antigua ciudad de Cádiz. Más tarde los griegos las denominaron “Columnas de Heracles”.
Dice la leyenda que Heracles (Hercules), en un arrebato de locura, mató a sus hijos. Recobrada la razón, el Oráculo de Delfos le había indicado que para purificarse, debía estar al servicio del rey Euristeo durante doce años. Habiendo conocido el monarca la fama de los bueyes de Gerión, ser fabuloso que poseía tres cuerpos y que moraba en el Lejano Occidente, y aprovechándose que aún no habían expirado los doce años de servicios, encargó a Heracles que capturase dichos rebaños. El viaje de ida, antes de llegar a Eriteia (una de las antiguas islas sobre las que actualmente se asienta la ciudad de San Fernando) fue pródigo en aventuras y luchas de todo tipo, hasta el extremo que "para conmemorar sus hazañas fueron elevadas las columnas que llevan su nombre, que separan Europa de África, es decir, la del peñón de Gibraltar (antiguo Kalpe) y la del Monte Hacho en Ceuta (antigua Abila), respectivamente.
Heracles tomó prestada la Copa de Helios para navegar sobre el océano y llegar a la tierra de Gerión. Mató a éste y regresó al reino de Euristeo con el ganado. Él fue Hércules quien separó las dos rocas para abrir el camino al Océano Atlántico
En el escudo actual de España, aparecen las columnas que el rey Carlos I incorporó a su escudo de armas con la leyenda Plus Ultra.


martes, 23 de marzo de 2010

El niño y el pozo






El cielo está de un azul purísimo y contra él se recortan las siluetas de las gaviotas enseñando su blanco vientre. El sol brilla con ese esplendor que le es característico en el mes de julio, haciendo que la arena parezca oro nuevo, allí donde el agua no la alcanza, y oro viejo en la que queda al descubierto por el reflujo de la marea. El leve viento hace que el agua verde esmeralda vaya formando cintas de nácar que, impulsadas por las suaves olas, van hasta la orilla.
Juegos de pelota, chapoteos, risas y voces que apagan el leve rumor del agua y un rubio niño que desnudo, con su pala, hace un hoyo en la húmeda arena. Lleno de sorpresa ve el agua que mana y como el pozo se llena, anda unos pasos y otro comienza, que de igual manera el agua anega. Otro y otro más su pala excava y ya los primeros desaparecen por que de los bordes y hacia dentro, cae la arena. Quiere hacer participe a su madre que desde la hamaca lo observa. El niño llega hasta la sombra, donde la madre, que no se quiere poner muy morena, con el abanico enreda. Con su lengua de trapo quiere inducirla a que vea el fenómeno, y tirando de ella, con su manita, hasta la orilla la lleva. Un nuevo pozo cava y de nuevo brota el agua. La pregunta nace rauda...
 
- ¿Po que sale agua?
 
Difícil explicación para que pueda ser comprendida por quien no más de dos o tres años tiene.
 
 - Es que el agua se filtra por abajo - comienza la madre -
 
- ¿Que finta?
 
- No, que filtra, fil...tra, fil...tra
 
- ¿Y que e fil ta?
 
- Pues eso, que sale de abajo...
 
- ¿Y po que sale?
 
- Sale por que filtra. Mira, ves toda aquella agua del mar, pues esa agua empapa la arena y al hacer un pocito aparece.
 
- ¿Y que e empa... empa?
 
- Empapa, em pa pa, em pe pa.
 
¿Que e empapa?
 
- Que moja. Anda, ven hasta la sombrilla, que te voy a dar de merendar un yogur y un plátano.
 
Arrastra al rubito de la mano tratando de encandilarlo con algo apetecible y que la evite explicaciones que sin duda se harán interminables. Con la toalla limpia las manos y la boca del hijo, desprendiendo las pecas de arena, abre el envase y cucharadita a cucharadita va alimentándole. Luego el plátano, mordisquito a mordisquito el niño lo va pasando, pero él no deja de mirar la orilla del agua.
Ya ha acabado y la madre le dice que vaya a jugar. Allí mismo se pone el niño, en la caliente y seca arena. Comienza, como no, un nuevo pozo. Ahonda y ahonda, pero no sale el agua. Vuelve al lado de su madre y pregunta...
 
- ¿Po que no sale agua?
 
La joven reniega de ya de haberle comprado la pala, y mejor hubiera hecho, si, como quería el padre, le hubiese comprado un camión.
 
- Es que aquí está muy alto, hijo. Házlo más hondo, más profundo.
 
El niño vuelve a la carga, agranda y profundiza el hoyo, pero no sale el agua. Se para, contempla su obra y apuntando al agujero, hecha una meada. El pis desaparece tragado por la arena. Va de nuevo hasta su mamá, a contarle lo que ha sucedido mientras que poco a poco la marea ha ido subiendo.
 
- ¡Mama, no hay agua!
 
- Ya te digo que aquí está muy alto. No puede salir el agua.
 
El chiquillo no lo comprende, desanda el camino y torna al hoyo para comprobar con sorpresa, que, poquito a poco, va apareciendo el agua. Complicada cosa esta del agua que ni su mamá la entiende. Coge la pala y no espera que el hoyo sea desbordado por el agua, va y lo tapa. Luego, con disimulo y mirando atrás de reojo, se allega hasta la sombra y se sienta junto a la hamaca.

domingo, 21 de marzo de 2010

Samis

Al trasladar algunos de los cuentos y leyendas de otros pueblos, me pareció que debía de hacer una breve reseña de estos, para que la cosa no se quedara algo coja.




Los Samis.
Las primeros escritos que se conocen del pueblo Sami son las sagas islandesas del siglo XVIII. En ellas se describe a este pueblo como expertos en brujería y ocasionalmente peligrosos.
Muchos Samis aún usan sus trajes tradicionales, diferentes de una población a otra. En principio eran cazadores y recolectores, pero más tarde desarrollaron el pastoreo de renos, forma de vida similar a la de algunos pueblos del norte asiático. En nuestros días unos 7000 lapones practican todavía este método de supervivencia, y se calcula que poseen cerca de medio millón de renos.
El último estado natural de Europa, pertenece a los Lapones: Spami, llaman a este su terrtorio. Poseen Parlamento y Bandera, siendo su religión es mayoiritariamente la Cristiana Evangélica Luterana.




La leyenda de Papa Noel.





Según la leyenda, Papa Noel vive en Korvatunturi o Monte Oreja, a 150 kms al noroeste, en el Circulo Polar Ártico. Se sabe que siempre ha vivido allí gracias al descubrimiento de un locutor de Radio Finlandia fechado en 1.927. Vive en una colina cubierta de bosques nevados, en una gran finca que tiene un taller de elaboración de regalos –con sección de empaquetado y depósito– una oficina de correos, un establo para los renos y un cobertizo para los trineos. Papa Noel vive junto con su mujer y habita el lado sur de la casa. En su cocina está la mecedora en la que se sienta para leer las cartas que recibe de los niños de todo el mundo y para decidir los regalos que les hará.

La leyenda de las auroras boreales.




Otra leyenda de los antiguos lapones, cuenta que un viejo zorro ártico, durante sus vagabundeos por la blanca tundra, levanta con su cola chispas y copos al rozar la nieve.
La estremecedora visión de una Aurora Boreal a nadie deja indiferente, destellos danzantes coloreados de azufre ondean como un mar de fuego en el horizonte mientras la nieve de pronto se ilumina con reflejos asombrosos. Absolutamente impredecible, este majestuoso espectáculo puede contemplarse con suerte, y con mucha paciencia.
Científicamente consiste en una lluvia de partículas procedentes del espacio que al cruzar la atmósfera colisionan con las moléculas de oxígeno y nitrógeno de las capas inferiores provocando un desprendimiento de energía de forma lumínica.

Merejo


- ¡Merejo! ¡Merejooo!
- ¡Va!
- ¡Merejo! Hay un cliente que te aguarda en el reservado.
- Ya voy, ya voy. ¡Puñeteros! Cuando uno está tan ricamente tomando un trago, siempre aparece alguien a fastidiar.

Salió tras la mesa de mármol del rincón, y apurando el vaso cogió la caja dirigiéndose a la estancia contigua.

- Limpia. ¿Quién quería el limpia?
- Aquí, por favor...
- Puf, pues anda que no tienen barro ni na esos zapatos...
- Si así no fuera, seguro que no lo necesitaba. ¿Es que acaso le parece mucho trabajo?
- Pues verá usté, como pa tres pesetas.
- No le he preguntado el precio, solo le he dicho que si le parece mucho. Si es así, lo deja y en paz.
- Pues tie usté razón, mejor pa otro día.

Dio media vuelta y con paso vacilante volvió a su mesa, se dejo caer en la silla y escanció de la botella. No había bebido mucho; un cuartillo mitad blanco mitad tinto, pero para aquel canijo cuerpo alcoholizado, era más que suficiente. La modorra comenzó a apoderarse de él y en breves momentos quedó con la cara apoyada en la fría piedra, dormitando.

- Oye Tomás, dile a Merejo que se vaya a dormirla a otra parte.
- No molesta patrón, y ya me está cogiendo manía. Siempre soy yo el que lo echa...
- Anda, anda. Déjate de monsergas. Que más da que té coja manía, ¿o acaso le tienes miedo?
- Pues no estaría yo muy seguro. Como hombre no tiene media bofetada, pero ya sabe quién es, y lo mismo te busca un lío.
- Esos que cuentan por ahí no son más que bulos. No hagas caso.
- Tiene razón el chico, Damián. Este chivato sería capaz de vender, si lo tuviera, a su propio padre por un vaso de vino.
- Mira Félix, quien es creemos saberlo todos, pero la policía lo sabe mejor que tú y que yo y ten por seguro que por mucho que les cuente, ya no le hacen caso.
- Ya sabes que más de uno está entre rejas por su causa, y alguno en el cementerio.
- Eso fue cuando la guerra, y no está probado.
- Ya, ya. Por eso se convirtió en un borracho; del remordimiento que le corroe las entrañas.
- Si todos los borrachos lo son por denunciar gente, yo, o no vendería un vaso de vino, o estaría rico. Y ambas cosas por conciencia.
- ¿Como?
- Si coño, si tuviera conciencia, no lo vendería, y si no la tuviera, a todos serviría. Son muchos los borrachos de la ciudad a los que no atiendo, y no son confidentes. Ya sabes que los echo de aquí.
- Es cierto, a todos... menos a este. ¿Acaso tu también le tienes miedo?
- Este desgraciado no tiene donde caerse muerto, y son muchos los años que por aquí trabaja. Además, nunca da la tabarra, se limita a hacer el poco trabajo que le mandan, a tomar su cuartillo y si acaso echar una cabezada sobre la mesa.
- Merejo, Merejo. Venga ya, que es hora de cerrar. Vete para casa.

Se izó lentamente. Los ojos entre somnolientos y vidriados decían a las claras lo mucho que la luz lo afectaban. Un rebelde mechón de su lacio flequillo le caía sobre la frente. Se limpió la comisura de la boca con la grasienta manga de la chaqueta, cogió la mugrienta boina del banco y la caja de los bártulos, y marchó hacia la puerta. Su menuda figura se perdió dando bandazos en las sombras, mal iluminadas por las pobres, escasas y desnudas bombillas de la calle.
Al día siguiente, al oscurecer, llegó al bar aquel con corte de señorito a quien Merejo no quiso limpiar los zapatos. Pidió una cerveza y preguntó si era hora de cenar.

- Siempre es hora de comer en esta casa. Pase al reservado y le atenderán. ¿Usted es forastero verdad?
- Sí señor.
- ¿Madrileño?
- Pues sí.
- Y si no es indiscreta la pregunta... ¿a qué se dedica?
- La pregunta es indiscreta, pero no tema, no tiene la menor importancia. Soy veterinario y estoy haciendo una inspección de toda la cabaña de la provincia. Estoy en la pensión "La Estrella" y si la habitación es buena y me gusta, no lo es así su cocina. Sin duda preferiré la suya si el olfato no me engaña.
- Gracias por el cumplido, ya verá como no le defraudamos, ah, y perdone la intromisión. Ya sabe que los provincianos somos curiosos...
- Lo que no me gustó mucho ayer fue el limpiabotas. ¿Es siempre así de trabajador y respondón?
- No se lo tome a mal. Cuando hace un trabajo y tiene alguna perra, lo primero es el vino. Es su comida y su cena. Solo vino. De eso se mantiene. Tiene mala fama, pero es un pobre hombre amargado.
- ¿Acaso le dejo la mujer?
- Eso no sería lo más malo. Muchos dicen que todo comenzó por que denunció a su hermano que era republicano significado y perseguido. Lo cogieron y lo fusilaron a poco de acabar la guerra. Todos lo culparon a él ya que cuando Fidel - que así se llamaba - estaba huido, Merejo recibió tantas palizas, que al fin cantó y dijo donde estaba escondido. Yo no lo creo, lo que pienso es que en un golpe de fortuna la policía cogió a Fidel, luego hicieron que pareciera que Merejo lo había delatado y la mala lengua de la gente hizo el resto, al culparlo, lo destrozaron.
Fueron muchas cosas juntas; las palizas, la muerte del hermano y las acusaciones. Mas tarde algunos vecinos fueron a parar a la cárcel por lo que también le cargaron el San Benito. ¿Por que? Solo por la vecindad. ¿Que culpa tenía él de vivir en un barrio obrero, donde la mayor parte estaban afiliados a un sindicato, o eran comunistas?. Ninguna. La policía, que como se suele decir, no es tonta, los descubrió y poco a poco fueron cayendo todos.
Mientras el Fidel estuvo preso, fueron muchos los que a Merejo vieron entrar y salir del cuartelillo esposado. Lo detenían con cualquier excusa y eso fue suficiente para acusarle de chivato ya que daba la fatal coincidencia de que lo llevaban al cuartel y zás, redada. Uno o dos para el talego y él, a la calle con los morros hinchados. Así se le creó la fama de confidente, tal vez alentada por la misma policía a la que les interesaba tener atemorizado aquel barrio. Este pobre se fue dando a la bebida y así está, alcohólico perdido.
- ¿Y usted no tiene miedo?. ¿No teme que él u otro le denuncie?
- ¿Yo? Pues no señor. ¿Que hago yo? Tengo fama de decir siempre lo que pienso y no me caso ni con unos ni con otros. Hasta ahora todos me han respetado y es que en verdad, si hay que repartir leña, a todos doy por igual. Lo que está bien, bien está, y lo que está mal, mal está.
- Hombre, hablando del rey de Roma...
- Usted cree que si le mando que me limpie los zapatos, ¿lo hará?
- Sí. La que cogió por la mañana ya la ha dormido. Espere...
- Merejo, tienes aquí un cliente.
- Gracias Damián. Si señor, si quiere un buen servicio, nadie como Merejo maneja la bayeta y el betún. Haga el favor de sentarse.
- Desde luego no parece usted el mismo de ayer.
- ¿Por que me lo dice?
- No quiso saber nada de mi calzado.
- Sería que estaba cansao. Es que estoy malo de la espalda, sabe usté. La verdá es que tampoco mácuerdo. También me falla la memoria desde que me pego un vagón en la cabeza con la topera.
- Lo siento...
- Bonitos zapatos sí señor. Estos son de buena piel y buena suela. No como los que se ven por aquí. Le van a quedar que ni de charol.
- ¿Da para mucho el negocio?
- Ná, pa ir tirando ná más. La mercancía cuesta de encontrarla y los clientes de aquí solo quieren un servicio a los sábados o a los domingos de mañana. Y no mucha gente. Menos mal que ya llega el verano y empiezan a venir los turistas. Los franceses traen buen calzao y dan propina, pero los ingleses son tacaños y se calzan con cartón y plexiglás. Luego están los que como uste vienen a negocios. Suelen ser madrileños y les gusta ir siempre relucientes. ¿A que he acertao en lo de los negocios y lo de los madriles?
- Básicamente si que ha acertado.
- Es el oficio, sabe uste. Pocos me se despintan, y no por la cara que casi ni les miro, solo por los zapatos y por el tono de la voz. Si cambia el pie, le doy betún al otro. Es que los zapatos hay que quitarles bien el polvo y el barro lo primero, por que si no el betún lo tapa y cría una costra que además de fea, pue dañar los cosíos. Luego se le da el betún a un zapato y luego al otro, así se va empapando el cuero, y después cepillo y mucha bayeta pa que brille y elimine los restos.
- ¿Por que le llaman Merejo?
- Mapellido Merediz, pero como me gusta el vino, alguno empezó a decir... del pellejo... directo al Mere... jo. Pa que rimase sabe uste. Y así me quedó Merejo. Ya no me importa. Casi nadie sacuerda y toos creen que es mi nombre.
- ¡Damián, ponme la media que ya acabo! ¿Va a estar mucho por aquí?
- Un par de meses. Tendrá trabajo casi a diario si lo hace bien.
- Descuide uste, no soy de los que le dan el betún a los calcetines, y pa brillo, de lo mejor. Solo trabajo con las mejores ceras y tintes. Ya lo verá si le cojo de cliente. Tamien le puedo vender tabaco americano a buen precio. ¿Usté a que se dedica?
- Soy veterinario.
- Pues aquí hay mucho ganao, mucha caballería y muchas ovejas. Tendrá coche o moto, por que sinó se va a destrozar muchos zapatos por los caminos...
- Si, tengo el coche oficial.
- Coño, entonces que es, ¿del menisterio?
- Sí, del de agricultura.
- ¿Y que coche le han dao?
- Un Balilla.
- Aquí hay dos tasis desa marca. Tamien hay un once ligero y una rubia. Pocos particulares tienen coche, a lo más motos y bicis. Listo, son dos pesetas y la voluntá.
- Tenga dos cincuenta por esta vez y a ver si mañana hay descuento.
- Oiga señor veterinario, ¿va a ir al cuartel de la policía a revisar los caballos?
- Pues sí. Aunque ellos tienen su propio equipo, he de hacer un informe.
- ¿Conoce a alguien allí?
- Por que, ¿acaso necesita una recomendación?
- ¿Me la pue dar?
- Depende de lo que se trate.
- Ya le contaré un día destos. Tengo un poblema serio.
- Pues nada, si está en mi mano y se hace acreedor a ello...
- Oiga, que si hay que presentar el certificao de buena conduta... de lo hablao ná.
- No será para tanto. ¿Acaso es mala gente?
- Según se mire. Si se cree lo que cuentan...
- Yo solo me guío por mis propias conclusiones y no por los cuentos y habladurías de los demás.
- Entonces le he de contar una historia. La de mi vida. Así podrá juzgar.

Merejo limpió a diario durante un par de semanas los zapatos del madrileño. Hablaban de cosas diversas y ninguno volvió a tocar el tema del primer día. Ambos esperaban conocerse mejor. Una tarde, solos en el reservado, sentado en el banquillo y afanado en su trabajo, el limpia se decidió a abrir su alma al forastero.
- Tenía yo un hermano más pequeño, Fidel, se llamaba. Era un mecánico cojonudo que lo había mamao desde crío. Yo le ayudaba, ¡Hecha grasa aquí! y yo la echaba, ¡Trae la lleve inglesa!, y yo la llevaba, ¡Ten aquí!, y yo tenía, ¡Limpia aquello!, y yo lo limpiaba. Solo eso por que siempre había estao destripando terrones y no sabía na.
- En un local junto a la casa teníamos el taller y trabajábamos mucho. Reparábamos coches y camiones, pero sobre todo, maquinas pal campo, rejas de arao y to eso. Al Fidel le comió el coco uno que decía que era viajante de maquinaria y sapuntó a la CNT. Eso era antes de la guerra. Yo le decía que no se metiese en líos, pero no macia caso. Aquí, no siendo unos cuantos del barrio toos eran de derechas. Luego, cuando empezó el jaleo, hacía bombas caseras y lo descubrieron pero se pudo escapar. Se tiró al monte con la intención de pasar las líneas. Yo le llevaba de comer cuando podía y algo de ropa. Tenía que tener mucho cuidao porque me vigilaban. A mí me dieron unas cuantas zurras y estuve preso. Nos quitaron el taller porque como él no trabajaba y yo no sabía hacer na, debíamos dinero. Un día me llevaron pal cuartel, me metieron en una celda y me dieron de palos que gritaba como loco. Toos los que estaban encerraos moyeron. Por la mañana metieron a mi hermano conmigo; lo habían cogio antes deque a mí en un pueblo cercano. Llamaron por teléfono diciendo que lo tenían. Los muy cabrones lo hicieron a propio intento, me soltaron con la cara toda hinchada y dos costillas rotas. La gente pensó que a él lo habían cogío por que yo les dije donde sé escuendía. ¡Mentira podrida!. Los vecinos comenzaron a darme de lao. Me sentó mu mal y empecé a beber más de la cuenta. Me tuve que agarrar a la caja y al cepillo pa limpiarle las botas a los que nos habían jodío. Si nó... no comía. Luego le salió el juicio y le echaron tres penas de muerte. Decían que por su culpa murieron que sé yo cuantos. Recién acabada la guerra lo fusilaron. Hasta ahora diez años después, me siguen llamando al cuartel. Yo no tengo, ni nuca he tenío na que decir. Ellos lo saben, pero así los que me conocen cuando están en el bar dicen... ¡cuidao con lo que dices que está ahí el Merejo!. Como ando por tos los laos, la gente sacojona. ¡Vete a saber a cuantos les han hecho lo mismo!. Lo malo es que él que peor fama tengo, soy yo.
- En verdad que si es cierto lo que me cuenta, es una canallada. Hablaré con el jefe de policía y veré lo que puedo hacer para que no le molesten más. ¿Es eso lo que quería?
- Sí señor, muchas gracias. Se nota ques usté de carrera, lo ha cogío al vuelo.
- Oiga una cosa, usted ¿no es también un poco rojo?
- Mire usté, yo nunca me metío en política, pero desde que pasó aquello, les tengo una inquina que no les puedo ver. Si pudiese hacer cualquier cosa con tal de Jod... fastidiarles...
- Cualquier cosa... ¿cómo qué?
- No sé... algo que sirva pa luchar en contra de tos estos sinvergüenzas que nos han destrozao la vida. Sería una buena revancha y así me desquitaría.
- ¿No lo dirá de boquilla?
- Uste no me conoce, no sabe la mala leche que tengo...
- ¿No se rajará si le aprietan?
- Posiblemente, si me quitan el vino. Pero nunca por los golpes que me den. Ya estoy curtío.
- ¿Le interesaría un trabajillo para realizar con discreción?
. ¿Cómo cual y para que?
- Sería el principio de esa revancha que tanto anhela
- ¿Y que tendría que hacer?
- Oír, contar lo que oye, repartir propaganda...
- ¿Y se van a fiar de mí, con la fama que tengo de chivato?
- Precisamente por eso puede ser muy útil a la causa. Nadie pensará que hace el doble juego.
- ¿Y si memborrachan y macen cantar, o si pierdo los papeles y me cogen?
- Me parece que esa gente ya no está interesada en lo que pueda decirles, no obstante, no se preocupe; solamente me conoce a mí y solo a mí conocerá. Si consciente o inconscientemente me delatara, yo sabré arreglármelas para que nada nos suceda... o me suceda. ¿Entiende? En cuanto a lo de perder los papeles parece algo más problemático, pero procuraremos que eso no suceda.
- Ósea: que si me chivo, lo paso mal, si no es mi culpa o semescapa, me defiende.
- Exactamente. Se nota que no es de carrera, pero la ha cogido al vuelo. ¿Acepta?
- Un momento, ¿Y pa quién trabajamos?
- De momento mejor es que no lo sepa, diremos simplemente que lucharemos como buenos camaradas contra el régimen establecido.
- Eso de camaradas me suena a fascio...
- ¿Acaso los compañeros de su hermano no se trataban también de camaradas?
- ¡Ah claro, seré burro!. Si señor, estamos de acuerdo, esta es mi palabra y esta mi mano, ¡Chóquela!

Los pastores que con un zoquete de pan y un trozo de tocino trabajaban del alba al ocaso, eran el caldo de cultivo en que se movía el veterinario. Vaqueros, peones del campo y todos aquellos que por un miserable sueldo o un mal rancho, doblaban el espinazo sin vislumbrar tiempos mejores, oían con esperanza las palabras de aquel hombre culto
Muchos apenas si sabían leer, pero él les hizo ver la necesidad de aprender para poder estar a punto el día en que comenzase la revolución y de nuevo dejasen de estar sojuzgados. Él puso la semilla que fue germinando dentro de su pecho e hizo que sus ansias de libertad e igualdad un tiempo dormidas en muchos de ellos, renacieran nuevamente.
No les dio tiempo sin embargo a llevar a cabo ninguna acción revolucionaria. Apenas si formaban un grupúsculo que a lo más que llegaban era a ayudarse mutuamente en las fatigas cotidianas. Reuniones secretas, como es de suponer, donde acordaban reivindicar algunas mejoras en su precaria existencia y que de poco les sirvieron. Planes y adoctrinamiento que se vinieron abajo de la noche a la mañana.

- Coño, Damián, ¿no decías que el Merejo era un pobre desgraciado? Menudo lío le ha buscado al veterinario. Se lo han llevado para Madrid con las manos esposadas a la espalda, y acordándose de todos los muertos del cabrito que ahora está en el hospital con el delirium.
- ¿Que me dices Félix?
- Que el Merejo, le contó a la poli, que el madrileño era además de veterinario, del partido comunista y que repartía propaganda. Le cogieron una maleta llena de ella en la Estrella.
- ¿Y como sabes que ha sido Merejo?
- Por que el maldito borracho en su loca demencia no hace más que gritar a voz en cuello... "Ya cayó otro, ya cayó otro"

Merejo se murió en el hospital no sin antes tomar una media de vino mitad tinto, mitad blanco. Era su última voluntad y los médicos que lo habían tenido de secano durante una semana, no acertaban a comprender como aquel brebaje lo resucitó. Fueron solo unos días. Después, reventó.
Lo que nadie llegó a saber nunca, fue que él jamás delató a persona alguna. Aquella cantinela que una y otra vez repetía en su delirio, no era jactancia, era por todo lo contrario a lo que se imaginaban. El "Ya cayó otro" no era un grito de triunfo. Era el amargo grito de aquél que sabía que le imputarían uno más en la lista de supuestas delaciones. Uno más por el cual el tabernero Damián, no llegaría a pagar jamás como no lo había hecho por los anteriores, ni lo haría por los posteriores. Él era el lobo con piel de cordero que escudándose en sus falsas críticas al poder, y en la cínica defensa del débil, llevaba a la muerte sin remordimiento alguno a todos aquellos que solo deseaban un mundo más justo.
Fin
Candás 20-7-92

sábado, 20 de marzo de 2010

Color, olor, sabor, sentimiento.

Aún a fuer de ser pesado, hoy vengo con otro par de cuentinos y, como los anteriores, de hace bastante tiempo. Con el primero traté en su día de rememorar aquellos recuerdos de niño en la aldea de mi madre. Una aldea entre viejos montes, viejas casas, viejas gentes y viejas costumbres, muchas de ellas ya desaparecidas.
Siempre digo, que el ayer tarda más en onvidarse, o mejor, núnca se olvida. Porque a medida que el tiempo transcurre, tenemos más para recordarlo.




COLOR, OLOR, SABOR, SENTIMIENTO

¡Ah si yo pudiera!... describir el follaje verde claro de la primavera, el más oscuro del verano, el amarillento del otoño o el blanco de nieve que cubre las ramas en los bosques de hayas, castaños y robles de mi aldea... Los floridos manzanos, los perales o ciruelos, los siempre verdes pinos, las diversas florecillas de los prados y el cristalino correr de los arroyuelos, las rojas cerezas o los maduros pringosos y amarillentos higos, las uvas de la parra y las moras de la morera...
!Ah si yo pudiera¡... describir los azules de los trajes y camisas de mahón, los negros de las boinas y las madreñas, los marrones de las chirucas y los castaños brillantes de las cestas de mimbre de los mineros y trabajadores de la fábrica, cuando suben o bajan por la matona, camino de casa o de la tarea...
!Ah si yo pudiera¡... describir los mandiles a cuadritos grises y blancos de faena, las negras pañoletas y los brillantes chanclos que las mujeres utilizan para ir a la huerta, los calderos, barcales o paxios que llevan sobre la cabeza cuando van al lavadero o al mercado, los pantalones por bajo de la rodilla de los chiquillos, los niquis a rayas, los jerseys tejidos a mano aprovechando lana de aquí y allá, los zapatos heredados del padre o hermano mayor, las alpargatas y playeras...
¡Ah si yo pudiera!... describir a las mocitas con sus blancos calcetines y largas trenzas, el rubor de la novia, cuando saliendo de casa, camina a encontrase con su amado que semiescondido tras el laurel la espera, el velo blanco de la señora condesa que para eso lo es y en algo, aparte de reclinatorio propio en la iglesia, se ha de distinguir la realeza...
!Ah si yo pudiera¡... describir en ese viejo hórreo, el brillante castaño de las cebollas y el dorado de las mazorcas enristradas cual rosarios de grandes cuentas, el térreo color de las patatas, el blanco de las fabas, el negruzco de las arrugadas morcillas y el rojo exultante de los chorizos que penden colgados dentro de la panera...
!Ah si yo pudiera¡... describir los encalados de las casas y los rojos oscuros de los tejados, moteados por el hollín de las chimeneas, el marrón de las puertas de cuarterón, él más natural de las talanqueras, el rojo y blanco de las vallas de la carretera...
!Ah si yo pudiera¡... describir los calderos de blanco de porcelana colgados en la cocina, el cacillo por el que beberá el agua que contienen, la familia entera, el piso de madera que con estropajo y asperón se friega, el azul y blanco del armario con sus dorados tiradores, el multicolor juego de café con motivos campestres, la vieja radio con su larga y retorcida antena, el hule de dibujos romboidales sobre la mesa panera, las largas barras y redondos panes que guarda junto a las servilletas, la ventana donde está la verde fresquera...
!Ah si yo pudiera¡... describir las estrechas camas con sus colchones de hojas de maíz, la pequeña cómoda con su juego de tocador sobre tapetitos de puntilla, el armario de luna y el reloj de pared y que como manda la tradición, ha de ser de castaño la madera, la mecedora de esa señora de moño que siempre hace calceta y es hermana de la abuela, el cuadro con un señor de bigote y una mujer de toquilla que dicen eran tus abuelos, el niquelado despertador con sus grandes campanillas y agujas fosforescentes, el rollo de higiénico el elefante, la jofaina, la palangana y la jabonera...
¡Ah si yo pudiera!... describir el llar o la vieja hornilla y el soplillo que había antes de colocar aquella bilbaína con horno y herrajes de metal, ahora ya hay agua caliente y sin ponerla a calentar siquiera, con el carbón que nunca falta y que todos los meses deja el carretero a la puerta...
!Ah si yo pudiera¡... describir el blanco amarillento del bacalao, las plateadas sardinas, los rojizos besugos, las oscuras palometas, los azulados chicharros o el rosado de las grandes rodajas de bonito, recostadas entre el hielo y los helechos del motocarro de la pescadera...
!Ah si yo pudiera¡... describir al tratante de negro blusón y vara en la mano que va comprando cerdos y terneras, al gitano operado de la garganta que se lleva la goma desde el agujero de la traquea a la boca para poder preguntar si queremos que nos haga un cesto de verde mimbre, al gallego de bata gris que pasa con su piedra de afilar reparando las potas y paraguas, al tejero que va de pueblo en pueblo construyendo con el barro tejas y ladrillos, al chatarrero que busca el hierro, pero mejor el cobre y el plomo y que a cambio te da un plato o un globo, al panadero que a lomos de su burra lleva en las alforjas los dorados y recientes panes, la yunta de lucidos bueyes que acarrea las pipas de vino para el almacén de los Orejas, la reata de mulas de Misaél que del monte baja la madera...
!Ah si yo pudiera¡... describir el aroma de la mies caída por la guadaña, el de los cestos de manzanas cogidas a mano, el de la tierra húmeda y sombría bajo las ramas de los árboles, la del surco recién abierto que acunará las patatas en la siembra, el del apio y la zanahoria ya crecidos, el de las fariñas recién hechas de la cena, el de las patatas cocidas con arroz y chorizo para medio día, el de la tortilla que llevará el paisano en la fiambrera, junto a la botella de vino en su cesta, el de esa gruesa onza de chocolate que dentro de un zoquete de pan es la merienda de los críos, el de la leche acabada de catar, el del caldero humeante de esllava para los cerdos, el de la oscura cuadra donde se recoge la vaca, el de la madera encerada de la escalera y del piso de tabla de las habitaciones superiores, el del carmín, colorete y esmalte de uñas de ese cuartito pequeño y misterioso en la buhardilla donde duerme la criada, el del chigre con sus pellejos de vino o del lugar donde se escancia la sidra, allí bajo la figar, al pie de la bolera...
!Ah si yo pudiera¡... describir el sabor dulzón de los tomates de la huerta, el de las ciruelas y los piescos, el de las manzanas y peras, el de los huevos con chorizo, el del café con pan mañanero en taza de bola, el de la manteca guardada entre hojas de berza, el de las castañas cocidas con leche o las mayucas, el de ese pollo grande y hermoso que siempre guardamos para Navidad, el del arroz con leche requemado con el gancho de la lumbre de los días de fiesta, el del jarabe de guindas, tan bueno para la tripa y que se guarda en la alacena...
!Ah si yo pudiera¡... describir la devoción y las promesas a los santos Mártires, la voz cansada del cura de tantos rezos, misas y novenas, las dos lagrimas traidoras que se le escapan a la Blanquita y que vino a la fiesta dejando en la ciudad al gran señor que la retiró de la faena, la vieja que se empeña en llegar de rodillas cuando puede andar a duras penas, la señora que porta un niño en cuello y en la mano una pierna de cera, el morito que se quedó de cuando la guerra y ahora pide limosna para volver a su tierra, el tullido que toca el acordeón enseñando sus miserias...
!Ah si yo pudiera¡... describir la barraca que sortea esos cayados de rojo caramelo, al vendedor de los de madera, que los pinta de colorines, para atraer a los niños y que el padre paga sin chistar siquiera, la señora de la ruleta que por suerte eligió a mi tía como gancho y le esta haciendo ganar ya cuatro perras, la comida de todos los de la vecindad, sentados en suelo formando corro y sacando filetes, tortilla y empanada a la palestra, el fotógrafo que inmortaliza la ocasión, para que mucho mas tarde al ver la foto, alguien exclame... !mira Concha... pobre... murió tan joven¡ aunque sin duda con el rápido correr de los años, no será solo ella...
!Ah si yo pudiera¡... describir el sonido de la sirena de la fabrica anunciando que ya es la hora de ir a buscar la cena, el traqueteo del trenillo que baja el carbón de la mina, el silbido de la locomotora del tren correo, con ese pasajero al que le falta una mano, rifa un paquete de caramelos que casi siempre toca al siete de espadas y dice que es invalido de guerra, la risita de nervioso disimulo de la rolliza señora que lanza del tren la saca o su bolsa de estraperlo al ver acercarse a la pareja para bajarse en cuanto puede e ir a recogerla...
!Ah si yo pudiera¡... describir el canto melodioso del ruiseñor en lo profundo del bosque, la del mirlo en el zarzal, la esquila de la pinta, la roxia o la moruca en el prado, el cencerro de las ovejas, el llamar incesante de la pega que va tres días que perdió a su pareja, la tonada que canta el minero camino del "tayu", los sones desafinados de la gaita del hijo de Mandolín que sin desmayo ensaya, el ruido de los coches o camiones que raramente pasan por la carretera, la tranquilidad y el sosiego con que hablan a las puertas de las casas, el modo de dejar correr el tiempo sin prisas, la suavidad de la voz para no interrumpir el sueño de aquellos que trabajan de noche o hicieron el turno de la mañana, el canto de la lotería los domingos por la tarde, los paseos de los jóvenes carretera arriba y abajo, la esperanza siempre fallida de esa quiniela escuchada con devoción por la radio, la cita nocturna con la Pirenaica vigilando que los guardias no aparezcan...
¡Ah si yo pudiera!... describir los paseos con mi abuelo por el andén de la estación, las misas de los domingos de la mano de mi abuela, el tebeo que me compraba como recompensa al salir de la iglesia, la sesión infantil de las cuatro con Boris Karloff, el Gordo y el Flaco y Errol Flin, el cine de verano en el campo de fútbol, aquella película para mayores a la que fui con mi madre y para que no se notase lo crío que era, con la rebeca me tapaba las piernas, la botella de sidra y los bigaros que tomaba con mis padres en el anochecer dominguero, el entierro del minero llevado a hombros por los compañeros y que ocupa la calle entera...
!Ah si yo pudiera¡... describir con acierto esas cosas pasadas y que por eso mismo no volverán, podríais conocer algo de mi pueblo, de sus cosas y sus gentes, y aunque tal vez dijerais de mi que soy de los que piensan que todo tiempo pasado fue mejor, no andaríais desacertados, pues mejor es este minuto pasado que el próximo, como este lo será entonces con respecto al siguiente y así sucesivamente hasta que ya no podáis pensar.


miércoles, 17 de marzo de 2010

EL VIEJO RELOJ



EL VIEJO RELOJ

¿Recuerdas viejo reloj?. Llegaste a esta casa el mismo día en que nací yo. El viejo te compró para conmemorar tal efeméride. Calla, calla y no me digas que soy un presuntuoso por tal falta de respeto. Lo fue para él que ya estaba a punto de cumplir los sesenta y yo era su primer vástago. Ya sé que luego vinieron cuatro hermanos más, pero el día de mi nacimiento fue el de mayor fiesta. Corrió el anís y el ron, te compró a ti, bueno, para hacer honor a la verdad, te desenvolvió, pues ya estabas en casa a la espera. Te colgó en el comedor, suavemente giró la manecilla de la cuerda y la del carillón, lanzó el péndulo con el dedo índice y tú comenzaste a vivir. Yo, ya lo ves. Un triste cuadro en la pared. Murió el viejo que aquí está de pie junto a mi madre. Ella que sentada me mantiene en su regazo, se fue mas tarde, luego yo. Y tu, ahí. Seguirás probablemente cuando algún descendiente mío tome la determinación de tirar esta foto a la basura. ¿Por que? Pues por que el marco es muy viejo y desentona, está carcomido por la polilla... y lo más triste, es que no saben quienes somos. No, no me consueles, sé que será como te digo. Tu tienes mejor suerte. Cuándo el viejo te puso en marcha ¿recuerdas que hizo a continuación?, ¡Ah!. Lo recuerdas. ¿Y siguen con la tradición?. ¡Claro!... ya te digo yo que tienes mucha suerte. ¿Cuantos papelillos llevas dentro?. No cuentes, yo te lo digo... el primer nombre fue el mío, por tanto, un rollito de papel con Amador, luego un papelito para mi hermano Juan, otro para Amalia, otro para Adolfo y uno más para Pilar. Yo continué y cuando nació mi primer hijo Amador, metí mi primer papelito al que siguieron ocho más. Mi primogénito metió cuatro, luego se metieron dos por mis bisnietos y uno por mi tataranieto. He tenido suerte hasta ahora; el comedor es de buena madera y no se quieren desprender de tan valiosos muebles, pero este viejo cuadro con un señor de bigote y una flaca mujer con algo sobre las piernas que no se sabe a ciencia cierta si es varón o fémina... acabará en el desván. De todas formas, que importa; mientras acaricien la manija de tu cuerda estarán tocando la mano de su padre, la de su abuelo, la mía... la de mi padre. Con eso me doy por satisfecho. Ya sé que ellos ni se darán cuenta, pero tú y yo, sí. El frío metal se templará con el suave roce de la mano, nosotros, aún en el más allá, sentiremos y quizá en ese momento a alguno le dé por pensar ¿Quien o quienes antes que yo, dieron cuerda a este viejo reloj? Entonces tal vez gire hacia la pared de enfrente y vea el cuadro. Sabe que son sus mayores, sentirá curiosidad e indagará quienes son aquellos y tal vez la voz de la sangre, el amor, la melancolía o el cariño le condicione de tal modo que mande hacer un marco nuevo y suntuoso, que ordene limpiar la foto y lavar el cristal y que como ahora, continué colgado per in secula seculorum. ¡Ah viejo reloj! ¡Cuantas alegrías y cuanto dolor hemos visto pasar juntos!. Bautizos, bodas, ascensos, carreras... disgustos, accidentes, fallecimientos... Es lógico. El que mucho vive mucho ve y tú y yo vivimos desde estas nuestras paredes sin desgastarnos apenas. Para nosotros el tiempo que tu vas marcando corre muy lento, siempre al son del tictac. Ellos cada vez van más aprisa sin saborear la tranquilidad de la vida. Nerviosos y ansiosos por conseguir algo que rápido consumen porque otra novedad esta ya allí y tienen que apurar. ¡No me digas que son los tiempos modernos! Siempre lo han sido. ¿O acaso cuando vino el ferrocarril, no era lo último, lo más moderno?, ¿Y cuando llegó el cine, el charlestón, los automóviles, el tranvía, el trolebús? ¿No eran modernos los tiempos?. ¿Recuerdas cuando el viejo empinaba el codo? Siempre le daba por bailar como él decía... guarachas y que aquí causaban tanto asombro. Lo había aprendido en América. Si, ya me acuerdo de lo que mi madre nos contaba, no hace falta que me lo digas; que se embarcó muy joven, que participó con los yanquis en la guerra civil, que estuvo en Méjico cuando aquel pobre iluso de Maximiliano quiso ser rey, que vio como lo mataban... luego participó en la primera guerra de independencia de la isla de Cuba. Allí le tomó afición al ron, tanto que una buena borrachera fue la causante de que se enrolase en un barco camino nuevamente del norte. Muertes debió de ver muchas, no solo en las guerras, también en aquél periodo que estuvo en los ferrocarriles americanos; En la línea del Pacific Railroad que unió las costas Este y Oeste. En la foto de la celebración se le puede contemplar con su fusil en brazos al modo indio y un cuerno de bisonte colgado al cuello. ¡Cuantos tumbos dio por esos mundos! ¡Pero mira!... se vino de mayor para acá y en menos de un año se casa con mi madre que tenía casi cuarenta años menos. Fueron muy felices a pesar de que las gentes murmuraron por esa diferencia de edad. Ya lo sé, viejo reloj. Ella era tan dulce. ¿Recuerdas cuando al viejo le llegó su última hora?. Postrado en el lecho gritaba... ¡No quiero morir! ¡Aún no ha llegado mi hora... ¡Carmen, Carmen, dame tu mano para que tu juventud me retenga aquí, no quiero partir! Mi madre y yo le dimos nuestras manitas, él las aferró tan fuertemente que nos quedaron blancas. Las caricias de ella hicieron que las garras se aflojaran y en un postrer suspiro, lleno ya de calma dijo... ¡Perdóname señor, por haber querido rebelarme contra tus designios!. Y se fue tranquilo. Ya sé que hasta ahora solo he recordado cosas tristes, pero es que estas quedan grabadas a fuego mientras que las alegrías, son solo efímeros momentos. Mira, para cambiar un poco el tema, ¿qué te parece si hablamos de Juan?. Ya lo sé, ya, fue siempre un vividor. No, cara dura no, fue un apurador de la vida. No me reprendas otra vez por la palabra malsonante... ¡Que vida la suya! Fue uno de los dueños del Molin Rouge y además de conocer grandes artistas ¡A cuantas mujeres hermosas cortejó!. Aquello de beber champaña en los zapatos de las bellas, ¿no fue a él al que se le ocurrió?. Peor fue lo de Pilar ¡mira que meterse a corista! ¡Bueno, ya lo sé! Pero siempre se ha dicho corista en esta casa, aunque en honor a la verdad hay que decir que fue lo mejor de la zarzuela en muchísimo tiempo. Nadie ha cantado como ella La Primorosa y así se lo reconocieron artistas, eruditos y hasta políticos, aunque estos últimos, canalla interesada, solo quisieran salir en la foto. Si viejo amigo, a pesar de los azares de la vida, siempre se ha respirado un aire muy de familia en esta casa. Siempre reunidos en las celebraciones festivas y también en las luctuosas, manteniendo los sagrados vínculos y eso que casi todos han volado del nido. Pero... recordamos con cariño a cada uno de ellos ¿verdad?. Al pobre Fermín que se colgó de la higuera el día en que enterraron a su joven esposa Juana, tan enamorado estaba. Mi madre no quiso que cortásemos el árbol y se sentaba a menudo a contemplarlo con lagrimas en los ojos. ¿Te das cuenta de que nunca más dio aquellos dulces frutos?. A Calixto que fue nombrado coronel en Afrecha y que tanto miedo nos metía con los moros. A Bartolomé que ya por su nombre parecía abocado a la carrera religiosa, como así fue. A la solterona de Angustias ¡adonde iba a ir con ese nombre! Pero ya ves, siempre fue la más risueña; parloteadora, dulce, desenvuelta, cariñosa... Ella crió a los niños de Fermín que siempre la trataron como madre. Si, viejo reloj, así vamos pasando por la vida uno tras otro, con penas y alegrías, con afanes y cariños que siempre son gratos de recordar. ¿Pero lo serán para todos? Creo que sí. He descubierto que en aquella vieja maleta de madera, la que llevó consigo Mariano en Teruel, en el Ebro y en tantos sitios durante la guerra, y que está en el desván, aquella en cuya tapa interior iba grapando las postales azuladas de todos aquellos lugares, Fernando, que solo tiene catorce años, a ido guardando todas las viejas fotos. Él tiene allí su pequeño tesoro, un alfiler, una petaca, un frasco de esmalte para uñas... . Son pequeñas cosas que a menudo manosea mientras va diciendo en voz baja y como queriendo que no se le olvide... estas medallas las ganó mi tatarabuelo luchando en la manigua de Cuba. La cajita de carey con incrustaciones de nácar, fue un regalo suyo a la abuela Carmen. Esta bola de nieve era del Tío abuelo José y la trajo de Hungría. La boquilla de marfil, era de la tía Pilar. La estampa con reliquia de Santa Lucía, del tío Bartolomé, el yo-yo lo trajo Felipe de California. La figurita del niño de la sombrilla, era de mi abuela. De mi padre tengo la galleta con la estrella de alférez, de cuando estuvo en la mili... ¿Te das cuenta? Es fijo que él será el que mande hacer un marco nuevo, el que ordene limpiar la foto y lavar el cristal y para que, como ahora, continúe colgado per in secula seculorum.