martes, 1 de febrero de 2011

EL ABUELO (1ª parte)

Mi abuelo fue para mí un padre bondadoso. Al padre de mi padre no le quedó más remedio ya que su hijo había muerto sin yo llegar a conocerlo.

El abuelo vivía en una gran casa, donde él había nacido, donde nació mi padre, y donde yo nací. Tenía dos plantas y a mí me parecía enorme. En el piso bajo, estaba la cocina, tres cuartos para los criados y el establo donde se recogían las vacas, el burro y la yegua. Había también, gallinas y conejos y nunca se bajaba de cinco o seis cerdos.

La cocina era espaciosa y por un ventanillo se recogía la madera de la leñera para calentar los grandes peroles que siempre y a la hora que fuese, estaban humeantes. Casi en el centro, había una gran mesa. Era de las llamadas maseras y dentro, como es lógico, se guardaba el pan y la harina. Había bancos y tayuelas, y en invierno, era el lugar de reunión para contar cuentos y aventuras. Se sacaban porros de vino de la bodega y se cortaban chorizos y jamón de los que siempre había colgados y, las más de las veces, con castañas y harina de maíz cocida y regada con leche y miel, se cenaba al amor de la lumbre en una comida informal donde participaban amos y criados.

Allí oí relatar las mil y una aventuras, las mil y una peripecias vividas por los mozos del pueblo y a mi abuelo al frente cuando era joven. De aquello, debía de hacer muchísimo tiempo, pues yo, que tendría seis u ocho años, siempre había visto al abuelo como un viejo. Fuerte, pero viejo. Con su gran bigote y su boina parecía tener todos los años del mundo, cuando a lo sumo no llegaba a sesenta. Y es que antes los hombres y mujeres ya casados y con hijos, se vestían como viejos y viejos parecían. Si se moría un familiar, aunque fuese lejano, las mujeres vestían de luto y jamás las verías ya de alivio, pues siempre había alguien por quién guardarlo. Por eso parecían viejos cuando apenas si contaban con cuarenta años.

De aquellas historias que se contaban junto a la lumbre, algunas se me olvidaron, pero muchas están aún frescas en mi mente y aunque fue el abuelo, y no yo, el que las vivió, a veces me creo el héroe y soy yo y no él, quien las hizo posibles. Las de terror eran las que más me gustaban. Nunca me cansaba de oír las de lobos, las de aparecidos, las de la negra mina...

Recordáis... comenzaba el abuelo, y ya todas las orejas estaban listas para la escucha. Los amigos que por su casa se dejaban caer de cuando en cuando, en las largas tardes de invierno, después de los chorizos, los tacos de jamón o el queso fresco y las continuas idas y venidas del porrón regando las gargantas, asentían si es que las habían vivido, o le recordaban alguna aventura para que él la relatase.

Se le daban bien los relatos al abuelo, quizá fuese que era uno de los pocos leídos del contorno. Arriba, en la gran galería acristalada, tenía una pequeña biblioteca de la cual ocupaban lugar preferente, la Biblia y el Quijote, aunque no le faltaban ejemplares de algunos clásicos y  obras más modernas.



- ¿Recordáis, cuando aquél mes de enero, bajaron los lobos? Aquél en que a ti Paco te quisieron cenar las ovejas y a mí los terneros.

Asentían los contertulios recordando. Asentían en silencio pues sabían que el abuelo, narraría la peripecia que ellos sabían y que aún así habían oído mil veces. Pero era grato recordar y grato oír al abuelo.

- Bajaron los lobos entre la nieve, eran ocho o diez, después del medio día y quedaron esperando en la loma. Tumbados en aquella blanca alfombra, vigilaban los movimientos de las personas en torno a la casa, esperando el momento propicio para acercarse a los animales y saciar su hambre eterna. De vez en cuando un aullido, de vez en cuando se aproximaban unos metros. La tarde caía y ellos esperaban. Yo al verlos preparé mi escopeta con bala de la que uso para el jabalí. Mandé poner abundante heno para los animales y reforzar la puerta de los establos con dos trancas fuertes de castaño. En los ventanucos también colocamos travesaños para reforzar los listones de madera. Sobre las puertas de la cuadra, de la casa y lugares estratégicos, mandé colocar candiles para encenderlos al anochecer, pues sabía que el ataque comenzaría apenas cayeran las sombras de la noche. Cenamos temprano. Cerramos puertas y ventanas a cal y canto. Ya no había porque tener miedo. Los lobos si es que eran capaces de recordar, recordarían aquél día... si es que quedaba alguno. Subí a la ventana que da sobre la puerta de la cuadra. La noche caía rápidamente y el cielo plomizo anunciaba más nieve. Los candiles encendidos, alumbraban con mortecina luz, pero las figuras pardas y grisáceas que se acercaban, resaltaban sobre la blanca alfombra. A tiro estaban ya. Sus ojos amarillentos, destacaban en la oscuridad, y el frío de su mirada, te calaba hasta los huesos. Los anímales los presintieron aún antes de oír sus aullidos. Durante el día, habían estado tranquilos gracias a la presencia de los criados. Pero ahora, solos, y sintiéndolos cerca, rebullían y mugían cada vez más. Las fieras daban vueltas y más vueltas alrededor de la casa, pero el olor de los establos era el más atrayente. De repente, uno de ellos al que la impaciencia y el hambre consumía, se abalanzó como una exhalación hacia la puerta del establo. Fue tan rápido, que aunque disparé, no fui capaz de darle. El ruido del escopetazo, paró en seco a la manada. Las mujeres dejaron sus rezos a la par que un grito escapaba de sus gargantas. Pero fue solo un instante. No había tenido tiempo aún de cargar la escopeta, cuando el runruneo de los rezos recomenzaron y los cánidos todos de acuerdo se lanzaron sobre la puerta. Los mugidos y relinchos eran tremendos sintiéndose cocear a las bestias. Por fuera, los arañazos sobre la madera se oían perfectamente a la par que se veían algunas astillas volar arrancadas por sus colmillos. Los veía saltar hacia los ventanos, y sus sombras parecían aumentar el número que de ellos había. Metían sus zarpas entre los barrotes tratando de conseguir algo y gruñendo sin cesar. Esta vez, apunté cuidadosamente. Elegí uno de largos colmillos y lengua babeante ¡Pam! El nuevo disparo hizo correr a cuatro o cinco otra vez a perderse entre las sombras. Los otros continuaron en su empeño una vez recuperados del susto. Sin embargo, había uno que ya no se levantaría más. Con quejidos lastimeros, trató de ir hacia las sombras, pero apenas consiguió dar una docena de pasos. Había dejado el blanco tapiz, sembrado de rojas flores. Tres disparos hice, y otros tantos cayeron. Con esto y la imposibilidad de meter mano en la cuadra, optaron por darnos la cola en vez de la cara, y con el rabo entre las patas, se largaron. Aún continuaron las mujeres con sus rezos a pesar de que yo les dije que los lobos no volverían. Señal inequívoca para mí, era que los animales se habían calmado. Así fue. Al levantarnos por la mañana, recogimos los muertos, los desollamos, y sus pieles están ahora alfombrando alguna de las habitaciones del piso superior.

Después de tomar todos aliento, y los mayores del porro, Paco siguió la narración del abuelo, ya que los lobos en su huida, quisieron probar suerte en su finca.

- Como sabéis, tengo además de las vacas, algunas ovejas que siempre les son apetitosas a los lobos por lo tontas y tiernas. Pero también tengo un par de mastines que las guardan como si propias fuesen. Sentí el ruido de los disparos y dije para mí... tate, con el día que hace, seguro que bajaron los lobos y Joaquín está dando cuenta de ellos. Por si acaso, meteré los mastines en la cuadra y prepararé la cariñosa para soltarles un plomazo. Cuando por allí aparecieron, venían gachos. Con cuatro ladridos del Sultán y del Moro y dos perdigonadas de posta, siguieron su camino con uno menos que quiso dejar la pelleja.

Aquella noche, como casi todas en las que había historia, tardé en conciliar el sueño y cuando me dormí, maté lobos a troche y moche; vestía con piel de lobo y si no me despiertan entrada la mañana, casi me convierto en cazador de osos, pues el lobo ya me parecía poco.
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No veas en el lobo ese aspecto maléfico y mítico como aliado del demonio que los cristianos le quisieron dar desde el medioevo. El lobo es un símbolo de luz, asociado a divinidades solares como Apolo. Representa las cualidades de fuerza, valor y eso que ahora se lleva tanto; el trabajo en equipo.


Recuerda que es un animal en vías de extinción y el padre de esos perros que tanto amas.

Continuará.

2 comentarios:

jose luis dijo...

Bien, ya habrá tiempo de enlazar lo uno con lo otro......

Alfredo dijo...

jose luis.
Este cuento es largo y antiguo. Cuando tenga tiempo le daré un repaso.
Salu2.