miércoles, 16 de marzo de 2011

El sueño de la abuela. 3ª parte.

Tardamos  casi dos meses en verla de nuevo. Estaba desconocida. Del gotero y las sondas había pasado a una vitalidad asombrosa. Se la notaba más gruesa, sonrosada y parlanchina. A todos los clientes saludaba, y de vez en cuando regañaba a Lola y al cocinero por cosas que no estaban a su gusto. La verdad es que no parecía la anciana de ochenta y siete años que tenía.

Asombro nos causó, como a toda la familia, el que dejara su dentadura postiza, empeñada en que le estaban saliendo dos o tres dientes.

- ¡Mira. Mira! ¿Los ves aquí? Decía señalando con el dedo unas inflamaciones con unos puntitos blancos.

Era cierto como se pudo comprobar. Un año más tarde poseía toda su dentadura. Para entonces, Ataulfo se apuró a requisar todas las bolsas de suero que no se habían utilizado, pensando tal vez, que el fenómeno había que investigarlo a fondo. Más no fue solo eso. El pelo completamente cano desde casi hacía treinta años, fue adquiriendo el negrísimo tono natural de su juventud. Las arrugas se suavizaron tremendamente. Las huesudas manos se encarnaron, y toda la piel en general, estaba volviendo a la tersura de la mocedad.

Las hijas quisieron saber el porqué, pero mucho más que ellas sus maridos, y sobre todo Ataulfo.

Análisis de sangre y orina no dieron con ello. Todo normal. La abuela Dolores había consentido en aquello, pero no iría más lejos. Ella se encontraba bien y no quería saber nada de médicos. No más análisis. No más pruebas fuesen del tipo que fuesen. Cada uno que viviese su vida y que la dejasen en paz.

Pero todo no iba a ser tan sencillo. Día a día se le notaba el rejuvenecimiento y con ello las envidias y el malestar, de los que día a día éramos más viejos, se hacían patentes. Todos querían saber el misterio y las discusiones eran continuas. Ataulfo pedía pruebas y el internamiento. La abuela se defendía con ayuda de Lola, que luego a solas, la abroncaba.

- La ciencia no puede ser ajena a este cambio antinatural que se está produciendo en vuestra madre, gritaba Ataulfo.- Me he dedicado a conseguir todos los frascos de suero que he podido hallar del mismo lote de los que se le pusieron hace dos años. Yo mismo me inyecté, por el bien de la humanidad, tanto como a ella se le administró. He probado, siguiendo paso a paso toda la medicación y el resultado ha sido negativo como podéis comprobar. Sigo siendo calvo y continúo teniendo un hueco, donde debería tener una muela. ¡Hay que ingresarla en la clínica para hacer pruebas complejas y descubrir que es lo que está pasando!

- Ata tiene razón Lola, síi se llegase a descubrir eso... ¡Seríamos ricos, y quizá eternamente jóvenes! ¡No hay derecho a que te opongas! También es mi madre y puedo opinar y si ella se niega, la podemos obligar.

- Mira Amparo, el que seas su hija, te da derecho a opinar, pero a nada más. Tú no puedes obligar a nada a nadie, lo primero por que ya hace cuarenta años que saliste de esta casa y solo vienes por Navidad y eso... cuando no estás esquiando. Lo segundo, por que madre está en su sano juicio y no quiere ni oír hablar del tema. En cuanto a que tu marido ha hecho un gran sacrificio en bien de la ciencia... ¡Ja, ja! Me río yo de la investigación. Seguro que si hubiese encontrado algo positivo, a estas horas estaba en Suiza u otro lugar vendiendo en frasquitos el elixir a precio de oro y esperando el Nobel. Nadie ¿me entiendes? nadie le tocará un solo pelo mientras ella no quiera y yo viva.

Las discusiones fueron en aumento según transcurría el tiempo. Aquella casa antes alegre y en la que solo se pensaba en trabajar, parecía ahora un polvorín a punto de estallar. Miradas inquisidoras y aviesas se cernían sobre la abuela que continuaba su vida anormalmente normal de rejuvenecimiento. Sin embargo su tozudez comenzó a ceder ante el chantaje de Ataulfo de comunicar a la prensa todo lo ocurrido.

Ante todo esto, trataba de imaginarme lo que podía suceder. Quizá el médico tuviese la razón. Tal vez se descubriese el porqué y nos pudiésemos conservar jóvenes para siempre. ¡Ser inmortales! ¡Que maravillosa fantasía! Pero, ¿Cuantas muertes podía causar aquello? ¿Es que los ricos y poderosos, no iban a pelear por conseguir la formula? ¿Acaso no se entablaría una batalla entre los querían y los que podían? ¿No daría paso a un nuevo nazismo, donde solo unos cuantos fueran participes del hecho?

Lo mejor era dejar las cosas como estaban. Ella había tenido esa suerte o esa desgracia, y los demás debíamos olvidarnos de ello. ¡Que difícil lucha se entabla dentro de cada uno de la familia! Los hay que parecen tenerlo claro como Ataulfo. Los demás nos debatimos en un mar de dudas, pero creo que si todos son como yo, débiles, acabaremos cediendo al ansia de querer vivir más.

2 comentarios:

Esilleviana dijo...

El viraje ha sido sorprendente. En qué momento de los dos relatos anteriores se podría sospechar este giro? en ninguno. Me gustó mucho.

No me planteo vivir eternamente, ni tampoco morir de inmediato... pero con el tiempo y los amigos/conocidos que desaparecen, te das cuenta que la muerte está siempre cerca de nosotros; quien tenga la mala suerte de conocerla en persona, eso es otro asunto.

Un abrazo.

Alfredo dijo...

Esillevuiana.
Gracias Esilleviana por el aliento que me imprimes. Eres la única persona, que además de leerme, tienes a bien dejar un comentario, siempre elogioso y, las más de las veces, inmerecido.
Salu2.