martes, 22 de noviembre de 2011

¡Por si acaso!



Fui el segundo de tres hermanos. Jacinto, el primero, fue buscado con ahínco por mis padres; como primogénito, debía de ser el heredero de unas posesiones, que generación tras generación habían pasado de unos a otros, con menoscabo para los demás hermanos.

Y yo, el segundo, fui un mero accidente nacido diez meses después de Jacinto. Mi madre, en la creencia cuasi ancestral, de que la mujer que amanta no queda preñada, cometió el error de no tomar las debidas precauciones. Tampoco mi padre, que como todos los hombres por aquel entonces, se dedicaba a lo suyo sin pensar jamás en los resultados.

Así, mi madre pudo amamantar a Jacinto hasta que tuvo tres años. La leche que a mi me negó, la tomó él, que creció alto, fuerte y rollizo. Por el contrario, a mi me dejaron en manos de una joven ama de cría de diez y seis años que había perdido el hijo en un mal parto. Su leche debía de ser rala, o quizá el día en que me concibieron, mi padre había bebido más de la cuenta. Lo cierto es que al contrario que la familia de mi padre, yo era un niño menudito, casi escuálido, y a decir de todos, idéntico a mi abuela materna.

Jacinto no fue a la escuela. Cuando tuvo edad se encargó de él un ayo llamado Sebastián. Uno o dos años más tarde, a mi me mandaron a la escuela del pueblo, pues siendo solamente diez meses menor, pensaron que distraería a Jacinto y lo atrasaría en sus estudios. Sin embargo, yo leía de corrido a los cinco mientras él se atrancaba a los seis. Aprendí la tabla de multiplicar hasta el quince, cuando él a duras penas pasaba de la del seis.

Pero el desamor y la dejadez en que me tenían eran notorios. Ya desde que aprendí a andar, me fui dando cuenta del rechazo por parte de mi padre, al que apodaban "el patrón", y el mínimo interés que causaba en mi madre. Es duro decirlo, pero mi ama de cría fue más madre que la propia.

Las perrerías de aquel hermano abusón, no tenían cuento, cargándome siempre con las culpas de las trastadas que hacía. Yo procuraba rehuirlo siempre que podía y la mayor parte del tiempo que tenía libre, lo pasaba con Juana, mi ama de cría, parienta lejana de mi madre, y que se había quedado en la casa como ayudanta de cocina.

Juana, a pesar de la violación de que fuera objeto por parte de un familiar, y de la subsiguiente pérdida del niño, era alegre, cantarina, animosa y me quería con locura. Posiblemente yo fui su terapia.

A punto de cumplir los siete, mi madre dio a luz nuevamente. Esperaban y deseaban que fuera una niña, pero a pesar de que durante el embarazo todos aseguraban, viendo el vientre picudo de la embarazada, que sería niña, fue niño. Benjamín lo llamaron y al contrario que mi otro hermano, era dulce y cariñoso. Ya tenía yo un compañero de juegos, aunque poco me había de durar; a los tres años, el tifus se lo llevó.

Poco después de cumplir los once años, Juana me bañaba. Arrodillada junto a la bañera restregaba mis rodillas mientras yo no dejaba de prestar atención al movimiento de aquellos senos blancos que entreveía por el escote. No sabía lo que era el deseo, pero algo bullía en mi mente, algo que hizo que la flacidez de la carne diera paso a una rigidez nunca sentida por mi. Sin saber el motivo, tuve vergüenza y traté de taparme con mis manos, pero ella, dulcemente, me besó en la boca y alivió mi tensión. A partir de aquél día, me levantaba en la noche, bajaba a oscuras a la cocina y allí, en aquel cuartito suyo, ubicado justo al lado, aprendimos a hacer el amor.

Mi madre, callada y observadora, debió darse cuenta de que algo sucedía entre nosotros, algo muy distinto a lo acontecido durante aquellos once años. Mujer contradictoria en su forma de pensar, que se vendaba los pechos sujetando la llave del portalón entre los dos omóplatos, en la creencia de que esa maniobra cortaba la leche cuando consideraba que la lactancia había llegado a su fin, permitía una relación de adulto con un niño sin decir palabra. Es más, parecía de su agrado, pues Juana fue ascendida a doncella, le asignó un coqueto cuarto en la buhardilla y más tarde la tomó como dama de compañía. La enseñó a bordar, afición que cultivaba, y hacía que le leyera folletines que mi padre le traía de sus viajes.

A los catorce, mi padre pensó que ya era hora de que empezara a ganarme el sustento y me encomendó el cuidado de las caballerizas. El primogénito por el contrario, era su sombra; mercados, tratos con los colonos y los bancos, compra de aperos, vigilancia de los braceros… en fin, todo lo relacionado con el buen gobierno de la heredad.

Más mi hermano era un papamoscas y tarambana, imposible hacer carrera de él. Mi padre, cabreado, le repetía mil veces como había de hacer las cosas, hasta que un día explotó:

- ¡Eres más tonto que Casimiro! que compra las manzanas a cinco y las vende en el mercado a tres, presumiendo luego de ser el que primero agota la mercancía. Tienes que entender que si vendes por necesidad, la mercancía tendrá un precio más bajo que cuando es el comprador el que lo hace por obligación. Así que las transacciones comerciales, pasaron a mí "haber" porque "sabía de cuentas".

Cuando cumplí diez y ocho, me regaló un potro, y yo aproveché la ocasión para decirle…

- Gracias por el potro, padre, pero quisiera marcharme… con su permiso, claro. Pienso casarme más adelante y he de mirar por mi futuro.

- Cuando tengas veintiuno podrás hacerlo.

Aquella corta conversación me sirvió de mucho; aquél mes me entregó un sobre con dinero y así el siguiente y el siguiente. ¡Ya tenía un sueldo! Pero tampoco esto había de durar. Un día, el caballo que montaba mi padre habitualmente, volvió a casa cojeando y sin jinete. Rápidamente salimos los dos en su busca hallándolo semiinconsciente en el suelo; el caballo había hundido la pata en la madriguera de un melandro.

El patrón, viéndose morir allí mismo, nos dijo:

- El testamento que tengo hecho, no es válido: os repartiréis la hacienda a partes iguales cuando tu madre fallezca. ¿Has entendido bien, Jacinto?

- Lo que usted ordene, padre.

Y nuestro padre llegó a casa sobre un caballo, muerto. ¡Maldita suerte la mía! Ahora que comenzábamos a congeniar un poco. Durante el camino de vuelta, Jacinto me miraba de reojo. Yo tenía la certeza, solo por aquella aviesa mirada, que mi hermano no iba a cumplir lo que prometiera.

Leído el testamento, Jacinto no abrió boca, sino para decirme que era libre de marcharme con mi amante. Pero no era necesario que tuviera prisa, con que lo hiciera al día siguiente, bastaba.

Rápidamente urdí un plan. Esperé la noche, lo atraje con engaño hacia las caballerizas y allí, mientras estaba agachado revisando la pata de su caballo, le puse un paño con cloroformo tapando nariz y boca. Luego, le coloque un arnés y lo levanté mediante una polea hasta dejarlo suspendido. Amarré una soga con nudo corredizo a su cuello y esperé a que despertara.

Abrió los ojos y se encontró raro; tenía la boca tapada, las manos atadas a la espalda y lo veía todo desde un plano superior.

- Jacinto ¿estás bien despierto? es importante que lo estés, de ello depende tu vida. Te explicare; pendes de dos cuerdas, una de ellas es la que te mantiene por medio de un arnés. Te la voy a quitar, pero tienes que apoyar tus pies sobre el taburete que tienes debajo, si no lo hicieras, la otra soga, la que tienes al cuello, te ahorcaría. ¿Has comprendido? Apoyas los pies en el taburete, eso es, yo te quito el arnés… ya está. Ahora si el taburete se cae, tu te ahorcas, luego yo retiro las cuerda que te ata las manos y la mordaza… y todos pensarán que te suicidaste. ¿Qué te parece la jugada? Para que yo no de una patada a la silla, te diré lo que has de hacer; firmarás este documento reconociendo lo que nuestro padre nos dijo y reconociendo también, que maldita la intención que tenías de cumplir su última voluntad. Así mismo, si algo extraño con resultado de muerte, nos ocurriese a Juana o a mí, tú serías el responsable. ¿De acuerdo?

- ¿Estás listo para firmar?

Movió afirmativamente, pero con mucho cuidado, la cabeza. Entonces le envié otra andanada…

A partir de este momento, tú te dedicarás a la buena vida, recorrerás el mundo si te apetece, vivirás en hoteles y podrás venir aquí de vacaciones, eres dueño de la mitad ¡faltaría más! Yo te daré dinero suficiente, pero aquí mando yo.

Cuando cumplí los veinticuatro, me case con Juana aún a sabiendas de que no podía tener hijos. Por este motivo y dada la diferencia de edad, ella era reacia ¿quién continuaría el apellido familiar? Pero entonces apareció Jacinto. Se había casado con una corista de tercera fila y traía consigo su primer vástago. Estaba completamente cambiado; alegre, reposado, trabajador… y me pidió si podían quedarse en casa. Sin problema.

Aunque el mismo día en que me firmó aquel documento, yo lo había quemado, Jacinto nada sabía, ni pensaba decírselo. ¡Por si acaso!

6 comentarios:

rubo dijo...

El hombre fue precavido, prudente, y generoso al final. Una historia a lo "Amarcord", con aprendizaje, amor, sexo, un poco de todo... en definitiva, la vida misma.
Salu2.

Ruben dijo...

Sin duda, hoy me ha gustado mucho el cuento, es de los que más me gustan.

OZNA-OZNA dijo...

bella y profunda historia nos regalas querido y admirado amigo, cuajada de amor y bajas pasiones. Besinos de esta amiga admiradora y agradecida por hacernos participes de ella.

jose luis dijo...

Bien coño bien, menos mal que te vuelve la inspiración y nos deleitas con tus bonitas historias.

Alfredo dijo...

rubo.
¡Es que en este mundo ya está casi todo inventado!
Salu2.

Alfredo dijo...

Rubén.
OZNA-OZNA.
jose luis.
Encantado de que os haya gustado.
Salu2.