martes, 15 de marzo de 2011

El sueño de la abuela. 2ª parte.

Bajamos al bar. Al salón del ferrocarril que era mi estancia preferida en toda la casa. Normalmente este pequeño comedor, solo estaba abierto a la familia y a los empleados de la RENFE que desde los primeros tiempos, fueron los encargados de pregonar las excelencias de la cocina de la abuela. Allí, y como homenaje a estos hombres, se podían contemplar numerosas fotos enmarcadas y ya amarillentas por el paso del tiempo. Locomotoras de carbón con los mecánicos subidos al tender o sentados sobre las bielas. Maquinistas y fogoneros con sus gorras de visera o boinas. En alguna, el abuelo Juanito entre ellos, otras mostraban el Ventorro tal y como era hace cincuenta años.

Sobre una repisa descansaban distintos faroles de señales. El uno de pulido metal que funcionaba a carburo, el otro de simple chapa de hierro más antiguo y cuyo combustible era el aceite. Por las paredes, distintos tipos de señales, banderines, placas con números de máquinas famosas hoy chatarrizadas... En una vitrina junto a distintos silbatos, varias gorras; la de maletero o mozo, sencilla y algo grasienta. Las de revisor y jefe de estación con su rameado bordado y rojo copete... Posada en el aparador, la pieza más valiosa para mí; una reproducción a escala de una vieja locomotora "Montaña" y cuyas ruedas al natural, eran más altas que un hombre.

Me senté a una de las redondas mesas de roble con una cerveza y las viejas fotos que mostraban el antiguo local desde la loma tras la que se encontraban los talleres. Era esta una edificación rectangular, de tosco y grisáceo granito sin más trabajo que el de haber sido cortado en piezas todas iguales y unidas por argamasa. Estaba situada de norte a sur. En la fachada que daba a oriente, dos entradas, una para la casa y otra para el establo. La casa se componía de amplia cocina-comedor y dos habitaciones. En la de poniente otra puerta comunicaba con el corral que estaba cerrado por un bajo murete, luego la huerta. Había un emparrado, y bajo él, una larga mesa con un par de bancos, algo más alejado, el pozo.

El abuelo Juanito había sido transportista. Con la guerra los negocios fueron mal. Perdió sus camiones y con el poco dinero que le quedó, compró aquella casa con algo de terreno. Lo que el anterior dueño utilizaba como establo, él lo transformó en bar. En el corral metieron todos los animales domésticos que pudieron. Preparó un cobertizo para una mula que enganchaba a una vieja tartana, y con ella se desplazaba dos veces al mes a un pueblo famoso por su vino. Traía provisión de este así como de buenos quesos de oveja.

La abuela Dolores iba todos los viernes al mercado a vender huevos y conejos, y con el producto de la venta, traía las carnes o el pescado. Juanito la llevaba en la tartana a no ser que coincidiera tener que ir a por el vino.

Los que primero se enteraron de la apertura del local, fueron los mecánicos de los talleres del ferrocarril. Como lo tenían a tiro de piedra, alguno se escurrió un día a por una botella de vino. ¡Era buen vino! La voz se fue corriendo. Un domingo se acercaron otros con sus mujeres y los chicos, y comieron una tortilla. Luego probaron el conejo o las perdices, el jamón y el embutido casero o el queso manchego. Así el Ventorro se fue animando. Los maquinistas comentaban en otras estaciones lo barato y lo bien que se comía en el Ventorro del Sol. Otro tanto pasaba con la gente de la ciudad y pronto se vieron en la necesidad de aumentar el local.

Dos días después de aquella visita, nos avisaron que la abuela estaba en coma. Ataulfo que era médico y esposo de Amparo la tercera hija, no daba esperanzas.

Lola insistió en le colocasen el gotero y al fin lo consiguió. Su cuñado lo consideraba una tontería, pero como aparecía por allí solo de tarde en tarde, trató de mostrarse condescendiente.

Durante cuatro días, el estado de la abuela apenas había cambiado. Noté sin embargo que sus mejillas estaban teñidas de un suave carmín. Las ojeras habían cedido y respiraba mucho mejor. Al cabo de ese tiempo y contra toda opinión, Dolores abrió los ojos para decir...

- Lola, quiero un caldo y un poco de pescado.

Fue el inicio de una mejoría que a todos nos iba a traer de cabeza. Totalmente recuperada un mes después, quiso ir al cementerio "a hablar con Juanito” ya más de quince años fallecido. María y yo nos ofrecimos a llevarla en el coche y pasamos con ella una tarde muy amena. Al salir decidimos tomar algo en un café donde nos relató mil peripecias y anécdotas de forma incansable. Yo que sentía una curiosidad grande desde que estuve en su habitación, le pregunté...

- Abuela, ¿Qué significado tiene el cuadro que hay en la cabecera de su cama?

- Veras hijo. Lo mandé pintar a Eladio Cuevas, un enganchador muy aficionado al pincel - el pobrecito Dios lo tenga en gloria - y que era cliente nuestro como todos los ferroviarios. Él materializó un sueño que tuve y que más o menos era lo siguiente; Arriba en el cielo, muy alto, muy alto, estaba Dios observándome - él lo reflejó como el triángulo con el ojo que hay en el borde superior - Yo estaba aquí en la tierra y llevaba mis conejos al mercado, pero entonces... Ezequiel y Daniel me dicen que el Señor me quiere ver y me llevan a su presencia - de aquí que ves esa nube roja como que quiere subir al cielo y a los dos Profetas sobre ella conmigo en el centro y un poco más abajo, el Ventorro y a mi camino del mercado. El cuadro es simple, pero expresa la realidad del sueño.

2 comentarios:

Esilleviana dijo...

De veras que la abuela sigue contando historias o es un cuento inventado. La idea de la abuela, colocar el cuadro sobre la cama me resulta muy reveladora: no olvida el pasado y se encomienda al futuro, además de la sugerencia acerca del contenido del cuadro. Sin olvidar, la descripción de la venta y todos los recuerdos.

Me gustó mucho.

un abrazo.

Alfredo dijo...

Esilleviana.
El cuento trata solamente de la abuela y de lo que le sucedió.
Salu2.