viernes, 8 de julio de 2011

El dormidor.

Conocí al hombre más vago de todos los vagos, y que a sus veinticuatro años, no había dado palo al agua como se suele decir. Sus padres, conocidos míos, estaban hasta el moño de aguantarlo en casa, aunque a decir verdad poco tenían que aguantar; se pasaba el día en la cama… con sus respectivas noches.

El motivo de esta vagancia, a decir de su madre, era como consecuencia del abandono de relaciones por parte de su novia, a la que cortejó desde el Kindergarten - cuatro añitos- hasta los diez y nueve. Ella, como casi siempre, se marcho con su mejor amigo.

El médico de cabecera, que fue consultado en repetidas ocasiones, opinaba que probablemente sufriera la picadura de mosca Tse-tse, aunque el chico ni había estado en África, ni tenía los síntomas característicos. El padre por el contrario opinaba, cosa rara, dando en parte la razón a su mujer, en que, o era un a depresión de caballo, o un ataque de vaguitis profunda.

Así que Tadeo, el padre, se dedicó a buscarle un trabajo en consonancia con sus aptitudes, es decir; donde no tuviera que dar golpe. Por mediación de un amigo, lo recomendaron para un trabajo que le vendría como anillo al dedo; probador de colchones.

Don Dimas, poseedor de fábricas en varias provincias, había inventado un colchón extremadamente novedoso; un colchón de guata y muelles de acero, cómodo, con prestancia y elegancia. Adiós a la lana, la borra y a otras cosas menos sutiles que hasta entonces se utilizaban.

Para la promoción del artilugio, se le ocurrió abrir en una de sus tiendas, un escaparate al público, donde un dormidor se pasara las horas de comercio, a la pata la llana, es decir; durmiendo a pierna suelta (Don Dimas no andaba demasiado bien con esto de las locuciones adverbiales) ¿Y quien mejor que nuestro vago profesional? Nadie.

Así, que Miguel, que así se llamaba el joven, se levantaba por la mañana y una vez aseado y desayunado, se dirigía al trabajo. Un pijama para cada día; blanco con rayas verdes o verde con rayas blancas - que uno nunca sabe en que estriba la diferencia- para los lunes, idem con las rojas para los martes y así sucesivamente- abarcando los colores básicos- hasta el sábado. El domingo era día de descanso.

Nuestro dormidor se pasaba tras el escaparate sus ocho horas reglamentarias, haciendo el alto de medio día para un leve refrigerio. Tampoco era cuestión de atiborrarse con la comida, no fuera que en la siesta tuviera pesadillas.

Aquel empleo fue fructífero para ambos; patrón y asalariado. El frente del escaparate estaba siempre atiborrado de espectadores que solamente veían a un tipo en la cama. Algunos entraban en la tienda, y ya se sabe, el que entra, es difícil que salga sin comprar. Pero esto solamente duró un par de años, tres a lo sumo. Luego la novedad dejó de serlo, y las aglomeraciones dieron paso a una soledad decepcionante.

Don Dimas, preocupado por el bajón de ventas, se estrujaba la mollera en como sacar partido de aquella situación que cada día iba a peor. Pensó en hacer un concurso; instalaría una habitación aneja, separada por un leve tabique de cartón piedra y meter un rival del dormidor para que los futuros clientes apostaran por cual dormía más y mejor. El premio, un colchón.

Los candidatos opositores, fueron pasando sin pena ni gloria, pues el que más aguantó no llegó a dos semanas. Pero hete aquí, como se suele decir, que se presentó un rival de armas tomar, era de oficio natural sereno. Y los curiosos volvieron al escaparate.

El sereno parecía que lo tenía fácil; toda la noche en vela y el día para dormir.

Las apuestas de los neófitos daban como ganador al sereno, pero los más duchos en el arte observatorio del escaparate, sabían a quien se enfrentaba el abre puertas nocturno.

Miguel, ni se inmutó. Continuó con "su plan de trabajo" y lo realizaba a conciencia. El sereno aguantó el tirón un par de meses, luego, la responsabilidad, los ronquidos de Miguel y su fortaleza lo empezaron a desvelar. Se hacía el dormido, pero el nerviosismo le hacía dar demasiadas vueltas en la cama. Para colmo de males, el sereno empezó a flaquear en el servicio; se quedaba dormido apoyado en el quicio de cualquier portal y los noctámbulos, que pedían con sus palmadas les abriese la puerta, dieron queja de él. Al final y tras cuatro meses de sufrimiento, el sereno perdió el trabajo, perdió las apuestas y tuvo que ser ingresado en el manicomio.

Miguel comprendió que aquello no era vivir, y que había llevado a un hombre a la locura con su vagancia. Se dedicó a la papiroflexia- trabajo descansado pero bueno para la mente y los dedos- y se pasaba muchas horas con el sereno haciendo figuritas complicadas.

Como todo cuento amable, el sereno Joaquín, sanó, y juntos montaron un negocio de papelería auspiciados por don Dimas, que además, les patrocinó un programa en la naciente televisión, donde enseñaban a los niños el noble arte del Origami importado del Japón.

6 comentarios:

Rubén dijo...

Para mi que llevo levantado desde las 4:30, es una tentación esta entrada, y aunque son todavía las 20:30, creo que me voy a dormir.

rubo dijo...

Pues este relato no me causa sueño en absoluto, me ha gustado.

jose luis dijo...

Me alegro que tu imaginación y facilidad con la palabra salgan del letargo y dejes de ser el dormilón del colchón. Bravo.

Alfredo dijo...

Rubén.
Suerte tienes el poder dormir a esa hora, yo aunque me levante temprano, me duermo a la de siempre.
Salu2

Alfredo dijo...

rubo.
Gracias rubo, no es gran cosa, pero la imaginación da lo que da.
Salu2.

Alfredo dijo...

Jose Luis.
Gracias por lo de la imaginación y la facilidad de la palabra, pero yo no soy el dormidor. Más bien duermo poco.
Salu2.