domingo, 9 de enero de 2011

Las Crónicas de Genarón. La presentación.

La aldea cuenta con una veintena de casas. Los montes, ¡ah! el olor de los montes nunca olvidado, siempre añorado. Aquel olor continuaba siendo el de siempre; el de abedules, robles, hayas, helechos, regatos y musgo. El canto de los pájaros aquí y allá; el mirlo en el zarzal, la coruxa en el castaño y los cuervos graznando en lo alto. El verdor de los prados, alguna esquila movida al triscar de las vacas y el esquilón de los caballos. Si, estaba en casa y me daba cuenta ahora más que nunca, de la añoranza sentida, jamás mitigada por el bullicio de la ciudad.

Sin embargo, la estampa siempre bucólica, se rompía un tanto al contemplar la vetustez de las casas. La de mis padres no parecía estar tan mal; habían retejado, se notaba, aunque la teja escogida continuara teniendo ese tono antiguo, con algo de musguillo y liquen adherido. Había perdido el tejado aquellas piedras que sujetaran las piezas de barro ahora unidas con argamasa y los canales se presentaban a la vista limpios de tierra y vegetación.

La casa, toda de piedra, está contra terreno, aprovechando la ladera del monte, asentada la mitad en su sentido longitudinal sobre el terreno y la otra mitad sobre la cuadra. El camino lleva hasta la antojana solada con pizarra y que forma una terraza debido al desnivel. La puerta de cuarterón protegida por amplio alero y orientada a poniente, da paso al zaguán losado al igual que la antojana. Un largo banco de madera recostado en la pared de la izquierda, frente a este, tres amplios escalones dan paso a una habitación grande -tal vez antigua tenada- e independiente del resto de la casa. En un rincón la chimenea, una ventana se abre al sur y otra al oeste, sobre parte de la terraza y la puerta de la cuadra.

Frente a la puerta de entrada y al fondo del zaguán, la cocina con ventana al este y dos puertas que dan paso a las habitaciones que miran al sur.

Entramos en silencio y nos sentamos en el banco del zaguán. Mi madre, en la cocina trajinaba entretenida y riñendo al gato.

- ¡Pipo! ¡Deja de husmear y vete a la cuadra a ver si cazas algún ratón, bandido!

El gato maullaba al olor de la comida, pero un olor nuevo llegó hasta él. Salió con el rabo en alto y tras reconocer el terreno, de un salto se encaramó sobre las piernas de Marta, donde al contacto de su mano, comenzó a ronronear.

Entonces salió mi madre.

- ¡Naro! ¿Como no me avisaste de que venías? - dijo tendiéndome los brazos.

- Quería darte una sorpresa- dije izando la frágil figura hasta mi altura.

La dejé suavemente en el suelo al ver la inquietud que le producía la figura de Marta.

- Y tu…

- Es Marta.

- Perdona… estás… estás… sois…

- Si madre, somos y está.

Se abrazaron, pero solo un momento, corrió a la terraza dando gritos hacia la puerta de la cuadra llamando a mi pa, y volviendo rauda para abrazarla de nuevo.

¡Genaro, Genaro, ven corriendo!

Mi padre acudió presto temiendo algún percance. De inmediato se apercibió de la situación y, tras besarnos, pasó su mano por la barriga de Marta y musitó;

¿Es vuestro?

Y dos gruesas lágrimas se escaparon de aquellos viejos ojos.

3 comentarios:

oliva dijo...

Qué bonito! me ha gustado todo: la descripción de la casa tan entrañable, la situación geográfica, los animales que fue hallando a su paso, al igual que las plantas encontradas. Y la escena de presentación y encuentro, dándoles la noticia (supongo que al principio supondría algún que otro impacto), pero con el paso de las semanas la madre y el padre de Genaro estarían muy entusiasmado por la llegada del nieto/a.

Me agradó mucho.

un saludo.

Alfredo dijo...

oliva.
Me alegro que te gustase. Mañana subiré el final.

Alfredo dijo...

oliva.
Perdona, me confundi. El final ya lo puse.