viernes, 11 de febrero de 2011

EL ABUELO (7ª y ultima)

Otro de los días de estudio, al oír tañer las campanas de la Catedral, cercana al colegio, vino a mi mente otra de la historias del abuelo. Fue uno más de los días de invierno que, como de costumbre, estábamos reunidos en la cocina al amor de la lumbre.

- Aquél día, comenzó el abuelo, habíamos acudido al bar del pueblo a tomar unas botellas de sidra. Antón tuvo una ocurrencia bastante macabra. Teníamos esa edad en que ya queremos ser hombres y se consideran actos de hombría, tanto cosas arriesgadas, como cosas idiotas. La peregrina idea, pertenecía a esta última especie. Era una idea estúpida, aunque en aquel tiempo, a nosotros no nos lo pareció. Nos pareció ideal para demostrar el valor del que a menudo hacíamos gala. Además, y para que nadie se volviera atrás, cruzamos una apuesta sabrosa. Cena para todos regada con buen vino.

El abuelo y demás contertulios de edad, echaron mano del porrón. Un largo trago, el abuelo para proseguir, los demás, sabiendo unos lo que vendría a continuación y otros esperando en suspenso.

- Consistía la apuesta, prosiguió, en que dos de los allí presentes, irían de noche al cementerio, cogerían algo significativo y volverían con ello. Después, los otros dos, desandarían el camino para colocar la cosa en su lugar original. Así los cuatro demostraríamos que el miedo a los difuntos y al Campo Santo, por más tenebrosas que las noches fuesen, no nos acobardaban.

- Nos toco la china de ir en primer lugar a Paco y a mí. Acordamos hacerlo el sábado siguiente ya que era el día de que más libertad gozábamos. Llegado el momento, Antón y Firme quedaron en el chigre, mientras nosotros nos encaminábamos en busca del talismán que nos haría ganar la apuesta. Caminábamos muy ufanos los dos, alardeando de nuestro valor, y haciendo comentarios jocosos sobre el miedo que les meteríamos a la vuelta a nuestros amigos para que se achicaran y perdieran la apuesta. Sin embargo, y por más que quisiéramos aparentar, la procesión iba por dentro. Yo no las tenía todas conmigo y Paco tampoco. Siempre me habían dado algo de repelús los esqueletos, y aunque no era supersticioso, también tocaba madera de cuando en vez.

- El cementerio era y sigue siendo, un rectángulo pequeño, bordeado por un murete de casi dos metros. Tiene una pequeña capilla que se alza en una de las esquinas. De la puerta de hierro forjado de la entrada, situada en el centro de uno de los laterales, se dirige un camino hasta la capilla .Bordea este camino unos setos de boj con varias entradas que dan paso a las tumbas y nichos y que quedan a los lados. También tenía como en la actualidad, seis u ocho cipreses.

- Nuestra caminata estaba llegando a su fin. Estábamos ya casi ante la pequeña explanada de la entrada, cuando nos pareció oír un ruido. Yo me hice como que no lo oía. Paco hizo lo propio, pero aunque imperceptiblemente, disminuimos el paso. Seguimos caminando y al oírlo de nuevo, dejamos de disimular.

- ¿Oíste eso?

- ¡Será la "coruxa"!

- ¡Esos ruidos no los hace la coruxa!

- ¡Entonces será una caballería!

- ¿A estas horas va a estar suelta?

Continuábamos allí parados sin osar seguir y mirando recelosos a todos lados, tratando de taladrar la oscuridad. Ya nos dolían los ojos, cuando de pronto, sobre la tapia, vimos moverse algo. Nos replegamos hacia uno de los grandes chopos del camino, y tras él, seguimos con la vista en la tapia. Lo que a continuación ocurrió, no lo podíamos creer. Sobre la tapia apareció una blanca calavera con un pitillo entre los dientes. Instantes después, otra más apareció que, apoyando indolente una descarnada mano sobre el muro pareció comenzar un dialogo con la primera.

A esas alturas, nosotros ya no estábamos en pie. Nos agazapamos entre la alta hierba y el tronco del árbol con un susto de muerte. Aunque no hacía frío, estábamos temblando, y al querer hablar, nos castañeteaban los dientes y no nos entendíamos el uno al otro. En suave cuchicheo acertamos a decir…

- Esto no puede ser. Alguien nos la quiere pegar.

No obstante, allí estábamos sin poder dar un paso. Al oír nuestro murmullo, una voz de ultratumba dijo....

- ¡Que hacéis! ¿No veis que os están espiando?

Las calaveras, dirigieron las vacías cuencas de sus ojos hacia nosotros, al mismo tiempo que otra más, cuyo cuerpo estaba enfundado en blanca túnica, se alzaba sobre el muro, y pareciendo volar, se dirigía hacia donde nosotros nos hallábamos. No quisimos ver más. Parecía que telepáticamente nos habíamos puesto de acuerdo. Echamos a correr camino abajo, cual si tuviésemos alas en los pies camino del chigre en busca de refugio y algo con que tragar aquél enorme nudo que en la garganta llevábamos. Tras un par de copas de coñac, tomadas tan aprisa que más de una tos nos costaron, relatamos a nuestros amigos aquella odisea. Ellos incrédulos, reían y hacían bromas, reclamándonos la apuesta perdida. Tanto insistimos, y con tanto detalle les contamos el caso, que después de pensar largo y tendido, llegamos a una conclusión. A la mañana siguiente, visitaríamos el cementerio y buscaríamos algún indicio que nos pudiera demostrar si habían sido visiones, o la mofa de alguno enterado de lo que pretendíamos.

- Pasé bastante miedo hasta llegar a casa y dormí bastante mal aquella noche. Por la mañana, salí en busca de los amigos que ya venían hacia mi casa. Cambiamos rumbo hacia el ridículo y la perdida de la apuesta, o hacia el descubrimiento de una posible burla.

- Entramos con precaución al principio, pero poco después y al no oír más que el trino de los pájaros y las ramas de los árboles que la suave brisa movía, cogimos confianza y empezamos a husmear aquí y allá por todos lados.

- No os contaré ahora lo que descubrimos. Lo que si os diré, es que una vez que salimos del lugar, nuestras mentes comenzaron a cavilar hasta hallar un plan perfecto que poner en practica.

- El jueves de aquella semana, de nuevo en el bar, sacamos el cuento y volvimos a realizar la apuesta. Hablábamos en voz alta para que los que allí se encontraban, bien nos oyeran. El acuerdo al que llegamos era el mismo, pero cambiando las parejas. Esta vez los primeros serían los últimos. La fecha señalada, el sábado nuevamente.

- Poco antes de oscurecer, venían por el camino del cementerio cinco mozos mayores que nosotros. Hablaban y reían haciendo comentarios jocosos a nuestra costa. Entraron y después de sacar varias cosas de un nicho vacío, comenzaron los preparativos. Dos de ellos montaron otras tantas calaveras de escayola en sendos palos. Los otros, montaban otra sobre una cruz de finas varas, y le pusieron un sayo blanco. Pasaron unas cuerdas atadas a la tela por encima de los chopos del camino y otra en la parte baja. Terminado lo cual, tres quedaron dentro fumando y los otros dos se escondieron tras los árboles del camino.

- La jugada había sido buena. Primero nos asustaron con las calaveras de la tapia, más, como suponían que eso sería insuficiente, tenían la de repuesto. La tercera calavera con su faldón, jalada por las cuerdas que sostenían los que tras nosotros se hallaban, y sostenida por uno de los de dentro, se izaba a modo de cometa en el aire y se acercaba hacia el camino por donde nosotros aparecimos. Ahora esperaban realizar la misma jugada con Fermín y Antón, pero cuando ya la noche era cerrada y más tranquilos estaban, ¡Plaf! una pequeña explosión rojiza seguida de una humareda blanca, apareció junto a uno de los setos. Cuando el humo se disipó, los tres de la tapia quedaron petrificados al ver un esqueleto. De esta forma, aparecieron hasta cuatro que a la voz de mando del primero ¡Cogedles! se pusieron en movimiento haciendo sonar sus huesos como si se fuesen a descoyuntar. Tenían un color blanco verdoso fosforescente que, al movimiento de cabezas, manos y pies, parecía difuminarse dejando un halo que nuevamente se componía cuando quedaban quietos. Sus movimientos, eran lentos y sus caras eternamente sonrientes, movían sus mandíbulas haciendo chasquear los dientes. La desbandada fue caótica, Dejaron sus instrumentos, y atropellándose unos a otros atravesaron la puerta y cayendo y corriendo se dirigieron a su pueblo. Los que en el camino estaban, al oír las voces y carreras, dejaron su escondite alarmados. Fue entonces cuando vieron aquellos esqueletos horribles con aquellos ruidos de huesos espeluznantes y aquellas risas cavernosas que corrían en pos de sus amigos. Asustados también, corrieron a colocarse a la altura de los primeros, y aún los pasaron cuando oyeron los petardazos y vieron aquellas extrañas explosiones. A todo eso, se les unieron unos cuantos berdiascazos que llevaron en las posaderas.

- Como podéis adivinar, nuestra pandilla, ayudados por los demás mozos del pueblo, habíamos preparado la revancha. La mañana del domingo en que acudimos al cementerio, descubrimos las calaveras de pega escondidas. Ya no nos quedaba más que descubrir quienes eran los dueños. Pensamos en Juan, uno del vecino pueblo que al nuestro venía a cortejar. El día de la apuesta, estaba acodado en el mostrador y nos miraba de reojo. Los días siguientes, al vernos, sonreía burlonamente por lo que entramos en sospecha.
- No estábamos seguros, pero teníamos que arriesgarnos. Lo comentamos con los otros mozos, y acordaron ayudarnos. Preparamos unos petardos especiales para que diesen humo, luego, buscamos arcilla que mezclamos con fósforo para pintarnos la cara, manos y vestidos a modo de esqueleto. Cortamos unas tablillas de roble que fueron taladradas por uno de los extremos y cosidas por parejas a las ropas. Las llevábamos en brazos, piernas y cuerpo de tal forma, que al chocar unas con otras, conseguíamos el ruido de huesos. Luego, el lugar, la noche, el pánico que siempre es contagioso y algo que siempre llevamos dentro por más que se quiera disimular, hicieron el resto.

- El trabajo fue duro, pero el sabor de la venganza es dulce cuando se está de broma. A partir de aquella aventura, las rivalidades que había entre los dos pueblos, aunque continuaron existiendo dejaron de ser dolorosas en lo material - siempre había palos - para dar paso a lo intelectual.

Las historias del abuelo continúan y yo las relataré en otra ocasión, pues juzgo que aunque a mi me son muy gratas, pueden parecerles pesadas a los demás.

Fin.

Este cuento infantil está dedicado a mi nieta Ana con todo mi cariño. Espero que aún te gusten las historias sencillas.

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