martes, 8 de marzo de 2011

Don Juan y la avispa coqueta.

Se conocieron tal día como hoy, un martes de carnaval en el casino de un pueblo cualquiera. El iba disfrazado de don Juan (de Austria) y hasta espada llevaba. Ella de avispa coqueta.

Gracias al ceñido talle, la redondez de sus caderas y el pujante busto resaltaban de manera maravillosa. Las rayas horizontales negras y amarillas, hacían que se apreciara bajo aquel vestido, una figura despampanante. Sin embargo, nuestra pequeña avispa coqueta no conseguía encontrar pareja, tal vez porque bajo sus alas, abajo, donde salva sea la parte, podía verse un pequeño aguijón.

Chocaron de frente, nadie supo si a posta, y mirándose a los ojos, los de ella parecieron decir "tu me puedes servir". Hablaron, tomaron algo y se despojaron de sus antifaces.

Don Juan comprendió que la avispa, pica aquí, pica allá, nada había sacado de provecho y por esa razón se había fijado en él.

El era hombre maduro, ella apenas la mitad que él, pero no le importó. No se quedaría sola en la fiesta. Además, viendo el porte de don Juan (de Austria) y las miradas de deseo que le prodigaban algunas cincuentonas, lo consideró como un triunfo.

De aquel encuentro nació una amistad que parecía sincera, pero cada cual buscaba su propio interés. Don Juan, resultó no ser de Austria y si el de doña Inés, pues como buen marino, era capitán en un petrolero, tenía un amor en cada puerto. Su sistema era sencillo, lanzaba el cebo de su cuidada palabra, de su conocimiento de lugares maravillosos, de su don de gentes y fina educación. Tenía su prestancia y su dinero, y no trataba de conquistar, dejaba sutilmente que ellas se entregaran como conquista… y a veces, muchas veces, lo conseguía.

Ella quiso simplemente la compañía de alguien en una fiesta, pero poco a poco se fue enredando en una tela de araña que creía tejer. Necesitaba, tras algunos fracasos, sentirse admirada, querida. Deseaba sentirse importante, estimular su ego. Quería triunfar en la vida, aunque sabía que su bagaje, era simplemente su cuerpo, su cara bonita y aquellos ojos verdes.

Don Juan, se dejó llevar, casi como el corcho del salvavidas se deja mecer por las olas. Hasta que resulto imprescindible en la vida de la coqueta. Entonces dijo; "esto es lo que hay, y esto otro lo que habrá". Y el marino dejó otro amor en aquel puerto, amor que pudo ser de dos y de uno solo fue.

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