lunes, 28 de marzo de 2011

Lámparas Herméticas.




Cuenta Conyers Middleton en la Historia de la vida de Marco Tulio Cicerón, que a éste le causó gran consternación la muerte de sobreparto de su hija Tulia a los 35 años de edad. Era según Middleton “de carácter y mérito extraordinario. Amaba a su padre con la mayor ternura y respeto. Poseía todas las gracias mujeriles y las realzaba con la inteligencia de las bellas letras: de suerte que pasaba en el público por la más instruida y espiritosa de las damas Romanas". El propio Cicerón, contesta a la carta de pésame que le envió Sulpicio, manifestándole que para él Tulia fue la mejor compañía en los años de la ruina de la República romana: “Tenía a quien acudir, con quien descansar: tenía a mi Tulia, cuya compañía y dulce conversación aliviaban y hacían olvidar todos mis trabajos".

Se cuenta que, entre los años de pontificado de Pablo III (1534-1549), se halló en la tumba de Tulia, una lámpara perpetua que ardía y daba una luz viva, aunque la tumba no hubiera sido abierta desde hacía 1550 años.

Esta lámpara que debió en cargar Cicerón, era una de las llamadas ardientes, perpetuas o incandescentes que se colgaban en las sepulturas de las personas ilustres. Estaban hechas con el elixir líquido en estado radiante ý mantenidas bajo vacío. Los herméticos, por medio de su ciencia las fabricaban, y a decir de Fulcanelli, los ignorantes curiosos las estropearon tratando de averiguar de donde procedía exactamente le fuego que veían relucir.

Cuenta Thomas de Corneille en su "Dictionnaire des Arts et des Sciencies, París, 1731, que en 1401 "un campesino desenterró cerca del Tíber, a alguna distancia de Roma, una lámpara de Palas que había ardido durante más de dos mil años sin que nada hubiera podido apagarla. La llama se extinguió en cuanto se practicó un pequeño orificio en la tierra". Es decir, en cuanto perdió el vacío.

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