viernes, 4 de febrero de 2011

EL ABUELO (3ª parte)

Mi infancia transcurrió feliz, y aunque no tenía padre, mi abuelo cumplió por él. No fui a la escuela hasta los ocho años, pues vivíamos a siete u ocho kilómetros del pueblo. Sin embargo, cuando empecé, ya sabía leer y escribir correctamente, las cuatro reglas aritméticas y algo de geografía y de historia. Todo gracias al abuelo que, con paciencia y bondad me enseño.

El pueblo era pequeño; cuarenta casas, tal vez alguna más junto a una iglesia pequeña a la cual subía los domingos el cura. Lo hacía a lomos de mula desde otro pueblo situado a la falda del monte. Decía la misa, charlaba un poco con los vecinos, y proseguía su camino a otras pequeñas aldeas.

El bar-tienda-almacén donde de todo se vendía y a todos servía, era el único atractivo del pueblo. Allí se podían ver las novedades traídas de la capital. Por lo demás, la mayor parte de las casas estaban diseminadas por los montes. Todos vivían de la labranza y el ganado, y eran numerosos los tratantes que se dejaban caer a la compra de los rollizos terneros y de las buenas ovejas y corderos.

La escuela no era más que una habitación grande en la que cuatro largos bancos rodeaban una mesa. En una de las paredes, el mapa de España, y en un rincón, sobre un pequeño aparador, un viejo globo terráqueo. Colgadas de la pared también había una hermosa colección de varas de ablano. Allí nos reuníamos una veintena de chiquillos, desde los siete a los catorce o quince años, aunque los mayores, pocas veces acudían, pues las faenas caseras les robaban el tiempo. El maestro Braulio era el dueño del almacén, por lo que salía a menudo de la clase dejando a su mujer al cargo. Vara de avellano en ristre, imponía el orden. No tenía carrera, y por haber estado en el seminario varios años, sentía esa afición. Quizá fuese por los reales que pagaban nuestros padres, que aunque poco, siempre ayudaban. Por aquello del seminario, nos enseñaba el Pater Noster y hasta el Confiter Deo, con lo cual, muchos de nosotros salíamos de la escuela sabiendo algún latinajo.

Por aquél entonces a mí me gustaban más las historias del abuelo, y hoy las recuerdo más vivamente que los latines de iglesia aprendidos de memoria y a voz en cuello.

Fue una de las tardes al salir de la escuela, cuando llegué a casa y vi el gran jabalí. Estaba sobre una mesa, con sus colmillos afilados como navajas, retorcidos y blancos en sus puntas y amarillentos en la raíz. Tenía la boca entreabierta y le salía un trozo de lengua. Su pelo era crespo y brillante, castaño claro en los bajos y más oscuro en el espaldar.

- ¡No son pelos! Me decía el abuelo. Se llaman cerdas.

Pesaría cerca de doscientos kilos. Lo mató el abuelo que había salido de caza por la mañana. Me contó como lo habían sacado los perros y como lo tumbó al primer disparo. Tuvieron que cargarlo en el burro y lo habían dejado entero, sin descuartizar para que yo lo viera. Él era uno de los causantes de los destrozos en el maizal de la vaguada. Le pedí al abuelo que conservase la cabeza como trofeo. Él asintió aún a sabiendas que tendría que bajar al pueblo grande donde había un taxidermista.

Al día siguiente, lo colgarían de una viga y comenzarían a descuartizarlo. Los lomos se guardarían en aceite. Los jamones se salarían y del resto se harían chorizos. Pero aquella noche era noche de historias. La ocasión se lo merecía y todos los amigos vinieron a ver la pieza.

Así fue casi en todo, pues algo del jabalí sé probo aquella noche junto con los chorizos y el buen vino de la bodega. Se comenzó comentando las ocasiones en que las piezas habían sido más numerosas y más grandes. Las que más dificultades ocasionaron. Paco contó la batida que dieron a los lobos cuando le mataron la yegua y el potro. Aquellos días, pues fueron tres. Todos los hombres del pueblo y caseríos abatieron cuatro lobos, dos lobas, tres jabalíes y dos raposos. Fermín relató la caza más bonita y mejor planificada que nunca se había visto. Iba dirigida contra el corzo más grande y más astuto de los contornos.

- Durante la noche se dedicaba a comerse el maíz de los sembrados y por mucho que se vigiló, no se pudo con él. Cuando se hacía guardia en un maizal, parecía que lo adivinaba y se iba a otro que no lo estaba. Se decidió dar una batida, pero nada se consiguió. Se logró no obstante, descubrir unas cuantas hembras que serían las que causaran su perdición. Con muchísimo esfuerzo se logró capturar vivas a varias de ellas, se instaló un corral al pie del sembrado más visitado por el corzo y se esperó durante varios días la visita al reclamo. Aquella noche solo dos personas estaban apostadas esperando. Yo vi como en un abrir y cerrar de ojos, una figura dio cuatro saltos y, derribando el palo superior, se coló en la cerca. ¡ Ya lo tenemos! grité, pero cuando me dirigí hacia allí escopeta en ristre, no para matarlo, sino para colocar de nuevo el palo, un nuevo salto del macho, quizá no bien calculado, o quizá a posta, dio de lleno en la empalizada derribándola. Por el hueco se abalanzaron las hembras en busca de la libertad. Disparé al bulto que se me venía encima y que en último lugar trató de salir, pero el macho no se dejo matar.

Continuará.
Dicen los expertos, que si paseando por el monte ves una cría como ésta, que te parece abandonada, no trates de protegerla o llevarla a casa; ¡Morirá!

Lo mejor que puedes hacer es abandonar el lugar lo más rápidamente posible y sin tocarla. Con toda probabilidad la madre te está viendo y solamente tu olor bastará para que la repudie.

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