domingo, 13 de marzo de 2011

El sueño de la abuela. 1ª parte.

Conducía en silencio. En el asiento contiguo, mi esposa miraba el paisaje con aire ausente. Su pensamiento estaba sin duda con su abuela a quién íbamos a visitar. La carretera, con suaves curvas y ligeras pendientes, dejaba a un lado campos de amarillo trigo salpicados por oscuros borrones de rocas graníticas. El olor a mies y tomillo se introducía por la abierta ventanilla del auto. A lo lejos el reflejo del sol del atardecer en los cristales de la casa a donde nos dirigíamos, nos hacía guiños de vez en cuando. Algunos chopos de encalado y grueso tronco, bordeaban la carretera de trecho en trecho, y su alto y tupido ramaje, daban sombra y frescor en el cálido verano.

Por éste camino cien veces recorrido, pensaba en lo poco que en años había cambiado el paisaje. Quizá se acercó un poco más la ciudad. Sin embargo y a pesar del aumento del trafico, unos metros fuera de la calzada aún se respiraba la paz. El silencio solo era roto por los jilgueros, el croar de las ranas en el riachuelo, el graznido de alguna pareja de cuervos, o el silbido de alguna locomotora del cercano pero invisible ferrocarril.

Dejamos el asfalto para introducirnos por un camino de rojiza tierra apisonada. Unos gruesos guijarros colocados en forma de pirámide y unidos por cemento, eran la base sobre la que se asentaba el indicador.."El Ventorro del Sol".


En el aparcamiento, varios coches denotaban la presencia de clientes que sin duda acudían a cenar. Aparqué junto a ellos, y dando la mano a mi esposa, nos introdujimos en el restaurante. Saludamos al mozo tras la barra y sorteando las mesas, nos dirigimos directamente hacia la cocina. Mi suegra Remedios vino presurosa a nuestro encuentro. Besó a su hija a la par que decía..

. - Subir, que está Lola con ella. Luego iré yo.

- ¿Cómo está? - Pregunté a modo de saludo.

- Muy mal. Yo creo que de esta no sale. Lola se empeña en que hay que ponerle suero, que eso, otras veces, le ha venido muy bien.

- Mamá. Son muchos los años que tiene ya para que con un poco de agua en la vena la saque del atolladero - argumentó la hija.

Subimos. La habitación estaba en penumbra. La persiana bajada casi totalmente, apenas si dejaba pasar algo de luz por las rendijas superiores. Al enfocar la puerta me sobresalté. Aún esperando lo que esperaba, el cuadro no dejó de impresionarme. Las paredes encaladas, el embozo y almohada blanquísima, prestaban todo su albor a la flaca cara que reposaba. Con un ronquido gutural, dejaba exhalar por la desdentada boca un poco de aire que movía casi imperceptiblemente el labio superior. Los ojos hundidos con los párpados semicerrados, la nariz afilada y el cabello blanco amarillento, despeinado y sin brillo. Fue la impresión de aquél que se halla ante un moribundo. Lola se levantó de la silla situada a los pies de la cama, dejó sobre un comodín el punto que estaba tejiendo y nos saludo.

- ¡Hola sobrinos!

- ¿Como tejes sin luz?

- No la necesito. Así me calma los nervios.

- ¿Está dormida?

- Sí, sí. Pero la despertaré.

- Deja, deja. Si necesita dormir ....

- No, que luego por la noche nos trae en danza de acá para allá. ¡Madre, madre, mira quién ha venido a verte!

El zarandeo en el hombro y las voces sacaron a la anciana de su letargo. Poco a poco la luz se fue haciendo en su mente. Miró las figuras que tenía ante sí, y sin hacerles demasiado caso, desvió la mirada hacia el quicio de la puerta donde yo me encontraba.

- ¡Tomás!

La chispa de sus ojos y la leve sonrisa me impulsaron hacia ella. Aparté un poco a hija y nieta y cogiendo con calor las huesudas manos, la besé en el descarnado pómulo.

- ¡Hola abuela! ¿Que tal se encuentra?

- Mal, hijo, mal.

Lola casi no la dejó responder. Con voz un tanto áspera que denotaba lo mal que le había parecido que se fijase más en mí, que en su sobrina, dijo...

- ¡Mira tu nieta, madre! ¡Mira tu nieta! ¿Que pasa? ¿Ya no la conoces?

La besé de nuevo y discretamente volvía la puerta. Desde allí observé en silencio como las dos mujeres comentaban la mirada huraña de la abuela a su nieta. Sin duda no la había reconocido. Le decían que aquella era su nieta, más no era verdad. Sin duda la engañaban. Lo noté en aquella forma de rehuir sus ojos. En aquellas miradas huidizas que la lanzaba cuando creía que nadie la veía. Estaba un poco acobardada por las recriminaciones que Lola le hacía, pero aún así, no se molestó en hacerle ninguna pregunta o comentario. Era una extraña. Fue a mí a quien preguntó por la familia y por sus biznietos.

¿Que pasaba por aquella mente, que no era capaz de reconocer a quién era de su propia sangre y sí a mí? ¿Acaso yo, que tantas veces la había tomado el pelo y gastado bromas, había establecido un vinculo afectuoso, mayor que las zalamerías que mi esposa le prodigaba?

Salí de la habitación con un revoltijo de sentimientos en mi corazón. Por un lado, la alegría de saber del cariño y el afecto que la pobre mujer sentía por mí. Por otro, la pena por la vida que se extinguía. Aún quedaba otro sentimiento; el de culpabilidad. En cierto modo me sentía culpable ante mi esposa por haber sido el foco de atención de la abuela a la que ella tanto quería.

4 comentarios:

Esilleviana dijo...

La mente es así de caprichosa, pasajera e inesperada. Es un verdadero placer leerte... jjajaj.

un abrazo.

Alfredo dijo...

Esilleviana.
¿Cambiaste ya poesía por poseía?
Salu2.

Esilleviana dijo...

jajajajajajaj...

No, pero me gusta mi confusión. Me hace sentir importante: tener la posibilidad de poseer poesía, qué grande!

Eres el único que se ha dado cuenta; tal vez mi inconsciente me enviaba algún mensaje oculto... atrévete (a escribir mejor) y con la poesía.

Gracias por tus comentarios. No podría pasar sin ellos.

un abrazo muy fuerte.

Alfredo dijo...

Esilleviana.
Si, tienes alma de poeta… y ahí puedes escribir palabras a troche y moche. A los poetas se les concede más licencia que a los que escriben prosa.
Gracias a ti por estar aquí.