martes, 26 de abril de 2011

Como la oliva negra.

Ella escribía a diario sus poemas en un blog al que yo accedí por casualidad. Me gustó tanto el de aquél día, que leí el del día anterior, y el anterior, y el anterior. Me fui enredando en la madeja de sus palabras; hermosas, sinceras, mágicas… vitales.

Yo, al que jamás había interesado la poesía, más allá de aquellos moros abenamares nacidos con la mar en calma y la luna crecida, la de los temidos bergantines que montan cien cañones por banda y por la mar vuelan. Yo, estaba ahora subyugado y esperaba con ansia la entrada del día.

No tenía edad, ni rostro, solo un seudónimo en el perfil, así que con sus palabras, con sus versos, fui moldeando su cara, su figura… su alma. Cuando mi imaginación tuvo definida su imagen, me atreví a hacerle un comentario. Como anónimo me presenté la primera vez, y la segunda y la tercera. Ella contestó a la tercera, a la segunda y a la primera.

Si supiera donde vives, cada nueve de noviembre y sin tarjeta, te mandaría un ramito de violetas. Pero no sé de versos para escribirte cartas que te llenen de alegría. Y mientras tanto, de tal manera espero, que vivo sin vivir en mí y muero porque no muero, estando lejos de ti.

Tras meses de intercambios le dije; soy Juan. Ella contestó; si, eres mi anónimo, y yo Rosaura.

No podía ser de otro modo; Rosaura… intuitiva, activa, emotiva, original, idealista, independiente… Rosaura.

Por azares de la vida, por las pistas que se van dejando, porque así lo quiso el destino, llegué a saber de donde era. Y mi mente calenturienta de inmediato trazó el plan... sin una insinuación de ambos siquiera.

Salí temprano, tenía que recorrer ochocientos kilómetros. Cuanto más me alejaba de casa, más estrambótica me parecía la idea. ¡Qué sabes tú si es casada, fea, coja… vieja!

¡No! Su pelo es como la oliva negra, su cara un óvalo perfecto. Es chiquita, menudita, de esas a las que con un abrazo proteges, de esas que cuando te abrazan se te eriza el vello.

Tenía que dar la vuelta, regresar. Todos los razonamientos eran válidos, pero yo sabía que no lo haría. Y así me planté ante su puerta.

La vi venir. Tenía que ser ella. Todo coincidía, a no ser su pelo que yo creí como el azabache y castaño era.

- ¿Rosaura? -pregunté.

- ¿Quién lo quiere saber?

- Verá, soy editor y un amigo me la ha recomendado como poetisa. Tratamos de hacer un libro con poemas de personas jóvenes y noveles para darlos a conocer.

Y mi cháchara sonaba a vacía, y ella me oía como quien oye llover… y asiéndome por las muñecas, con labio de movimiento imperceptible y mirándome a los ojos, aseguro, más que pregunto, si yo era Juan. Los suspiros son aire y van al aire… dulce embriaguez.

Cuando asentí, se puso de puntillas, refugió su cara en mi cuello, yo la abracé como para protegerla, ella me abrazó, y el vello se me erizó. Asida por la cintura, sus pies en el aire, buscamos nuestras bocas.

Ya vivo viviendo en mí, de tal manera que no espero, seguir viviendo sin ti.

4 comentarios:

rubo dijo...

¡Que preciosa historia! Alfredo, estás de un romántico hoy...

Alfredo dijo...

rubo.
Me alegro que te haya gustado.
Salu2.

Esilleviana dijo...

bonita historia Alfredo...

y Rosaura sabe algo de esto?
tal vez le guste mucho leerlo... o se sorprenda al creerse protagonista del cuento y claro está, no sepa qué contestarte.

Pero sin duda es un cuento muy emotivo e imaginativo, no todo el mundo sabe combinar palabras con tanto estilo.

un abrazo

Alfredo dijo...

Esilleviana.
Rosaura nada sabe, ya digo "sin una insinuación de ambos siquiera".
Rosaura no puede leer el cuento. Para ellos no existe tal, solamente son los pensamientos de Juan que fructifican en un alma gemela.
El cuento salió solo, de la noche para la mañana. Hay cosas que pasan en la red, se le añaden algunas partes de poemas viejos, se adoba con algo de cariño y ya está.
Me satisface que te haya gustado. ¿Está clarito?
Pues más o menos, así me gustaría leerte.
Salu2.