sábado, 31 de julio de 2010

Veneno.

El jardín está descuidado. La maleza lo invade y los rosales pugnan por seguir sobreviviendo entre zarzas y espadañas. El camino que conduce a la casa se ha estrechado y la hierba aflora por las separaciones de las baldosas levantando alguna de ellas. Las ramas de los árboles hace mucho que no han sido podadas y penden por doquier formando un tupido bosque.
En el centro de la finca de altos muros de piedra cubiertos por la hiedra, aparece la casona. La amplia escalera en la que antaño debió de lucir el mármol de la balaustrada, está hoy llena de musgo y las hojas se arremolinan en los escalones. El metal de los herrajes de la puerta, debió parecer de oro, pero hoy solo un verdín que arroya impregnando la noble y tallada madera los cubre. Algunos cristales de las altas ventanas tanto del piso bajo como de los altos están rotos, pero los postigos cerrados casi todos ellos, sirven de freno al aire, el sol, y el agua que se cuela estropeando los pisos en aquellos que están abiertos. En el tejado también faltan algunas de las pizarras donde sin duda se formaran goteras, pero las ventanas de la buhardilla son hermosas por sus remates de filigrana estilo barroco que combinan la madera y la piedra con un gusto especial.

Al adentrarnos en la casa después de luchar lo indecible para arrastrar la pesada puerta, contemplamos con pena la ruina en la que se halla y no podemos dejar de pensar en lo felices que hubieron de ser sus primeros moradores, disfrutándola.

Estamos en el recibidor donde a pesar del polvo y la suciedad, se pueden contemplar las grandes baldosas blancas y las negras más pequeñas dispuestas haciendo dibujos romboidales. Mi imaginación comienza a volar y ve como un criado negro de blancos guantes y blanco pelo ensortijado, nos recoge sombreros y bastones y con una leve reverencia nos invita a pasar al vestíbulo. De aquí parte la escalera principal hacia las estancias superiores, y aunque la madera de los peldaños está agujereada por la carcoma y parece que va a fallar en cualquier momento, en mi mente siguen formándose unas imágenes tal vez demasiado manidas, pero nítidas; La señora de la casa baja por ellas a recibirnos. Larga cabellera atada a la nuca con una cinta de terciopelo rojo donde comienzan unos bucles que reposan sobre los hombros. Vestido blanco de brevísima cintura ceñida con estrecho fajín del mismo color que la cinta del pelo sobre amplio polisón. Manga jamón a medio brazo y fino guante hasta la muñeca. No se por que asocio esta imagen a la Escarlata en Lo que el Viento se Llevó. Tal vez sea ese halo misterioso que la casa emana y que hace que mi animo esté de un romanticismo exacerbado.

En esta casa sin pasillos, entramos ahora en el comedor situado al frente e iluminado por tres amplios ventanales que dan a una cerrada terraza semicircular. Seguramente aquí se reunían una veintena de invitados que a la luz de los candelabros y servidos por los criados, rendían pleitesía a la hermosura de su dueña. Estoy buscando en mi mente el compañero, la pareja de esta mujer y al que no acabo de ver. Quizá esté soltera o su marido sea tan insignificante a su lado, que yo no soy capaz de imaginármelo.

Recibidor, vestíbulo y comedor son las tres piezas centrales más importantes de la planta baja, pues del ala oeste, y partiendo nuevamente del recibidor, encontramos una salita sin duda destinada a biblioteca ya que aún conserva los anaqueles para los libros. Esta dependencia da paso a otra del mismo tamaño aproximadamente y que podría haber sido el despacho de ese señor que no veo como esposo y que ahora quiero ver como anciano venerable, como padre. La estancia que sigue a continuación, se me escapa a que pudiera estar dedicada, y pienso que si el señor recibía a sus visitas en el despacho o biblioteca, bien pudiera ser esta estancia para que la señora de la casa hiciera lo propio con sus amistades.

El ala este estaba dedicada primordialmente a los servicios, pues en ella se encuentra la cocina, despensa, dos cuartos para los criados, guardarropa y escalera al sótano donde se hallaba la bodega. En el piso superior debieron estar los dormitorios; de los niños, la institutriz, los señores y los huéspedes, siendo esta planta la única donde existe un baño.
                                 
El agente que vendía la finca fechaba la construcción de aquella casa hacia mil ochocientos setenta. Conocía el nombre de todos los que fueron sus propietarios, y antes de que yo me decidiera a la compra debía de contarme una historia. Era sabedor de que más pronto o más tarde yo llegaría a conocer por otros el secreto que encerraba y no quería que le acusase de haberlo ocultado.

La visión que a mí me ofrecía aquella edificación era algo inexplicable. Un gozo interior se apoderaba de mí hasta el punto en que cualquier cosa que me dijera, por mala que fuera, no me apartaría ya del propósito de su adquisición. Mucho era lo que habría de gastar, pero no importaba. En cada hueco, en cada rincón veía inmediatamente que era lo que necesitaba, lo que le iba como anillo al dedo. Ya aspiraba el olor de las nobles maderas que emplearía y del papel de los libros en los estantes. Paladeaba los vinos que encerraría en la bodega y saboreaba las viandas en aquel gran comedor junto con mis amigos.

El vendedor me explicó que nadie tras la muerte de la primera dueña consiguió vivir allí más de tres meses y esta era la historia.

Don Argimiro Solana del Río fue quien mandó construir aquella edificación donde pasaría a residir cuando se celebrase su enlace matrimonial. Hombre importante y con importantes negocios a ambos lados del Atlántico a pesar de su juventud, manejaba el suficiente dinero como para permitirse aquella casa. No fue el suyo un matrimonio de conveniencia, muy propio de aquellos tiempos; lo fue por amor. Un amor dulce, tierno, sosegado, pero que no dio fruto.

Doce años lleva de matrimonio y no tiene hijos que puedan heredar el día de mañana su cuantiosa fortuna. Ahora esta preparando un viaje a ultramar. Su esposa se despide temerosa por el azar que significan tantos días de travesía, más no es la primera vez que emprende un largo viaje. Pero este va a ser de consecuencias funestas para ambos.

Los negocios que le han llevado tan lejos tocan ya a su fin. Va a emprender un regreso que teme en cierto modo. A su lado lleva una mujer canadiense de raza india con la que ha convivido y de la que está enamorado con una pasión fuera de lo común. Es la hija menor del jefe de la tribu que le ha servido de interprete en la compra de la madera de aquellos grandes bosques. Es joven y hermosa, y aunque viste a la moda francesa, su piel dice bien a las claras de su origen.

Al ya casi cincuentón, ni las conveniencias sociales, ni el posible rechazo de amigos, parientes o clientes lo intimidan. Nada le importa ante ese amor cálido, impetuoso, tan distinto de aquel que le llevó al altar.

Dos mujeres muy distintas se van a disputar el amor del hombre; la una callada, sin una queja, sin un reproche más que en aquellos ojos que no dan crédito a lo que intuye. La otra, fogosa, retadora, esgrimiendo su esbelto y prieto cuerpo como bandera para no perder aquello por lo que tanto camino ha andado.

Argimiro la ha presentado como su secretaria, y no es tan tonto como para no saber lo que la gente pueda suponer, le da trato de usted, muchas veces la llama princesa, pues lo es, y procura que ella se exprese en el idioma que de niña aprendió.

La elección ya estaba echa de antemano y aunque en principio comprende que es injusto, con el paso de los días va creciendo dentro de él una ira sorda que le enturbia la mente. Discute con su esposa por cualquier nimiedad y le reprocha que le espíe y atosigue. Ella llora en silencio, se recluye en sus habitaciones que han pasado a ser separadas, ya no recibe visitas. Los criados, al principio, sienten pena por ella, pero con el paso del tiempo hasta ellos le van tomando la delantera. Es la india la que manda más por dejadez de la dueña que por otra cosa.

La situación llega a ser inaguantable para Argimiro que para mayor desesperación es sabedor de que su amante espera un hijo. Una noticia que durante años se le negó y que ahora va a suceder fuera de toda norma ética. Tiene que buscar una solución, y aunque una idea peregrina hace tiempo que le ronda por la cabeza, siempre la desecha de inmediato. Hoy se encuentra a sí mismo recreándose en la forma, llamándose bastardo pero decidido a cumplirla.

Los jardineros han podado los árboles, cortado los setos, segado la hierba y plantado los parterres. En el estanque corre el agua y los peces de colores forman bandada huyendo de las sombras de los que aparecen junto al pretil. Los albañiles han limpiado las piedras y los mármoles, han retejado y puesto en pie las chimeneas. Los pintores barnizan puertas y marcos, encalan paredes y sacan brillo al parquet. Electricistas, carpinteros y fontaneros también se dedican a lo suyo y la casa va adquiriendo el esplendor de antaño.

Aunque estoy orgulloso de como va quedando la obra, no dejo de pensar que allí se cometió un asesinato. El asesinato de la dama que con ensueño ocupa un lugar en mi corazón desde el primer momento que conocí la finca. La figura de Escarlata ha dado paso a la dulce cara de Melanie.

El solapado medio que empleó Argimiro fue ruin, cobarde. No solo por el echo ya despreciable en si, sino por la forma en que fue llevado a cabo. Muchos envenenamientos ha registrado la historia; fueron famosos los de los Borgia y no menos transcendentes fueron los que sufrieron Augusto y Claudio, pero que una dulce mujer haya de morir no siendo culpable más que de querer a su marido, no tiene perdón.

En la distancia veo como aquellos emperadores romanos toman la pócima que su esposa les tiende y me ofende hasta la semejanza con que Argimiro actúa. Ofrece a su esposa la copa con el vino ¿Porqué tan gentil hoy?, parece inquirir ella. Y sus ojos azul celeste lloran lagrimas interiores que resbalan por su garganta hasta mezclarse con el vino y la ponzoña. Ella también lo sabe, sabe que esta es su despedida y musita un "gracias mi amor"

Pero en el pecado se lleva la penitencia como se suele decir, y no podía ser de otro modo. La ley es implacable y la justicia se hace para todos. La condena del asesino que no verá nacer su hijo ilegítimo, es el garrote vil, y si inmerecida es toda muerte, lo es mas la del inocente.

Lo han sentado en la silla, ajustan el collarín a su garganta. Las manos del verdugo están tan frías como el hierro y algunos interpretan como miedo, el respingo que da el reo a su contacto. De poco sirven las monedas que el que va a ser ajusticiado entregó para que realizase bien su trabajo. El pobre hombre está nervioso ante la calidad del personaje y tiembla al apretar el tornillo. Por fin un crujido y el cuello se quiebra. El alma de un pecador comienza su descenso a los infiernos, o cuanto menos al purgatorio si es que se ha arrepentido de su maldad.

¡Que más me da a mí, si como dicen el fantasma de aquella mujer vaga por la casa! ¡Que me importa que su etérea figura deambule de su habitación al despacho en busca de su esposo al que nunca hallará! Al fin y al cabo, de nadie se va a vengar y a nadie atormentará. Ella es la atormentada. Llorará camino de una a otra habitación buscando a su amor perdido y tal vez yo pueda redimirla de su prisión si algún día consigo que una mujer de su condición comparta conmigo esta nuestra casa. Si soy capaz de que ambas mujeres se identifiquen y que de ese nuevo amor nacido entre nosotros, sea ella participe. Entonces tal vez se vaya y descanse para siempre...
fin.

viernes, 30 de julio de 2010

¿Que es el... Pepino africano?

Natural del Desierto de Kalahari, África, el pepino africano, melón astado o melano, es una fruta que puede ser descrita como el melón con cuernos. Se cultiva ahora en California y Nueva Zelanda. El sabor de la pulpa verde oscura, recuerda al plátano, tilo, la fruta de pasión y el pepino. A menudo es usado para decorar el alimento, pero también en helados.

Ronchar.

1 tr. Hacer ruido al masticar un alimento quebradizo: no ronches la corteza.

2 intr. Hacer ruido un alimento al masticarlo: las patatas mal cocidas ronchan.

Quisiera saber yo en que zonas se utiliza más esta palabra. Lo cierto es que la he oído poco, tal vez por que aquí se utiliza mucho “triscar”, que no es exactamente lo mismo. ¡Cómo trisca esa manzana!

He mirado en el diccionario por si aberroncho o aberronchar – ya sabéis, esa palabra que utiliza tanto el amigo del Tío la Vara – tenía algo que ver con el asunto, pero parece que es una invención suya: el diccionario nada sabe de ella, ni con B, ni con V.

Cucuteños.


San José de Cúcuta, está situada al nordeste de Colombia, en la frontera con Venezuela y a orillas del río Pamplonita. Tiene la categoría de Distrito Especial Fronterizo y Turístico, conformado una de las zonas de frontera más activas de América del Sur. Cúcuta es la ciudad mas grande de la región de los santanderes y la sexta a nivel nacional.
Durante el período precolombino, el área que actualmente ocupa Cúcuta estuvo poblada por indígenas Chitareros y Motilones, pertenecientes a la familia lingüística Chibcha y de descendencia caribeña. Las tribus se caracterizaban por tener costumbres nómadas y practicaban la agricultura y la artesanía. Estos pueblos indígenas se asentaron en las riveras de los ríos Zulia, Tarra, Sardinata, Catatumbo, Pamplonita y Táchira.

Atanasio y el moco.

Hace tiempo que deseaba contar esta historia, pero nunca me decidía a ello pensando que al igual que el protagonista de ella, hay muchos en esta España nuestra y no por ello se siente la necesidad de dejarla impresa en un papel. Pero como eran muchas las veces que a mí acudía el recuerdo de aquel hombre, pense en escribirla por ver si de una vez se atenuaba o incluso llegaba a olvidarla.

Esta es pues la pequeña parte de la vida de un emigrante, como él decía, aunque lo suyo solo había sido un cambio de ciudad dentro del mismo país y casi de la misma región. Los motivos fueron como casi siempre, el buscar una vida mejor.

Aquella filosofía de "el buey no es de donde nace, si no de donde pace" no iba con él, pues siempre se considero extraño en la tierra que le cobijó y volvía a la suya siempre que podía. Aunque ya llevaba fuera más de veinte años, tuvo buen cuidado de dejar dicho cien veces que deseaba cuando muriera que lo enterraran en su pueblo. Hasta allí llegaba la nostalgia.

Atanasio era gallego. En sus años mozos se dedicó a menudo al contrabando de tabaco, si transportar de una lancha a una cueva y de allí al camión, se podía llamar contrabando. El solo era la mula que cargaba con los cajones sin saber quien los enviaba ni a donde. Simplemente unas pesetillas por el trabajo y hasta otra.

Sin un trabajo estable, la guardia civil lo tenía fichado, aunque solo en una ocasión lo habían cogido con otros compañeros en plena faena. Unos días en el calabozo y a la calle. No era pez gordo, nada sabía y el alijo era raquítico en aquella ocasión.

Un hermoso día de verano, paseaba por la playa sin otra cosa que hacer mas que contemplar aquel mar apacible, donde los pocos veraneantes que llegaban al pueblo se bañaban o tomaban el sol. Varias sombrillas guarecían de los fuertes rayos a las matronas y que sentadas en sillas de tijera, vigilaban los juegos en la arena de sus niños. Unos mozalbetes daban patadas a una pelota, otros buscaban caracolillos en las rocas y las niñas se entretenían con el diábolo. Dentro del agua otros competían por llegar primero a tal o cual sitio. Uno de los nadadores, de no más de catorce años y que parecía bastante experto, se adentró más de lo prudencial con tan mala fortuna que le entró un calambre. Cuando vio que no podía mover las piernas y que se iba al fondo, comenzó a gritar presa del pánico. Los demás quedaron como petrificados y sus risas y voces se apagaron para quedar contemplando, como aquella cabeza ora emergía ora se hundía. Atanasio no lo pensó dos veces, pues no era la primera vez que señoritos como aquellos, acostumbrados a nadar en piscina, se habían visto en un apuro del que los hubo que sacar. Soltó las alpargatas y corriendo se despojó de la camisa para lanzarse al agua con pantalones y todo. Ya no se veía al muchacho, por lo que llegado al punto en que creyó podía estar, se sumergió. Los segundos parecían minutos y ya toda la gente estaba a la orilla del agua expectante. Por fin Atanasio salió a la superficie llevando asido al joven que parecía desvanecido y nadando hacia dos o tres hombres que ya se prestaban a la ayuda. Depositaron al chico en la arena e inmediatamente comenzaron a hacerle la respiración. Minutos más tarde y después de echar bastante agua, comenzó a respirar entre toses.

Aquel jovenzuelo que nuestro hombre salvó de una muerte cierta, supuso para él la vida mejor que tanto esperaba, pues era hijo de un militar de alta graduación y con mucha influencia.

- Pídame lo quiera que se lo proporcionaré. Como usted ve soy ya bastante mayor y este es mi tardío y único hijo. Lo que necesite, todo lo que esté en mi mano para usted y su familia, pídamelo que yo haré por que se cumpla.

Atanasio solo pidió trabajo, y trabajo le dieron. No en su pueblo, que no lo había, le dieron una recomendación para entrar en una fábrica de Asturias que comenzaba su andadura y que se llamaba Ensidesa.

A mucho no podía aspirar; sabía leer y escribir y las cuatro reglas, que ya era bastante, así que lo colocaron en la red de aguas, en un pequeño edificio al cuidado de unas bombas. El trabajo era escaso, la paga fija y aunque no muy elevada, si lo suficiente para mantener a su mujer y los dos hijos. Tenía concedida también casa de la empresa y otros pequeños beneficios.

Cuatro años pasaron sin poder volver a su tierra, primero por que tenía que ahorrar y pagar los muebles y después por que su mujer quedó embarazada nuevamente. Pero ese año iban a disfrutar aquellos veinte días de vacaciones. Cogieron sus dos pagas; la del mes y la del dieciocho de julio, sus niños, sus maletas y algunos regalos para la familia y se metieron en el tren.

En el pueblo no hay más de cincuenta vecinos. Unos pocos malviven de la mar y otros de la tierra. Para los primeros les es difícil dar salida a lo que pescan por le lejanía del mercado; solo tienen un comprador que se atreve a transitar con su viejo camión por aquellos caminos, y otro tanto les ocurre a los segundos. Tiene no obstante su iglesia, su botica y su bar, amen del cuartel de la guardia civil.

Atanasio llega desde la estación en la línea con su familia y causa un enorme revuelo. Todos se conocen y por tanto se saludan en la plaza donde forman corro alrededor suyo. Causan envidia con sus trajes nuevos, el reloj de muñeca del que el hombre presume mirando la hora a cada instante, la maquina de hacer fotos que lleva colgada y que un amigo le prestó para la ocasión...

Una vez instalados, nuestro personaje se dirige al bar donde invita a los amigos. Para pagar saca un billete de mil pesetas y el tabernero se las ve y se las desea para poder darle la vuelta; las consumiciones no llegan a los diez duros. Al día siguiente, al atardecer, Atanasio vuelve al bar y nuevamente pone encima del mostrador un billete de mil pesetas. El dueño vuelve a tener problemas. Al quinto día y cuando por quinta vez aparece un nuevo billete de mil, el tabernero le dice que se lo pague otro día. Él insiste en que cobre por que quiere ir a la capital al día siguiente para revelar las fotos y posiblemente se queden por allí a conocer algo. Efectivamente, por la mañana temprano cogen el autobús y se van, pero al atardecer ya están de vuelta; no hay mucho que ver, los críos dan la lata y mejor es estar en casa.

Al cuartel ha llegado, por decirlo suavemente, la noticia de que el veraneante todos los días abona lo que toma con un billete de mil. No es que nunca hayan visto tal cantidad de dinero, pues otros forasteros también gastan, pero no un día tras otro. Algo raro sucede. ¿Serán buenos los billetes? ¿Estará de nuevo en lo del tabaco, y con más categoría? De mala gana el sargento decide encontrarse, por casualidad, con Atanasio.

- Hombre, Atanasio. ¿Que es de tu vida? No habíamos coincidido hasta hoy, que caro te vende... ¿es que ahora que eres rico no conoces a nadie?

- Hola sargento, ¿por qué dice que soy rico?

- Las malas lenguas dicen que manejas mucho dinero.

- ¿Es un delito?

- No si ha sido ganado honradamente..

- ¿Y por que no lo iba a ser?

- Oye Atanasio, seamos francos. Me han venido a contar lo que haces en el bar todos los días. Como puedes comprender no parece muy natural. Hay quien quería poner una denuncia, y yo le he hecho ver que no había lugar, pero... ¿por que no me cuentas que es lo que pasa? Aquí no hay donde gastar todo ese dinero y tu por mucho que ganes tampoco puedes permitirte ese lujo.

- ¿Así que le fueron con el cuento?

- Sí.

- ¿Y si se lo digo, me guarda el secreto?

- Hombre, si se puede...

- No es nada malo, prométalo y se lo cuento.

- Vale, prometido.

- Vera usted; habrá observado que hemos ido dos veces a la capital; uno a los cinco días de llegar y otro cuatro más tarde. Hemos ido a cambiar el dinero suelto de las vueltas por verdes.

- ¿Cómo dices?

- Si coño, yo pago con uno grande, me dan la vuelta, se la entrego a la mujer que me da otro, así un día tras otro. Cuando no hay mas que suelto nos vamos al banco de la ciudad, cambiamos lo chico por lo grande y otra vez a empezar. Con mil duros que traje tengo calculado hacer esto durante quince días y otros dos más con uno de quinientas. Más de uno rabiará, por ejemplo el boticario y el cura, que ya ha querido confesarme, pero yo no suelto prenda.

- ¿Y solo por hacerles de rabiar haces esto?

- Si señor, ¿Acaso no sabe que antes de morir mi madre, el primero no nos quiso fiar más, y el segundo solamente dijo una misa de las siete que ella le pidió?

- No lo sabía, de todos modos eso es agua pasada, además, el cura pensaría que aquella buena mujer que fue tu madre no necesitaba de tantas misas. De todas formas ¿qué placer encuentras en ello?

- Que les reconcoma la envidia. Como ve, la tienen, sino no habrían ido a contárselo.

- Está bien, lo que tú quieras, pero mejor sería olvidar lo pasado.

Durante todos los veranos volvió a su pueblo. Aquella forma de ser no había cambiado y para ganar unos cuartos más se dedicó a la reventa de lo que sacaba de los barcos, todo con el afán de presumir. Pequeños transistores de radio, relojes japoneses, ginebra holandesa, tabaco americano, whisky escocés, vodka, prismáticos y cámaras fotográficas rusas, cualquier cosa que se pudiera guardar en los amplios bolsillos de la gabardina o la ropa de trabajo y que pasaba ante el carabinero con gran desfachatez. Para entonces su puesto de trabajo estaba en los muelles dedicado a acompañar al técnico que hacía los aforos y los marineros que atracaban a descargar lo conocían de otras veces o por referencias de amigos.

Un día fue a Gijón, al rastro, y quedó gratamente sorprendido de los negocios que allí se hacían. Pensó que era el sitio idóneo para dar salida a sus mercaderías y se puso en marcha. Se hizo con una sombrilla que colocó atada a un caballete sobre el que abrió una maleta de madera cuajada de artículos de uso corriente, y bajo esta, en una bolsa de lona los más comprometidos que iría sacando según viese.

Los curiosos se acercaron, alguno preguntó precios, pero nadie compraba. Dos horas llevaba ya y ni una peseta había entrado en su bolsillo por lo que decidió cambiar la pasiva actitud que había mantenido y pasó a la acción:

- Acérquense señores y señoras y vean lo que hoy traigo a esta plaza. Por cinco duritos nada mas les ofrezco el lote compuesto por la asombrosa maquinilla de afeitar bañada en oro alemán, cinco paquetes de hojas de la acreditada marca Sevillana y tres peines de distintos tamaños todos ellos de verdadera concha de tortuga de las islas Galápagos. Pero aún hay mas, a los diez primeros compradores que se acerquen a por este lote, les regalo el jaboncillo y para que no digan que soy tacaño, la maravillosa brocha de pelo de castor autentica. Todo por solo cinco duritos. ¿Hay quien de más?

En un periquete vendió toda aquella metralla a la vez que por lo bajo y solo a los hombres, les ofrecía lo de la bolsa; Tengo relojes suizos marca Cauny y Orient japoneses sumergibles. También "gomas" del Trébol muy baratas.

Cuando los mirones se iban esparciendo, atraía de nuevo su atención con mil triquiñuelas, y aunque alguno trataba de dejarle mal, siempre salía airoso de los lances.

- Tengo aquí un invento maravilloso que me enseñaron los indios de la Patagonia, con un simple periódico como este podremos ver a nuestros seres más queridos. Vean señoras y señores como; enrollamos el periódico, tiene que ser el ABC, de esta forma, luego hacemos un corte hacia la mitad con una navaja suiza como esta, lo doblamos y tenemos unos prismáticos con los que podrán ver a su suegra. Pero ya que hemos hablado de navajas, dejemos por un momento este artefacto y vean lo que les puedo ofrecer; un autentico taller ambulante, la prestigiosa navaja de la cruz que lleva: unas tijeras para cortar las uñas del señor o los hilos de la señora, una lima, un sacacorchos, una hoja grande y otra pequeña y un abrelatas y descorchador. ¿Y cuanto dirán que pido por esta estupendisima navaja? No señor, no voy a pedir vente duros, ni diecinueve ni quince ni catorce, la dejo al irrisorio precio de diez duritos nada más. Pero como a mí nunca me gusta que la gente se marche esperando que tal vez pudiera haber conseguido algo más, a los diez primeros que la adquieran les voy a entregar de regalo, el estuche de piel de cabra para que la guarden, y esta cadena de acero inoxidable, fiel complemento para que la lleven cogida al cinto.

- Oiga, ¿Y cuando vamos a poder ver lo del periódico?

- Calla niño y no incordies, además, ¿Quien coño quiere ver a su suegra?

También le iban las cosas que primero se compró una moto a lomos de la cual se desplazó al pueblo con su mujer. Pero aquello no era suficiente. El progreso se adentraba en todos los lugares poco a poco y no iba a ser menos en su terruño. Algunos ya poseían tan preciado bien, por lo que la idea del coche se fue grabando en su mente. Cambió la moto por un "Gordini" azul metalizado, que aunque era de segunda mano, estaba muy bien. Los niquelados brillaban cegadores, ni la más leve mota de polvo dejaba que se posase sobre él, siempre con la gamuza limpia aquí y allá.

Nuevamente habían llegado las vacaciones y ya estaban liando el petate. Causó admiración como de costumbre y no tuvo más remedio que mojarlo, como se suele decir. Invitaciones a todos los que le festejaban y admiraban y explicaciones de cuanto corría, como funcionaba el radio casete...

Dos días después de llegar salió a dar una vuelta en su flamante auto. La carretera serpenteaba entre los gruesos y altos pinos. No era muy ancha, pero la circulación era muy escasa por o decir nula. La radio sonaba mal por aquellos parajes por lo que decidió poner una cinta de música. Aquello era otra cosa. Abrió un poco la ventanilla para sentir el perfume de la floresta y que el aire le acariciara. No respiraba muy bien, así que se metió el dedo en la nariz en busca de lo que se la obstruía. Encontró lo que buscaba y lo sacó con la uña. El paso siguiente fue llevarlo a la boca para escupirlo a continuación en dirección a las alfombrillas. Mala suerte, la partícula quedó pegada a la radio. La recogió nuevamente con el dedo. Empezaba a bajar una pequeña cuesta con el moco pegado al dedo, por lo que repitió la operación; a la boca y nuevamente a escupirlo. Esta vez lo iba a dirigir mejor. Apuntó al hueco entre el asiento contiguo y el salpicadero y zas... nuevo fallo, yendo a posarse esta vez tan indeseable porquería en el asiento.

- ¡Maldita sea, con el puñetero pegote!.

Estiró la mano para eliminar aquella horrible suciedad sobre el inmaculado tapizado, cuando un pequeño bache gira el volante. Trata de controlar el vehículo dando un volantazo en sentido contrario, el coche derrapa de atrás y se sale de la calzada chocando contra un grueso árbol. Allí acabó Atanasio, allí su presunción, y sus afanes. Todo por un minúsculo y asqueroso moco. Y mientra la música sonaba…

… de la luz crepuscular
mirando al mar soñé que estabas junto a mi,
mirando al mar solo se que sentí que acordandome de ti
lloré y lloré; la dicha que perdí yo se que ha de tornar…

miércoles, 28 de julio de 2010

Catrachos.


Catracho es un gentilicio coloquial sinónimo de hondureño utilizado desde la segunda mitad del siglo XIX.

El aventurero William Walker quería establecer dominio sobre los países centroamericanos para lo cual empezó invadiendo Nicaragua. Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Honduras y Costa Rica se unieron para expulsar al invasor. A su regreso de los campos de batalla, los hombres del general  hondureño Xatruch fueron recibidos por los pobladores nicaragüenses como héroes y con frases como: "Ahí vienen los catrachos", palabra mal pronunciada debido a la dificultad de pronunciar el nombre del general Xatruch.

Desherrumbrar.

Ésta palabra creo que es de poco uso, o por lo menos no habitual; “hay que desherrumbrar la reja para pintarla”

Prefiero decir; “hay que quitar él oxido de la reja para pintarla”.

Más fácil aun; “hay que lijar la reja antes de pintarla”. Se sobreentiende que si se lija es por culpa del oxido.

También puede suceder que únicamente queramos cambiar de color y la pieza no tenga oxido, con lo cual ni siquiera hace falta desherrumbra. De todas forma al escribir desherrumbrar he metido la pata dos veces. Condenada a la cárcel de las palabras.

El mal uso de los intermitentes.

No hay cosa que más rabia me dé, que esas personas que no usan correctamente los intermitentes; frenar, poner intermitente, girar. ¡No señor! La secuencia es; poner intermitente, frenar y girar. Peor aún son los que giran sin poner el intermitente. Seguramente piensan que como van para casa… como si los demás supiéramos donde viven y lo que van a hacer. Yo no soy de esos.

Pero al igual que ellos, a veces pienso que la telepatía existe, que cuando escribo una cosa, los demás saben lo que estoy pensando y por tanto me quedo para mí palabras o definiciones. Con ello, lo que estoy haciendo es confundir, causar malos entendidos, sembrar dudas y en ocasiones, poner de mala leche a mi interlocutor.

Por eso pido disculpas, sed benévolos y tened paciencia procurando que la telepatía funcione.

martes, 27 de julio de 2010

Chile.


En una entrada al principio de esta singladura, puse un vídeo de Chile donde se mostraban esas fenomenales construcciones que son los moai. Dado que Chile de norte a sur es grande, hoy he querido traer este con sus bailes de la cueca, danza Nacional Oficial de Chile.

La palabra "cueca" hace alusión al estado de agresividad que toma la gallina luego de poner sus huevos, buscando un lugar seguro donde empollar. Podemos inferir que este baile sería entonces "una danza donde la hembra defiende su postura frente al macho", y también tomarla como una parodia del cortejo entre el gallo y la gallina: los pañuelos podrían simbolizar las plumas o las crestas, dentro de una coreografía que se caracteriza por ser de "pareja suelta interdependiente", tal como lo indica el investigador Carlos Vega.

Sacapotras.

1. m. coloq. Mal cirujano.

Me da algo de reparo condenar a esta palabra a la cárcel del olvido. Sin duda es una palabra antigua y fuera de, uso pero al fin y al cabo está escrita en el Quijote (XXIV, p.p)

… “- Eso no ¡voto a tal! – respondió con mucha cólera don Quijote (y arrojóle como tenía de costumbre) – y ésa es una gran malicia, o bellaquería por mejor decir; la reina Madásima fue muy principal señora, y no se ha de presumir que tan alta princesa se había de amancebar con un sacapotras…”

En fin, la dejaremos ahí por un tiempo.

El rey del tango.

Que nadie piense al leer el título que voy a hablar de Argentina. Voy a hablar de la palabra "Tangar".

tangar.
1. tr. coloq. Engañar, estafar.

Esta mañana tras limpiar la alberca, me dediqué por un rato a colocar unas baldosas. A la una estaba cansado ya y decidí dejarlo. Apenas me había sentado a beber un par de vasos de agua, cuando sonó el teléfono.

- Oye tío, que están aquí cortando los árboles y tengo miedo que les pase algo. Necesito que vengas y lo mires tú, por si acaso.

Ya me tangó. Era mi concuño, ladino él donde los haya, que te hace sentir importante a fin de conseguir lo que persigue. Metí la sierra en el coche y fui para su finca, total; un par de horas de tronzar ramas. Eso sí, me invitaron a comer, el problema fue que se acabó el gas.

A esta palabra yo le doy un sentido más… consentido, es decir; el que tanga lo hace de forma que “el tangado“ sabe de sobra que lo es, y por tanto no hay engaño o estafa en el sentido que parece transmitir el diccionario.

lunes, 26 de julio de 2010

¡Llegó la hora de filosofar!.


Rimbombante título, veremos lo que resulta.

El tema puede ser; “ Estado natural del hombre”. Que nadie piense al decir hombre, que las mujeres están excluidas, sería impensable.

Vamos allá. Pienso que el estado natural del hombre es el de “enamorado”. Estoy diciendo enamorado y no me refiero a “encoñado”, aunque el amor acabe casi siempre en sexo. El amor es un estado que atañe a solteros, casados, jóvenes, mayores, medio pensionistas, altos, bajos, gordos y flacos, feos y guapos, ricos y pobres… El enamorado- siempre que sea correspondido- será sin duda feliz, mejor persona, afrontará los retos de la vida con un espíritu abierto, se crecerá ante adversidades y nada se le pondrá cuesta arriba. Encontrarlo no es tarea fácil, y aún es más difícil conservarlo, mantenerlo en el tiempo. Sin amor, aunque haya cariño, el sexo, fin último y demostración palpable del mismo, se convierte en un acto mecánico, de desahogo y que, al final, puede acabar en frustración. Todo esto es, como decía un profe de física que yo tenía, “de Perogrullo”. Ahora que intervengan los filósofos y comenten cual es para ellos “el estado natural del hombre” o mujer, claro.

¿Qué es el Langsat?

“Langsat“: Lansium domesticum. Se cultiva en toda la región del sudeste asiático, desde el sur de India a las Filipinas debido a sus frutos. Los Frutos son de unos cinco centímetros de diámetro y forma ovoide, normalmente se encuentran en racimos de veinte a treinta frutos. Cada uno de ellos está cubierto por una piel gruesa, correosa de color amarillo pálido. La carne firme, y translúcida, está cubierta por una piel marrón curtida. Tiene un gusto ácido, pareciéndose al pomelo, pero más maduros son bastante dulces.

Costa Rica.

domingo, 25 de julio de 2010

A vueltas con Corujas.

Cuando mis abuelos paternos estaban enterrados en el cementerio de Villarejo, siempre me quedó la comezón de subir por una “caleya” desde el campo santo hasta no sé dónde. Intuía que aquél camino me habría de llevar a la aldea donde mi padre vivió y el suyo trabajaba. Pero nunca me decidí. Ahora sus restos reposan en Oviedo y no he vuelto por allí. Quería buscar, si aun existía, “La Ferraura” (la Herradura) y los famosos Cuarteles.

Según mi padre… “Cuando contaba 3 o 4 años de edad nos fuimos a vivir a los cuarteles de Corujas, la Herradura: aquella casa tenía planta, piso y aseo, pero no había electricidad, ni agua, el agua lo subíamos los chicos en latas; la luz era con vela, o con carburo. La casa contaba con un corredor a ambos lados y una parra que se cargaba de racimos de uvas, también un patio muy grande, con jardín y árboles frutales: un peral, que solo dio dos peras en su vida, una cerezal, guindales, una nisal, tres ciruelos, dos ocalitos grandes, y muchos rosales de cien hojas. También había un huerto grande en la parte trasera de la casa, teníamos gallinas, conejos, una cerda con cerditos y una cabra, que llamábamos Paquita. Nos la regaló un tío de mi madre de muy chiquitina, la criamos a biberón y tanto nos quería la Paquita que en agradecimiento por lo bien que la tratábamos, nos daba 3 o 4 litros de leche diarios; También nos daba un cabritín todos los años que luego vendíamos por 15 pesetas a un contratista de mulas muy alto, y muy gordo. Se lo comía para merendar como el que come una onza de chocolate y, cuando iba a comer a un bar, tenía que pedir la comida para cuatro”.

Esta es la descripción que hace de la casa, en cuanto al lugar…

“La Herradura está a unos 600 m. de altura sobre la carretera de Mieres. Desde los l0 años hasta los 14 fui al colegio de frailes del babero, a unos 4 k. de distancia, teníamos que ir andando y se entraba a las 8, 15 de la mañana. Una temporada llevamos la comida en una fardela o bolsa y la calentábamos en la cocina del colegio, por la tarde entrábamos a la 1,30 y salíamos alas 4,30. La comida que nos mandaban casi nunca la comíamos, y por la tarde al volver a casa la tirábamos en un bardial, para que se la comieran los pájaros, casi siempre era arroz. Cuando se enteraron, nos hicieron venir a comer a casa, así que caminábamos todos los días para ir al colegio 16 kilómetros”.

“Primero, cuando yo tenía 7 u 8 años,  fui a una escuela de Rozadas de Bazuelo, estaba más arriba en el monte a unos 2 kilómetros de la Herradura: a esa escuela acudí poco tiempo, después pasé a la escuela de Santullano hasta los 10 años”.

¿Y que podían hacer los chicos en aquel monte?

“Los chicos vecinos, se divertían mucho con las cosas que yo hacía: en una ocasión hice bolos labrados a hacha y una bolera. Tenía una chabola que yo mismo hice en el patio de mi casa; allí tenía herramientas, como un cepillo, una garlopa, alguna lima, un serrucho, un martillo, un formón, compás de puntas, etc. etc. Claro, todo esto era de mi padre, pero yo lo tenía. Cuando construí la chabola también hice un banco para trabajar. Los bolos eran 9 y el minique.
En una ocasión hice dos automóviles, un chico montaba y otro tiraba, tenían puerta y volante para girar la dirección.
En otra ocasión hice un cable aéreo, una mina en mi patio con vagones y manpostas y cuadros de la mina como los de verdad.
También, hacía lámparas con vasos y redes viejas que cogíamos junto a la lampistería tirados ya como inservibles: con una tapa de una caja de serbus para los zapatos, una red, un vaso, un trozo de vela y unos alambres quedaba la lámpara hecha, los domingos que no trabajaban los mineros nos metíamos en la mina, claro, que todo esto era sin que lo supieran nuestros padres, y sin que nos viera nadie, si no, ¡vaya zurra que nos caía!. Unos montábamos en un vagón y otros tiraban y viceversa, en una ocasión nos vio un hombre y nos dijo que no entráramos, unos días antes se habían matado dos mineros y no entramos.
En otra ocasión hicimos un equipo de fútbol, para esto tuvimos que juntar una carrada de troncos de los que salen de la mina ya viejos, arrastrarlos con cuerdas desde la escombrera hasta la orilla de la carretera; cuando juntábamos una pila grande llamábamos a un carretero que venía con un carro de bueyes y los llevaba a una panadería, le pagaban 6 duros, 3 para el y 3 para nosotros. Con esos 3 duros compramos un balón de reglamento, luego juntamos otra carrada para comprar la bomba, parches, una lezna y tener fondos para otras cosas como jerseys, o camisetas. Pero esto nunca lo compramos, se desintegró el equipo antes.
Hacíamos carreras de aros, al primero le dábamos una copa que consistía en una esquila puesta del revés con un pedazo de madera puesto debajo como peana: también jugábamos al pío campo, al salto de la muerte, a ambera, ambera, salta de la puchera, a tres marinos en la mar, a los ladrones, a la peonza, a las bolas, a los cartones y en la primavera íbamos a niales, o nidos de pájaros, los nidos están muy fimos por dentro y los huevos son de colores según los pájaros, los hay blancos, azules, grises, con pintas, amarillos, verdes, de muchos colores".

"El día 10 de marzo de 1.931 cumplía 14 años y dejé de ir al colegio de los frailes del babero. El día 20 del mismo mes empecé a trabajar en un garaje en Mieres, se llamaba Garaje Larrea".

Esto y algo más escribía mi padre cuando tenía casi ochenta años. Quería que los nietos, algún día leyeran algo de las costumbres, juegos y vivencias de sus mayores para que no todo quedara en el olvido. Me acuso de no prestar la debida atención cuando era pequeño y no tengo ni idea de juegos como "el salto de la muerte" y "embera, embera, salta de la puchera".

Siempre me ha parecido, que lo más triste de pasar por este mundo, es que nadie te recuerde cuando te has ido. Ya sé, que ese recuerdo está solamente destinado a aquellos grandes hombres o mujeres que hicieron historia. Sabios, filósofos, músicos, gobernantes, reyes, conquistadores deportistas... Aquellos que dejaron una huella profunda y que serán recordados por todos los tiempos. También sé que somos infinitos los que han vivido, vivimos y vivirán una vida anodina y sin ser recordados más que por unos pocos de una o quizás dos generaciones; Padres, abuelos hijos, nietos... Una de estas vidas, sin importancia para muchos, puede ser la de mi madre o mi padre. Él, ella, fueron importantes para los suyos - otras vidas anodinas y perdidas, de nadie en el recuerdo ya -. Importante para sus hijos, y que debiera serlo para sus nietos y para sus descendientes. Porque gracias a nuestros ancestros, vivimos nosotros y gracias a ellos, que nos dieron el ser, podemos pasar a la historia si es que lo merecemos. Entonces, tal vez, alguien recuerde, diga, que eras hijo de tal o de cual, y por un momento estarás haciendo justicia y homenaje a tus mayores.

Yo rindo homenaje desde aquí, a los míos. El homenaje del recuerdo, para que mis descendientes, si es que algún día sienten curiosidad, sepan quien era su familia. Aunque sus vidas hayan sido simples, anodinas. Aunque no estén en la historia.

¿Qué es el Durián?

El Duriano es un árbol de unos 25 m de alto, originario del sureste de Asia, cuya fruta es conocida y reverenciada como el “Rey de las frutas”. Su carnosa y cremosa pulpa semejante a la crema de vainilla, es muy dulce y tiene un sabor similar al de las almendras.

Pero su olor es como barniz junto con estiercol de cerdo, por ello se prohibe comerlo en medios de transporte colectivos.

Ayuda a eliminar parásitos, sus hojas y raíces en té bajan la fiebre y su carne tiene efectos afrodisíacos. Los nativos lo usan como alimento base para infinidad de preparaciones culinarias como para postres y helados, comiéndose también las semillas, generalmente fritas.

sábado, 24 de julio de 2010

Sacanabo.

Quiero condenar a esta palabra a la cárcel de la ambigüedad. Se presta a malos entendidos; me ha recordado aquella película de Kung-fu donde el maestro enseñaba: “dar cera, pulir cera” pero cambiando groseramente la expresión.

Diccionario.

1. m. Vara de hierro, de dos metros y medio de largo, que tiene en un extremo un gancho y en el otro un ojo , y servía para sacar del mortero la bomba.

Viejo Oeste...

Panama

viernes, 23 de julio de 2010

Tarkeada Boliviana.

Gárgaras.

Que educados éramos antes, que en una discusión mandabas a la gente a hacer gárgaras, puñetas o a freír espárragos. Ahora por menos de una “perrona” te mandan a tomar por c…
Esta palabra me suena muy bien, aunque ya no se oye a los vecinos cuando de noche o de mañana hacen sus gárgaras. ¿Será cosa del aislamiento de los tabiques, o que la gente se aclara con un orujo?
Ojo, no confundir Gárgaras con colutorio, esto es simplemente un enjuague bucal más o menos poderoso- los anuncios de TV los muestran como bombas que inflan los carrillos y son capaces de desatascar tuberías al expulsarlos.

Cumbia Colombiana.

Quiero agradecer a los que suben estos videos que nos ayudan a conocer los modos de vida y folklore de los pueblos hispanos, de los que estoy enamorado. En mi afán divulgativo de aquello que me gusta, no hago sino compartir lo que otros han realizado y espero perdonen mi osadía. Gracias a todos.


jueves, 22 de julio de 2010

Daleada. (Por ladeada).

Ésta palabra que según el diccionario no existe, es frecuente oírla por el centro y por el sur, y me la ha recordado hoy una señora que la pronunció en la tele.
Ya sé que a menudo se trabucan palabras, en casa lo hacemos en broma casi de continuo, pero algunos lo hacen de forma inconsciente.
Un conocido mío, tiene por costumbre decir “güesera” por “huesera”, pues bien; un día, hablando con el enterrador del pueblo, trabuqué la palabra y por culpa de este amigo, dije “güesario” por osario. Al oírme decir aquello, me dio tal vergüenza que no fui capaz de enderezar el entuerto. La mirada del enterrador parecía decir; “y yo que te tenía por más listo…” Y encima me cayó la bronca de mi mujer.

Viejo Oeste.

Borinquen y boricuas.

miércoles, 21 de julio de 2010

¿Epílogo? (10)

Fuimos hasta mi casa, a la calle San José. Ella quiso subir. Sentía la obligación de dar la cara, contarlo todo y sin tapujos. De aquella conversación cada cual sacaría sus conclusiones… para bien o para mal… si le eran adversas, al menos por una vez su conciencia estaría tranquila… aunque saliera derrotada, su vida cambiaría para siempre. Ya había cambiado… y la mía también.

Continuará… tal vez.

Amigo/a que has llegado hasta aquí conmigo, el fin de este folletín está a punto de concluir. Cualquiera puede imaginar el camino que seguramente tomaré… pero nunca se sabe. Ahora pregunto yo; ¿Está por finalizar? ¿Finalizará bien, finalizará mal, que camino elegir? ¿Está finalizado ya, y cada cual que imagine lo que quiera?  Pienso que esto último es lo mejor:
Gracias por estar ahí.

Amamos y hablamos. (9)

- Ahora hablemos.

- No, Andrea, por favor, dejémoslo para mañana.

- ¡Rober!

- Está bien. Hablaremos. Tienes que dejar el bar y ese piso que tienes arriba… para las chicas.

- ¡Es mi método de subsistencia! ¡Sin él de donde sacaré para comer! No sé hacer nada… ¿quieres que vaya a servir como mi madre?. Si lo vendiera, el dinero me duraría cuatro días… ¿y luego que?.

- Se lo alquilarás a la gordita. Tienes ésta casa para vivir y vas a estudiar. Eres lista…

- Espera, espera, ¿quieres que estudie… a mis años? ¡Si soy casi analfabeta!

- A pesar de tu vida sigues siendo una niña, ya oíste a mi madre...

- ¡Roberto, no organices mi vida! ¡Estudiar yo!. Oye Rober... además está tu familia, llegará el día en que se enteren de algún modo; nunca falta un buen samaritano.

- Por eso no te preocupes, yo se lo contaré todo hoy a mi ma y ella al resto. Somos comprensivos. Lo que importa es el corazón… y el tuyo es limpio. Además me quieres ¿verdad?

- ¡Eres mi vida, Rober! Cuando esa bestia sacó la navaja, creí que moriría contigo; tú de la puñalada y yo de dolor. He visto peleas, pero nunca hubo nada que me importara hasta hoy. ¿De veras quieres que hagamos eso? ¡Tengo miedo!

Permanecíamos abrazados en la cama, su voz de disgusto, a veces, suave y melosa por momentos, me enloquecía de amor. Una vez más recorrí su cuerpo con mis manos, con delicadeza, con pasión. Ella era fuerte, pero tierna y dulce, era alguien que necesitaba protección y refugio… y yo estaba dispuesto a dárselo… estaba enamorada, me quería... estaba enamorado... la quería.

Continuará... tal vez.

martes, 20 de julio de 2010

¿Arreglado…? Tal vez. (8)

En las cercanías del bar, las meretrices procuraban continuar su trabajo con disimulo. El municipal de turno en la casa de socorro, podía muy bien dar parte de lo que sucedía… y otra vez para el cuartón. La suerte que tenían ellas, es que el guardia siempre estaba dentro charlando con el médico y el enfermero. Además, si no había jaleo y nadie se quejaba, hacía la vista gorda.

La pequeña regordeta nos vio y se acercó para preguntar a Andrea si abriría. Andrea, aun con lagrimas en los ojos, le dio las llaves y le pidió que por aquella noche se hiciera ella cargo. Aquello me sonaba a música celestial; significaba que no iba a acabar todo allí y en aquél momento.

- ¿Quieres que me vaya ahora, Andrea? O tal vez me darás la oportunidad de decir algo…

- Por favor Roberto, no lo hagamos más complicado. Es lo mejor para ti.

- Deja que me preocupe yo de mí mismo, soy joven, pero no un crío. Necesitamos hablar en un sitio tranquilo, no en mitad de la calle.

- Está bien. Iremos en la vespa a mi casa, estaremos allí media hora y luego te llevaré de vuelta, ¿vale?

- De acuerdo.

Yo había ganado la apuesta con migo mismo… porque ella… quería que la ganara.

Una vez más hice de paquete, me cogí a ella como el náufrago se coge al salvavidas. Al ser más alto, mi cabeza sobresalía sobre la suya, pero me encorvé lo suficiente para poner mis labios en su cuello, besarla en la oreja, aspirar el perfume que emanaba de toda ella. Sentí como su cuerpo me buscaba echándose hacia atrás, como se abandonaba a mis caricias. Creo que en algún momento llegó a cerrar los ojos porque dio un par de tumbos que casi nos hacen ir al suelo. Llegamos. Dejo la moto junto a la acera, en la misma puerta, y antes de abrir la cancela, estabamos fundidos en un abrazo, besándonos. Entramos. Yo hablé sin palabras; con besos, con caricias y mimos. Ella parecía querer absorverme, fundirse conmigo para que nadie pudiera separarnos jamas, quería que solamente fuéramos uno… y lo fuimos.

Continuará... tal vez.

lunes, 19 de julio de 2010

Las consecuencias. (7)

Caminaba cabizbajo sin saber a ciencia cierta lo que hacer. Era tarde y debía de ir a casa, a mi madre le extrañaría la tardanza, por mi padre no había problema; con toda seguridad ya estaría en Mieres, era maquinista y llevaba el expreso a Madrid. Pero tenía que encontrar a Andrea y no sabía dónde. ¿Habría vuelto al bar? ¿Cómo iba a volver allí después de aquella mirada y aquel reproche?

Nos encontramos delante del cine Goya. Preocupado como iba, no me fije en aquella pareja de mujeres, hasta que una de ellas, mi Andrea, echó a correr casi desde el bar de Gandoy y se echó en mis brazos.

- ¡Que miedo he pasado, mi amor! ¿Porqué lo hiciste? - Me dijo bajito, y se apartó de repente al recordar que detrás venía mi madre.

- ¿Que ha sucedido? – inquirió mi madre cuando llego hasta nosotros.

- Nada, Ma, uno que se metió con nosotros, pero Alonso el comisario lo tiene todo aclarado. ¿Cómo es que venís juntas?

- Andrea me vino a contar lo sucedido, ¿estas bien?.

- Sí, Ma, luego te cuento…

- Vale, ahora llévala a casa y tranquilízala, está muy nerviosa. ¿Dónde vives, niña?

- En el Coto.

- Pues hala, que tenéis un cachin. Dame un beso hija.

- Adiós Rosa, no te preocupes por mí, ya estoy tranquila… y gracias por ser como eres.

Caminamos cogidos de la mano Carretera de la Costa abajo. Me volví y vi a mi madre que saludaba con la mano, para acto seguido volver por donde había venido. Entonces empezó una nueva polémica.

- Creí que eras integro, pero me fallaste. Has faltado a tu palabra y ahora estás cabreado por ello, tienes la navaja de aquel grosero clavada en tu corazón y algo como el asco te va subiendo a la boca. A partir de este día me mirarás con otros ojos, te consumirás por dentro cuando pienses que estoy con otro, eso era lo que yo quería evitar.

- Yo sé lo que eres y lo que haces.

- No. El día en que te conocí, te fuiste pensando en que habías hecho una conquista. Tu ego no te dejo ver la realidad, luego dudaste. Con el paso de las horas, como un romántico soñador disfrazaste lo obvio– yo contribuí- pero hoy has despertado a la realidad y piensas que tienes un problema que has de resolver. En estas pocas horas me he enamorado de ti, pero no puedo, no debo engañarte ni a ti, ni a tu familia. Soy la que soy y voy a contarte mi vida, para que luego te alejes. Olvídame, ya te dije que no te convenía.

- Andrea…

- Calla y escucha. No conocí a mi padre. El día en que se marchó de España por motivos políticos, dejó embarazada a mi madre; eran novios y él le prometió que la llamaría. Cuando dos meses después mi madre se lo contó, se diluyó en el aire pensando, tal vez, que le había engañado. Al enterarse de aquello, mi abuelo echó de casa a mi madre, mi abuela la ayudó lo poco que pudo y por una amistad, le buscó trabajo en Gijón. Cuando yo tenia once años mi madre murió y yo me quedé sola. La familia para la que mi madre trabajaba, me proporcionó cobijo a cambio de hacer lo que ella hacía; servir. Cuando tenía catorce años, él, el señor, abusó de mí. No de una manera descarada o brutal, me fue ganando con halagos y yo cometí un error de niña inexperta. Su mujer se dio cuenta de que algo había allí y me echó de la casa. Ernesto, así se llamaba, me compro el piso que hay sobre el bar y vivimos como amantes a pesar de que podía tener problemas serios; yo era menor. No le amaba, pero le tenía cariño por lo que hacía por mí. Unos años después, sabiendo que iba a morir, me entregaba sumas importantes a fin de que al menos pudiera subsistir por un tiempo. Murió en mi casa. La familia trató de quitarme cuanto tenía, pero a pesar de su poder, no lo consiguieron. Compré el bar; me parecía lo más fácil que podía hacer, total; manejar a las tres o cuatro mujeres que se ganaban la vida con su cuerpo y servir unas bebidas. Pero me fui impregnando del ambiente, no he vivido mal, nunca he tenido otro amante, nunca he tenido nadie que me chuleara, he elegido a los hombres con los que me acostaba… pero los años pasaban y yo esperaba el amor que toda mujer ansía. Sabía que para conseguirlo había de dejar aquel ambiente, pero… aquí he llegado.

- Andrea…

- Calla, aun no he terminado. Entre nosotros, apenas ha sucedido nada, tu continuaras con tu vida, la familia, la mar, los estudios, ese arte que practicas… y dentro de unos años conocerás a alguna de tu misma edad, te enamoraras, tendrás hijos y un futuro lleno de dicha, yo seré la anécdota… la mujer que te enseñó como se hacía el amor.
Continuará... tal vez.

domingo, 18 de julio de 2010

El final de la reyerta. (6)

Cual si fuera uno de aquellos duelos del oeste americano, los parroquianos y damiselas se arrimaron a las paredes del local. Alguno al que no le convenía que le vieran en aquél lugar, escapó con pies raudos. Yo sopesé las posibilidades y le hable con calma…

- Señor, quiero advertirle para que deponga su actitud. Practico jiu jitsu y podría salir lesionado. Acepte el dinero que le ofrecen y márchese.

- ¿Tienes miedo verdad maricón?. Ya verás cuando te raje tu bonita jeta.

Se abalanzó sobre mí embistiendo como un toro, con la navaja por delante. La distancia entre nosotros no eran más de tres pasos, eché atrás la pierna derecha, agarré su muñeca con mi mano izquierda mientras que mi brazo se colaba entre el suyo y el cuerpo. En décimas de segundo, se oyó un chasquido y el hombre impulsado por su propia fuerza, por la maniobra de mi brazo y, por el peso de mi cuerpo al adelantar el paso que había dado atrás, cayó de espaldas dando una voltereta en el aire. Tenía sacado el hombro de su sitio y aullaba de dolor. Le di una patada a la navaja que estaba en el suelo y que alguien se encargó de recoger. No dio tiempo a más, la sirena del furgón se apagó y dos uniformados entraron con el tolete en la mano. La llamada fue de Andrea. Del cuartel de la policía en Begoña, al bar situado junto a la casa de socorro, apenas hay mil metros. Tras los de uniforme, entró el municipal que siempre estaba de servicio en el puesto y un policía de paisano. Antes de un cuarto de hora, el herido estaba siendo atendido y los demás en el cuartel.

Todos salieron después de prestar declaración, todos menos yo. El comisario me puso de vuelta y media, me largó un discurso donde amasó familia, inconsciencia, amistad, inconsciencia, delito, inconsciencia, gravedad del echo, inconsciencia… incluso me amenazó con contárselo a mi madre. No hizo falta.

Al salir de la comisaría, Andrea se dirigió a mi casa, me había dejado en el portal apenas hacía cuatro días. Mi madre preguntó que deseaba y ella, retorciendo sus manos con nerviosismo no sabía como decirle lo que había sucedido.

- Señora, soy amiga de su hijo Roberto. Siento lo que voy a decirle, pero Rober ha mantenido una riña y está en la comisaría. No, no se preocupe, a él no le sucedió nada, solamente fue un altercado de poca monta… por mi culpa, perdóneme…  dijo rompiendo a llorar y liberando la tensión nerviosa mantenida hasta entonces.

- ¡Vamos, vamos, no seas niña! Todo se arreglará. ¿Seguro que está bien? Me echo una rebeca y me voy para allá. Eres tú la chica con la que ha salido estos días ¿verdad?

- Sí.

- Eres muy guapa, no me extraña que se fijara en ti... pero… perdona, ¿cuantos años tienes, veinticinco?

- Tengo treinta y uno.

- ¿Sabes que él tiene muchos menos? Bueno, eso es igual, no importa. ¿Está detenido? Tampoco importa, lo sacaremos, su hermano es inspector en León y aquí conocemos a mucha gente del cuerpo.

- ¿Su hermano es policía?

- Si hija sí, ¿vienes o tienes algo que hacer?

- Voy con usted.

- Contigo, niña contigo. Hala vamos, no estés preocupada, yo sé que mi hijo nunca hará nada malo. Y tú, no te eches la culpa, seguro que no la tienes.
Continuará... tal vez.