miércoles, 29 de septiembre de 2010

Entrar, o no entrar, he ahí el dilema.

El día estaba propicio para una caminata, así que me fui hasta el monte Areo. Ni un alma por el camino, cosa rara pues siempre hay alguien como yo que gusta de la soledad y el gasto de energía. Un prado estaba recién regado con esos orines y excrementos de vaca a los que llaman purin y que perfumaban el ambiente con su olor característico. Pese a la vegetación y los numerosos árboles, no se oía el canto de los pájaros. El ruido, si, de las hojas mecidas por la suave brisa, las tiras de plástico amarradas a las estacas clavadas por los arqueólogos y al fondo, muy al fondo el traqueteo del tren.

Llegué al mirador desde donde se ve casi todo el valle. Unas peñas pintarrajeadas decían de los vándalos que en todas partes abundan y que no sé porque motivo han de dejar su huella seudo- reivindicativa.

Con tanta piedra pensé ¿y si alguna de estas rocas tuviera grabado algún dibujo prehistórico aún sin descubrir?. Difícil era, pero quien sabe. Fui examinando las piedras procurando no dejar ninguna atrás. En un momento dado tuve ganas de orinar y yo tengo la costumbre de hacer como mi perro; él levanta la pata y la apoya contra la tapia, árbol o farola, yo suelo aguantar la pared brazo extendido, palma al frente... por si se cae. No hice más que apoyar la mano, cuando un sonido extraño me hizo dar un salto atrás. La roca, no, la roca no, una parte de la roca comenzó a moverse. De inmediato pensé en un zaratán terreno, cosa nunca vista, pero a medida que aquella pared se movía, mi pensamiento se fue hasta Alí Baba. Ni mucho menos, no había pronunciado el ¡ábrete sésamo! y aquello parecía un vórtice, una puerta a una nueva dimensión, un agujero negro e intrigante con nubes de vapor color pastel. ¡Tal vez si me asomara!. Más temí que al hacerlo me pasara como en aquella película de la mosca -¡que horror! - una cabeza de mosca en cuerpo de hombre y un cuerpo de mosca con cabeza de hombre.

Al igual que Homer Simpson en uno de sus capítulos, metí una mano para probar. Fue un mete y saca rápido, por si acaso, pero nada sucedió. Esta vez la dejé algo más de tiempo, una agradable sensación la recorrió; calidez, frescor, ligereza, suave hormigueo placentero... tal parecía que estuviese acariciando un seno de mujer.
El vórtice se cerraba, ¡aquél era el momento para decidirse! Entrar y ya veremos, o quedarse y continuar con la rutina diaria...

Miraguano.


Comentamos el otro día la palabra "guano", y hoy estamos obligados a repasar esta otra, que a simple vista parece tener relación. Si embargo...

(De or. taíno; cf. miraguano).
1. m. Cuba. Nombre genérico de palmas de tronco alto y redondo, sin ramas, con hojas en forma de abanico. El tronco de algunas especies se utiliza para hacer estacas, postes de cercas, pilotes, etc. Las hojas sirven como cubierta de techos.
2. m. Cuba y R. Dom. Hojas secas o pencas de las palmas.
3. m. Cuba y P. Rico. Materia algodonosa de la baya del árbol o palma de guano, utilizada para rellenar almohadas y colchones.
4. m. Cuba. dinero (moneda corriente).

La palabra nada tiene que ver con el estiércol o abono que ya habíamos comentado. Es de hacer notar que en Cuba, el miraguano puede ser algo tan distinto como "dinero" y "palma". Lo que yo no sé es si lo del dinero se dice de forma coloquial tal y como aquí decimos parné, pelas, verdes, talegos etc.
Y ya que estamos en ello, complementar un poco lo que dice el diccionario: Palmera de poca altura, que crece en las regiones cálidas de América y Oceanía, y tiene hojas grandes en forma de abanico, flores axilares en racimo, y por fruto una baya seca llena de una materia semejante al algodón, pero más fina, que envuelve la semilla. Esta materia, se emplea para rellenar almohadas, cojines, edredones, etc.

martes, 28 de septiembre de 2010

Undívago, ga.


(Del lat. undivăgus).

1. adj. poét. Que ondea o se mueve como las olas.

Estos poetas son la leche. Creo que ya lo he dicho en alguna ocasión, con ellos hay que tener mucha manga ancha y permitirles esas licencias.

Yo pensé de inmediato al leer este vocablo que un vago se había hundido en la mar. Bueno, en serio, no creo haber oído esta palabra, aunque yo poesía leo poca, la de maile, que me gusta muchísimo y poco más -la mayoría de las veces, lo que obliga la necesidad-.

Lo cierto es que no sabría utilizar este vocablo, o al menos en este momento no se me ocurre, y eso que vengo se pescar toda la tarde a la orilla de la mar. ¿Estaría bien decir que, "la bandera undívaga marcial al viento"? Me suena raro, raro, mejor dejarlo.

Carroll, Lewis.



Nacido en 1832 y fallecido en 1898. Matemático inglés y, ocasionalmente escritor para niños. Su obra más conocida es "Alicia en el país de las maravillas" y su continuación "Alicia a través del espejo".

Charles Lutwidge Dodgson era su nombre verdadero, y fue además, diácono anglicano, lógico, y fotógrafo.





lunes, 27 de septiembre de 2010

Zaquizamí.

(Del ár. hisp. sáqf fassamí, techo frágil, literalmente, 'techo en el cielo').

1. m. Desván, sobrado o último cuarto de la casa, comúnmente a teja vana.
2. m. Casilla o cuarto pequeño, desacomodado y poco limpio.
3. m. Enmaderamiento de un techo.

Seguramente esta palabra ya la habéis oído, aunque es posible que no se recuerde. Veamos si alguien recuerda esto;

El Quijote cap. LXVII

" -¡Válame Dios -dijo don Quijote-, y qué vida nos hemos de dar, Sancho amigo! ¡Qué de churumbelas han de llegar a nuestros oídos, qué de gaitas zamoranas, qué tamborines, y qué de sonajas, y qué de rabeles! Pues, ¡qué si destas diferencias de músicas resuena la de los albogues! Allí se verá casi todos los instrumentos pastorales.-¿Qué son albogues -preguntó Sancho-, que ni los he oído nombrar, ni los he visto en toda mi vida?

-Albogues son -respondió don Quijote- unas chapas a modo de candeleros de azófar, que, dando una con otra por lo vacío y hueco, hace un son, si no muy agradable ni armónico, no descontenta, y viene bien con la rusticidad de la gaita y del tamborín; y este nombre albogues es morisco, como lo son todos aquellos que en nuestra lengua castellana comienzan en al, conviene a saber: almohaza, almorzar, alhombra, alguacil, alhucema, almacén, alcancía, y otros semejantes, que deben ser pocos más; y solos tres tiene nuestra lengua que son moriscos y acaban en i, y son: borceguí, zaquizamí y maravedí. Alhelí y alfaquí, tanto por el al primero como por el i en que acaban, son conocidos por arábigos. Esto te he dicho, de paso, por habérmelo reducido a la memoria la ocasión de haber nombrado albogues"

Y dicho lo cual, prometemos utilizar esta palabra sustituyéndola más a menudo por cualquiera de los significados que se mentan.
Me reservo para comentar las palabras churumbela, albogue, azofar, almohaza, alhombra, alhucema y alfaquí.

Casals, Pablo.



Nacido en 1876 y fallecido en 1973. Violinista y director de orquesta español conocido por sus ejecuciones de obras de Bach. Se exilió voluntariamente a Puerto Rico cuando Franco tomó el poder en España.
Su nombre completo y no castellanizado era, Pau Carles Salvador Casals i Defilló. Fue uno de los músicos españoles mas destacados del siglo XX, y como instrumentista del violonchelo, Casals es considerado uno de los mejores violonchelistas de todos los tiempos.

Una de sus composiciones más célebres es el "Himno de las Naciones Unidas", conocido como el "Himno de la Paz".

domingo, 26 de septiembre de 2010

Camoens, Luis de

Nacido en 1524 y fallecido en 1580, fue un poeta portugués autor de de una epopeya a la mayor gloria de los navegantes de su país; Os Lusiadas, obra capital de la literatura portuguesa.

Tuerto del ojo derecho en lucha contra los moros ante los muros de Ceuta, se embarcó numerosa veces y en el golfo de Siam a punto estuvo de perder la vida en una borrasca. Al parecer lo único que salvó fue el manuscrito de Os Lusiadas. Pasó épocas de penuria y es proverbial su muerte en la indigencia.

Considerado por algunos de la talla de Shakespeare y Cervantes.

Zangamanga.

1. f. coloq. Treta, ardid.

Lo cierto es que esta palabra no creo haberla oído nunca. Sin embargo, de su significado hay cantidad de sinónimos todos ellos de sobra conocidos; argucia, chasco, maquinación, bribonada, jugarreta, zancadilla, trápala, falacia, amaño, artificio, engaño, lazo, añagaza, trampa, fraude, estratagema, truco, mentira, artimaña, maña, astucia, celada, timo, embuste.

Ya sabéis que soy reacio a empapelar palabras, es decir; no me gusta poner a la sombra vocablos de poco uso a no ser que sean lesivas, zafias o malsonantes. Por lo expuesto, y si os parece bien, vamos a dejar en paz y a tratar de utilizar más esta bonita palabra.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Explicaciones a las plagas de Egipto.

Según la explicación científica, las diez plagas de Egipto no fueron obra ni del cayado de Moisés, ni del dios israelita.  Todo se debió a la explosión volcánica y sus efectos secundarios.

Todos sabemos, si no por la historia sagrada, al menos por las películas, que el pueblo judío padecía la esclavitud en tierras de Egipto. Moisés y Aarón exigieron al faraón que su pueblo esclavizado pudiera salir de Egipto a fin de adorar a Dios libremente en la tierra prometida. Lógicamente, con aquella mano de obra tan barata que tenía, el faraón se negó. Dios envió a Moisés y a Aarón con un nuevo requerimiento, para lo cual le mostraron un milagroso signo de advertencia,- La vara de Aarón se convirtió en una serpiente -. Pero los magos del faraón también pudieron convertir una vara en serpiente. El caso es que la serpiente de Aarón, se trago a la serpiente de los magos, que debieron quedar mosqueados.

En la primera plaga, Dios dijo a Moisés lo que Aaron debía hacer; levantar su báculo sobre el río Nilo convirtiendo todo el agua en sangre. Todos los peces del río murieron y llenaron Egipto de un olor nauseabundo. Pero los hechiceros de Faraón eran buenos, y demostraron que también ellos podían convertir el agua en sangre. El faraón vio que todo era truco y no cedió ante las demandas de Moisés.

Explicación científica: La explosión del volcán de la isla de Santorini, en Grecia, - que se notó hasta en la China- en torno al año 1500 a.C. provocó terremotos que causaron escapes de dióxido de carbono y de hierro. Cuando estos compuestos químicos entraron en contacto con el oxigeno, se formó hidróxido de hierro; tornándose el agua de color rojo. Con la falta de oxigeno, los peces murieron.

Segunda plaga: Las ranas. Nuevamente Dios dio instrucciones a Moisés para que Aarón estirase su vara sobre el agua, y hordas de ranas invadieron Egipto. Pero los hechiceros de Faraón fueron capaces de llamar a las ranas con su magia. Pero si les fue difícil igualar la proeza, les fue imposible el volverla atrás. Con Egipto lleno de ranas, el faraón se vio obligado a ceder, dando permiso para la salida a cambio de que Moisés acabara con la Plaga.
Moisés izo algo más difícil aún; dejó que el faraón eligiera el momento en el que terminaría la plaga. Con ello le convencería de que realmente era un castigo divino. El faraón eligió como fecha el día siguiente, y todas las ranas murieron a la hora señalada. Pero libre Egipto de ranas, el faraón revocó su autorización, y los Israelitas continuaron su cautiverio.

Explicación científica; La primera plaga provocó la segunda: es decir, las ranas, a diferencia de los peces, tienen patatas y pudieron salir de las aguas contaminadas.
Esta explicación es muy posible, lo raro es que se murieran todas a la hora señalada.

La tercera plaga de Egipto fue Kinim; Piojos. Dios instruyó a Moisés: "Dile a Aarón que tome su vara y golpee en el polvo."Tras hacer esto, la arena se convirtió en una masa de piojos de la cual los egipcios no podían deshacerse. Los magos del faraón llamaron a este acto el "Dedo de Dios" y fueron incapaces ni de reproducirlo, ni eliminarlo con su magia. Al parecer la magia no sirve para bichitos tan pequeños.

Explicación científica para la tercera, cuarta y quinta plagas; La carencia de agua limpia condujo a los piojos (3ª), las moscas (4ª) y las epidemias bacterianas entre los seres humanos y los demás animales (5ª).

La cuarta plaga de Egipto fueron los insectos capaces de dañar personas y ganado. La Torá subraya que el arov (enjambre) sólo atacó a los Egipcios, y que no afectó a la Tierra de Gosén donde los Israelitas vivían.

El faraón le pidió a Moisés que eliminase esa plaga y prometió, según su costumbre, la libertad para los israelitas. Más, como de costumbre, después de que la plaga desapareciera, el faraón "endureció su corazón" y se negó nuevamente a mantener su promesa.

La quinta plaga de Egipto fueron unas enfermedades epidémicas que exterminaron a los ganados egipcios. El ganado israelita resultó, una vez más, ileso. De nuevo, el faraón no hizo concesiones.

La sexta plaga de Egipto fue una enfermedad cutánea, un tipo de "Úlcera" o "Sarpullido". Dios les dijo a Moisés y Aarón que cada uno tomase dos puñados de hollín de un horno que Moisés dispersó lanzándolo al cielo en presencia del faraón. El hollín provocó Shkhin (úlceras) en el pueblo y ganado egipcio. Los magos, tan afectados como los demás, fueron incapaces de curarse.

Explicación científica; el dióxido de carbono mezclado con el aire, reduce la circulación sanguínea en la piel causando así sarpullidos.

La séptima plaga de Egipto fue una tormenta de granizo y fuego. Dios le dijo a Moisés que estirase su vara hacia el cielo, punto en el cual la tormenta comenzó. La tormenta dañó los huertos y cultivos egipcios, así como a las personas y al ganado. Una vez más la Tierra de Gosén quedó al margen.

El faraón dijo a Moisés: "este tiempo he pecado; Dios es justo, yo y mi pueblo somos malvados." Pidió entonces a Moisés que eliminara la plaga y prometió a los israelitas que podrían adorar a Dios en el desierto.
Como una demostración de dominio de Dios sobre el mundo, la lluvia se detuvo tan pronto como Moisés comenzó a orar. Sin embargo, después de que la tormenta cesara, el Faraón de nuevo "endureció su corazón" y se negó a mantener su promesa.

Explicación séptima plaga; Las cenizas de Santorini alcanzaron la estratosfera que con la humedad, forma una piedra muy similar al granizo, es lo que los científicos llaman granizo volcánico.

Moisés advirtió al faraón que una plaga de langostas se abatiría sobre Egipto si no dejaba a los israelitas marchar. "Jehová el Dios de los hebreos ha dicho así: ¿Hasta cuándo no querrás humillarte delante de mí? Deja ir a mi pueblo, para que me sirva. Y si aún rehúsas dejarlo ir, he aquí que mañana yo traeré sobre tu territorio la langosta". Entonces los siervos de Faraón le dijeron: ¿Hasta cuándo será este hombre un lazo para nosotros? Deja ir aestos hombres, para que sirvan a Jehová su Dios. ¿Acaso no sabes todavía que Egipto está ya destruido?
Pero el Faraón se negó. Dios entonces le dijo a Moisés que estirase su vara sobre Egipto y recogió un viento del este. La nube de langostas cubrió el cielo y consumió el resto de los cultivos, los árboles y las plantas. El faraón volvió a pedir a Moisés que eliminase esta plaga, adquiriendo nuevamente el compromiso, que no iba a cumplir.

Explicación científica a la octava plaga: Las bajas temperaturas resultantes del granizo provocaron que nubes de langostas en masa se posaran sobre Egipto.
Es de suponer que los huertos de los israelitas también sufrieron la plaga.

En la novena plaga, Jehová dijo a Moisés: "Extiende tu mano hacia el cielo, para que haya tinieblas sobre la tierra de Egipto, tanto que cualquiera las palpe. Y extendió Moisés su mano hacia el cielo, y hubo densas tinieblas sobre toda la tierra de Egipto, por tres días. Ninguno vio a su prójimo, ni nadie se levantó de su lugar en tres días; mas todos los hijos de Israel tenían luz en sus habitaciones"
Con esta plaga quedaba demostrado que el Dios de Moisés, era más poderoso que el del faraón incapaz de conseguir levantar las tinieblas.

La explicación que dan los científicos es que la nube de cenizas de 40 km de altura por 200 km de diámetro alcanzó el delta del Nilo provocando la oscuridad. Lo raro es que fuera para unos y no para los otros.

Décima plaga, la muerte de los primogénitos.
Dijo dios a Moisés: "Todavía traeré una plaga más sobre Faraón y sobre Egipto; tras de lo cual os dejará marchar de aquí y cuando, por fin, os deje salir del país, él mismo os expulsará de aquí. Así dice Yahvé: hacia media noche pasaré yo a través de Egipto; y morirá en el país de Egipto todo primogénito, desde el primogénito de faraón que se sienta en su trono hasta el primogénito de la esclava encargada de moler, así como todo primer nacido del ganado. Y se elevará en todo el país de Egipto un alarido tan grande como nunca lo hubo, ni lo habrá. Pero entre los israelitas ni siquiera un perro ladrará ni contra hombre ni contra bestia; para que sepáis cómo Yahvé hace distinción entre Egipto e Israel.

La explicación que los científicos dan es que el gas (dióxido de carbono) que había provocado las primeras plagas, mató por asfixia a la gente que dormía antes de disiparse en la atmósfera. El dióxido de carbono es más pesado que el aire, por lo que queda a ras de suelo. Los primogénitos egipcios gozaban como herederos, de privilegios; dormían en la planta baja, en camas egipcias, casi pegadas al suelo, mientras que los demás miembros de la familia dormían en los segundos pisos. Los israelitas celebraban su primera cena de pascua, por lo que se libraron, pero, ¿no tenían ellos ovejas, terneros o perros?.

¿Porqué se llama coco?

La planta puede encontrarse en la orilla de playas tropicales arenosas del mar Caribe, océano Índico y Pacífico. Cultivada se da en otras zonas de clima caliente. Normalmente pueden crecer desde el ecuador hasta los paralelos 28º de ambos hemisferios.

El nombre proviene de la era de los descubrimientos, pues a los exploradores portugueses que lo trajeron a Europa, su superficie marrón y peluda les recordaba a las historias sobre el Coco que se les cuenta en España y Portugal a los niños pequeños para asustarles.

Desde el punto de vista nutritivo, su cualidad más llamativa es su elevada cantidad de calorías. La carne de coco, muy rica en grasa vegetal, aporta unas 300 calorías cada 100 g. El agua de coco, por el contrario, tiene un valor calórico prácticamente insignificante.

Pese a ser pobre en vitaminas, el coco posee abundantes sales minerales como sodio, potasio, hierro, cobre, etc. También posee hidratos de carbono, por lo que se consumo representa una importante fuente de energía para el organismo humano.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Pedro Infante.























Pedro Infante ha sido para mi el mejor cantante que ha dado Méjico. Tal vez sea porque era de la quinta de mi padre y a él le gustaba, tal vez porque yo era un niño cuando veía sus películas, tal vez por su  prematura y accidentada muerte...

Verija.

(Del lat. virilĭa, pl. n. de virīlis, viril).
1. f. Región de las partes pudendas.

Desde luego, ¡que pudendo es el diccionario!, podía explayarse un poco más, aunque comprendo que es una forma fina de decir algo, sin ser soez.

Parece que la palabrita es utilizada en mayor medida, en los pueblos de los países latinos; Colombia, Méjico, Cuba, Venezuela... los españoles casi no la usamos, creo que preferimos otras más directas.

No voy a mandar esta palabra a la sombra, la dejaré libre por ver si a alguien le da por cambiarla por esas otras más gruesas.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Guano.

(Del quechua wánu, abono).
1. m. Materia excrementicia de aves marinas, que se encuentra acumulada en gran cantidad en las costas y en varias islas del Perú y del norte de Chile. Se utiliza como abono en la agricultura.
2. m. Abono mineral fabricado a imitación del guano.
3. m. O y N Arg., Bol., Chile, Ec. y Perú. estiércol (materia orgánica en descomposición, principalmente excrementos animales).

Aún hoy se ve e las paredes de algunos pueblos dedicados a la agricultura, aquellos carteles que anunciaban el Nitrato de Chile. Sin embargo, este producto fertilizante proviene de las llamadas salitreras del desierto de Atacama, donde se explotaba intensivamente, y no es igual al guano de las islas Chincha en Perú o de Nauru en Micronesia.

Tanta importancia tuvo el guano, que Perú, Bolivia y Chile se enzarzaron en una guerra por su causa. La alianza de Perú con Bolivia no consiguió ganar la guerra a Chile, que quedó como organizador y administrador de los recursos.

La importancia tanto del salitre como del guano, cayó en picado a partir de la obtención del abono químico, mas barato. Hoy, que todo lo queremos natural y ecológico, parece que el guano comienza a resurgir y por ello he traído aquí esta palabra. No me gustaría que quedara en desuso, pero tampoco me gustaría que las ingentes cantidades de guano que aún quedan por explotar, se agotasen. Somos muy capaces.

La familia de las cítaras.
























Hay veces que nos gusta una canción y la escuchamos sin ir más lejos del placer que nos produce. Hoy quiero avanzar un poco, ir un poco más allá con una pregunta ¿Cual es el instrumento que se emplea para ejecutar ésta pieza? Efectivamente es la cítara.

La cítara es un instrumento de cuerdas perteneciente a la familia de los instrumentos de cuerda pulsada. También se denomina así a un antiguo instrumento de cuerdas metálicas punteadas, afinadas de a pares (como el laúd) pero con la parte posterior plana como la guitarra. (Justamente el nombre guitarra proviene de cítara).
La cítara es un instrumento de cuerda que se sostiene sobre las rodillas, en una mesa y que se puntea. Algunas cuerdas pueden ser pisadas y otras tienen altura fija y son usadas para acompañamiento. Es un instrumento folclórico de Europa Central. El tema fílmico de El tercer hombre, compuesto e interpretado por Anton Karas, es una de las composiciones escritas originalmente para cítara más famosas de todos los tiempos.

El guzheng, o gu zheng es un instrumento musical de cuerdas tradicional chino, con una gran cavidad resonante construida de madera de wu tong. Pertenece a la familia de las cítaras y es antecesor de varios instrumentos musicales, el koto japonés, el gayageum coreano, y el đàn tranh vietnamés.
 El guzheng posee puentes, a diferencia del guqin, que es otro modelo antiguo de cítara china que no posee puentes, se puntea con los dedos y es similar a una cítara de medio tubo con puentes móviles y 21 cuerdas, existen versiones que tienen de 15 a 25 cuerdas. Antiguamente las cuerdas del guzheng se construían de seda retorcida, actualmente la mayoría de los músicos utilizan cuerdas de metal (generalmente de acero para las cuerdas altas y de acero envuelto en cobre para las cuerdas bajas). Desde mediados del siglo XX la mayoría de los músicos utiliza cuerdas de metal encapsuladas en nylon.

El koto es un instrumento de cuerda japonés de origen chino, similar al guzheng. Fue introducido desde China durante la era Nara (710-793).
 Hay varios tipos de koto: El más tradicional de 13 cuerdas, el jūshichigen («17 cuerdas»), Kotos de 23 y 30 cuerdas  y Hachijūgen («80 cuerdas») inventado por Michio Miyagi.
Para pulsar el koto se utilizan tres uñas -tsume - hechas de bambú o marfil colocadas sobre los dedos pulgar, índice y medio de la mano derecha. La forma de dichas uñas varía de acuerdo a la escuela de interpretación: Yamada e Ikuta. La función más básica de la mano izquierda es la de presionar las cuerdas durante la ejecución con el fin de cambiar levemente la afinación y así hacer ornamentación sobre algunos sonidos.



Kayagum (o gayageum) es una cítara tradicional de Corea. En su forma más tradicional tiene 12 cuerdas pero existen otros tamaños, uno con 18 cuerdas y uno con 25. Las cuerdas, generalmente de seda, van tendidas sobre unos puentes móviles que simbolizan los 12 meses. Las cuerdas son pulsadas con los dedos para producir un sonido claro y delicado.

El yatga es un instrumento tradicional mongol que proviene de la cítara y relacionado con el guzheng chino.
Yatga puede variar mucho en tamaño, afinación, y el número de puentes y cuerdas; El cuerpo es una caja larga de madera, uno de cuyos extremos tiene un ángulo hacia abajo. El intérprete toca las cuerdas con las uñas de la mano derecha, la mano izquierda se utiliza para ejercer presión sobre ellas variando la nota. El tipo más común de yatga en uso actual es la versión veintiuna cuerdas. Las cuerdas se hacen ya sea de seda, o intestino de caballo.


miércoles, 22 de septiembre de 2010

El primer libro sobre los Estados Unidos.

La primera narración histórica sobre lo que hoy son los Estados Unidos, fue publicada en Zamora en 1542 y más tarde en 1555, en Valladolid con el título "Naufragios y comentarios". La obra se debe a Álvar Núñez Cabeza de Vaca y en ella se narra las vicisitudes de los cuatro únicos supervivientes de la expedición de Pánfilo de Narváez a Florida en 1527; Alonso del Castillo Maldonado, Andrés Dorantes de Carranza, Estebanico y el propio Álvar Nuñez. Se da la circunstancia de que el tal Estebanico, fue el primer hombre nacido en África que pisó el territorio que hoy pertenece al sector norteamericano de Estados Unidos.

Nacido en Jerez de la Frontera hacia 1492 en el seno de una familia hidalga, era huérfano de padre y madre por lo que edad temprana entró al servicio de la Casa de Medina-Sidonia.

Partió de Sanlúcar de Barrameda el 17 de junio de 1527 en la expedición que capitaneaba el Gobernador Pánfilo de Narváez, desembarcando en Florida con trescientos de sus hombres. Narváez se internó tierra adentro donde se hizo amigo de un cacique llamado Hirrihigua, al que posteriormente cortó la nariz y mandó que a la madre del cacique la despedazaran y se la comieran los perros. Mas tarde el cacique tomaría venganza, aunque no contra el causante de su mal. Como Narváez no encontró grandes riquezas, cansado de luchar contra los nativos, hizo construir cinco canoas en las que descendió desde tierra adentro hasta el mar. Siguiendo la costa intentó llegar hasta México, pero sorprendidas las frágiles embarcaciones por una gran tormenta, muy cerca del delta del río Misisipi, Narváez y la mayoría de sus acompañantes perecieron ahogados.

Los cuatro náufragos, vivieron entre los indios durante ocho años como esclavos, comerciantes y curanderos, y atravesaron a pie el suroeste de los Estados Unidos y norte de Méjico hasta que en 1536 lograron volver al territorio bajo control español en Culiacán, Sinaloa.

En el libro de Cabeza de Vaca se recogen las primeras observaciones etnográficas sobre las poblaciones indígenas del golfo de México. También aparecen por primera vez en lengua castellana algunas palabras tomadas de las lenguas americanas. El fue el primer europeo que describió las cataratas del Iguazú, que exploró el curso del río Paraguay y el golfo y los territorios del noroeste de México. Nombrado Gobernador y Adelantado del Río de la Plata, falleció en Sevilla entre 1557/60.

Ordalía.

(Del b. lat. ordalia).
1. f. Prueba ritual usada en la antigüedad para establecer la certeza, principalmente con fines jurídicos, y una de cuyas formas es el juicio de Dios.

De esta palabra y su significado hay más que páginas enteras, donde se narran las pruebas bárbaras a las que se hacía someter a las personas, incluso las cosas, para averiguar inocencia o culpabilidad.

El origen de las pruebas se remonta a costumbres visigodas, y mediante ella se dictaminaba, atendiendo a supuestos mandatos divinos, la inocencia o culpabilidad de una persona o cosa (libros, obras de arte, etc.) acusada de pecar o de quebrantar las normas jurídicas.

La ordalía o Juicio de Dios, era una institución jurídica practicada hasta finales de la Edad Media en Europa. Y era una de las herramientas a disposición de los fiscales, siendo la otra más utilizada, la tortura judicial.

Las pruebas estaban relacionadas con el fuego, de tal forma que, al acusado se le hacía sujetar hierros candentes o introducir las manos en una hoguera. En ocasiones también se les obligaba permanecer largo tiempo bajo el agua. Si alguien sobrevivía o no resultaba demasiado dañado, se entendía que Dios lo consideraba inocente y no debía recibir castigo alguno. Lo malo era cuando tras quedar con una mano abrasada, el juez estimaba que era culpable y acababa siendo ajusticiado.

Aparentemente no hay gran diferencia entre ordalía y tortura judicial, pues si con la una habías de meter la mano en un brasero, con la otra te hacían tragar agua hasta que confesaras.
Por todo ello, se condena esta palabra a la pena de prisión, eso si; sin juicio de Dios, ni tortura alguna.

martes, 21 de septiembre de 2010

Bordón, bordonear, bordonero.

Nuestro amigo rubo dejó la palabra bordonero dándole un significado que a mi no me cuadraba. Perdona rubo, tal vez tengas razón, o tal vez la costumbre, yo la tengo, de tergiversar las palabras a propio intento, nos hagan caer en errores difíciles de entender para los que están fuera de nuestro círculo más inmediato.

Cuando quise aprender a tocar la guitarra, me llamó la atención que a la sexta cuerda se le llamase bordón, luego he sabido que tanto la cuarta, quinta y sexta - las más gruesas -se les llama bordones. Como fui incapaz de sacar la más simple pieza musical - a lo más que llegué fue al tras, tras, pum - ni siquiera sé como se llaman las otras.

Bordón también se le llama al bastón del peregrino, ese cayado alto que alivia en las caminatas, puede servir de defensa y donde se suelen colgar las típicas conchas de peregrino.

Ahora veremos que es lo que dice la RAE:
Bordón;
1. m. Bastón o palo más alto que la estatura de un hombre, con una punta de hierro y en el medio de la cabeza unos botones que lo adornan.
2. m. Verso quebrado que se repite al fin de cada copla.
3. m. Conjunto de tres versos, normalmente un pentasílabo y dos heptasílabos, que se añade a una seguidilla.
4. m. Voz o frase que inadvertidamente y por hábito repite alguien con mucha frecuencia en la conversación.
5. m. En los instrumentos musicales de cuerda, cualquiera de las más gruesas que hacen el bajo.
6. m. Cuerda de tripa atravesada diametralmente en el parche inferior del tambor.
7. m. Persona que guía y sostiene a otra.
8. m. Med. Cuerda de tripa que se emplea para dilatar conductos naturales o conservar los que se han abierto artificialmente.
9. m. El Salv. y Hond. macana (instrumento de labranza).

bordonear.
1. intr. Ir tentando o tocando la tierra con el bordón (bastón).
2. intr. Dar palos con el bordón (bastón).
3. intr. Pulsar el bordón de la guitarra.
4. intr. Andar vagando y pidiendo por no trabajar.

bordonero, ra.
(De bordonear).
1. adj. vagabundo. U. t. c. s.

En fin, que no encuentro la definición que me dices, ya me dirás a la vuelta, de las vacaciones - si te sientes con animo para repasar- De donde lo sacó tu espía.

lunes, 20 de septiembre de 2010

EL GANSTER

Sentado en la terraza del café, saboreaba un gintonic. Traje claro, camisa negra donde resaltaban los nacarados botones cuando la corbata, sin pasador, se mecía por efecto de algún movimiento. En sus manos cuidadas y enjoyadas, el periódico doblado y redoblado para de cómoda manera leer solo un par de columnas. Las piernas cruzadas dejaban ver unos calcetines a juego con la camisa, allí donde los botines de piel de becerro lo permitían. Sombrero panamá, que de vez en cuando, posaba sobre la silla contigua, para alisarse unos cabellos oscuros con hebras canas.

Parecía un indiano, o quizá un gángster americano de los años cuarenta. Dupont de oro sobre los cigarrillos egipcios de papel de variados colores y que antes de fumar golpeaba contra este a la antigua usanza. Rolex del mismo material a la muñeca. Aire entre indolente e interesante, seguro que todo ficticio y con ánimo de atraer la atención. En ocasiones sacaba del bolsillo interior de la chaqueta agenda y pluma estilográfica y garabateaba algo que parecía haber descubierto en el diario.

Su forma de actuar, y aquellas fechas, eran tan propicias para sus propósitos, que dieron el resultado apetecido.

En una mesa no muy lejana, dos señoras maduras se fijaban en él sin recato alguno y cuchicheaban. De pronto, una de ellas, se levantó, dejó el bolso sobre la silla, y con paso decidido, se dirigió hacia él.

-Buenas tardes, perdone la molestia... Es que mi amiga y yo, estábamos comentando si usted será escritor. Con esto de la Semana Negra... Es que somos muy aficionadas a estas cosas del cine y de las novelas y... nos tiene intrigadas. Yo apuesto que sé quién es. ¿Será por casualidad el señor Montalbán?

El hombre había hecho ademán de levantarse y dirigió su mano al sombrero en señal de saludo, pero tanta verborrea casi le frena. Acabó de izarse y se pudo comprobar que el parecido brillaba por su ausencia. Casi un metro noventa, delgado, sin gafas, unos treinta años...

- Buenas tardes señora. Solo ha acertado usted a medias. Soy escritor, pero no soy la persona que indica... Mi nombre es Ricardo de Alvear y Motilla del Palancar a su disposición.

- ¡Ya decía yo! El señor Motilla del Palancar. Es conocidísimo. Perdone el lapsus...

- Por Dios señora, no se disculpe...

- Me presentaré, soy la señora viuda de don José de la Mata, que fue ilustre banquero de esta plaza. Si me lo permite le presentaré a mi amiga... Marta ven...

- Por favor, háganme el honor de sentarse a mi mesa.

Miró hacia la puerta de la cafetería donde el camarero servilleta al brazo esperaba la más mínima indicación y le hizo una seña.

- Señor...

- Haga el favor de traer las consumiciones de las señoras a esta mesa o de servirles lo que deseen.

Dialogaron durante un buen rato, donde se puso de manifiesto que las citadas señoras, de literatura, ya fuera del género policíaco o de cualquiera otro, estaban pez. Nuestro querido amigo, notó en ellas solo un afán esnobista y de querer aparentar. El novelista dejó caer varios nombres de autores conocidos mezclados con otros, como el suyo propio, sacados de pueblos más o menos conocidos, y a todos dijeron conocer, literalmente, claro, aunque sólo existieran imaginariamente.

Las dos mujeres parecían un buen bocado, listas para ser desposeídas de lo que más se vanagloriaban continuamente: su dinero. Tanto el uno como las otras, estaban deseosos de continuar con aquella naciente amistad, aunque, a lo que se veía, con distintos fines. Acordaron celebrar una pequeña reunión, una cena seguida de coloquio.
- El viernes, dijo el escritor, es un día que me viene muy bien, si no tienen otro inconveniente.

- Por nosotras encantadas. Sólo existe el problema que por ser fin de semana, nuestras amistades suelen ir al campo. Seremos únicamente el matrimonio Ripoll y yo. Si usted, Ricardo, pudiese traer a alguien...

- Tengo un amigo, un poco loco, como todos los pintores vanguardistas, que puede acompañarme. Pero es de conversación amena y muy psicólogo. Si ustedes me lo permiten, lo llevaré.


Si la tarjeta de visita, hecha para la ocasión, de uno decía simplemente:

Ricardo de Alvear y Motilla del Palancar

Novelista

la del otro rezaba:

Calixto de la Sierpe Operándoniz

(CASIOPE) Pintor y Escultor

Licenciado en artes varias por la Universidad de la Vida.

El tal Calixto, aparentaba tener poco más o menos la edad de su amigo, sin embargo, mirándolo detenidamente, se veía que era mayor. Él a la moda, negro y ancho traje, la blanca camisa sin cuello, las oscuras gafas de sol que ocultaban sus ojos y aquella coleta en su pajizo pelo, parecían darle un tono juvenil que en realidad no poseía. De pequeña estatura y movimientos nerviosos, siempre gesticulantes, no reflejaba tampoco la realidad de su persona. Era frío, calculador y muy tranquilo. Era la mente lúcida. La que maquinaba los planes.

- Ricardo, tenemos que hacer un plan distinto en esta ocasión. Si tan engreídas son como dices, las limpiaremos y punto. No les vendrá mal una cura de humildad.

- Ten en cuenta, Román, perdona Calixto, que son gente conocida y que no se van conformar. Lo pregonarán a los cuatro vientos y nos echarán detrás toda la policía de la ciudad.

- ¿Estás seguro? Después de haber estado tirándose el pegote con sus amistades, ¿no les dará en cara y callarán?

- Es un riesgo que no quiero correr. No hasta que tú las conozcas.

- Bien, después de la cena llegaremos a una conclusión.

Los dos amigos llegaron a la casa justo a la hora en que habían quedado citados. El piso, un dúplex en pleno centro, era de los antiguos. Altos techos adornados con escayola de filigrana muy barroca, muebles de estilo, pisos de madera y mármol, estancias empapeladas con papel pintado a mano, en fin, la decoración era sin duda de la misma fecha que la construcción. No por eso dejaba de ser funcional y aunque todo llamaba a otra época, el televisor y la torre musical también estaban presentes.

La primera sorpresa la recibieron una vez hubieron llamado al timbre. Esperaban sin duda que alguien del servicio les franquease el paso, pero no el clásico mayordomo de punta en blanco.

- Sin duda son las personas que los señores están esperando...

- Así es. Haga el favor de anunciarnos.

- Soy el mayordomo, Simeón, a su servicio señores. Si me permite el sombrero... gracias. Tengan la amabilidad de pasar por aquí.. Del amplio recibidor, profusamente recargado de cuadros de veleros y vapores, pasaron a un saloncito. Los anfitriones ya se levantaban a recibirlos. Dejaron las copas que sostenían en una mesita de cerezo y mármol, sobre la cual reposaba la maqueta de una goleta, y tendieron sus manos hacia los recién llegados.

- Buenas noches señor Alvear...

- Buenas noches señoras, y por favor, llámenme Ricardo. Les presento a mi amigo Calixto, mas conocido en el mundo artístico por Casiope.

- La señora viuda de la Mata... la señora de Ripoll...

- Encantada... Mucho placer... aquí mi marido... Fernando Ripoll.. es médico y director de la asociación " Médicos más allá de todas las Fronteras habidas "

-¿Se sientan, por favor?... ¿que desean tomar?

Hechas las presentaciones, consumidos unos cócteles, y tratándose ya como viejos conocidos, pasaron al salón. En la ovalada mesa estaba dispuesta una vajilla de Sevres, cubertería en plata maciza con empuñadura ribeteada en oro, y cristalería de Bohemia sobre mantelería holandesa. Nada se escapó al ojo de Calixto. Los candelabros también de plata, las miniaturas de las paredes en tablas policromas, el marfil y el jade de la vitrina... Aquella casa sin duda era poseedora de tesoros de un valor que sus dueños no parecían apreciar demasiado. No podía explicarse otra cosa. La alarma situada junto a la puerta de entrada era simple y de un modelo pasado. Cierto es que esa puerta era el único punto débil y estaba protegido, y que a los altos balcones, era imposible acceder sin ser vistos o provocar sospecha. pero, tanta facilidad, tanta simpleza en la dueña, causó recelo en Calixto, que, cogiendo una figurilla del aparador, admiró y encomió su belleza, a la par que dándole vuelta, observó la numeración de su base. No cabía duda. La sospecha se esfumó. Podían haber sido imitaciones, pero la catalogación de que habían sido objeto las piezas, daba buena fe de su autenticidad.

La cena transcurrió de forma amena y el don de gentes de Ricardo embelesó a las señoras que no hacían sino contemplarle y babear de gozo. Por contra, el señor Ripoll tenía harto a Calixto con su humanitaria labor. No pudo representar su papel de artista moderno y extrovertido, aunque a decir verdad tampoco le importó mucho. Su mente estaba buscando la forma de cambiar aquellos tesoros por dinero contante y sonante.

Cuando las cinco personas, pasaron a tomar el café y los licores, la señora de Ripoll recriminó a su marido:

- ¡Vamos, Fernando, solo faltaría ahora, que les quisieses sacar los cuartos a estos señores!

Aquello provocó un debate entre marido, mujer y amiga, que dejaron un poco sorprendidos a los dos invitados.

- Perdona mujer, pero ya sabes que cuando trato de este tema, me exalto. Un fin tan humanitario, tan filantrópico no se puede resumir en dos palabras. En cuanto a que estos dos insignes artistas, contribuyan a la causa, no es sacarles los cuartos; el reclamar su contribución, si la hubiera, libre y voluntaria por supuesto, es un deber que con todo el mundo me exijo.

- Marta, tu esposo dignifica su profesión con su trabajo, pero además la ennoblece como presidente de la asociación que preside, y no debes de recriminarle que busque los cauces para ayudar a tanto ser oprimido.

- Yo entiendo, que sacar a colación un tema como ese, con alguien a quien acabas de conocer...

- ¡Acaso no recuerdas, que el embajador de Dinamarca contribuyó con diez mil dólares y sólo lo vio en aquel cóctel

- Es cierto, pero...

- ¡Y aquél futbolista! No sólo fue su donación, consiguió con su ejemplo que todo el equipo lo hiciera..

- De todos modos, te has anticipado mucho querida. Aún no he requerido de estos caballeros óbolo alguno, lo cual no quiere decir, que no lo tuviese en mente.

- ¡Fernando, por favor! ¡Sé más sutil!

- Señoras mías, querido Fernando; dejen esta discusión. Nosotros, o yo al menos por mi parte, estoy plenamente de acuerdo en que cualquier método es bueno con tal de conseguir un buen fin. Es decir: El fin justifica los medios... en casi todas las ocasiones. Esta es una de ellas, le parece bien que le extienda un cheque por valor de... ¿cien mil pesetas?. Mañana les entregaré además un lienzo mío para que lo puedan subastar. Espero que con él, esté más o menos a la altura del donativo del señor embajador de Dinamarca. Sólo una condición les tengo que poner; a todos los artistas nos chifla y nos asusta a la vez la publicidad, y supongo que usted ya tendría previsto mencionar el hecho a la prensa. Por favor, no lo haga público hasta que nos hayamos marchado.

- Yo por mi parte, puedo contribuir a esa subasta con el objeto más preciado que poseo. Mi estilográfica. Ella ha escrito mis obras de mayor éxito, aunque eso no signifique que sea rico. No obstante, le firmaré un talón por cincuenta mil pesetillas.

Al salir de la casa, los dos amigos llevaban un humor de perros. No era para menos; fueron por lana y salieron trasquilados

- ¡Maldita sea!. Este estúpido con su aire de filántropo trasnochado me ha dado la tabarra de tal forma, que el lenguado se me ha agriado en él estomago. Tenemos que actuar rápidamente, lo más sencillo es ceñirnos al plan inicial.

- Menudo lío tenemos montado. ¿Cómo fuiste tan generoso y de dónde vamos a sacar un cuadro para mañana?

- No hay ningún lío. Hemos quedado para almorzar a las dos. Tenemos tiempo suficiente. Lo primero será comprar algunos bártulos de pintar y una lámina que cambiaremos por la que hay en mi cuarto del hotel. Lo refirmaré y asunto concluido. Siendo día libre del servicio, llevaremos dos bolsas cada uno a la casa, las rellenaremos con lo más valioso y nos largaremos. Si algo saliese mal, acudiremos a la comida portando nuestro cuadro. Allí veremos la forma de actuar. Los cheques no pueden cobrarlos hasta el lunes y por tanto no sabrán que son falsos. Hay dos días de margen.

- Perdona Román, pero no tengo nada claro el asunto. Esto no es lo que habíamos planeado al venir aquí.

- ¿Es que acaso vamos a cejar en nuestro empeño porque se tuerzan algo las cosas? ¡Nunca lo hemos hecho!

- Lo nuestro son los timos, no los robos. Somos, o creía ser más fino que un vulgar ratero.

- ¿Cómo vulgar ratero?. En todo caso... de guante blanco. Sin intimidación, con astucia. Deja tus temores, piensa en todo lo que hay en esa casa, y en lo que debe de contener el joyero y la caja fuerte.

El portero, subido a una pequeña escalera, frotaba con un paño esparciendo por los cristales de su habitáculo el lechoso liquido de limpieza. De espaldas a la puerta, no vio las dos figuras que con paso rápido se introdujeron en el ascensor. Llegados ante la puerta, uno e ellos tocó el timbre; era la comprobación de que el inmueble estaba vacío. Después desconectarían la alarma, con la ganzúa abrirían la puerta y pasarían al interior. Más la sorpresa se vio reflejada en sus rostros; la puerta se abrió y Simeón apareció en el quicio.

Por la amplia escalera de madera, bajaba una joven que de una traílla llevaba un perro. Todos coincidieron en el rellano en el mismo momento; Calixto, Ricardo, Simeón, joven y chucho.

- Buenos días, ¿Qué desean?

- ¿Ya han salido los señores de Ripoll?

- Perdonen los señores, pero están equivocados. Aquí viven los señores de Bonet. Deben de estar confundidos.

- ¿Cómo dice?

La chica tiraba del perro que en esos momentos olfateaba a Ricardo, saludó, y continuó su camino entre curiosa e intrigada.

- ¿Acaso no nos recuerda? Estuvimos anoche...

El hombre no le dejó terminar la frase. Se le veía nervioso mirando de reojo a las escaleras por donde ya desaparecía la vecina. Hizo ademán de cerrar la puerta a la vez que alzando la voz decía...

- Lo siento mucho, pero esta no es la casa que dicen, ni yo les conozco.

Ricardo llevándose la mano a la sobaquera y en tono amenazador dijo...

- Déjanos pasar inmediatamente o te descerrajo un tiro. Nos vas a explicar ahora mismo ese cuento de que esta no es la casa que buscamos y el de que no nos conoces.

Una vez en el interior, y a puerta cerrada, el asustado criado comenzó a balbucir...

- Perdonen los señores... pero lo que les digo es cierto. Esta casa pertenece a los señores de Bonet. El señor es el dueño de la Compañía Consignataria de Buques Bonet y Cía.

- Entonces, ¿quiénes son las personas que anoche nos invitaron?

- Son familiares...

- ¿Qué clase de familiares?

- Lejanos...

- ¡Explícate mejor o no doy cuenta de mí!

- Por favor, no se pongan nerviosos. Yo les explicaré. Llevo al servicio de esta casa muchos años. Entré a formar parte de la compañía, en un barco del que fui desde cocinero a mayordomo. Por vicisitudes de la vida, cometí algunos errores de los que las personas que ayer les citaron, poseen las pruebas. Si llegasen a conocimiento del señor Bonet, supondría mi despido automático y tal vez la cárcel. Soy demasiado mayor para ello. Estas personas me chantajean. Por otro lado no es un chantaje difícil de soportar. Solamente me exigen que un par de veces al año les abra la casa y dé una cena, Invariablemente ocurre siempre en verano, cuando los señores están de vacaciones. No sé nada más, ni quiero saberlo, aunque supongo los resultados.

- ¿Cuales fueron los errores de los que hablas?

- Bueno... algo de contrabando...

- Eso todos los marinos lo hacen; tuvo que haber algo más.

- Sisaba en los gastos de cocina, sobre todo en el aceite.

¡Pues tuvo que ser gordo para que te acojones!

- Bastante...

¡Así que eso es todo!. ¡Los muy caraduras utilizan esta casa como tapadera para desplumar incautos!

- ¡Y esta vez hemos sido nosotros !

- Pero, ¿y la gente, no vuelve por aquí a reclamar?

- Hasta ahora nadie lo ha hecho.

- ¿Cómo van a reclamar lo que voluntariamente dieron?.¡Hay que cambiar los planes!. Simeón, sírvenos unos aperitivos mientras doy vueltas a algo que se me está ocurriendo.

- ¿Qué tienes en mente Calixto?

- La forma de recuperar como tú quieres, nuestros cheques y otro tanto más. Pero necesitaremos la colaboración del criado. Simeón, llama al restaurante donde hemos quedado citados con esos señores de pega, y diles que nosotros no podemos ir. Que tenemos un deber de carácter inexcusable, y que nos perdonen. Diles también, que les estaríamos muy agradecidos si mañana nos invitasen a tomar el té, y que a ellos también les será provechoso.

El mayordomo se comprometió en el plan y cumplió a la perfección con la parte que Román le preparó para la jornada siguiente.

El domingo a la hora prevista, llegaron los dos amigos. Después de los saludos de rigor, Román entregó el cuadro prometido que fue admirado por todos y pasó a tratar el asunto primordial de aquella reunión

- Señores, por la cantidad de obras de arte que hay en esta casa, no podemos menos que ofrecerles una pieza valiosísima que una amiga nuestra posee y de la que ha de desprenderse por hallarse en un apuro. Este vaso etrusco en terracota, lo valora en mucho más de lo que lo vende, pero la necesidad es grande. Cinco millones es su precio por tratarse de ustedes.

Cuando Simeón, que estaba sirviendo el té, vio la figura, llamó aparte a la señora.

- Señora, ¿Tendría la amabilidad de venir un momento?

Ella salió intrigada. El mayordomo la llevó a una sala cuya puerta estaba cerrada con llave. Pasaron al interior donde todo eran vitrinas con figurillas. En una de ellas, dos vasos casi iguales a los que el pintor les estaba mostrando. De un cajoncito, Simeón sacó una carpetilla y mostró unas fotografías a la mujer.

- ¿Te das cuenta de lo que traen estos hombres?

Bajo una de las fotos, había una nota escrita a máquina que rezaba..."Vaso Etrusco del siglo VII antes de Cristo. Forma parte de un conjunto de tres, hallados en la tumba de los Augures en Tarquinia. Como pieza independiente, al igual que las otras dos, no supera el valor de los cincuenta mil dólares. Como conjunto, su valor de cotización se multiplica por veinte. Es decir, los tres vasos juntos, alcanzarían un valor de más de un millón de dólares." "Este vaso se cree está en poder del millonario americano Ernest Hemingway de California, que hace unos años ofreció comprar los otros dos de las fotos anejas"

- ¡Es el vaso que falta en esta vitrina! ¡Hay que comprarlo! Dijo Simeón.

-Espera un poco, llama a Fernando y que él decida.

Dejaron solos a los invitados y todos juntos trataron de comprobar si la pieza era auténtica. El único que tenía idea de arte, era el mayordomo por estar rodeado de él.

- ¡Esta pieza es auténtica! Si es cierto lo que dice esta nota, y el señor no se equivoca nunca, tenemos en la mano... ¡cien millones de pesetas!

Los ojos de los tres compinches relumbraron de avaricia, más solo fue un instante. El criado, que esperaba estas reacciones, los encauzó debidamente, y como pensando en voz alta dijo..

- Es una pena no tener un horno...

Fernando la cogió al vuelo.

- Por ese dinero, podemos dar el cambiazo. Conozco un alfarero que con estas fotos nos fabrica las piezas. Las dejamos aquí, buscamos al americano y con la pasta nos largamos a las Bermudas. Cuando se quieran dar cuenta ya hemos volado.

Volvieron con los artistas, y con sonrisa meliflua, trataron de rebajar el precio.

- La pieza es una maravilla, pero el precio es excesivo para una viuda como yo...

- Tenga en cuenta señora mía, que su valor es mucho más elevado y que además hace un favor a la persona que lo necesita...

- Bueno, de acuerdo. No está bien regatear entre amigos. Cerraremos el trato. ¿Cómo desean cobrar?

- Eso, al igual que el precio, no lo fijamos nosotros; la dueña desea la operación al contado.

- ¡Que barbaridad! Huy, perdonen. Quiero decir, que esa cantidad nadie la tiene disponible en casa.

- Lo suponemos. Pero algo pueden dar a cuenta, y mañana cuando abran el banco, el resto.

- Es que la señal no rebasará las cinco o diez mil pesetas, será todo lo que hay en casa... y eso supongo que no es suficiente...

- Oye, terció Fernando, ¿y por qué no les devuelvo los talones que me dieron ayer? Aún los llevo en la cartera. Eso serviría de fianza. Mañana les das el resto, y a mí el importe de los cheques.

- Por nosotros no hay inconveniente, al fin y al cabo ese dinero ya no era nuestro.

- ¿De acuerdo pues todos?

- De acuerdo.

El lunes a primera hora, Simeón con un negro maletín de cuero en la mano, acompañaba a la señora viuda de la Mata. Lo abrió mostrando el dinero y lo entregó a los dos amigos, se despidieron y cada uno por su lado se fue a sus quehaceres.

La pieza volvió a la vitrina de donde Simeón la había sacado para la ocasión.

El alfarero construyó tres vasos que el mayordomo encargó guiándose por las fotografías que Calixto y Ricardo habían hecho.

Simeón destruyó las fotos y la nota preparada para la ocasión. Para quedar a cubierto con su amo, había simulado el cambio de las auténticas por las falsas. Aunque las primeras, ni eran Etruscas ni del siglo VII a.c. Sólo eran porcelana Vienesa. Valor; unas cien mil pesetas.

La viuda y sus dos compinches, creyendo poseer un tesoro, quisieron dejar sin su parte a Simeón y no volvieron a aparecer jamás por la casa. Como era lógico, no fueron capaces de contactar con el tal Ernest Hemingway, y por consiguiente, no pudieron vender su tesoro. No osaron tampoco venderlo en terreno nacional por temor a descubrir el pastel. Si la falsedad de las piezas que creían haber dejado en casa del consignatario, llegaba a descubrirse algún día, el criado cargaría con la culpa.

Para entonces los dos timadores se habían marchado con cuatro millones, dejando el resto para Simeón, producto del golpe.

Los timadores filántropos timados, quedaron pues, con tres vasos de cerámica asturiana que pagaron... pero que muy caros

fin.

sábado, 18 de septiembre de 2010

De Gargantúas y tal.

Esta mañana cuando saqué a los perros no había desayunado, y como es de suponer, tenía un hambre canina. Vamos, como la de mi perra, que siempre está pidiendo. Recordé que mi padre hablaba a menudo de un tragaldabas al que llamaban "Guarrintio" y que la familia acabó por echar de casa ya que comía todo lo que pillaba. Parece ser que un "copín de fabes" lo comía de una sentada, con su correspondiente compango; una ristra de morcillas, otra de chorizos, el tocino y lacón si lo hubiera.

Para dar una ídea de la cantidad, diré que el copín es una medida antigua para cereal y que equivale a siete kilos, aunque según el sitio podía llegar a tener un valor de 10 Kg.

Guarrintio se fue a vivir al monte, donde hizo una chabola que tenía "empapelada" con pieles de los perros, gatos y raposos que eran su sustento. A saber cuantos otros bichos comería y con los que no podía empapelar.

Me contaba un compañero de trabajo, gran comedor también, que cuando era joven, allá por la mancha de donde era natural, hacían un guiso con cabezas de cordero, carnero o similar, y que lo que más le gustaba comer, eran los ojos. Dicen algunos que es un manjar, y yo me lo creo, pero no los comeré jamás. Lo "empachante" del caso, es que tras degustar carne y glóbulos oculares, él , con un bote de pimientos o con el mismo cráneo a modo de cucharón, se bebía el seboso, grasiento y pienso que repugnante caldo. Parece que estoy viendo a Homero Simpson.

Estando en el bar de un camping donde solíamos pasar casi todo el verano, se acercó a nosotros un paisano y viendo que éramos buenos comedores, quiso entablar una apuesta. Aseguraba ser capaz de comer cinco docenas de huevos crudos. El dueño del local, atento con nosotros que le dejábamos buena cantidad de "pasta", oyó la conversación y por lo bajini nos dijo que no aceptáramos; "es capaz de comer bastantes más".

Efectivamente, hubo quien picó el anzuelo. Aquél hombre, que posiblemente si comiera un garbanzo se le notaría en la barriga, por lo flaco que estaba, se engulló seis docenas de huevos y para rematar un café bien cargado. La apuesta era simplemente pagar lo consumido. El pagano quedó satisfecho por ver aquella hazaña, sin llegar a saber como supimos nosotros, que podía haber llegado a los cien.

Grandes comedores los ha habido en la historia a montones y, no estoy hablando de esos que se engullen en el menor tiempo posible, docenas de salchichas u otras cosas; hablo de gente que tranquilamente se atiborraba, salía al vomitorio y reanudaba la comilona. Una pequeña muestra:

El emperador romano Heliogábalo tuvo más fama por la "calidad" que por la cantidad, es decir no era un gran comilón, pero; solía espolvorear polvo de piedras preciosas en todas sus comidas y ponía perlas con el arroz. Le volvía loco un asado de lenguas de ruiseñor, de loro y de crestas de gallo que habían sido arrancadas a los animales en vivo. Daba foie a las fieras de su circo y una vez mando matar a seiscientas avestruces para comerse sus cerebros todavía calientes.

Carlomagno parece que fue el primer rey cristiano que sentó las damas a su mesa. Gustaba de las, hierbas aromáticas en los guisos y ordenaba plantar árboles frutales, en especial manzanos para hacer sidra que le encantaba. En su mesa se servía asno salvaje, relleno de pajarillos, aceitunas verdes y trufas enteras. Los cocineros del Sacro Imperio gustaban cocer, con mosto de vino, aves, caza de las selvas germánicas y grandes salmones y lucios. Guisaban lechones cocidos con miel y pichones rellenos de jalea de arándanos y volvieron a condimentar el pavo real ya en desuso.

Selim II, sultán del imperio otomano era gran aficionado a los dulces de los que se atiborraba; tortas de pasas, higos en miel, sorbetes con leche de cabra y sandías rellenas de vino, sobre todo vino, mucho vino.

El famoso conquistador de mujeres Giovanni Casanova, se convirtió en insaciable comedor de de pastas italianas, bombones de anís y compotas de fruta con canela, cuando ya su "potencia amatoria" había desaparecido. Con algo se debía de consolar.

Carlear.

(De or. inc., quizá de *calorear, der. de calor).

1. intr. rur. desus. jadear. Era u. más referido a perros.

Bien, ya la academia dice que esta palabra está en desuso (desus) y, como me gusta llevar la contraria, aunque sea a la Real, la he colocado en un cuentin que escribí el otro día. Además, me gusta lo rural (rur), me gusta que sea de origen inca (inc) y me gusta el jadear, siempre que sea por emociones fuertes y placenteras.

viernes, 17 de septiembre de 2010

El tunel.

Sentado sobre la tupida y alta hierba del prado, mordisqueaba una hoja de verde laurel. De vez en cuando, escupía aquel fuerte sabor mientras mis ojos vagaban por el paisaje. Allá en el fondo, el río de negras aguas bajaba a encontrarse mansamente con el mar. Un mar seguramente lejano tras aquellas montañas ya viejas y desgastadas por el viento.

Sonidos esporádicos llegaban a mis oídos y yo los iba identificando aún sin ver lo que los producía; el suave y amortiguado traqueteo de los vagones arrastrados por la pequeña locomotora, y que pronto aparecerían ante mi vista cargados de carbón; la descarga de la batería de cok sobre el carro y el posterior enfriamiento del mineral; la blanca columna de vapor, producida por el agua, en contacto con el incandescente material, se elevaría al cielo a continuación. De vez en cuando el silbido de una maquina haciendo maniobras y algún que otro topetazo. Más cerca, la esquila de las vacas pastando y el canto de un malvís.

El prado donde me encontraba, estaba a medio camino entre la cima del monte y el tortuoso valle por el que transcurría el río. Desde aquí, una pronunciada pendiente se iba suavizando hasta el punto de formar un llano, que de repente, caía verticalmente en el ancho cauce.

Los laureles y algún que otro castaño bordeaban la pradera a mi izquierda, impidiéndome ver las casas de la aldea, y más allá, en el fondo, la fábrica. A la derecha, zarzas y una pequeña portilla eran la frontera con un camino. Por arriba, de donde yo holgazaneaba, la carretera hería con su cortada al monte y delimitaba el prado.

Al otro lado del río, dos vías férreas serpenteaban con él a la falda de los montes. Una, vía estrecha para los trenillos de las minas. La otra, vía más ancha, más señorial, como debe de corresponder a los ferrocarriles nacionales. Mientras la primera buscaba el mar con el río, la segunda lo atravesaba por un alto y largo puente de hierro. A cada lado de este, las negras bocas de dos túneles parecían querer tragarlo.

Me cogí de las manos, apoyé los codos en las rodillas, alcé el dedo pulgar de una de ellas, y guiñando un ojo, comencé a contar las vagonetas de carbón que arrastraba una maquinilla; diecisiete, dieciocho, decía yo en voz alta, cuando los gritos de Manolín me distrajeron.

- ¡Aquí, aquí está!

Dijo a alguien a quien no podía ver, a la par que se aupaba para saltar la roja y blanca alambrada que bordeaba la carretera. Ya saltaba el poco más del metro que ésta levantaba sobre el arcén, cuando Paco y Fermín aparecieron arriba.

- ¿Que hacemos?

Dijo uno, cuando ya todos estábamos reunidos.

- Vamos hasta la Fuensanta.

- ¿Y por que no nos atrevemos hoy?

- ¿Que hora es?

- Serán las cuatro. Cogemos la merienda y nos vamos. Tenemos tiempo de sobra.

- Mejor otro día. Yo hoy no voy. Es tarde. ¡Vamos hasta la Fuensanta!

- De tarde nada. Mira, en media hora estamos en el puente. Lo pasamos, y luego el túnel. Como hay que ir corriendo, en diez minutos está.

- ¡No te rajes Paco!

- ¿Y quien sabe los trenes que pasarán?

- De tarde solo pasa el correo, y ese, antes de que lleguemos allí ya pasó; luego, hasta la noche, no vendrá el rápido.

- ¡ Venga, vamos ! ¡ No seas caguica !

- Tenemos que ir todos. Si alguien se queda, corremos el riesgo de que le pregunten por los demás y cante. ¡Además, ya sabes que hay que ser pares!

- Bueno... Vale. Vamos a por la merienda y acordaos de coger las cerillas.

Chorizo u onza de chocolate y zoquete de pan, y arrancamos hacia la aventura.

Lo habíamos planeado muchas veces. Por eso, dando grandes mordiscos a los bocadillos, emprendimos el camino sin hablar siquiera. Todos sabíamos la ruta. Subimos por la carretera casi un kilómetro, hasta el camino que la atraviesa para bajar la madera en mulas a la mina. Nos apartamos del asfalto, y por el sendero, llegamos a una pequeña explanada casi toda llena de rollas de eucalipto. El negro agujero de ventilación y asistencia, se presentaba ante nosotros tentador. Ya habíamos explorado muchas veces con anterioridad unos metros de aquella galería, pero nunca nos atrevimos a ir muy adentro por falta de luz. Allí no podíamos jugar con fuego.

- ¡El día que tengamos una lámpara!

- ¡Venga, dejarlo! Hoy vamos a lo que vamos.

De allí a la cabecera del puente, nos llevó más de media hora, y eso que íbamos bajando casi a la carrera. Vimos pasar el tren correo con su flamante máquina eléctrica casi nueva del paquete.

- ¡Ves, el correo! Y además con máquina eléctrica. Así será fácil pasar. No va a haber ni gota de humo.

El puente ya era un reto de por si. No había camino, no había pasillo. Solo las traviesas colocadas sobre el armazón de vigas. Entre ellas, el vacío, y seis u ocho metros más abajo, el agua que mareaba solo de verla. Aquella quietud, aquella pereza con que parecía discurrir visto desde el monte, se convertía aquí en velocidad inusitada. Corriente impetuosa que nos arrastraría si caíamos en ella.

Antes de comenzar, pusimos la oreja sobre los carriles. ! Nada !

- Podemos pasar. No viene ningún tren.

Subimos sobre los rieles. Manolin y yo nos enganchamos por el brazo. Paco y Fermín hicieron lo propio.

- ¡Vamos allá!. ¡Mirad al frente y no resbalar!

Un paso tras otro, despacio primero y luego con confianza, comenzamos a caminar. Ni una palabra hasta que ya estábamos cerca del final. No podíamos perder la concentración y que por una tontería nos fuésemos a las plomizas aguas desde aquella altura.

Atravesamos mejor de lo que esperábamos. Algún titubeo, alguna pequeña parada, pero habíamos pasado. El entrenamiento sobre los estrechos carriles de las vagonetas de la mina, nos había venido muy bien. En el rellano antes del túnel, comenzamos a buscar. Hallamos lo que esperábamos en un rincón; dos gruesos cabos de cuerda embreada. Preparamos un pequeño fuego con algo de hojarasca para encender las antorchas que se resistieron algo a acusa de la humedad. Otra vez oreja a la vía. Ningún ruido. Ninguna vibración. Camino expedito.

El túnel era más corto que el del otro lado. Ciento cincuenta metros o algo más. No podíamos ver la salida por que hacía curva. Sería coser y cantar. Nos emparejamos de nuevo para caminar sobre los rieles pero, optamos por ir en fila india arrimados a la pared. El camino era mejor. Bastantes piedras, pero se sorteaban bien.

El silencio solo era roto por el chisporroteo que de vez en cuando producían las antorchas. En algún lugar, una gotera dejaba oír un acompasado son al caer sobre el charco que ella misma formaba. Nuestras playeras de goma solo producían ruido cuando tropezábamos, a la vez que el que daba el punterazo exclamaba ...

- ¡Caguenla!

Íbamos a buen andar, aunque con el corazón en un puño. Yo abría el paso con una de las luces, Manolín detrás, luego Paco con la otra, y en retaguardia Fermín. A unos treinta metros mi corazón dio un vuelco. Frené en seco del susto. Algo más negro que el túnel se había movido a mi derecha.

- ¿Que pasa? ¿Por que te paras?

- ¿Es que has oído algo?

- ¡No! - Dije, respirando fuerte. ¡Sigamos!

La luz y las sombras me habían jugado una mala pasada. Un par de metros adelante, se abría una especie de trinchera. Un pequeño arco de dos o tres metros de ancho y uno más o menos de fondo. La mala luz, y el movimiento de éstas reflejado en las esquinas, hizo que pensase que algo se movía.

Ya llegábamos a la mitad. Esta vez el refugio que apareció, solo me sorprendió por que estaba cerrado con largos palos de eucalipto. Nos paramos a investigar. Los delgados troncos estaban tan unidos y tan bien atados que no permitían ver el interior. Una pequeña portilla nos franqueó el paso. Junto a la pared, un armazón de estacas sostenía unas tablas a modo de somier y sobre las que había un jergón y unas mantas. Un candil de aceite, un botijo que debía haber sido blanco y unas latas fue lo que vimos de sopetón. Luego, un infiernillo de alcohol y un cazo que se encontraban en un rincón. Algunos chorizos y un poco de panceta colgaban de los palos. Sobre una minúscula repisa, descansaba un gran pan, apenas empezado y que se veía tierno.

Nos miramos con sorpresa. En un instante y sin mediar palabra, dimos media vuelta y emprendimos la huida. Sin duda un asaltador, un ladrón se escondía allí. El famoso sacamantecas. ¡Quien sabe!. Lo cierto es que todos parecíamos haber pensado lo mismo. Nos olvidamos del peligro de los trenes. Solo pensábamos en él ó los, que allí vivían y qué nos podían hacer por haber descubierto su escondrijo.

Vimos luz. Corrimos y ya fuera, arrojamos las antorchas. Como alma que lleva el diablo, no paramos hasta el otro puente, el que sirve de paso para la fábrica desde ese lado del río. Más sosegados ya, comenzamos a subir la cuesta camino de nuestra aldea.

Nos sentamos en las escaleras del pajar de María la Vieja muertos de cansancio,

- ¿Quien vivirá en ese agujero?

- Algún ladrón.

- O algún pobre.

- Tiene que ser un bandido. Un pobre viviría en cualquier cueva de las que tanto abundan, sin ruidos y sin humo. De esto, ni mu. Nadie tiene que saber que hemos estado en el túnel, y menos, lo que vimos.

- ¡Eso! Hasta que averigüemos todo, ni palabra. Hay que hacer un juramento.

- ¡Vale! ¡La mezcla de la saliva!

- Eso para este caso es muy flojo. Ha de ser el de la sangre. El pacto de la sangre es el bueno.

- ¡Vale!; ¡El de la sangre!. ¿Quien tiene un alfiler?

- Yo lo busco.

Así fue. Pinchazo en el dedo índice izquierdo, que baja directo del corazón. Apretón para que la sangre fluya cual menudo rubí. Unión de roja esencia que hade mantener el sagrado vinculo de la lealtad entre amigos.

Durante los días siguientes ayudamos en las labores caseras. Como era verano, fuimos a la hierba. A la hora de la comida, en el mismo prado, nos apartábamos de los demás para fraguar nuestro plan.

- Procurar sonsacar en casa todo lo que podáis sin enseñar la oreja.

- También hay que vigilar. Hay que hacer guardia para ver si somos capaces de descubrirlo.


Un sábado que mi padre libraba de la fábrica, me llevó al cine a la sesión nocturna. Teníamos que andar carretera abajo, tres o cuatro kilómetros hasta llegar a la villa. Varias aldeas como la nuestra, y alguna casa desperdigada, estaban asentadas al borde de la poco transitada calzada.

La película era de gánsters, y a la salida, tomamos algo en el bar de en frente. La noche era ya bien cerrada cuando regresábamos. Comentábamos los lances de los buenos y los malos arropados por la oscuridad y el canto de los sapos, cuando de pronto...

- ¡Alto!. Buenas noches.

Saliendo del quicio de una puerta, una silueta oscura se nos había colocado enfrente. El susto que me llevé, fue mayúsculo.

- Buenas noches. Contestó mi padre.

- ¿De donde vienen?

- Del cine.

- ¿A donde van?

- A casa.

- ¿Donde viven?

- En el Caleyu.

- ¿Me da la documentación? Muy bien. ¿Me haría el favor de firmar? Gracias. Buenas noches.

- Adiós. Buenas noches.

Proseguimos nuestro camino en silencio. La figura del capote verde-oliva y tricornio de charol, fue a reunirse con el compañero que yo adivinaba, más que veía, por la brasa del pitillo. Cuando ya estábamos lejos, mi padre saco el mal humor a relucir.

- ¡Cara duras!. ¡Por no subir más arriba como será su obligación, te meten un susto en mitad del camino!.

- ¿Que pasa?, ¿Por que te ha pedido que firmes, y que hacen ahí?

- Bueno... ellos reciben en el cuartel la orden de ir hasta tal sitio, pero como son muy vagos, o tienen miedo, esperan a que pase alguno de los que más lejos viven, y así no suben. La firma es la justificación.

- ¿A quién pueden tener miedo?

- Hombre... aunque la guerra ya hace casi diez años que acabó, aún quedan algunos en el monte.

- ¿Como que quedan algunos en el monte?

- Si hijo, si. Tu sabes que la guerra es cosa de al menos dos bandos; unos ganan y otros pierden. Los que ganan represalian a los que pierden, si estos han estado significados en algo. Es decir, a los cabecillas, a los importantes o a aquellos que han sido denunciados por algo gordo. Para que no los cojan, muchos se echaron al monte y por eso están los guardias por aquí. Para tratar de cogerlos. Otros no dan por acabada la guerra y continúan luchando a su modo. Pero no tienen futuro. Cuanto más pasa el tiempo, peor. Sin duda la única esperanza que les queda es pasar a Francia. Los hay que esperan, y seguramente tienen, ayuda de fuera. Los restantes aguardan escondidos a ver que es lo que pasa, a que se adormezcan las cosas, o a que cambie el régimen.

Callamos hasta llegar a casa. Yo pensaba en el túnel. Ya sabía a que se debía el jergón de la trinchera del túnel. ¡Uno del maquis!

Al día siguiente me faltó tiempo para contar a mis amigos lo que había sucedido y las sospechas que embargaban mi animo. Decidimos reanudar la vigilancia que teníamos algo abandonada. Aquél mismo día, la suerte nos sonrió sin quererlo. Nuestra vecina Josefa iba a visitar, como todos los domingos, a unos parientes.

Desde nuestra atalaya, la seguimos con la vista sin prestarle demasiada atención. Llevaba una cesta al brazo y una saquilla en la cabeza. Entró en el castañar a la vera del río y por unos instantes la perdimos. Un buen rato más tarde, cuando salió por el otro extremo, Fermín notó algo raro.

- ¡No lleva la saca! ¿Donde la ha dejado?

- ¡Seguro que entre los árboles para que alguien la recoja!

-¡Será para su marido!

- Ese que dicen que murió en la guerra.

- ¿Por que no vamos hasta el castañar?

- ¿Y si hay alguien allí con una pistola y nos larga cuatro tiros?

- ¡Como se va a atrever a hacer ruido de día!

- ¡Venga, vamos!

- ¡De eso nada, yo no voy!

- ¡Paco, siempre estas igual !, ¿ Que nos va a pasar?

- ¿Y si tiene navaja o cuchillo y nos raja? ¡Así no se hace ruido!

- ¡Bueno, yo voy! El que quiera que me siga.

Fuimos todos. El bosquecillo, aunque pequeño, era muy tupido. Las ramas de los castaños formaban una bóveda que casi no dejaba pasar los rayos del sol. La hojarasca y la maleza dificultaban el paso, aunque había claros en algunos sitios. Los pájaros cantaban llamándose unos a otros y los insectos zumbaban al desplazarse. Un grueso tronco estaba caído, y tras él, un hombre con la boina sobre la cara, dormitaba. Quedamos petrificados por unos instantes. Paco estornudó del susto, y el hombre se levantó de un brinco. Su cara de asombro se fue dulcificando. Nosotros le mirábamos con la boca abierta sin acertar a pronunciar palabra. Agarrotados, no podíamos correr como nuestra mente nos ordenaba.

- ¿Que hacéis aquí, chicos?

- Íbamos.. .íbamos...

- ¡A coger pájaros, a coger pájaros!

- ¡Eso, eso. A nidos. Venimos a nidos!

- ¿Estáis solos?

- Si. Estamos solos.

Pasados los primeros momentos, y casi perdidos los recelos por ambas partes, el hombre nos preguntó de donde y de quién éramos. Parecía conocer a nuestras familias, aunque aseguró que venía de la capital. Nos sentamos. Con suavidad sacó del bolsillo del chaleco una navaja. Como un resorte nos pusimos en pié.

- No temáis. No os voy ha hacer nada, dijo agarrando una rama rota y comenzando a pelarla.

Conversamos un rato. El trataba de despistar. Venía en busca de trabajo que estaba muy difícil. Se había enterado de que en la fábrica podían darle alguna cosa. Pero no debíamos comentar con nadie que le habíamos visto, no fuese que otro se enterase y le quitase la plaza. Se lo prometimos, y en prueba de agradecimiento, metiendo la mano en los bolsos de la chaqueta, sacó unas figurillas de animales tallados en madera de cerezo. La disculpa era buena, pero yo no apartaba los ojos de la saca de Josefa.

Se levantó y dispuso a marchar. Nosotros hicimos lo propio por el camino contrario. No llegamos a salir de los árboles. Volvimos sobre nuestros pasos sigilosamente para observar lo que hacía. Con la bolsa a los pies y la boina en una mano, se rascaba el crespo y moreno cabello, no sabiendo sin duda que hacer. Por fin, tomó una decisión. Se dirigió camino de la fábrica. Llegó hasta la linde de los árboles y dando un pequeño rodeo, volvió saliendo por el extremo opuesto camino del puente. Cruzó el claro en un santiamén, y, mirando a todos lados, atravesó el puente con paso rápido y seguro. Pensamos que se internaría en el túnel, más no fue así. Subió por el monte un trecho. Los helechos y las zarzas eran allí muy altos por lo que lo perdimos de vista. Quedamos un rato tendidos entre la vegetación, desilusionados. Cuando después de un tiempo decidimos irnos, Fermín lo vio.

- ¡Ahí baja otra vez!

Efectivamente. El hombre, saliendo de los matorrales, se introdujo rápidamente por la negra abertura. Ya no nos quedó duda. En aquél lugar moraba aquella persona. El porque, había que averiguarlo.

Las indagaciones que llevábamos a cabo en casa, no daban resultado. Era igual que les hablases del maquis, o del marido de Josefa. En seguida se ponían en guardia y te contestaban con evasivas. Por eso decidimos volver a visitar el túnel. Allí averiguaríamos la verdad aunque tuviéramos que enfrentarnos con Damián. Ese era el nombre del marido de la vecina, el que creíamos pertenecía al hombre del túnel y que no habría muerto en la guerra.

Para no cruzar el puente de hierro al estilo funámbulo, fuimos a la inversa; por el que entraban los camiones a la fábrica. Dejamos el pueblo atrás, y luego de caminar largo trecho a la vera de la vía, llegamos al túnel. Encontramos las antorchas que ya habíamos utilizado y les dimos fuego. Como la vez anterior, todo era silencio. Llegamos a la mitad del camino. La trinchera se hallaba vacía.

- ¡Aquí no hay nadie!. Seguro que esto hace tiempo que está abandonado.

- ¡No digas tonterías¡. ¡Este pan es tan fresco como el de la otra vez!

- !Nos habrá oído y se largaría!

- Si. ¿Pero como sabe él que vienes?

- Es fácil. Si ve luz por la derecha, se va por la izquierda.

- La luz no se ve hasta que casi estas aquí. ¿No te das cuenta de que es una curva?

Algo indefinido cruzó por mi mente. Crucé la vía hacia la trinchera opuesta. Alumbré con mi cabo y halle lo que buscaba.

- ¡Mirad! Tiene colocados dos espejos de forma que desde enfrente puede ver lo que ocurre. Lo lógico es que se entre con luz, si vienes por la derecha, ésta se refleja en este espejo, y si vienes por la izquierda, en este otro. Vamos a hacer la prueba.

- ¡Si, si se ve! Ahora pasa al otro lado.

¡Vale, vale, También se ve!

- Eso es lo que hace. Tiene mucha vista. Como hemos venido por el lado de la fábrica, el se fue por el lado del puente. Vamos a apagar las luces y esperar a ver si vuelve.

Nos sentamos en el camastro en la más completa oscuridad. Pasó lo que nos pareció un largo rato. No quitábamos la vista del lugar donde intuíamos los espejos, para ello, la portezuela debía permanecer abierta. Sentimos un ruido lejano. Aguzamos el oído

- ¡Es el tren!

- !Viene el tren!. ¡Quietos todos!

- ¡Cerremos la puerta y esperemos!

- Aquí nada puede sucedernos.

El ruido se fue acercando. Un silbido. La máquina se introducía ya en el túnel.

- ¡Caguenla! ¡Es un mercancías y trae máquina de vapor!. ¡Nos vamos a ahogar con el humo!

Por las estrechas rendijas se veía ya la luz de la locomotora. El chu-chu característico y el traqueteo estaba ya encima nuestro. Una corriente de aire y algo de vapor se coló dentro. El humo, a Dios gracias, se quedó arriba y no llegamos casi a notarlo. El ruido se fue amortiguando y todo volvió a la calma. Abrimos la puerta y salimos a orinar.

- Mejor será que nos vayamos.

- Si, mejor será.

- ¿Por que? ¡Ahora ha de venir! Si el tren ha pasado, creerá que no hay nadie dentro.

- Yo solo espero cinco minutos y si no viene, me largo.

- Vale. Esperemos diez minutos.

No hizo falta esperar tanto. Un tropezón nos indicó que se acercaba. Uno de los espejos brilló durante unos segundos, luego, otra vez. Sin duda tenía una linterna y se alumbraba de trecho en trecho. Con el corazón en un puño, esperamos muy juntos. Ya lo oíamos respirar. De repente, esa respiración cesó. Unos segundos interminables... ¡la puerta!. ¡La habíamos dejado abierta!

Con un ademán rápido, el hombre encendió la linterna dirigiendo la luz dentro del recinto para cegar a quien estuviese allí. Lo consiguió. Nos tapamos los ojos y dimos un grito.

- ¡Condenados pillastres! ¿Que demonios hacéis aquí?

Armándonos de valor, acertamos a balbucir que no temiera nada de nosotros. Que solo queríamos hablar con él. Damián encendió la lámpara de aceite, sacó su navaja y cortó pan. Hecho mano de un rancio queso y nos dio una tajada. Le contamos nuestras sospechas, y él, aseverando, nos confesó por que estaba allí; era un perseguido. Lo habían juzgado en rebeldía y condenado a muerte por que era del socorro rojo. Por que siempre ayudó a los de su partido, a los más necesitados. En el pueblo, casi todos sabían de su existencia aunque la negaban. Le habían hecho funeral y todo, con la idea de que creyeran que estaba muerto, aunque las autoridades dudaban. Nos pidió que nada dijésemos, pues su vida dependía de ello. Confió en nosotros por que conocía a nuestros padres, a nuestras familias. Porque era un hombre bueno.

Nos vimos varias veces más, pero no en el túnel. Por ese lugar no volvimos jamás. Nos veíamos en el castañar, donde nos enseñaba a tallar con la navaja y donde nos contaba cosas de la guerra. Nosotros a cambio, le decíamos como iba la fábrica, hasta donde solía llegar la pareja de la guardia civil, como poco a poco aumentaba el trafico... en fin, hablábamos.

Teníamos entre once y trece años, pero había en el pueblo uno algo mayor, Rubén, que iba a cumplir los diecisiete y que siempre andaba detrás nuestro. No nos gustaba, pues siempre cargaba alguno con las culpas que él tenía, por lo que tratábamos de darle esquinazo. Además, no era nativo. Llegó al pueblo no hacía más de dos años, y su forma de ser, no era como la nuestra. Era envidioso y solo por el hecho de ser mayor se creía con derecho a manejarnos. El era un peligro para nuestra relación con Damián. Teníamos que vigilar muy mucho para que no se enterase de nuestros pasos. Así y todo, no le dejo de extrañar aquella furia que mostrábamos por el arte de la navaja y la madera. Imposible le parecía que alguna de las figuras saliera de nuestras manos. Como más tarde supimos, trató de averiguar de donde las sacábamos. Por eso, nos siguió. Descubrió el lugar de nuestras ocultas citas y el lugar donde Damián se ocultaba. No tardó en correr con el cuento a la guardia civil, y un día, los guió hasta el escondite. En parte fue su perdición y lo pudo haber sido más.

El cabo, comandante de puesto, no creyó mucho lo que aquel rapazuelo le contaba. Sin embargo, no estaría de más ganar honores y quizá un ascenso, si era cierto. Con cuatro de sus números decidió dar una batida. Para dar sensación de confianza, Rubén se internó en el túnel con una linterna. Dos de los guardias quedaron a la boca, el cabo y los otros dos, se adentraron unos quince o veinte metros detrás de Rubén. De pronto el tren apareció. El cabo y los otros dos retrocedieron abalanzándose a al primer refugio. El estruendo del convoy cesó y solo se oyeron los gritos de Rubén aumentados por el eco de la galería. El tren lo había alcanzado. Los guardias se olvidaron a lo que iban. A todo correr trataron de llegar al herido. Sus linternas danzaban arriba y abajo según corrían. Alguno tropezó y cayó cuan largo era, todos quedaron por un instante boquiabiertos cuando vieron que alguien traía en brazos el cuerpo mutilado de Rubén. Lo sacaron del túnel. Ataron garrotes a los muñones bajo las rodillas para que no se desangrara y a todo correr se dirigieron al pueblo. Damián cargó con el cuerpo todo el tiempo. Luego, cuando todo ensangrentado, trató de marcharse de la casa del médico, el cabo dijo...

- Lo siento. Date preso.

Todo el pueblo testificó a su favor en el nuevo juicio que le hicieron. Incluso los guardias que quisieron ascender a su costa. Pudo huir y no lo hizo por ayudar a un semejante. Nadie le libró no obstante de unos años a la sombra. Pero aquellas condenas de muerte injustificadas, se anularon. Poco a poco iban siendo otros tiempos.

Rubén salvó su vida pero no su alma. Los médicos hubieron de cortar más arriba para reparar los desgarros, y se vio condenado a arrastrar su cuerpo sobre un carrillo con ruedas de bolas que empujaba a base de brazos. Vendía lotería por los bares donde siempre tenía el oído presto para recoger cosas que luego denunciaba. Llegó el momento que ni la misma policía le hacía caso. Se dio a la bebida y un mal día su cuerpo apareció destrozado por el tren. No se supo a ciencia cierta si las pequeñas ruedas de su medio de transporte se atoraron en un paso a nivel, o si deliberadamente se arrojó a él. Tenía veintitrés años.

FIN