viernes, 25 de marzo de 2011

El secretillo de don Jesus.

Es casi normal que cada cual tenga sus secretillos, incluso sus grandes secretos. "Secreto de uno, secreto de Dios, secreto de dos, guárdete Dios; secreto de tres, ya no lo es".

Descubrí a don Jesús en el bar de aquél pueblo al que fui unos días por motivos de trabajo. Mesas con tapa de mármol, como debe de ser para jugar a la garrafina y cuatro jugadores, entre ellos, don Jesús.

Ahora peinaba canas, pero su barba, luenga y poblada, como de costumbre. ¿Quien diría que aquel paisano que removía las fichas era cura? Nada lo hacía denotar, a no ser aquella pequeña cruz en la solapa de su chaqueta. Pero insignias y pins se han llevado siempre.

Si yo tengo ahora treinta y seis… hará algo más de veinte años que no lo veía. Fue cura en mi pueblo. Franciscano de esos que van vestidos como el de aquellos almanaques que pronosticaban el tiempo. Sandalias, sin calcetines, que con ellos los hombres están muy horteras. Habito de tela basta, con su rosario de gruesas cuentas haciendo de cinto. Capirote a la espalda por si hace frío, que los pies lo pueden sufrir, pero las ideas igual se congelan. No más de un año lo llevó puesto, luego vistió sotana, no sé la razón del cambio, y más tarde, comenzó a vestir de paisano. Posiblemente reconviniendo todas las directrices eclesiásticas, pero con motivos suficientes a su entender y, que yo os contaré.

Cuando me fumaba alguna clase del instituto, era para acudir con un compañero al juzgado. ¡Cosa más tonta, madre! Pero a él le gustaban los juicios, pensaba ser abogado, y yo, que siempre me he dejado dominar, lo acompañaba. Nos colábamos entre la gente cuando el ujier decía aquello de "Audiencia pública", sentándonos al lado de algún matrimonio como si hijos suyos fuéramos. Para mi era un tostón del que nada entendía…

- ¿Eleva el ministerio fiscal sus conclusiones a definitivas?

- Las elevamos.

- ¿Eleva a definitivas sus conclusiones la defensa?

- Las elevamos.

Más o menos así era la jerigonza, que como digo, no entendía.

Pero un día, el ujier dijo; "Audiencia a puerta cerrada". E intuimos que algo gordo se iba a dirimir allí dentro.

Nos quedamos dando vueltas por los pasillos por ver si nos enterábamos de algo, y nos entramos de mucho. Don Jesús era el encausado, lo supimos cuando abandonaba la audiencia y una mujer, posiblemente la abuela de un niño que sostenía en mantillas, comenzó a gritar, dirigiéndose a él…

- ¡Miradle, miradle, es igualito que su padre, canalla, sinvergüenza!

En aquella época no había pruebas de ADN y el cura negó la paternidad sin duda por no verse obligado a la manutención o quien sabe el motivo. Tampoco supimos el motivo por el que don Jesús vestía de seglar, conjeturando nosotros, que el obispo le había obligado a ello.

De ahí su rebeldía, rebeldía y secretillo que le costó la parroquia de un pueblo importante, para ir a dar con sus huesos a aquél otro alejado de la mano de Dios.

3 comentarios:

rubo dijo...

Tengo que dedicar un día a repasar y comentar tus relatos, la falta de tiempo me impide dedicarme a ellos como se merecen.
Salu2.

Alfredo dijo...

rubo.
No te agobies rubo, no merecen la pena. La prueba evidente es la nula aceptación que tienen.
Salu2.

rubo dijo...

¡No seas tan pesimista! El problema es que siempre más a tener más lectores que comentaristas.