miércoles, 23 de marzo de 2011

El fotógrafo.


Entré en aquel bar cansado y sediento. Tal vez una cerveza o una botella de sidra con un pinchin no me vendría mal. Había estado toda la mañana trabajando de acá para allá; soy fotógrafo de profesión y tenía un encargo que ahora os contaré.

Soy del interior, y los prebostes del pueblo acordaron que se debía hacer una campaña para que los aldeanos conocieran "mundo". Creían que podía establecerse una relación de reciprocidad; los unos conocerían la mar - increíble estando tan solo a setenta kilómetros- y los otros la gastronomía y los paisajes casi vírgenes. Al fin y a la postre todo se reducía a… negocio.

Después de cavilar, los sesudos magnates del pueblo, llegaron a la conclusión de que debían hacer una exposición fotográfica. Con ello mostrarían a los ciudadanos de dos ciudades próximas, las excelencias de sus respectivos terruños. Y aquí entro yo. Como único fotógrafo del pueblo - y bastante bueno por cierto, a decir de algunos- fui comisionado para hacer el trabajo.

Llegué en el primer tren de la mañana tras algo más de una hora de trayecto. Comenzaría por el extrarradio, y aunque había pensado desplazarme en tranvía, vi que no era una buena opción; posiblemente la idea fuera romántica, pero lenta y cansada. Pondré un ejemplo; desde la Guía, donde debía abandonar el amarillo medio de transporte que se dirigía a Somió, hasta la Universidad, había un buen trecho para caminar. Así que tomé un taxi y me llegué a la Laboral, maravillosa en su pujanza. Tiré un rollo entero acompañado por un alumno guía que me mostró todos los rincones y a quien agradecí el gesto con una invitación en la cafetería del centro.

Luego, de nuevo al taxi, subimos hasta Villamanin, y del el Infanzón a la Providencia haciendo breves paradas para retratar paisajes y casas señoriales. Luego al parque Isabel la Católica, orgullo de la ciudad, bajé hacia la playa, al paseo del muro con sus pérgolas, el Náutico, la iglesia de San Pedro, la Pescadería, el Ayuntamiento, el Palacio de Revillagigedo, el Muelle, la Rula casi vacía a esa hora…

VillamaninNi siquiera había comido, así que despedí el taxi y busque el bar más cercano. Al entrar ya me dí cuenta de que no era lo que andaba buscando, que estaba equivocado; una mala interpretación de las instrucciones del encargado de la lonja, con el que había estado hablando.

Pero no me eché atrás. El lugar era ¿pintoresco? Es posible, vosotros juzgaréis. La barra quedaba a la izquierda de la puerta y tras ella un hombre en mangas de camisa enseñaba los tatuajes de sus brazos. Capisqué que el barman había sido legionario; en el derecho un corazón azul anegratado en el que se leía " Tuyo siempre Madre." y en el izquierdo, una calavera y la leyenda " Soy el novio de la Muerte". El hombre debía padecer hidropesía, pues su barriga parecía la de mujer preñada en el séptimo mes. Pelo negro, posiblemente teñido, y con brillantina suficiente para engrasar los ejes de un carro del país. De comer, nada de nada.

Una puta hacía tratos con dos mozalbetes, el uno retraído y tomando un Corales, el otro tratando de meter mano; ora pellizco al culo, ora sopesando teta. A una mesa, un tipo enclenque; Katiuskas, pantalón, chaquetilla y gorrilla blancos, con restos de sangre, y otro fortachón con pantalones de mahón y bata del mismo tejido, bebían unas pintas. Estime serían repartidores de carne; conductor el fuerte y cargador el débil. Ningún misterio en mi adivinanza; no lejos de allí, una camioneta, casi a la puerta de la Comandancia de Marina, llevaba inscrito el rótulo "Matadero Municipal".

Dos putas más estaban a otra mesa tomando algo, pero se levantaron de inmediato al yo entrar, y se arrimaron a hacer zalamerías a los carniceros, solo por "enguadar" al nuevo y posible cliente.

Pedí una cerveza al barman, y pregunté sin dirigirme a nadie en concreto y a todos en general, si les importaría que les sacase unas fotos. Los niñatos, pagaron sus consumiciones y salieron como alma que lleva el diablo, los demás encogieron los hombros en señal de aprobación. Una de las mujeres se adelantó un paso y trató de abrir la boca para decir algo, pero yo me anticipé y dije…

- La primera y la segunda ronda, corren de mi cuenta. Y saqué el paquete de Whiston de contrabando para que todos se sirvieran. Con aquello, la pelirroja de bote se dio por satisfecha y se sentó sobre las rodillas del grandote, pidiendo "lo suyo" al camarero.

Ya estaba preparando la reflex, cuando por un pasillo que creí daba a los lavabos, apareció un vejete, que echando mano a la gorra, se dirigió con prisa a la puerta despidiéndose con un "buenas tardes". Tras él apareció la mujer más guapa y tentadora que yo había visto jamás.

- Pide lo que quieras, Mora, que aquí el "repoter" invita- dijo la pelirroja dándoselas de fina e instruida.

Y la Mora, de agarenos ojos, respondió; Yo aún tengo mi té, caliéntalo Manolo, por favor.

Instantánea va, instantánea viene, no quedó rincón ni pose por retratar. Me tome mi segunda cerveza de la Estrella, fume el último pitillo del paquete, y exhalé el humo con placer, como cuando acabas una cosa bien hecha.

La rula anunció la llegada de los pesqueros, pagué la cuenta, tal vez un poco abultada, di las gracias y salí para recoger la llegada de las lanchas. Por la cuesta bajaban dos hombres con carros de mano, intuí que para llevar las cajas de pescado. Me llamó la atención el contoneo de uno de ellos, parecía un poco sarasa. Nuevamente la Leika entró en funcionamiento. Los pescadores  aupaban las cajas de madera rebosantes de salmonetes, abadejos, pínfanos, tiñosos, mirlotos, golondros, aligotes, besugos, cabras, lenguados… hasta el piso del muelle y de donde, mediante un gancho, arrastraban hasta el interior de la lonja. Luego la subasta; las mujeres arriba, la salmodia del subastador abajo; "catroce, noventa y cinco, noventa, ochenta y cinco, ochenta…" bajando el precio hasta que alguien "tiraba la bola". Ya me estaba quedando sin rollos para la máquina y aún me faltaba el rito del hielo; una vez subastado el pescado y acomodado como más convenía al comprador, se rellenaban las cajas con el hielo que allí mismo se fabricaba, luego la carga en las camionetas, en los carrillos de mano o simplemente en la cabeza de las mujeres que de inmediato saldrían a pregonar "les sardinones y los hombrinos o bocarte" por los barrios de la ciudad.

Cuando ya iba a dar por finalizada mi labor, vi venir hacia mí a "La Mora". La gente ni siquiera le daba aprecio, y solo algún pescador le echaba algún requiebro, a los que ni caso hacía.

- Hola, soy Rocío, la que llaman la Mora, me dijo.

- ¿Lo eres?

-No, que va. Soy andaluza, pero me lo dicen por mi tez morena y la costumbre que tengo de llevar el pañuelo como si fuera un hiyab. Oye, quería hablar contigo.

- Pues aquí me tienes.

- Verás, me dijeron que eras fotógrafo profesional, no un turista como yo pensaba. Quisiera que me hicieras unas fotos artísticas.

- ¿Y que entiendes tú por artísticas?

- Pues de cuerpo entero, de medio cuerpo, cara, los ojos que dicen son bonitos…

- ¿Vestida?

- Claro, ¡por quien me tomas! El que yo sea puta, no quiere decir que sea una guarra. Son para promocionarme, quiero que me elijan para hacer el anuncio del "Saquito"… el jabón ese, ya sabes… quiero cambiar de vida.

- ¿Tienes dinero?

- ¿Cómo?

- Mira, yo no vivo aquí. Tendrías que venir a mi estudio y buscarte una pensión por unos días. O ir de mañana y volver de noche, si lo prefieres. Eso cuesta dinero, luego está la manutención y el importe del trabajo, ¿quieres que te lo calcule?. Seguro que te saldría más a cuenta si te buscas uno aquí. Yo puedo recomendarte varios, y muy buenos.

- ¿Vives solo? y su mirada fue en busca de anillo en mi mano.

- Si.

- ¿Y no me podrías alojar? Soy buena cocinera, te limpiaría la casa, y si quieres…

- ¡Vamos, que no tienes una lata! ¿Me quieres pagar con carne?

- ¡Oye, yo cobro a cinco duros el polvo! ¡No soy como las de "Les Casetines, los Tres Doses o el Alba, que lo dan a tres! No tengo chulo ni necesidad de empeñar en el Monte, pero… si nos arreglamos… mejor.

Era tarde y decidí quedarme a pasar la noche en un hotel allí cerca, mirando hacia el muelle de Oriente. Me tomé unos vinos, cené bien en un pequeño bar centenario de la Plaza Mayor y para la cama.

Al día siguiente me estaba esperando a la puerta del hotel. En una maletilla de cartón debía de llevar sus mejores galas. Estaba radiante, se la veía feliz, risueña y animosa. Por un instante y sin saber el motivo, pensé en Isadora Duncan.

Imagen
Durante el viaje en tren no paró de hablar. Gracioso resultaba aquél ceceo imposible para mí saber si de Cádiz o Jaén, de Granada o de Sevilla. Me contó parte de su vida, seguramente la más amable. Por ella supe que no le gustaban las casas donde tenía que respetar normas, trabajar sin poder elegir y hacer lo que no quería. Por eso iba por libre en aquel tugurio donde cobraba el doble que las otras y todo era para ella. Pero quería otra vida.

Le enseñe la casa. Casi en el centro, junto a la Escuela de monjas y a tiro de piedra del Ayuntamiento, la Plaza y la Iglesia. Para un hombre solo, cocina, habitación, una sala pequeña, estudio, cuarto de revelado y baño, sobraba. Tenía además un pequeño patio. Justo al lado hacía tiempo tenía una tiendecita donde vendía artículos relacionados con mi oficio. Quería tirar una parte del tabique para comunicar el estudio con la tienda, pero era alquilado y la dueña se resistía sin saber yo en que la podía perjudicar.

A Rocío le encantó la casa. Sobre todo el patio que estimaba ideal para tener unas gallinas y unos conejos. La dejé que paseara por el pueblo para conocerlo, y mientras, me metí en el cuarto oscuro a revelar los rollos que traje.

La cama era grande, pero me daba reparo que creyera que me interesaba su cuerpo, así que aquella noche me quedé a dormir en el sofá. No por mucho tiempo. Hacia la una se encendió la luz y yo, que permanecía en un duerme vela, no sé si por las ideas que me rondaban, o por lo incómodo y desacostumbrado, desperté. Su camisón transparentaba todo lo que había de transparentar, me cogió de la mano y me deje llevar a la habitación.

Cierto es que era buena cocinera, por la mañana preparó un copioso desayuno, hizo la limpieza y se fue al mercado mientras yo entraba y salía de la tienda a casa y de casa a la tienda.

Lista como era, se dio cuenta de aquello era molesto y me restaba clientes - los que querían comprar un rollo para la máquina o un marco, se iban a la librería que me hacía competencia- así que ni corta ni perezosa, tras arreglar en un periquete casa y comida, comenzó trabajar en el negocio; cortaba las fotos con la guillotina, entregaba los revelados, conducía al estudio a los que querían retratarse, marcaba precios o adornaba el escaparate.

Los días se sucedían, el patio se convirtió en corral, yo avanzaba en la preparación de la exposición, de las que ya había presentado una copia… y de las fotos para el anuncio del Saquito, nadie se volvió a acordar.

Mi Rocío, mi Mora, me trata a cuerpo de rey ¿o debía decir de moro? y ambos somos felices, con bastante disgusto del cura, que nos tilda de amancebados.


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