domingo, 23 de enero de 2011

Cosas de chigre.

Introducción.
Este cuento contiene diálogos en bable. No es un bable muy académico - tampoco yo soy muy ducho - para facilitar la comprensión del lector, por lo que algunas de las palabras aunque suenen parecido, no se escriben así. No obstante, hay un traductor del Asturiano al Español y a otros idiomas que se puede consultar; “eslema”

Los personajes:

El cantor primero.
Hombre poco culto, por cualificarlo de modo generoso, tiene buena voz que explota en chigres por una simple invitación. Lleva consigo un drama personal que sin duda trata de alejar con sus cantares.

El cantor segundo.
Hombre que se las da de culto por haber estado de vacaciones en Cuba y Nueva York, se cree en el derecho de insultar con su suficiencia y sus dos palabras aprendidas como el lorito, "olrai " o "esquiusmi". Su voz de barítono es buena, pero la presunción en su vocalización de coro resulta ofensiva para los que entienden, y que sin embargo deja boquiabiertos a los que no.

El cantor tercero.
Hombre que se las da de purista y tiene la osadía de negar e indicar a los demás el cómo y el cuándo.

El arrancador.
Uno de los “paganos”, que con ánimo de aparentar que sabe y tiene mundo, y tratando de recuperar la inversión que hace, anima constantemente a los cantores para que se prodiguen, aún a sabiendas, de que ellos también tienen derecho a tomar aliento.

El chulo.
Chulo en el sentido de que chulea a los demás y no pone una perra. Chulo en el vestir, cosas chillonas que cree modernas y que compra en los puestos del rastro. Supone que con unas invitaciones a Winston, dos chistes malos y algunas anécdotas, salva la cara.

El carnicero.
Tragón empedernido y pagano que come, bebe y paga sin saber a ciencia cierta el porqué de estar en esas reuniones.

El aldeano.
Soltero como el anterior y que al igual, su placer es la mesa, poder fardar de amistades de francachela que casi siempre son ingenieros, médicos, directivos de bancos o empresas...

La querida.
Que lo es del cantor segundo y a decir de los demás mujer muchimillonaria, grosera y basta que presume de lo que tiene y de ser ella sola la que lo hizo.

La mujer del arrancador.
Le gusta el ambiente y no le da más que su marido sea el pagano primero con tal de encontrarse en su salsa.

El niño del arrancador.
Repelente mimado que se cree en el derecho de meter el primero la mano en el plato, pedir lo que se le antoja en la barra sin consultar con nadie, y cantar siempre la misma canción, sin que sus padres noten que una vez pasa, pero que la segunda cae pesado y las demás aborrecible.

Los arrimados.
Personas a los que nos gusta oír cantar, que de vez en cuando pagamos algo, y que a sabiendas que aquel no es nuestro ambiente, ni nos gustan muchas de las cosas que se hacen o dicen, nos arrimamos por un sentido musicopatriotero que en otros lugares y circunstancias, no podríamos afrontar por escasez de recursos.

Axuntabense, axuntabense
con una xiblata al pie d'un tonel...

No parece que los personajes antes mencionados tengan mucho que ver con los mozos "gayasperos" de la canción, sin embargo algo hay en común; el amor por la tonada, los culinos y los inevitables pinchos de forro para tanto trasiego. Todo lo demás puede ser pura coincidencia como se podrá observar.

No quiero en este relato mencionar ningún nombre, y dejo a vuestro criterio el identificar a cada uno de los mencionados con la breve descripción que de ellos he hecho, no por que haya que guardar algún secreto o por que la cosa tenga algo de misterio; nada más allá de mi intención, simplemente para mi comodidad.



COSAS DE CHIGRE.

El chigre, pues aún quedan, es antiguo y al estilo de aquellos lagares en los que el servicio se situaba a la entrada, y ya es sabido por que; se pagaba al entrar y podías beber sin tasa, pero las necesidades de vaciar la vejiga te obligaban a salir y por tanto a pagar cada vez que entrabas de nuevo. Como digo, el servicio se encuentra fuera y fue siempre solo para hombres, ya que el sexo femenino no acostumbraba a entrar allí. Cerca de este, la puerta de entrada hace sonar una campanilla al abrirla y sirve de aviso a la chigrera, que tiene otras labores que atender en la parte trasera. Sorteamos tres o cuatro mesas a cada lado de un hipotético pasillo para llegar a la barra situada al frente, tras ella, en la pared unas pocas botellas de licor sobre anaqueles de madera y un hueco que da a la cocina. La casa huele a la madera del artesonado, a sidra, a cocido y a fariñes. A través de los cristales de una puerta lateral, podemos ver a unos chavales que en la bolera tratan de aprender a tirar a la mano o al pulgar, y algo más allá, parte del cobertizo que da paso al almacén donde las cajas de sidra reposan en silencio, frescor y oscuridad.

Por semana se juegan al atardecer partidas de cartas, y la bebida para acompañar suele ser vino y raramente alguna copa de anís o de coñac. Los sábados de tarde y los domingos por la mañana, son para las partidas de bolos y la sidra es lo único que corre. Es un ritual que viene de antiguo, de tan antiguo que a nadie se le puede pasar siquiera por la imaginación que pueda ser de otro modo. Ni los mozos de estos tiempos osarían pedir un cubata u otros bebedizos, por otra parte imposibles de preparar por la dueña del local.

Esa monotonía iba a ser rota, inconscientemente, por unos personajes ajenos por completo a la tradición del chigre, de los parroquianos y del pequeño pueblo. Todo comenzó un día en el que un conductor, con los riñones doloridos por el largo viaje en coche, decidió estirar las piernas y tomar un café. Aparcó frente a lo que le parecía un bar, pues tan solo una oxidada chapa en la que aún se leía "Orange Boy", daba posible fe de ello y entró. Al momento comprendió que el único café que podría tomar, si lo había, era de pota y manga, pues la cafetera brillaba por su ausencia.

Al sonar la campanilla, la cortina a modo de puerta tras el mostrador se abrió para dar paso a una mujer bastante mayor; pelo moreno con hebras canas recogido en moño, luto casi riguroso del que solo se libraba el mandil que era de raya negra y gris; estatura y corpulencia considerable, enseñando los gordos brazos que llevaba remangados hasta el codo; gafas de pasta de esas redondas tan antiguas como el mismo local, que de manera continua e inconsciente, asía con los dedos pulgar e índice de la mano derecha por el cristal para situarlas en el lugar preciso, y que dejaba una huella que cada poco limpiaba con el mandil. Arrastraba un poco una de las piernas posiblemente debido a que el reuma se le había cogido a la cadera, o tal vez a la rodilla. Con voz grave pero amable inquirió:

- Bonos dies, ¿Qué quier?
- ¿Que puede tomarse señora?
- ¡Ha madre!... Lo que quiera... tengo de too...
- ¿Un cafetín?
- Bueno... eso fágolo de tarde...
- ¿Y un vermú?
- Eso pue que sí, paezme que tenía una botella por equí... ¿Quiérlu enteru o mediu?

Al hombre le pareció que la botella era tan vieja como el chigre, y que los dos dedos de líquido que quedaban, debían de tener hasta zupia, por lo que le entró el miedo y dijo...

- Espere un poco, puede que sea muy fuerte, todavía tengo que conducir... ¿Sidra... tien?
- ¡Home claru! ¿Non y dixi que tenia de too?
- Bueno pues póngame una botellina...
- Mira fiu, y perdona pol tratamientu, si nun te da más ties que dime por ella y hechala tu. Ye que la sidra suelen bebela fuera cuando tan na bolera y téngola na aquel chabolu, asina ta más cerca… ¿nun sabes? Ta peslao solo con una tarabica, cueye lo que quieras qu'equí ta el vasu...

La sidra estaba buena y el lugar era el ideal tanto dentro del bar, como en un sombrajo que había en el prado junto a la bolera. Cuatro manzanos un lloreu y dos piescales daban además una ambientación y un colorido que ni pintado. El hombre preguntó...

-¿Pue cantase?

La mujer miró de arriba a bajo al nuevo parroquiano, luego a la botella. Se extrañó, pues solo un generoso culete se había escanciado y sólo ellos dos estaban allí...

- Canta si quiés fiu, aunque paezme algo temprano... y el chigre nun ta muy animau...
- No señora, no voy cantar, que ni sé, ni ye el momento. Quiero decir que si venimos unos cuantos amigos el sábado de tarde... o el domingo por la mañana... si podríamos cantar.
- ¡Ah bonu! Eso ye otra cosa... creyí que dibes cantar agora... ¡que tonta! Claro, home, claro que podéis, siempre que non se entame demasiáu xareu.

Contagiado por el acento, se atrevió a chapurriar en bable

-Non señora, solo unes cancionines d'un amigu mio que lo fai que lo borda. Y pa pinchar ¿tendría daqué?
-¿Que vos apetez?... Tengo chorizos, quesu... otra cosa... había de preparalo...

Quedó todo dispuesto y aquel mismo domingo a eso de la una comenzaron a llegar al bar: De una furgoneta blanca se apearon dos hombres; el conductor de mediana estatura y generosa barriga, camisa a rayas de manga corta y calzado con zapatillas wamba. El segundo, más o menos del mismo estilo, pero luciendo un rolex de oro en la muñeca y que al ver el resto del atuendo, incitaba a pensar si no sería falso. En la mano derecha, pues si lo hiciera en la del reloj no podría levantarla, llevaba un anillo tan grueso como una nuez y al cuello no una, sino dos gruesas cadenas con medalla y crucifijo que parecía de obispo. Sus pies sin embargo, iban enfundados en unas madreñas con restos de lo que no es menester decir.
Entraron en el recinto en el que no había nadie y pidieron de beber a la mujer, que como siempre, se hallaba atareada con su fogón de donde salió.

- Bones...
- Bones... Ponganos unes botellinas de sidra si nun y da más…
- Teneis que dir por elles al tendeyón...
- Bonu, entós vamos traer un par de caxes pa enpezar... ye que va venir más xente...
- ¿Entós, vós sois de los que diben venir güei a cantar?
- Equilicua, ta usté no cierto...

Fueron por la bebida y se detuvieron un momento a ver como ocho o diez paisanos miraban para el que lanzaban las bolas…

- Cuatro... cantaba uno...

Como quiera que aquello no era lo suyo, y poco o nada entendían, cargaron las cajas y se adentraron en el chigre donde tres hombres una mujer y un niño acababan de hacer su entrada.

- Val más llegar a tiempu que rondar un añu...

Dijo a modo de saludo uno de ellos.

- Güei traigo escanciador porque equí nun lo hai. Esti mozu trabaya en Trasona y como ellí cierren los domingos porque nun hai movimientu... pensé que sería bona idea.

El chaval que ya venía aleccionado saludó con un simple ¡Hola! y empezó a descorchar una caja botellas. Lo primero que hizo fue leer el corcho, las cajas eran de madera y tenían el rotulo muy difuso, luego escanció, observó el contenido, lo olió y bebió el primero al igual que lo hacían los antiguos coperos. Una vez trasegado el líquido levantó el vaso y lo miró al tras luz diciendo...

-Si señor... está pistonuda... rompe, espalma y ta bien fecha...

Cierto es que así era, aún cuando lo de leer el corcho denotaba una propensión a la querencia de marcas conocidas.

Varias rondas se habían servido ya cuando uno tras otro fueron apareciendo dos parejas y otros dos hombres. Saludos, más escanciar y una canción que espontanea salió al aire…

- Si yo fuera picador...
- Esa ye bona pero amás hai que saber dicir el versu...
- ...a mi amor le compraría...
- Hoy tás a la mano, sí señor…
- Callaí coño...

Los aplausos de los presentes, los viva tu padre y otros adjetivos de admiración comenzaron aún antes de haber finalizado. El cantor entre orgulloso, ficticiamente abrumado y plenamente satisfecho dijo...

- Ahí queda eso... hecha sidra chaval, que hoy vamos armala…

Otras cinco o seis canciones fueron escuchadas cuanto más aplaudidas a medida que las rondas de cluletes iban en aumento.

- A ver... xuntar un par de meses que va venir la vianda.
-¿Que foi lo que pidistis?
-Yo quiero una trina de manzana.
-¿Que ye, que non teneis olfatu?

El de la camisa a rayas entró con la dueña del local en la cocina para reaparecer portando dos grandes bandejas de picadillo, volvió a por el pan y por los cubiertos. Las mujeres ya estaban sentadas a la mesa mientras que los hombres permanecían de pie, seguramente para poder saber con certeza el momento en que las piernas comenzaran a fallar.

- Yo quiero un plato para mi solo y mucho pan.

El pan volaba y los tenedores entraban a saco de tal forma, que los motones de adobada carne desaparecieron en un santiamén.

- Esto ta que escoña...
- Va tar fechu pa la ocasión…
- D'eso nada, yo siempre doi la mesma calidá…
- Pués nun tien nin tropiezos y la grasa xusto... caros has vender los chorizos...
- Esti nun fai como'l francés aquel de la farina...
- ¿Que foi lo que fixo?
- Yo nun sé si ye ciertu que-y asocedió a Pedrón, unu que mide casi dos metros, pesa cientu trenta quilos y trabaya na Xunta d'Obres del Puertu, porque ésta historia yá la oyí cuntar más vegaes, pero nun m'estraña que fuera ciertu... Resulta que taben descargando un barcu de farina que venía en sacos d'ochenta quilos. Nun se sabe por que razón, nun había tresporte y taben apilando en suelu. Unu de los mariñanes que yera francés, taba en tierra y entráron-y ganes de mexar; arrimose a una pila y empezó la xera, Pedrón que lo vió foi pa él y díxo-y...
- ¿Que ye lo que faes ahí?
L'otru pregunta...
 - ¿Ui mesie?
- Que tas mexando yá lo veo, pero, ¿porqué?
- No compre pa…
- Pedrón garró una tarrancha y cutiólu nes costielles, tuvieron que llevalo al hospital... Serás mamón... decia... porque to nun merques pan, vas mexar la farina pa faer el que nós comemos... Lu llevaron a la comisaría y a los diez minutos taba fuera... al comisariu éntroy un ataque de risa y nel parte paez que punxeron que fuera un accidente llaboral, qu'el franchute esnidió y que Pedron al tratar de coyelu, fundió-y trés costielles.

-Nun tuvo tanta suerte unu que foi conmigo a la romería d' Ambás, y eso que'l sarxentu de la guardia civil ye amigu mio...
- Seguro que la entamasteis bona...
- Esa romería tien fama porque siempre acaba a palos…
- Nun ye pa tantu, solo l'añu pasáu hubo folixia...
- Bonu cunta lo que pasó d'una vegada...
- Ná, ye poca cosa... xuntámonos unos cuantos a comer unos perniles de xabalín, yeren un inxenieru de l'acería, el dueñu de montaxes Preposa, Manín el de los camiones, el cazador y yo... tomamos cuatro cajes de sidra. Tocábamos a diez botelles más o menos y ya había dalgún abondo calentin, pero dempués empezamos a da-y al güisqui, yo tome seis y taba bien puestu, pero los demás taben tan enfilaos que yá nun había con quién tratar. Marchamos esti que vos digo y yo, y fuimos pa la fiesta. Apalancámonos nel mostrador de la barraca y siguimos bebiendo Yoni Güalker. Xusto al llau nuesu taben dos mozarrones como dos castiellos con dos chavalines bastante apretadinas. Cuando di cuenta, aquél cabritu taba garrándo-y el culu a una d'elles. Creyí que la moza diba dar un berru o a dici-y daqué, pero la mio sorpresa foi que nun dixo nin pio; volvió la cabeza un pocu pa miralo y siguió dando la parpayuela, entós este siguió, pero unu de los mozos dio cuenta y avisó al otru que n'ensin vierbu, soltó-y una maná al que venía conmigo, que lum sapió percima'l mostrador y foi cayer de cabeza nel barcal de llavar los vasos. El compañeru paecía que nun quería quedase tras y viénose pa mi col enfotu de arremangame... pero yo, coyendo una botella de sidra pol gollete estampeila na cabeza. Quedó tirau en suelu remexando sangre y pensé que lu había matao, hubieron de day diecisiete puntos y dos grapes. Nesto llegó la pareya y lleváronos a los trés pal cuartel y al otru pal hospital.

- ¿Y en que quedó la cosa?
- El del hospital como yá vos dixe cola melona cosia, y los otros dos durmiendo en cuartón; unu por haber comenzao la engarradiella y el otru por aguiyador...
-¿Y tu?
-¿Non vos dixe que yera amigu del sargentu?... Yo llibre porque lo mio foi defensa propia... volví pa la romería y entamé amistá con les moces que tovía taben ellí... lo demás ye reservao...

Mientrás el del reloj terminaba de contar su aventura, el de las wambas ya salía nuevamente de la cocina.

- Aparta-y un poco que vien el llacón...
- ¡Yo quiero chipirones!
- Aquí no hay de eso, así que calla.

Una fuente de humeantes patatas y grandes trozos de lacón fue depositada en el centro de las juntas mesas. Alguien dijo que hacía falta más sidra y otro que los pedazos eran demasiado grandes. Ningún problema, del cobertizo se trajeron dos cajas más y la carne fue cortada por el aldeano que portaba una navaja de dimensiones considerables. La dueña del local apareció con una pota y unas tazas por si alguien quería servirse un caldo. Los seis kilos del lacón, los dos de patatas, el caldo y hasta las hojas de berza fueron rebañados.

- Venga, echanos una agora mientres prepara'l cabrales...
- Que cante la la to muyer que lo fai perbién.
-Yo empiezotéla y tu siguesla, o meyor faes la segunda a esta que me gusta muncho…
- Vale, si la se...

- La virxen de Covadonga
la virxen de Covadonga
Santina que se venera...

- Buen duo si señor... tais bien acoplaos..

Alguno de los que en la bolera estaban, al oír cantar dejaron de ver la partida para escuchar más de cerca. La concurrencia fue en aumento cuando terminada aquella canción comenzó aquella de...

Voy pa Llanes voy pa Llanes
voy camin de la bolera nueva...

Antes de finalizar apareció una nueva pareja que tras los saludos pertinentes se sentó de inmediato.

- ¿Que tomais?
- Yo sidra y la compañera, un café.
- Tien que ser de manga...
- Bueno, si está bien pasado por el colete... aunque no sé si me gustará. En casa siempre lo tomo “expresso”... de maquina italiana, vamos, no sé si me comprendes...
- Pués a mí gustame mas a la antigua usanza...
- Que va, chica, donde esté lo italiano...

El hombre animado por el ambiente, presionado por los demás y luego de pedir disculpas -“esquiusmi”, querida, la concurrencia me reclama- comenzó.

- Soy de Mieres del camino
de Villaviciosa vengo y en Villaviciosa vivo...

Los presentes aplaudieron a rabiar, los bolos habían quedado sin recoger y otras tres o cuatro cajas de sidra fueron descorchadas por invitación de los lugareños. A esas horas el camino del retrete era un continuo ir y venir, algunas piernas flaqueaban y algunos ojos estaban un tanto turbios y empequeñecidos. Ya hacía rato que las sillas alrededor de la mesa habían sido ocupadas, señal inequívoca de que el caldo iba haciendo su efecto. La euforia iba tan en aumento que nuestro cantor primero se atrevió con la "Mina y la mar", mientras que el segundo, con la mano le indicaba las vueltas o los sostenidos y por lo bajini no callaba con el dichoso "olrai, olrai" a lo que él hacía caso omiso. Una salva de atronadores aplausos premió al cantante.

El arrancador, viendo que uno de los que hasta el momento había permanecido inédito, bien por que desconocía a parte de la concurrencia, o porque se había estado peleando con un hueso del lacón, le dijo...

- A ver, cambia un poco el estilo, que también nos gusta Antonio Molina…
- Hoy no toy mucho pa ello...
- Nun seas farsante que siempre dices lo mismo...
- El aludido se limpió las manos a una servilleta de papel y dada la concurrencia cantó el "Soy minero" que como las anteriores fue aplaudida
- Lo tuyo ye mucho... Canta conmigo "esa vaquina pinta que ta en el prau"...
- No que voy a cantar yo. A ver quien quiere que cante, a votos. Uno, dos, tres... bueno canto
- En el pozo Maria Luisa...
- Bien, bien, muy bien chavalin

Una tras otra y animados por los presentes fueron desgranándose las canciones. Ya eran las seis de la tarde y a alguno de los del pueblo lo habían tenido que ir a buscar mujer o hijos, extrañados de que no fueran a comer a casa. Los farias se habían apurado hasta atrás, el frío de la sidra y tanto cante empezaba a poner roncas las gargantas y ya se estaba pasando de la tonada a los boleros, las habaneras e incluso a los corridos, por lo que por aquél día se decidió levantar el campo. Uno de los presentes se empeñaba en pagar por segunda vez, sin tener conciencia de que momentos antes, había discutido con los demás de quién era el honor o la obligación de abonar la cuenta. Entre medias se habían acordado tratos de poca monta y que como dice el refrán antiguo no se cumplirían ya que... tratos de taberna, tratos de mierda. Como suele ser de rigor, se había criticado al Gobierno; pues todo lo hace mal. Exaltado la amistad; pues todos éramos amiguinos, unos del momento pero otros del alma. Denostado al equipo contrario; pues el Gijón estaba en primera y el Oviedo no era capaz de subir. Perdido el respeto a las damas; pues ya se soltaban sonoros tacos, cosa a la que no se atrevían en un principio, y por último los puxa Asturies y aquello de... España una; Asturies, y lo demás tierra conquistada.

Arrancaron los coches con su carga de personajillos, que sin duda por el camino iban criticando los unos a los otros. El arrancador pensaría lo que en el trabajo diría a sus compañeros:

-¡Menudo “sou” ayer! Tomamos doce cajas de sidra y comimos a fartar, sobró de too y eso que yeramos lo menos diez o doce. Llacón a esgarrapellejo, picadillo, quesu cabrales... y unes cantaraes...

El cantor primero pensaría la disculpa que una vez más tenía que dar a la mujer...

-Yo preciso algo de folixia compañera, Toy fartucu de cargar col to fiu tol día. Siempre me toca a mi bañalu, vestilu, day de comer. Preciso daqué de distracción. Atacanme los nervios los berros que da y yá nun pueo manejalu como cuando yera nin. Son venti años de la cama pa la siella, de la siella pal bañu y de alli pa la siella otra vegada.

El cantor segundo comentaría con su compañera la falta de estilo del primero, lo bastos que eran el aldeano y el carnicero... Pero el fin de semana próximo, a repetir, que no se puede faltar...
fin.

2 comentarios:

rubo dijo...

Un relato escrito sin duda por una persona observadora; has captado muy bien los diálogos y los comportamientos de una escena que sin duda se ha repetido infinidad de veces en nuestros chigres tradicionales.
Salu2.

Alfredo dijo...

rubo.
Siento una vez más la extensión, no lo puedo remediar, soy un poco plasta.
Salu2.