viernes, 7 de enero de 2011

Las Crónicas de Genarón. El vejete don Senen.

A estas alturas, el vejete y la mulata ya se habían hecho amigos míos. Tal vez fuera que yo jamás le acepté el billete que me asomaba por la ranura del cristal, o simplemente que le caía bien.

Como aquella situación no me gustaba, más por ellos que por mí, un día le ofrecí la llave del piso donde vivía.
- Don Senen, aquí pueden estar confortables y pueden ir cuando yo trabaje de mañana, de tarde o de noche, lo que prefieran. Usted ya sabe como son mis turnos. Si quiere puede hacer una copia para Elena y así van por separado.

- Pero chico, los vecinos llegarán a enterarse. ¿No comprendes que ya había pensado en alquilar o comprar un piso? Pero eso entraña riesgo, papeles, entradas y salidas, vecinos, almas caritativas…

- Pues compre el entresuelo, instale una oficina, meta un par delineantes que le alivien el trabajo de la empresa. Así podrá subir a mi piso cuando guste y nadie sospechará.

- ¿Y ella?

- ¿Quién se va a fijar? En todo caso dirán que es MI novia, no la suya.

- ¿Estás de broma? ¿Cómo no se van a fijar con el color que tiene… y lo buena que está?

Tras un par de horas de discusión, el asunto quedó zanjado; a petición de Elena harían una prueba. Se ve que le dolía el culo o las cervicales, quien sabe.

A partir de aquél día, el mueble bar de la sala se enriquecía con botellas de ron venezolano, güisqui escocés, ginebra holandesa, nihonshu japonés o vodka finlandés. También la nevera y el armario de la cocina recibieron suministros a pesar de que yo les dejé una nota - tarde más de dos meses en volver a verlos- para que no lo hicieran obligados hacia mi. Lo cierto es que ellos únicamente tomaban café - también compraron la cafetera- y alguna pieza de fruta. Se instalaron -al parecer, ya que nada se notaba de su paso- en la habitación contigua a la mía. Si quería saber si habían estado allí solamente tenía que mirar el color de las sábanas. Un color para cada día. Si el mismo color permanecía, es que no hubo encuentro. Elena se las llevaba a lavar y además, me tenía la casa como un jaspe.

Cuando don Senen instaló la oficina en el entresuelo, me ofreció un puesto de trabajo. Pero yo lo rechacé. Nunca me ha gustado comer la sopa boba y yo lo más parecido que he visto a un tablero de dibujo era el de pin-pon del club que tenía el cura para los críos del pueblo. Claro, que estos lo tenían por ocupar sitio, el trabajo lo hacían en unos potentes ordenadores y los dibujos los enviaban a un plotter gigante.

En fin, que los "chicuelos" enamorados habían encontrado su nidito de amor en mi humilde morada.

9 comentarios:

oliva dijo...

Estoy retomando esta historia allá donde la dejé. Para empezar ahora mismo leo tu comentario del post de 16 de diciembre de 2010 y me río...

oliva dijo...

completamente de buen humor...

oliva dijo...

sabes que después de leer aquel relato (es decir, el tuyo, Crónicas de Genarón), escribí algo relacionado con las relaciones de pareja, tras encontrar "Sobrevivir a un gran amor, seis veces" Luis Racionero, dando aquello que me quedó como Superar pruebas.

Alfredo dijo...

oliva.
Bueno, pues que te preste. También tuve que volver atrás para saber el motivo de tu risa.
Salu2.

Alfredo dijo...

oliva.
Tengo que dar un paseo por lo atrasado. Ya veré si lo leí.

oliva dijo...

Es posible que alguien altruistamente ofrezca su casa como pisito para mantener relaciones secretas y ocultas?? si, supongo que sí.

seguiré leyendo...

Alfredo dijo...

oliva.
Es que este Genarón es un cacho de pan

rubo dijo...

Anda que menuda mulata te has buscado para ilustrar el relato. No eres escogido tú ni nada jajajaja

Alfredo dijo...

rubo.
Ya ves, una conocida mía.