viernes, 10 de junio de 2011

Los cuentinos de los sentidos. El ciego.

Conozco a un ciego tan pulcro, tan bien trajeado y conjuntado, que parece imposible que lo sea. Nada de extrañar, diréis, lo arreglará su mujer. Pero se da la circunstancia de que vive solo. El hace la comida- es un excelente cocinero- lo que no entiendo es como sabe cuando el huevo está frito. Se afeita ¡con lo difícil que me resulta a mí dejar las patillas a la misma altura!, se limpia los zapatos -¿y como coño distingue el betún negro del marrón?, se viste sin nadie que le diga… el pantalón marengo con la chaqueta azul, la camisa de raya y la corbata roja. Sin embargo él elige y nunca falla.

Lo vi en el restaurante comiendo una parrillada mixta; pescado y marisco. Yo pensaba… este se atraganta con una espina. ¡Y un huevo! Con cuchillo y tenedor las fue apartando, cierto es, que de vez en cuando pasaba la yema de un dedo por encima, y que alguna espina devolvía al plato. ¿Pero quién no? Hata la pinza para el marisco manejaba con maestría inusitada, y no dejó ni gota de carne en las pinzas del bogavante. Eso sí, con la mano mide la distancia a la mesa, coloca el plato, los cubiertos, las copas el vino y el agua, luego se coloca la servilleta y a comer. Jamás ha derramado el vino o el agua, y ni siquiera salpica la servilleta con la sopa.

Cuando va por la calle, cogido del brazo de alguien, con ese bastón que debe de ser milagroso, siempre está al tanto de lo que al otro le pueda suceder; Juan, ten cuidado que ahí falta una baldosa y hay otra suelta. Pepe, el árbol. Y es que conoce a la perfección todos los baches y los impedimentos de su barrio. Milagroso parece también que pueda reconocer la voz de las personas, aunque haga mucho tiempo que no las "ve".

Y dicen que la mujer le dejó - no es ciego de nacimiento- cuando se entró de que irremediablemente perdería la vista. Temía tener que hacer de lazarillo.

Supongo, que esa moza que va por su casa de vez en cuando, le hará la limpieza a fondo -la personal y la casera- pues la pelusilla que tiende a formarse bajo las camas, no creo que la detecte el milagroso bastón.

Esto no es un cuento, es una anécdota, la pura realidad que traigo aquí, porque habrá muchos que ni siquiera les ha dado por pensar en la forma en que se desenvuelven los invidentes. Una realidad que yo empecé a descubrir, cuando me presentaron al ciego.

2 comentarios:

Rubén dijo...

cada día tomo café con un ciego, envidio su perro, y me encanta ese reloj, que le pulsa, y te dice la hora en voz alta.
Es majete el tío.

Alfredo dijo...

Rubén.
Antiguamente los ciegos utilizaban relojes en los que pulsando un resorte, se levantaba la esfera, luego, ponían la yema de los dedos sobre las manecillas para "ver" la hora.
Salu2.