sábado, 10 de diciembre de 2011

Los pechos de la Katy.

Aquel no era el primer congreso para mí, pero si para algunos de mis compañeros. Los hay que piensan, que por estar lejos de la vigilancia de sus mujeres, pueden quebrantar impunemente el principio de fidelidad mutua, y tal parece una idea grabada en el subconsciente.

Finalizado el trabajo del día, decidimos tomar unas cañas antes de ir a cenar. He dicho finalizado el trabajo, pero es bien cierto que durante las cañas, e incluso en la cena, continuamos con el tema. ¡Así son estas cosas!

Uno de mis compañeros, buen mozo él, como de veintiséis, que a mí me parecía guapo e interesante gracias a las canas que peinaba a pesar de su juventud, me apartó un poco de los demás y me pidió "que ya que yo era veterano, le llevara a tomar una copa a algún sitio de alterne".

- Ten en cuenta que si haces una invitación, la copa por la que a ti te van a cobrar veinte duros, será el doble para ella… y las hay que trasiegan de lo lindo.

Entramos en un pequeño local no muy lejos del hotel. Tras la barra, tres mujeres de generosos escotes y bastante apretadas, con edades en torno a los treinta, aunque la penumbra podía engañar. Los clientes, más bien escasos; uno que parecía habitual, jugaba sobre la barra a los dados con dos de ellas, mientras la otra daba palique a dos jóvenes.

- ¿Que vais a tomar, guaperas?

- Un poco de respeto, cariño, que eso de guaperas no suena muy bien.

- Perdona, hijo, que lo he dicho en plan afectivo.

- Vale, disculpada. Pon dos cubatas de ron.

- ¿Y no invitaréis a una copa?

- Para la siguiente ronda, guapa, que primero hay que ver como se porta el personal.

En estas estábamos, cuando la que atendía a los mozos salió disparada hacia la puerta que debía de comunicar con la cocina. Cuando volvió, uno de aquellos jóvenes, algo tomado, comenzó a increpar a la muchacha.

- ¡Oye puta! ya nos has hecho tomar cuatro whiskys, y no pienses que no me he dado cuenta de lo que haces; tu bebida la vas a escupir al fregadero. Nos has sacado un montón de pasta y ni siquiera te has dejado tocar una teta. ¡Ven acá, que me voy a cobrar!

Tratando de agarrarla por el cuello, se aupaba sobre el mostrador estirando el brazo, entonces, decidí intervenir.

- Oye chico, si aceptaste el trato de tomar e invitar, cumple con el. No creo que ella se haya comprometido a otra cosa.

- Usted se calla, que nadie le dio vela en este asunto.

-Te lo digo por tu bien, si no quieres dormir en un cuarto pequeño, oscuro y con una puerta de barrotes, haz el favor de marcharte.

Yo había dado un paso atrás, encarándole y echando la mano derecha hacia la espalda por debajo de la chaqueta, lo que interpretó clara, pero erróneamente; ¡estos tipos son de la bofia, y va a sacar las esposas o la pistola!

- ¡Pero que morro tienes, se tragó que eras de la poli! ¡Anda que si no se achica, menudo lío tenemos!

- Oye muchacha, te voy a dar un par de consejos; primero, esto no parece lo tuyo, mejor es que lo dejes. Segundo, si el alcohol te sienta mal, toma té, es mejor ganar un poco menos y no tratar de engañar a nadie, y tercero, si tanto lo necesitas, procura tirar la copa con más disimulo.

- La casa invita, dijo la encargada.

A pesar de la invitación, pagamos nuestros cubatas y nos marchamos, el horno no estaba para bollos.


Volvimos al día siguiente, Porriño, mi amigo, estaba obsesionado con aquella chica que parecía un tanto remilgada. Solamente estaban tras la barra, la encargada y "la Katy". El "habitual", como el día anterior, le daba al cubilete. Pedimos nuestras bebidas e invitamos a las mujeres, luego, le dije a la encargada, "la Loren" que continuará con la partida mientras yo los veía jugar. Pero la estratagema para dejar solos a aquellos dos pipiolos, no iba a dar resultado; no habían transcurrido ni cinco minutos, cuando la Katy protestaba quejosa…

- ¡No, te he dicho que no quiero! ¡Tienes la mano muy larga tú!

- Porriño, trata con suavidad a la dama, coño. A las mujeres no hay que avasallarlas y menos ponerles esa cara de deseo; parece que se te van a saltar los ojos de las órbitas.

Y ella confió en mí, me dirigió una sonrisa que devolví acercándome…

- A una mujer, hay que hablarle dulcemente, ponerle las manos con delicadeza en cuello, acariciarle los lóbulos, bajar los pulgares con un suave masaje por la garganta, acariciar estos hombros desnudos, introducir las manos extendidas en las axilas, bajar bordeando el pecho y así sus senos quedarán en las palmas de las manos, libres del sujetador. Mira que bonita forma, que blancura… y esos pezones de canela. Observa como el botón se yergue y endurece, como la respiración se ve agitando movida por el deseo…

-¡Katy, estás tonta o que! ¡Sal de tu ensueño!, le gritó la Loren.

- Tranquila Lorenza, que tan solo era una demostración.

- ¡No soy Lorenza, que me llamo Lorena! respondió de mala uva.

- Perdona. Oye Katy, ayer te dije que no servías para esto; eres demasiado sensual y no tienes malicia. Supongo que no llevas mucho tiempo en este trabajo y me alegraré si lo dejas antes de que te veas en problemas serios. Te voy a dar una tarjeta para que vayas a ver a este hombre de mi parte. Yo hablaré con él mañana, y ten en cuenta, que siempre será mejor fregar portales, a estar al descorche en un bar de mala muerte.

Y Katy comenzó a trabajar para el Ayuntamiento conduciendo una furgoneta. En ella llevaba sus aperos de limpieza con los que eliminaba pegatinas y pintadas de marquesinas, bancos y papeleras.

Durante quince años no supe nada de ella, pero un día, a la salida de una reunión, los periodistas me acribillaban a preguntas cuando uno de ellos me dijo…

- Soy Marco, el hijo de Katy, ¿podría hablar en privado con usted?

Y la figura de Katy se vino a mi mente, y me fui con su hijo a verla a su casa y me llevé una sorpresa.

- Quería darle las gracias por lo que hizo por nosotros. Gracias al trabajo que le proporcionó a mi madre, tanto mi hermana como yo hemos podido estudiar, pero lo más importante es que la sacó del pozo en que se metió cuando nuestro padre nos abandonó.


- Te hubiera reconocido en cualquier sitio Katy, mentí.

- No lo creo Cándido, de aquellos pechos que tuviste en tus manos, hoy no quedan más que unos costurones quemados por la químio y las radiaciones. Parezco un cadáver andante, pero estoy luchando y quiero ganar la batalla. Gracias por lo que hiciste por nosotros.

- No hice nada del otro mundo, y quiero que cuando vuelvas a tener unos pechos tuyos, como aquellos de entonces, me llames para contemplarlos.

4 comentarios:

Rubén dijo...

Nunca he tenido valor para entrar en uno de esos sitios, y cuando una vez llevé una despedida de soltero en el bus, y entré, estaba más acojonado que un gato en un a perrera, pero sin duda, es más acojonante ese cáncer que consume la vida poco a poco, es el antítesis de un infarto.

rubo dijo...

En un momento puede dar la vuelta la tortilla y lo que ayer fue piel firme y pecho lozano es carne enferma y podredumbre. Demasiadas veces nos quedamos con la belleza exterior y la apariencia que son, precisamente, lo más efímero que existe.
Saludos.

Alfredo dijo...

Rubén.
Tengo un par de conocidos, que por su trabajo, se ven obligados en numerosas ocasiones, una vez finalizadas las comidas, a acudir a sitios en los que no quisieran entrar, pero el negocio es el negocio y hay que dar a la clientela aquello que demanda. De ahí nace este cuento, que yo he trasladado a tiempos donde el alterne parecía una cosa algo más amable y que hemos visto en numerosas películas.
De ese alterne - y no quiero decir con ello que lo haya frecuentado- recuerdo la sala Pasapoga de Madrid, a donde una vez me llevaron allá por los años setenta. Ni punto de comparación con los puticlub que de ver en cuando aparecen en las noticias, casi siempre como consecuencia de redadas.
Rubén, una copa se puede tomar en cualquier sitio, otra cosa es que te dejes liar, lo que vendría significar, que la carne es demasiado débil.
Salu2.

Alfredo dijo...

rubo.
Cierto es, que la belleza es efímera, pero hay un dicho que así reza: el que tuvo, retuvo. Y es que, pasados los años, si además de otras cualidades no tan efímeras se conserva el buen tipo y la cara agradable, tanto mejor.
Salu2.