jueves, 20 de enero de 2011

El machacón.


Lo recuerdo como si ayer fuera. Te vi tras los cristales de la mampara y de entre los cuatro o cinco bebes, supe que eras tú. No influyeron los rasgos, ni el escaso y negro pelo, el corazón me decía que eras sangre de mi sangre. La enfermera seguro que me vio con cara de tonto, señalando con el dedo como hacen los niños tras el escaparate de la juguetería. Pero tú no eras un juguete, eras aquella cosa delicada y frágil que en mis brazos temblorosos dejó aquella chica. Y yo te llevé por primera vez a los de tu madre que apenas te había visto de refilón.

Decía tu abuela, que los hijos son como los dedos de la mano - salvando las distancias- y que es lo mismo que recibas un machacón el cualquiera de ellos; todos duelen por igual. Es cierto. Todos duelen por un igual, pero en horas de tribulación, duelen más aquellos que sufren. Pero también decía que los reveses sirven para hacerse más fuerte y más humano. Solamente hay que poner voluntad, constancia y deseo. A ti te sobra de todo ello.
No hace falta decirte que te quiero, tú lo sabes.

2 comentarios:

rubo dijo...

Precioso, Alfredo, me ha emocionado y sobra decir que no lo escribo por halagar, no soy de esa condición. Comparto la idea de que se puede extraer algo positivo hasta de los reveses, y seguro que, a pesar de la dificultad del camino, se llegará a buen puerto.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Gracias rubo.