martes, 25 de enero de 2011

Voy a contarte niña.




Voy a contarte niña, algo que aconteció allá por los años cincuenta, y que, aunque parezca un cuento, no fue sino pura realidad. No apartes tu vista de lo escrito, te lo ruego, pues puede que en estas líneas, encuentres algo de provecho. Con esa intención te lo cuento y si así fuera, me alegro.

Hace muchos años, en una ciudad de provincias, vivía un matrimonio con sus dos hijas; Rosaura, la mayor, y Margarita la más pequeña. Veintidós primaveras recién cumplidas tenía la una y catorce la otra cuando, ese destino, tantas veces cruel, segó la vida de los padres. Solas y con parientes demasiado lejanos para merecer su misericordia, así quedaron. La más negra miseria se cernía sobre aquella casa. Rosaura trataba de mover el corazón de algunas gentes para conseguir un trabajo. Vanos intentos, pues ni de criada hallaba en aquellos tiempos de hambre y miseria. Pero Rosaura tenía novio ya hacía un año, y aunque nunca habían hablado de boda, el hombre, caballero honesto, presto arreglo los papeles y se erigió en tabla salvadora de las muchachas.

Han pasado siete años y Rosaura se muere. En su lecho yace sabiendo sin dudar que su fin esta próximo. Llama al esposo y con voz entrecortada por el dolor, le hace prometer que se casará con su hermana. Luego llama a la hermana, ¡quién sino ella! Si, quién sino ella será la mejor madre para aquellas dos criaturas. Le hace prometer que se casará con su esposo.

En el edificio hay otros vecinos; unos, cuchichean en el portal, otros en la calle o en el colmado del barrio; se muere Rosaura, ¿qué será ahora de su marido? Y con aquellos dos rapazuelos. Lo mejor sería que se casara con la hermana. ¡No van a vivir solos ambos bajo el mismo techo! ¡Quita, por dios, como se te ocurre tal cosa. ¡Alguno no tardaría en hablar de amancebamiento!

Todos, hasta el cura que viene a ungir con los santos óleos a la moribunda, saben que es lo mejor para los cuñados. Los críos han pasado a segundo término.

Pero que piensa él. Está triste. Quería a su mujer, pero desde el primer parto ella se debilitó y ha ido a trancas y barrancas; hoy enferma de no se sabe que, mañana de cualquier cosa. Luego, un segundo parto casi acaba con su vida y dos años después, no se ha recuperado y va camino de la tumba. Han sido felices, pero poco tiempo. Mientras, él, sus ojos, han visto allí, en su casa, el reverso de la moneda; Margarita ha ido creciendo, sana, vital, alegre, hermosa. Si, en más de una ocasión el deseo se reflejó en su mirada. Ahora, se daba de cabezazos contra los azulejos del baño, como penitencia por haber llegado a pensar, que ganaba en el cambio.

Y ella, ¿qué pensaba aquella moza que apenas había cumplido los veinte años? Nadie, ni su propia hermana había pensado en ella. Nadie sabía de sus ilusiones, de sus sinsabores por las miradas cargadas de concupiscencia de su cuñado. Nadie le había preguntado si estaba conforme o no, si podría aguantar una carga que no era suya. ¿Donde quedaba la oportunidad de un amor arrebatador, de unos hijos propios con el hombre deseado. Ella era el chivo expiatorio de los pensamientos obscenos de toda aquella gente. La que se habría de sacrificar para que unos sobrinos a quienes adoraba, tuvieran la madre que ahora les arrebataban.


Hasta el señor obispo, de lejos, bendijo la unión y firmó los papeles necesarios para que tiempo o parentesco no fuera óbice. Era urgente y necesario que aquellas dos almas recibieran el sagrado sacramento, no fuera que por una simple causa burocrática, cayeran en pecado mortal y se condenaran sus almas.

La boda fue triste. Primero en el juzgado, donde acudieron sin padrinos siquiera. El oficial, miró enigmáticamente al hombre que se sintió incomodo. Repasó varias veces el libro de familia y no viendo muy claro aquello, tomó la decisión más sabia; llamó por teléfono al jefe que había ido al bar a tomar café. Sí, dice que tiene un permiso del obispado... ya... exactamente hoy hace dieciocho días... si, la boda eclesiástica se celebrará pasado mañana... bien, como ordene, usted perdone. Salieron con la cabeza gacha, avergonzados por la situación. Ella pensando que los del juzgado y los testigos que se buscaron allí mismo, creerían que estaba preñada. Él, además, que posiblemente hubiera asesinado a su mujer para casarse ahora con la hermana. ¡A quien le iba a amargar aquel dulce!

La boda en la iglesia fue rápida. Dos cirios encendidos el altar y cuatro bombillas alumbrando las estaciones. No había vestido blanco, ni flores, ni música, ni convite, ni invitados... Ellos solos, un par de viejas rezando el rosario y junto a la puerta, el hombre del juzgado que les entregaría el libro de familia una vez hubieran acabado. El cura no herró palabra o era tan hábil, que no lo parecía, pues no necesitó del misal que llevaba en la mano y que difícilmente hubiera podido leer con aquella luz. Acabó en un pis pas como se suele decir y jamás hubo boda que menos tiempo durase.

Volvían a casa sin apenas hablarse. La luz de aquél atardecer invernal ya se iba. Él la invitó a un café, hacía frío y no tenían prisa. Los chiquillos habían quedado al cuidado de una vecina. Ella acepto tratando de retrasar lo inevitable. El se tomó cuatro copas de Fundador y se volvió más locuaz. Ella quiso probar el mismo veneno por ver si también su ánimo se levantaba. Él interpretó que la cosa marchaba y hasta quiso creer, que ella posaba sus labios en el mismo lugar de la copa, en que él los había puesto.

En el portal se toparon una vecina que saliendo rauda simplemente les dijo ¡hola! Subieron al segundo a buscar los críos, el vecino les abrió la puerta; ¡ha! sois vosotros... que sea enhorabuena... pasad, no os quedéis a la puerta. Ya su mujer se acerca y lo empuja para que se vaya, por detrás aparece Andrea, la hija, flaca, fea y desgarbada damisela que cuida de los niños. Es cariñosa y este parece va a ser su futuro, cuidar de los ajenos – dejadlos aquí esta noche que ya dormirán conmigo... Eso, y que vivan los novios, dice el padre. La mujer le envía una mirada furibunda y él se va para la habitación, a los recién casados se les ha puesto la cara como las brasas. La insistencia de Andrea enseguida vence la resistencia de él, ella aún pone una excusa; ¡es que tendrán que cenar! No es admitida. En aquella casa son cinco de familia y donde comen cinco comen siete. No son ricos, pero las más de las veces se cena con mayonesa. Dos huevos, aceite; el que requieran, una pizca de sal, y un poco de vinagre. Se revuelve bien siempre hacia el mismo lado, no sea que se corte, luego el tazón al centro de la mesa camilla, pan y a mojar que hoy es fiesta. Y encima hay postre; claras batidas a punto de nieve con un poco de azúcar.

Ella le pregunta que quiere de cena. El que no tiene hambre. Ella le prepara un par de huevos fritos con un chorizo y en cuanto los pone en el plato se arrepiente.
Por la mañana, Margarita prepara café. Parece que las lagrimas silenciosas de la noche, han dejado su huella. El matrimonio se ha consumado y la brusquedad, el ansia, el egoísmo del hombre, fueron la causa de esas lágrimas. El olor del café ha llegado a la nariz del hombre y parece despejar la pesadez de su cabeza. Se levanta, va al baño y cuando entra en la cocina esta vestido y afeitado. Ha tardado algo, pero es que ha estado pensando. Sus primeras palabras son para pedir perdón. Perdón por el tremendo egoísmo que ha demostrado con aquella boda que nunca debió aceptar. Perdón por la lujuria que embotaba su mente, perdón por la falta de delicadeza, por la falta de amor. No de amor, no. -Yo te quiero y te juro por mis hijos, que me he de hacer merecedor de tu amor. Ni una mano pondré sobre ti, hasta que no te haya conquistado, y serás tú y no yo, la que decida cuando ha llegado ese momento.

El momento comenzó en ese instante, pues Margarita comprendió, que no puede ser mal hombre, el que habla con aquella sinceridad.

Este cuento, como casi todos, acabó bien. Ahora habría que ver donde está la moraleja, si es que la tiene. Para mí la moraleja puede estar en que, muchas veces no apreciamos lo que tenemos ante nosotros, por buscar más lejos. O también, que otras personas pueden ver muy claro, lo que nosotros ni siquiera intuimos. Sea como fuere, cada cual que busque la que crea más conveniente, y sobre todo, tú, querida niña.

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