lunes, 18 de julio de 2011

La rata topo.

Después de treinta años de matrimonio, aquella pareja parecía que se iba al garete. Los hijos habían volado del nido y ellos, dado el exceso de confianza y la falta de testigos, se hablaban demasiado alto. Cualquier cosa daba paso a un reproche y andaban casi siempre enfurruñados. Lo sé de buena tinta; yo era uno de los dos.

Quiso el azar, que me topara con un compañero de trabajo, a punto de entrar para hacer una apuesta a primitiva, bonoloto, o como quiera que se llame, pues yo jamás he jugado y ni idea tengo. Por no ser menos arrimé un billete de 10 euros y me llevé el papelito con los números que la maquina tuvo a bien marcar.

Una semana después de aquello, estaba el pueblo revolucionado; habían tocado una exageración de millones, y el dueño del boleto no aparecía. Corrí a la mesilla de noche con la esperanza de que fueran mis números, aquellos que ni siquiera por curiosidad, había echado un vistazo.

Soy hombre nervioso, pero me curé casi para siempre. Una paz inusitada, un relajamiento de músculos, me invadió. Fue una catarsis en todo el sentido de la palabra. Los números premiados, eran los míos.

Se lo dije a mi mujer, que en un momento y tras varios saltos y gritos, se gastó -imaginariamente- la mitad del premio.

- Hay que trazar un plan. De momento ni siquiera a tus hijos se lo comentarás. Llevaré el boleto al banco en la ciudad, continuaré con el trabajo, tú no gastarás ni cinco céntimos más de lo habitual y no te saldrás de la rutina ni en la carne ni el pescado… todo ha de seguir exactamente igual, hasta que decidamos que queremos hacer.

Pero, a pesar de mi perorata y aquél acuerdo, algo iba a cambiar radicalmente.

Yo soy hombre de ducha diaria y solamente los sábados me sumerjo en la bañera. Cosa rara fue que mi mujer decidiera secarse el pelo en aquél cuarto de baño, cuando lo usual era que lo hiciera en el de la planta baja. Observaba su maestría con el secador y el cepillo, cuando de pronto, el artilugio se le cayó de las manos y fue a parar a la bañera.
- ¡María! grite con pavor. A dios gracias que con el peso, se tensó el cordón y se salió del enchufe. Eso me salvó de morir electrocutado.

Le daba mil vueltas en la cabeza al suceso, y llegué a una conclusión; ¡esto no ha sido fortuito, esta bruja me quiere matar! Así, que me puse en guardia. A partir de aquél día, el vino dejó de entrar en botellas de tres cuartos- ella tomaba agua- y con la disculpa de que se avinagraba, compraba medias botellas. Así no quedaban restos donde era fácil echar un veneno. Inspeccionaba, no obstante el precinto, por si tuviera alguna marca que indicara que con una jeringa pudiera ser introducido, y como quiera que bajo el fregadero encontré una caja de matarratas, en rápido movimiento, cambiaba mi el plato por el suyo sin que se diese cuenta.

Es cierto que en el jardín habían aparecido los clásicos agujeros de la rata topo, y que tal vez el veneno a ellas iba destinado, pero mi obsesión era grande. No veía yo, que en caso de envenenamiento, todo era demasiado obvio, ella sería la culpable y la cárcel su destino. Pero no era menos cierto, que el mío sería peor; la tumba.

Algunas cosas más vinieron a corroborar la idea de que quería mi muerte. Tras la comida suelo quedarme amodorrado viendo las noticias en la tele, pero sin perder del todo el oído, pues si se apaga el aparato, despierto de inmediato. Debía estar soñando con algo desagradable, pues un olor fétido llegaba a mi nariz; efectos del sueño, pensé. Rebuscaré en mi mente cosas más agradables. Pero lo que a mi cabeza llegó, fue aquella ocasión en que la familia de un compañero, casi se mueren por los efectos de un defecto en el calentador del gas. De inmediato dí un brinco con los ojos abiertos como platos y corrí a inspeccionar la cocina. Abrí las ventanas para que se estableciera corriente de aire y entonces me percaté de que en la pantalla del televisor, había pegada una nota; estoy en casa de Merche. La cocina estaba apagada y los botones en su sitio, pero yo seguía con el tufo en la nariz. Siguiendo el rastro llegué al calentador; la bombona abierta y el piloto apagado. ¡Por allí salía la muerte!

Podía ser una casualidad, pero, ¡a las tres de la tarde a casa de Merche, y tan lejos! ¿Y con la tele encendida?

Aquel día comimos lentejas -no están un poco saladas- pregunté inocentemente. Será el jamón que les he puesto- respondió, y se comió enterito el plato que mi iba destinado. Antes de dos horas se puso a la muerte con vómitos de sangre y estado de shock. La llevé a urgencias a toda prisa y le conté al médico mis sospechas. Tras una semana en el hospital, varias transfusiones y continuo tratamiento, murió.

Le conté absolutamente todo a la policía, que me dio el pésame y me dejó libre de culpa. Pero, ¿era en realidad inocente?

2 comentarios:

rubo dijo...

Por algo dicen que el dinero destroza a las familias... Saludos.

Alfredo dijo...

rubo.
Es que recibir tanto de golpe, ha de ser traumático. ¡Con las ganas que tengo yo de tener un trauma de esos!
Salu2.