lunes, 9 de enero de 2012

La caca del perro.

Su representante decidió llamarlo John, pues su nombre verdadero, Crisóstomo, no era muy comercial para aquello del cine. Lo había encontrado por pura casualidad recitando el conxuro en una queimada, y se lo llevó desde Galicia a las calidas tierras de Almería.

Eran los tiempos del espagueti western y tenía un papelillo para él; haría de chamán en una película de pieles rojas, soldados y colonos. Su dicción era buena, su físico poderoso, su tez y su larga cabellera morenas. No necesitaba de aditivos. Montaba bien a caballo sin falta de silla, acostumbrado como estaba a participar en "a rapa das bestas".

Los tipi estaban dispuestos en forma de corro, dejando la parte interna como lugar donde se celebraban las reuniones y ceremonias. A cada lado de la tienda del chamán habían colocado dos tótem; búfalo, cuervo, coyote y águila.

Formando semicírculo, y comenzando por la izquierda de la tienda del hombre medicina, estaban colocados por este orden, percusión; tambores y panderos, a continuación, los guerreros, enfrente, el jefe y los ancianos y a la derecha las squaw, los niños y algún perro. En el centro una hoguera.

Aunque el diseñador de producción no estaba muy de acuerdo con el director, por aquella componenda que no se ajustaba a los cánones establecidos, quien manda, manda y más si la película es de bajo costo.

La escena era importante, en ella se consultaría al Gran Espíritu de la Pradera, si era el momento propicio para la guerra, o si habría que abandonar la idea y retirarse lejos del hombre blanco.

Y John Carballeira se dispuso a salir de su tienda para dirigirse a la fogata, centro del ritual. Portaba un penacho de plumas mediano- que era patrimonio de los guerreros o los jefes, a decir del diseñador- un chaleco que dejaba ver su musculoso torso, al que habían colocado dos bolsillos -en algún sitio había de colocar los pequeños envoltorios de pólvora-. Unos pantalones de piel de gamo y mocasines. Completaba su atuendo una especie de maraca adornada con abalorios.

- Cuatro y… ¡Acción!

Comenzaron a sonar suavemente los tambores. John se agachó y salio moviendo su maraca. No había dado dos pasos, cuando ¡oh contrariedad! pisó una caca de perro. Su instinto natural le llevó a levantar el pie para ver que era aquello blandurrio, mientras que los percusionistas y los niños comenzaron a reír a carcajadas al percatarse del incidente.

- ¡Corten! ¿Que coño es lo que miras?

- Es que he pisado una caca. Trató de disculparse el actor.

- ¡Si ya decía yo que los indios no tenían perros, que se los comían! Murmuró el diseñador que creía saber de lo que hablaba.

- Que le den otros mocasines.

- No hay. Se los hicimos ex profeso, calza un cuarenta y seis.

- ¡Pues que vaya descalzo, coño!

- Cuatro y… ¡Acción!

Carballeira rodeaba la hoguera recitando su melopea. Para dar más énfasis, había de lanzar unas de aquellas bombas cargadas de pólvora, que habrían de producir humo y chispas, pero el de efectos especiales se pasó. Salió una llamarada que le chamuscó las plumas, y a poco más, casi se queda sin coleta.

-¡Corten! ¡Me cago en la! ¡Que venga el de efectos!

Probaron un montón de bolas y todas dieron el resultado apetecido. Entre pitos y flautas, la fogata había bajado de intensidad y fue necesario añadir más leña de pino que tenían apilada.

- Cuatro y… ¡Acción!

Esta vez todo iba de cine… hasta que una piña recalentada dio una pequeña explosión saltando fuera de la pira. John ni se inmutó, pero tuvo la mala suerte de pisar una de las escamas incandescentes, y, aunque trató de aguantar la quemazón, la resina exudada hizo que se quedara pegada. Trató de zafarse de ella restregando el pie desnudo contra el suelo, cual si fuera un paso más de aquella coreografía. Pero no coló.

-¡Corten!

- ¿Pero es que esta puñetera escena de tres minutos, va a durar todo el día? Anda que no tiene grandes los pies este tío, todo se lo encuentra.

La mala suerte de Crisóstomo era notoria y se estaba poniendo nervioso. Se juró a si mismo que aunque se cayera la cámara de la grúa, continuaría su actuación hasta el final.

- Cuatro y… ¡Acción!

Y en la repetición, la maraca perdió la parte superior que cayó al suelo, quedando en su mano solamente el mango.

- ¡Corten! ¡Utilero! ¡Maldita sea, este tío está gafado! ¡La última, esta toma va a ser la última, si no sale, suprimo la escena!

John había añadido de su cosecha un adminículo sin importancia y del que nadie se había percatado. En uno de los bolsillos del chaleco llevaba un reloj con una cadenilla que prendía con un alfiler. En un momento dado y ya a punto de finalizar la escena, el reloj, impulsado por un golpe de la maraca ya recompuesta, salió despedido quedando colgando del chaleco No hubiera tenido demasiada importancia, pero los músicos cesaron de aporrear, la tapa se abrió y comenzó a sonar una musiquilla que todos reconocieron…

Help, ayúdame
en tu amistad he puesto toda mi fe…

Y hombres y mujeres al unísono respondieron con la letra de la pegadiza música comenzando a danzar…

Help, ayúdame
y tiéndeme la mano de un hermano…

- ¡Se acabó, no quiero ver más a este tipo!

Pero la historia no acaba aquí. El productor ejecutivo convenció al director para cambiar el argumento de la película, y lo que iba a ser una cinta más o menos seria, se convirtió, por arte del montaje, en una disparatada sucesión de tomas falsas intercaladas entre el argumento, en las que no solo John Carballeira había incurrido.

Carballeira llegó a hacerse un lugar en el cine internacional gracias a la buena acogida del público.

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La puesta en escena tiene siempre un responsable, pero el criterio del director puede variar a su conveniencia; decorado, luces vestuario etc. Por eso me he permitido añadir estas curiosidades que difieren de las opiniones que en el cuento se dan.

El tipi (lugar para vivir) tenía entre otros, dos sentidos; el místico; debía de levantarse orientado siempre hacia el sol al que se ofrendaba cada mañana un pequeño sacrificio y una oración a "los cuatro ancianos" (cuatro direcciones, cuatro elementos). Obedecía además a un factor utilitario; ser despertado por el sol al amanecer

Para muchos indios, las plumas de los tocados solamente debían ser de águila. Las mismas indicaban el número de toques o muertes realizadas en el curso de un combate.

Para hacerse con las plumas, se excavaba un hoyo arriba en la montaña. Se esparcía la tierra para disimular, cubriéndose con ramas una vez el cazador se había metido dentro. Se ponía el cebo sobre ellas. Cuando el águila se lanzaba sobre la carne, saltaba veloz sobre el ave a la que procuraba agarrar por una pata. Una vez dentro del agujero, le rompía el espinazo con el pie. Para que en el transito del pájaro al más allá, fuera propicio para ambos, le colocaba un trozo de carne en el pico.

Los hombres-medicina o chamanes eran quienes danzaban pidiendo a los dioses la protección para sus tribus, gozaban de gran consideración y enormes privilegios; por ser el medico de los miembros de la tribu, el danzarín y cantante de todas las ceremonias, y el verdadero intermediario entre los indios y la divinidad.

A ello dedicaba toda su vida, y normalmente, sus conocimientos de herboristería eran heredados de su padre y otros antepasados.

Hasta la llegada del caballo, el perro era el mejor aliado del indio. Le ayudaba en la caza y en el rastreo, sirviendo como animal de tiro, para acarrear los palos de los tipi.

2 comentarios:

Ruben dijo...

Muy buena la primera parte de la entrada, y mejor aún la aclaración posterior, dejando en la cabeza la cantidad de disgresiones que se habrán cometido en el cine por no conocer lo suficiente de un pueblo.

Alfredo dijo...

Rubén.
Hoy en día, las películas están muy bien documentadas y, aunque a veces algún escritor, no está muy conforme con la versión cinematográfica que se hace de su libro, no es lo usual.
Gracias por el comentario, Rubén. Quisiera poder escribir algo jocoso, pero no sirvo para ello. Soy igual que don Pésimo, aquél de los tebeos.
Salu2.