domingo, 4 de diciembre de 2011

Mi Mercedes.

Voy a contaros un caso, anécdota si se quiere, que me sucedió no hace mucho tiempo y para el que es necesario hacer un preámbulo.

Me nacieron en la bella isla de Cuba, cerca de la calle Obispo, y digo me nacieron, porque mis padres no hicieron como mis abuelos, que solían traer a parir a sus mujeres a España, la tierra donde ellos habían nacido. No ocurrió esto por escasez de medios, mi madre era dueña por herencia de varias casas, una serrería y algún otro negocio relacionado con la caña, que ya habían sido boyantes con los difuntos abuelos mucho antes de Batista. Mi padre, más humilde en la herencia que un tío suyo le dejara, solamente era el dueño de un pequeño cinematógrafo llamado "Capri", que estaba tras el Capitolio, y un coche Mercedes de color rojo vino con asientos de cuero de tinte marfileño. Como ya digo, no fue por escasez de recursos, fue porque mi madre, pragmática en casi todos sus actos, así lo quiso.

Mis abuelos paternos, que aún vivían, habían tratado de ayudar a sus hijos y de casarlos lo mejor posible, cosa que les estaba resultando difícil con mi padre. Era este un tanto pusilánime, a decir de mi madre a la que anduvo cortejando durante siete años, hasta que ella, cumplidos los treinta y seis le dijo;

- Diego, me voy a casar contigo, pero has de tener en cuenta que aquí mando yo.

Y mi padre se pasaba las horas en la cabina de proyección, desatendiendo otros menesteres y haciendo la competencia a su propio empleado. Cuando llegaba la zafra me llevaba en coche hasta los campos o íbamos hasta la serrería, hablaba con los encargados y poco más. Ellos eran los que rendían cuentas en casa a mi madre todos los meses.

A punto de cumplir los catorce, y dado el pánico de mi madre a la revolución de Castro, se malvendieron los negocios o dejaron en manos de familiares que a la postre acabaron por arruinarlos, culpando al nuevo régimen de haberlos expropiado. Con todos los dólares que pudieron y algunas joyas escondidas en el moño de mi madre, Salimos rumbo a España a mediados de diciembre del 59.

Lo que allí fue un gran patrimonio, aquí no lo fue tanto, así que, mi madre manejo el dinero férreamente ante la imposibilidad por parte de mi padre de encontrar un trabajo estable; acomodador esporádico y proyeccionista ocasional en algún cine, y nada más.

Comencé a trabajar apenas cumplidos los diez y ocho gracias a una recomendación y a un título que me saqué por correspondencia de técnico en electrónica, hasta que un expediente de regulación me prejubiló. Para entonces mis padres habían muerto añorando volver a Cuba y desenterrar el dinero que allí dejaran. Yo conozco el sitio, pero aún no es tiempo de ir a buscarlo.

Jamás he tenido coche, y siempre he dicho que cuando lo tenga, ha de ser un Mercedes como el que mi tío abuelo le regaló a mi padre y que se quedó en la isla.

Así, que casado ya, con hijos mozos, y algún dinero en el banco, juzgué llegada la hora de cumplir mi deseo. Me fui al concesionario en la confianza de que aquél mismo día saldría a la calle en mi flamante auto. ¡Craso error! Debía esperar al menos seis meses para conseguirlo. Opté entonces en ir a buscarlo a Alemania, donde según me aseguraron, no había plazo de entrega.

Me instalé en un hotel sin saber ni una palabra de alemán, bueno, ni de inglés o francés, pero en la seguridad que el dinero que llevaba, me abriría cualquier puerta. ¡Ya se las arreglaría el vendedor para hacer negocio!

Y el vendedor se las arregló. Mientras me invitaba a café, mandó llamar a un empleado del taller que era español, al menos de nacimiento, pues del idioma, bien poco recordaba. Pero gracias a él pude hacer comprender a aquel hombre que era lo que yo buscaba. Me enseñó los distintos modelos y sus precios, también de los usados, pues nunca se puede desaprovechar una oportunidad. De los de segunda mano, no me interesó ninguno; eran casi todos de tipo familiar y no me gustan. De los nuevos, no me satisfacían los colores, así que quedé emplazado para el día siguiente, tenía interés en que viera uno de un amigo suyo.

A la hora acordada pasé por el concesionario. El vendedor me esperaba a la puerta y tras el saludo de rigor, nos encaminamos a una calle transversal. Allí, al borde de la acera había un flamante CDI 320 verde esmeralda y un hombre que por la pinta me pareció turco. 45000 Km, navegador, techo solar, llantas de aluminio… y tapizado en cuero blanco polar. ¡Era mi coche! Me enseñó el libro de las revisiones, la garantía por dos años para cualquier parte del mundo, y abriendo la portezuela, levantó el capó para que pudiera ver el motor. Lo puso en marcha y me invitó a subir. El turco se puso al volante y fuimos a dar una vuelta. Quedamos de acuerdo. Al día siguiente él me daría la documentación y yo el dinero acordado.

El auto, recién lavado, relucía cuando me hice cargo de él, y hasta el turco, que parecía emocionado al desprenderse de aquella joya, le pasó una gamuza por el salpicadero, volante y a manecillas de las puertas. Con mi auto y mi navegador salí de la ciudad lleno de emoción. Tras un recorrido no muy largo, y ya en autopista decidí repostar al máximo para no hacer demasiadas paradas y comer algo en una estación de servicio. Aboné la cuenta al tipo que hablaba por teléfono, dejé el vehículo en el aparcamiento y volvía entrar para sacar de una máquina un par de sándwich, un bote de cola y una botella de agua. Pagué el nuevo servicio a aquél hombre que parecía algo receloso, hasta el punto en que pensé si él no creería que le había robado algo. Así, que despacito me fui al coche levanté el portón del maletero para sentarme y allí mismo comencé a comerme mis emparedados.

Un coche de la policía entró en la gasolinera y uno de los dos agentes se fue a hablar con el empleado. Dejé de prestarles atención y me dediqué a lo mío; engullir para salir pitando hacia casa.

- Guten morgen- dijeron a mis espaldas en un momento en que me volví hacia el maletero para tomar un trago de cola que allí tenía depositada.

- Guten morgen, agent, respondí.

- Dokumentation, bite.

Hasta el momento todo iba bien, yo entendía esas palabras elementales, y supuse rutinario el trámite. Alargué los carnets de identidad y conducir, y fui a la guantera a por la carpeta con el resto. Empecé a ponerme tenso, cuando al darme la vuelta, halle al poli detrás con la mano en la pistola, aunque sin sacarla de su funda. ¿Pensará este tipo que voy a sacar un arma?

El agente miró los papeles, transmitió algo por su radio y continuó revisando. Mientras, el segundo agente colocó estratégicamente su vehículo para dificultar mi salida en caso de fuga. Así mismo, otro vehiculo policial hizo aparición colocándose en la salida hacia la autopista.

- Danke, nehmen sie. Dijo alargándome de nuevo la documentación. ¡Menos mal!, pensé dando por finalizado el incidente. Pero apenas si había posado mis manos sobre la carpeta, cuando sentí un grillete colocarse en mi muñeca. Me colocó el brazo a la espalda, y en un abrir y cerrar de ojos, estaba esposado y los papeles por el suelo.

Me metieron en el coche patrulla y de ahí a la comisaría donde tras el cacheo pertinente, me encerraron en un calabozo.

Tenía claro que se trataba de un error, sin duda el la gasolinera me había confundido con algún truhán. Pasaron tres largas horas hasta que me condujeron a un despacho. Dos policías me interrogaban y yo sin comprender respondía invariablemente…

- Ich bin Spanisch, nicht Deutsch sprechen.

Otra vez al calabozo hasta que consiguieron un intérprete. Cuando se presentó, comenzaron de nuevo las preguntas a las que yo no podía responder. El traductor acabó dicéndome que creían que había robado el coche, y ese vehículo, había participado en el atraco de la gasolinera. Había aún más; en el apoyabrazos del asiento trasero, donde se coloca el botiquín, habían encontrado una pistola a la que estaban haciendo la prueba de balística. Relaté a aquel hombre con pelos y señales todo cuanto había hecho desde que cuatro días antes saliera de España. Buscaron a Pietterman, el vendedor, y al mecánico que me ayudó el primer día, los cuales reconocieron haber tratado conmigo para la compra de un auto, pero que esta venta jamás se había llevado a efecto. Al turco, decían no conocerlo ninguno de ellos y nada sabían tampoco, de la transacción efectuada en la puñetera calle.

Todo se puso más negro al día siguiente; la prueba de balística dio como resultado la implicación del arma en un asesinato. Pero había más. El cargador del arma estaba trucado y en vez de balas, contenía un pequeño sobre con un par de docenas de diamantes.

Me iban a acusar de ser cómplice del asesinato, robo de los diamantes y vehiculo del difunto, así como el atraco perpetrado para disponer de efectivo. Yo sería el encargado de hacer llegar la mercancía y el arma a España y solamente faltaba conocer el papel que verdaderamente jugaba; si cabecilla del grupo, o simple colaborador.

Estaba solo, en país extranjero y con un pancho que más parecía panchón gallego por lo enorme. ¡Había que buscar la solución a aquel embrollo cuanto antes! Y me pase la noche recapitulando, hasta que la luz se hizo en mi mente por un breve resquicio.

Tenía el billete de avión, la reserva del hotel hecha desde España, el justificante del dinero traído, lo que aproximadamente había gastado, la carencia de antecedentes, la falta de huellas en el arma… el empleado de la estación de servicio, no me podía reconocer, según la grabación, los atracadores llevaban pasamontañas, pero el coche coincidía con la denuncia presentada y para más inri, el estúpido del turco y su compinche no habían cambiado las matrículas. La documentación estaba falseada, pero sin conocer el idioma, era normal que no me hubiese enterado. Pros y contras, pero me guardaba el tres en la manga ¡quiera dios que el turco no me lo coma con el as!

Llamé a mis interrogadores para hacerles la siguiente pregunta;

- ¿Es cierto, que el señor Pitterman asegura no conocer el coche?

- Ja.

- Por lo tanto, no ha puesto sus manos sobre él…

- Ja.

- Pues yo le aseguro que miente. Verifiquen las huellas de la manilla que abre el capó.

La luz se hizo, pero tuve que volver a España en avión. El dinero que me birlaron tardé un par de años en recuperarlo, aunque me pagaron unas cortas vacaciones cuando asistí al juicio.

No tengo coche... y he decidido no tenerlo.

1 comentario:

Rubén dijo...

Mira que sale caro un mercedes, aunque sea de segunda mano.
Me ha gustado, pero no me extrañaría que hubiese varios casos similares por ahí.