miércoles, 9 de febrero de 2011

EL ABUELO (5ª parte)

Tenía ya catorce años, cuando el abuelo me quiso mandar a la capital a estudiar. El campo, decía, no tiene futuro si se poseen pocas tierras. No quería que me sucediese como a mi padre, que en busca de aventuras y riquezas, marchó a las Americas de donde volvió tres años después a morir de unas fiebres.

Yo no estaba por la labor, mi vida transcurría tranquila y apacible y no añoraba nada. Creía que sabía todo lo necesario y me fastidiaba el viaje. Sin embargo, un día temprano, me levantó mi madre y a lomos de la yegua, con mi abuelo, me fui en busca de la escuela de la capital. Por la pensión no había problema. El abuelo tenía una hermana casada con un bibliotecario y vivían solos. Tenían hijos pero ya casados.

Quedé cómodamente instalado en una habitación de alto balcón que daba a la calle principal. Mis tíos abuelos, eran afables en el trato, reposados en el hablar y con un gran corazón. El, de conversación suave y amena, quizá influido por los muchos años de trabajo silencioso y del trato con los estudiosos que acudían a la biblioteca. Con unos grandes bigotes y chaleco del que continuamente sacaba su reloj de plata sostenido por cadenilla del mismo metal. Ella, de pelo cano recogido en moño y vestido negro con pequeñísimos lunares blancos. Dientes diminutos y blancos, piel arrugada pero fina y un poco amarillenta. En esa casa viviría hasta acabar la carrera. No obstante, todos los veranos volvía junto al abuelo, con un ansia tremenda de sus historias, de la casa, de los montes y prados, del olor del establo...

Los primeros días de clase se me hicieron raros. El estricto horario, la vestimenta de mis compañeros y su forma de hablar. Nunca habían visto un Jabalí o un zorro, no sabían ordeñar las vacas o sembrar el maíz. No conocían el placer de recoger la hierba y guardarla en el pajar, dormir la siesta entre el heno, traer cargas de leña del monte y cortarla para el frío invierno o sacar agua fresca del pozo en el caluroso verano. Eran sin duda trabajos y esfuerzos, pero vistos desde la clase, se me antojaban placenteros y agradables. Los añoraba sobre todo los viernes de tarde que teníamos estudio y yo, más que estudiar, al ver el cielo gris plomizo, recordaba. Recordaba cuando cumplí mis diez años y fui a cordobeyos.

En el pueblo tenían la costumbre, ya de antiguo, el mandar a los rapacinos que cumplieran diez años a cordobeyos. Era una tradición por todos respetada.

- ¿Cuantos años tien esi rapacin?

- Preguntaban.

- Va pa los del cordobeyu.

Así, todos teníamos prisa por llegar a ellos. Esperábamos el día con impaciencia. Impaciencia que aumentaba al paso de los años, de los días. Sabíamos que esa noche, solo esa noche, podríamos cazarlos. Pero, ¿Que eran los cordobeyos?

El abuelo como siempre me lo explicó, no sin un deje entre irónico y misterioso.

- No son pájaros, no son peces, son fantasmas, son lo más bonito que la ilusión de un niño pueda imaginar. Tienen mil colores, son brillantes, son cantores y no cantan. Es en fin, algo que sin fe no podrás atrapar.

Me tocó ir a coger el mítico animal junto con Manolo, el nieto de Antón el cantor. Al llegar la noche, se reunieron los amigos del abuelo. Manolo venía con una gran lata adornada con cintas de colores y un palo de castaño con puño trabajado a punta de navaja. También yo tenía mi lata. Había pegado cintas rojas, azules, amarillas y verdes y el palo de castaño además de tallado, tenía unas tiras de cuero junto a la empuñadura.

- Bien, me dijo el abuelo, de todos es conocido, que si esta noche ponéis ilusión y fe, podréis coger algún cordobeyu. Para ello, no tenéis más que salir hacia la orilla del río y golpeando la lata con el bastón, repetir sin cesar; ¡Cordobeyos al cesto, cordobeyos al cesto! y ellos saltarán dentro. Id con suerte.

Comenzamos el golpeteo de las latas y la llamada. Primero suavemente, después nos acaloramos y poco a poco fuimos subiendo el tono. Siguiendo la tradición familiar, Manolo con buena voz y musicalidad, yo un poco más bajo y desafinado. Recorrimos la orilla del río arriba y abajo con nuestra letanía y nuestros tambores. A cada llamada, la gente respondía...

- ¡El que es listo y agudo, se está caliente en la cama!

Coger, no cogimos ninguno, pero ver, seguro que los vimos. Quizá no entraran en las latas por que, de la mayadura que les dimos, quedaron abolladas por todas partes. Todas las disculpas eran buenas al regreso. Al llegar cerca de la casa, vimos a todos con sonrisas burlonas.

- ¿Que, cayó alguno?

Yo respondí; No, pero vimos cuatro o cinco... Las sonrisas se volvieron carcajadas, las cuales arreciaban al poner nosotros mayor empeño en demostrar que los habíamos visto. Tanta risa y aquello de los listos y la cama, nos escamó hasta el punto de que llegamos a pensar que nos habían tomado el pelo. ¡Pero no! No podía ser. No podía ser que después de años esperando la fecha, todo fuese una burla. ¿Como todo un pueblo, iba a guardar tan celosamente un secreto? ¿Y solo con el afán de pegársela a sus hijos en un día señalado? Y sin embargo, así fue. La mayor tomadura de pelo colectiva de mi vida. El abuelo nos cogió por el hombro y nos llevó dentro de la casa. Estábamos callados, tristes y acongojados, pero él con suave voz, trató de infundirnos ánimo.

- La ilusión, dijo, nos hace ver cosas donde no las hay. Por eso visteis cordobeyos. La ilusión es algo grande, que hace que estemos pendientes durante mucho tiempo, de aquello que queremos. Si ello es verdadero, y no como en este caso, lo conseguiremos. Por eso se consiguen casi todas las cosas en la noche de Reyes. Son pedidas con ilusión, y con la ilusión de ver ilusionados a sus hijos, los padres, hacen de Reyes Magos. Cualquier cosa que os propongáis hacer en la vida, hacedla con ilusión. Seguro que conseguiréis los mejores resultados, y esta noche, no la toméis a mal. Cuando pasen los años, vosotros también disfrutaréis recordando vuestra aventura. Ahora, prometed guardar el secreto y tomar un poco de sidra en desagravio.

Aunque la disertación no nos convenció del todo, tomamos sidra dulce y un buen pedazo de pastel y escuchamos las desventuras de los que nos habían precedido en años anteriores. Eran parecidas a la nuestra y nos sirvieron de alivio.

Continuará.

Si quieres conocer  con más profundidad lo que es un "Cordobeyu", te recomiendo visites el blog de Mitología Asturiana  http.leyendesasturianes.blogspot.com.

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