lunes, 6 de junio de 2011

Los cuentinos de los sentidos. El sordo.

De pequeños nos enseñan que los sentidos son; vista, oído, tacto, gusto y olor. Pues bien, no recuerdo ahora, que me dio la pista para escribir unos cuentinos relacionados con el tema. Es posible que el protagonista, haga uso en ocasiones de esos sentidos en forma figurada, es decir; gusto se refiere a papila gustativa, pero quien no ha dicho ¡mucho gusto! y no por eso pensamos que lo cató. Hay otros gustos; ¡Hay Manolo, sigue, que me muero de gusto! Podría decir placer, pero las más de las ocasiones dirá gusto. De semejante modo podíamos hablar de los demás; el tacto es el que aprecia con los dedos, pero hay circunstancias en que no tocamos, pero que hay que tratar con mucho tacto. ¡Oído al parche! ¡Oído cocina! y ni la cocina oye, ni el tambor suena, pero ponen en prevengan para lo que se va a decir.

En fin, tras este pequeño introito, ahí va el primero de los cuentinos que espero tratéis con benevolencia.

El sordo.

Todos decían en aquella familia, que el patriarca estaba sordo, que no se enteraba de nada. Lo cierto era que ellos hacían sus planes, comentaban sus cosas sin preocuparse demasiado de él; ¡cómo no oía bien! Luego le reprochaban… ¡ya comentamos eso el otro día! ¡Pero si hablamos de ello! ¡Tú como siempre; a higos! Y era cierto, lo habían comentado, habían hablado, pero a él, nadie le decía nada.

Tomó una determinación; se fue a la tienda y se compró un aparato para sordos. El más barato. Se lo colocó en la oreja, y sin batería, se dispuso a hacer la prueba. Cuando lo vieron, todos se alegraron.

Las cosas comenzaron a ir mejor; bajaban el volumen de la tele cuando veían aquel programa donde los maricones se jactaban de serlo y hacían proselitismo. Ese, en que una de las colaboradoras, lo era por el mero hecho de haber sido la querida de un torero. Otra, con pocas luces, porque había ganado un concurso, y los demás, que contaban sus miserias, con derecho a opinar sobre gente a la que de poco conocían.
Hablaban bajito cuando escuchaba los telediarios y ya no necesitó subir el volumen hasta el infinito.

A partir de aquél día, empezaron a contar más con él… ¡Papi, que te parece si esto o lo otro! ¡Marido, sabes que…! y se le ponían delante, hablando de frente, vocalizando bien para que no se perdiera una silaba. Algo había cambiado, aquel ¡estás sordo! en plan de reproche por lo que creían un mal solo achacable a su persona, pasó a ser, en virtud del audífono, una desgracia de la que había que compadecerse.

Y es que ya lo decía mi abuelo; una sordera bien administrada, vale un capital.

4 comentarios:

Rubén dijo...

No se si volverme sordo ahora mismo. Yo también puse algo sobre los cinco sentidos, pero en plan cursi-romántico.

Esilleviana dijo...

dejó de hacerse el sordo?
o es que nunca estuvo sordo y siempre escuchó bien?
cual sería la moraleja?
hacer que prestas atención y respondes a lo que los demás preguntan o comentan?
por qué?
porque a veces nos desentendemos de los problemas o las necesidades de los otros?

explícame que pensaste al escribir este cuento.

:)

Alfredo dijo...

Rubén.
¿Ya le estás viendo ventajas al aparatito? No creo que aún tengas necesidad, pero vaticino que en este mundo todo llega.
Salu2.

Alfredo dijo...

Esilleviana.
Creo que es una frase hecha, esa que dice que la sordera bien administrada vale un capital. También dice el refrán, que, a palabras necias, oídos sordos. Ya he dicho en alguna ocasión, que no es lo mismo oír que escuchar. Uno puede parecer sordo, porque no escucha, aunque si oye. Reiterando; yo no presto atención a quien dice tonterías, pero si que lo oigo. El tonto, pensará que estoy sordo, y pasará de mí en ocasiones sucesivas; ¡uno menos que aguantar!
Obrando con malicia, fiados los demás en que oigo mal, hablarán cosas que de otra manera no harían, así puedo- tal vez- sacar provecho.
¿Que nos desentendemos de los demás en muchas ocasiones? Es cierto. Una persona se cae al suelo en una acera -un simple mareo- ¿cuántos apretarán el paso para no verse involucrados? Más de uno. Hay una discusión que acabará en riña, tú, mujer, ¿no le has dicho a tu marido ¡Manolo, no te metas!
Al escribir este cuento, pensé en como ninguneamos a los demás, como el joven, por el mero echo de serlo, se cree superior a quien le dobla la edad, como el viejo, por el mero echo de serlo, cree que tiene razón en todo y a todo tiene derecho. Todos, unos y otros, no se prestan atención, no se escuchan, aunque se oigan. Por eso le puse el aparato, para que su familia le prestara atención, para demostrar que él, quería a su vez, prestarles atención. Escuchar, no solo oír.
Salu2.