lunes, 16 de enero de 2012

El primer paso.

- ¡Ave María Purísima!

- ¡Sin pecado concebida!

- Verá usted, señor cura. Yo fui monago hasta los catorce años, luego, me aparté de la iglesia y no he tenido necesidad de ella, hasta ahora. En realidad tampoco la necesito en este momento, solamente quiero una persona que me escuche. He perdido todos mis amigos y he pensado que un confesor era la persona más indicada, o al menos, el único que me escucharía.

- Habla, hijo mío.

- Paternalismos no, por favor.

- Empecé a trabajar desde abajo; era auxiliar administrativo y mi sitio estaba en el sótano de un gran edificio, pero siempre he sido un trepa. A base de aprovecharme de ideas de otros, pisando a aquellos que me impedían el paso, con una fidelidad rayana en el servilismo hacia el jefe supremo, fui subiendo de categoría y de pisos en una empresa en la que cuanto más arriba, mejor despacho y mejor sueldo. Cierto es, que tenía, tengo aún, un don especial; embauco a la gente que no me conoce mucho y escurro el bulto, haciendo parecer culpables de mis errores a los demás. Con el paso de los años, subordinados y compañeros, al referirse a mi persona, lo hacía despectivamente con "ese", y en el techo de los lavabos podía leerse; S = HP.

- Treinta y siete tenía y permanecía soltero, lo que aprovechaban algunos malintencionados para poner en duda mi sexualidad. Temeroso de que aquello llegará al último piso, donde un fervoroso católico manejaba los hilos de la empresa, opte por buscarme una novia y casarme. Antes de tres meses, Amelia y yo celebramos nuestra boda civil. Ella también era asidua de la cervecería a la que, solitario, casi a diario acudía a la salida del trabajo.

- El motivo principal de mi casamiento, ya está explicado. A esto hay que unir que Amelia tenía buena figura y no era fea, hablar suave, no muy entretenido, pues se limitaba a seguir la conversación que siempre había de iniciar yo, y una sencilla elegancia.

- Sus motivos; posiblemente me consideraba buen partido, ameno… y ella tenía ya cuarenta.

- Pero ya desde el inicio aquello no iba a funcionar. Lo que yo juzgaba una excesiva timidez -¡No, siempre he deseado llegar virgen al matrimonio!- no era más que una frigidez recalcitrante.

- Comencé a reprocharle esto y aquello, pasando más adelante a la falta de respeto y al insulto. Ella aguantaba estoicamente, procurando amoldarse a mi forma de ser. Jamás levantaba la voz, no discutía ni se defendía, solo callaba. Empezó a beber a escondidas y abiertamente un tiempo después. Dejó de arreglarse y no le importaba que la encontrara borracha al llegar del trabajo.

- No hace mucho, me extraño que al llegar, la casa estuviera a oscuras. Pensé que me había abandonado harta de mis groserías, de mi mal proceder. Sentí como una punzada en el hígado, sin acertar a discernir si el motivo del dolor era por causa de mi orgullo ofendido, o por la soledad en que me dejaba. Recordé aquello de "donde las dan, las toman", pero esto no tenía ni punto de comparación con lo que yo había hecho tiempo atrás. Tuve una novia cuando tenía veinticuatro años. Ella estaba muy enamorada, yo ya era un indeseable. La dejé embarazada, pero no estaba preparado para cargar con las consecuencias. Quise que abortara, más ella, horrorizada por todo cuanto aquello significaba, me miró con desprecio, y se fue. Ni siquiera me molesté en seguir su pista, ahora si, para no verme envuelto en semejantes situaciones, me hice una vasectomía.

- Estaba sentado en la cama quitándome los zapatos. Me vi reflejado en el espejo del armario y me levanté para ver de cerca aquel rostro vil que en todas partes causaba el mal. Una arcada nació en lo profundo y corrí al baño a vomitar. Entonces la vi. Una botella de güisqui vacía en el suelo y un brazo ensangrentado fuera de la bañera. El agua estaba tinta de un rojo claro y en sus muñecas la sangre había formado una leve costra.

- Levanté su cabeza arrimándola a mi oído, respiraba levemente. Para que no se abrieran, ceñí con dos toallas las heridas que no eran muy profundas, y sacándola del agua, la llevé a la cama. ¡Por Dios, no te me mueras! musitaba mientras la frotaba. Me di cuenta de que aquel ruego no se debía al miedo por las consecuencias que el hecho me pudiera acarrear; la quería de veras y era el rencor hacia todos, el causante de la ceguera que me había impedido reconerlo.

Con el movimiento vino el vómito y la resurrección. La sangre no había sido demasiada.

- Triste historia. Espero que el resultado sea feliz. ¿Vienes en busca de consuelo, a pedir perdón por tus pecados, o simplemente para ser escuchado?

- Ya le dije que necesitaba desahogarme. El perdón no he de buscarlo aquí, y consuelo, tal vez lo halle si soy perdonado.

- Bien, tu mismo tienes la solución, y como yo soy ministro de Dios, y esto es un sacramento, te absuelvo de tus pecados, y te impongo un padrenuestro como penitencia. Ahora quiero darte un consejo; la paz de tu espíritu la hallarás si reconoces de todo corazón que obraste mal. Busca a los que ofendiste y arréglalo, acabas de dar el primer paso.

6 comentarios:

Ruben dijo...

Parece poca penitencia un padrenuestro, pero arreglar todas las ofensas de una vida, puede llevarte lo que te resta de ella y no terminar.

Rubén Álvarez dijo...

Una historia tremenda y un ejemplo de lo poco que cuesta hacer daño a los demás... A veces damos demasiado la lata, para cuatro días que estamos aquí...

Alfredo dijo...

Rubén.
Estoy de acuerdo, más parece el consejo penitencia, y la penitencia consejo.
Salu2

Vir dijo...

Reconocerlo es l primer paso, pero, ¿cambiará? ¿Le durará lo suficiente el arrepentimiento? ;)

Alfredo dijo...

Vir.
Decía mi abuelo, que aquel que tiene una "zuna", es difícil que la deje. Todo comienza por un primer paso, que a mi juicio es el más importante pues demuestra voluntad de cambio. Si sigue el consejo que le han dado, ya puede sumar unos cuantos pasos, quedar a gusto consigo mismo, y ser y hacer felices a los demás. Sin duda necesitará ayuda y colaboración.
En Asturias decimos que tiene una Zuna, aquél que tiene malas costumbres, o por extensión, vicios. Las Zunas no son comparables ni de lejos con el Maltrato.
Salu2.

Alfredo dijo...

Rubén Álvarez.
Al que da la lata se le puede llamar mosca cojonera, pero este punto, es un maltratador
sicológico capaz de llevar a la muerte a su pareja.
Salu2.