sábado, 11 de junio de 2011

Los cuentinos de los sentidos. El olisqueador.

Recordaréis aquella novela de Patrick Süskind "Das Parfum" y que fue llevada al cine con gran acierto. A mí me gustaron ambas, novela y cinta. Lo comento, porque un caso con connotaciones similares le ocurrió a un conocido. Veréis la historia:

Ya de niño Manuel era un tanto singular, sus padres comentaban que todo lo que llevaba a la boca, lo olisqueaba como si de un perro se tratara. Así, y a la edad de tres o cuatro años, era capaz de adivinar con los ojos tapados, cantidad de cosas por mínimo que fuera su olor. Con el pasar de los años dejaron de prestar atención al hecho, tomándolo como cosa natural. Manolo fue ampliando el espectro olfativo, de tal modo, que ya olía el interior de las cosas. Me explicaré con un ejemplo de cuando tenía doce años: En la escuela le dice a una compañera… "estás sangrando". La niña, asustada, levanta un poco su falda para mirarse las piernas, más no viendo nada, va al baño… por si acaso.

La maestra estaba en su mesa colocada sobre un pequeño estrado y leía algo, los niños se aplicaban en resolver una división. Manolo, situado en primera fila percibió un olor nuevo, un aroma parecido al de las sábanas de la cama de sus padres en la que se arrebujaba los domingos por la mañana. Miró a la profe, expresión de gozo en su rostro, quizá por la lectura del libro que mantenía en sus manos, suave roce del empeine sobre la pantorrilla contraria era lo que veía bajo la tabla del frontal de la mesa. Y el olor, imperceptible para todos los demás, fue in crescendo para él.

A Manolo le sirvió su nariz con las mujeres, sabía el momento propicio, el adecuado, el más óptimo para tener una relación con ellas y jamás se equivocaba. Pero aquel don especial, le habría de traer muchos sinsabores. No solo recogía con su apéndice los olores gratos y placenteros. No era lo mismo decirle a una chica joven "vas a tener un niño" que decir a un desconocido en el autobús " vaya al urólogo, tiene algo de lo que le van a operar". Ambos correrán asustados, por si las moscas; la primera a la farmacia y el segundo al médico. Aunque las dos noticias eran malas, la una era mucho mejor que la otra.

Olía aquí y allá, y sin poder evitarlo, se atiborraba con los perfumes, y con la hediondez de la muerte. Llegó a un punto en que era inaguantable. A pesar de que se dejó bigote, que untaba de esa pasta que utilizan algunos que manipulan cadáveres, continuaba teniendo el "clavo" en la nariz y en el cerebro.

Tomó una determinación drástica; Pidió le extirparan el nervio olfativo. La operación, harto complicada, le deformó la nariz hasta el punto en que tuvieron que colocarle un puente de titanio recubierto con carne extraída de las nalgas. Y todo para nada.

Llegado a ese extremo, alguien decidió que lo más práctico sería hacerle un taladro en el cráneo y quemar con láser el bulbo olfatorio. Aguantó estoicamente y por fin se sintió liberado. Solamente le quedaron dos secuelas; no olía absolutamente nada y su nariz estaba siempre como culo de recién nacido.

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