miércoles, 8 de febrero de 2012

Arrepentido, desdicho… Voyeur.

Se jactaba alguien de que jamás se había arrepentido ni se desdecía de nada. Y yo decía para mí; este tipo, o es sabio y puro, o una mala persona. ¿Acaso lo sabes todo? ¿Nunca has cometido una falta? ¿Jamás dijiste blanco cuando era negro, y así te lo hicieron ver?
Yo tengo mucho de que arrepentirme y muchas veces dije no, para luego decir si.

Te voy a contar una anécdota que me sucedió en cierta ocasión.

Mi padre me envió a estudiar a Gijón. Le pidió a una prima segunda que me alojase, manutención incluida, a cambio, lógicamente, de la pensión correspondiente.

La "pensión"

El piso era lóbrego, a pesar de ser un cuarto, quizá porque las ventanas eran pequeñas y del edificio de enfrente solamente nos separaba una calleja.
Tras subir por aquellas escaleras de madera, que siempre olían a repollo o a berza con tocino rancio, y abrir la puerta, te encuentras en un pasillo casi siniestro; papel pintado color vino Burdeos, con una especie de ramos de flores en azul oscuro y que a mi se me antojaban demoníacas caras. Tres puertas pintadas de color marrón, las del frente corresponden a dos dormitorios y la de la derecha, a un minúsculo baño, si es que se puede llamar baño a un retrete y un lavabo; el alicatado a media pared, con azulejo verde claro uno sobre dos, la cisterna casi en el techo, dos repisas de cristal y un botiquín cuya tapa sirve de espejo. No hay bañera ni ducha.

En el pasillo no hay ningún mueble, falta sitio, pero si un teléfono colgado en la pared y dos cuadros de polichinelas. Una desnuda bombilla pende del techo. Cinco pasos hacia la izquierda y desembocas en la cocina comedor. La única ventana está en la pared de la derecha. Un aparador, un cuadro de la Ultima Cena, un aparato de radio, una mesa cuadrada bajo la que se esconden cinco sillas. En la ciega pared de enfrente, los cuadros de la familia, un pájaro disecado y un armario de cocina. En la pared del fondo, a la izquierda, una cocina de carbón, el fregadero de marmolina verde, y dos mesetas. El alicatado, como en el baño; uno sobre dos y en color blanco en el frente y pintura amarillo claro en el resto. Sobre la cocina el bombo del agua caliente, y bajo las mesetas, la carbonera y el espacio para guardar un barreño, la tabla de lavar y dos potas grandes.

Una "habitación" más tiene la casa, y está justo al lado de la cocina. Seguramente era la despensa dada la situación y la estrechez; una cama de 90, una mesilla, un perchero de pared y la silla que falta en el comedor para la media docena. La puerta es una simple cortina de color crema con un rameado de hojas verdes.

"La habitación más caliente de la casa, con cama, mesilla y colchón nuevos a estrenar para la ocasión" ¡Y era la mía, que horror! Solamente el baño de la casa de mi padre era la mitad que aquél piso y, a pesar de que en el pueblo no hacía más de diez años que metieran el agua corriente, teníamos una bañera de metro ochenta.

Decidí escribir a casa para decirle al patrón que me buscase otra cosa con la mayor celeridad.

Los moradores.

La prima de mi padre tiene un marido que trabaja en el horno alto de la fábrica. Es el encargado en su turno de pinchar el horno para sangrarlo, mantener limpio el canal por donde fluye el arrabio y retirar las escorias que pueda llevar. El trabajo no es demasiado duro, pero si ingrato; carga con un pesado traje de amianto y el asfixiante calor le da sed que mitiga trasegando un par de botellas de vino.

Tienen una hija como de diez y ocho años. Es manicura y trabaja en una peluquería de señoras. No está asegurada y las ganancias ha de repartirlas con la dueña.

Juana, la prima, no gasta ni un céntimo más de lo imprescindible, la mayor parte de lo que se ingresa va destinado al ajuar de la niña- que aún no tiene novio- y al nuevo piso en construcción del que ya llevan adelantada casi la mitad.

Como nuevo habitante de aquel piso, tengo a mi disposición la habitación antes mencionada. Puedo colgar mi ropa en el perchero y en el respaldo de la silla, las mudas deberán quedar en la maleta, que puede estar sobre la silla o bajo la cama, y para mis libros me colocarán una repisa sobre la mesilla. Tengo la mesa del comedor a mi entera disposición para estudiar o dibujar, eso si, siempre fuera de las horas de comida.

La convivencia.

No es demasiado difícil convivir con ellos. ¡Faltaría más! Salgo de casa antes de las ocho y no regreso hasta las nueve de la noche, cenar y para la cama. Y es que él, empedernido oyente de la radio, y sobador de bota lastrada con vino peleón; noticias, partidos de futbol, concursos… y su mujer, folletines lacrimógenos y canciones dedicadas, hacen imposible la concentración del más paciente.

Como un bocadillo en cualquier bar, y las horas que no estoy en clase, las paso en la biblioteca. He de saber a que turno trabaja el "rey de la casa", pues cuando va de noche o de mañana, se cena a las nueve y cuando lo hace de tarde, a las once.

Lo más problemático es el aseo personal, y a la vista de cómo lo solucionan ellos, opté por apuntarme a un gimnasio; una hora de ejercicio y una buena ducha.

Esperando la respuesta a la carta enviada a mi padre, llegó el sábado. Tenía ante mí dos días en los que no sabía como matar el tiempo fuera de la casa, así que me puse a planificar; para el primer día biblioteca por la mañana y gimnasio de tarde, luego una vuelta, llamaría a algún compañero, aunque aún no había intimado con nadie, o me iría al cine. El domingo… ya veríamos.

Al final, el sábado me acosté sobre las diez, una vez se hubo ido Julio que trabajaba de noche. Juana quedó fregando los platos y la niña llegó casi a las once. Su madre le dio la cena, le preguntó por el trabajo y se acercó a espiar por un lado de la cortina si yo dormía. Luego, en voz baja le dijo…

- Oye niña, ¿no sería buen partido para ti este Ramón?

- Que cosas tienes mamá, cuatro días lleva en casa y apenas si lo he visto media hora.

- Tienes todo el domingo para ir conociéndolo. Su padre tiene dinero… y en terminando la carrera…

- No seas tan material, ni tengas tanta prisa, a su tiempo tendré novio.

Una vez más Juana se acercó a la cortina y yo dí un par de pequeños ronquidos.

- A tus años ya me cortejaba tu padre y pasados tres, ya habías nacido.

- ¡Menudo badanas!

- Un respeto, niña.

Durante un buen rato continuaron hablando casi en murmullo y ya estaba a punto de dormirme de veras, cuando sentí sacar el balde y comenzar a llenarlo con agua, allí mismo, delante de mi cortina.

Luz en la cocina, penumbra en mi habitación y la figura de la joven, casi como sombra chinesca. La veo pasar nítida por las rendijas en los extremos de la cortina; ha terminado con el agua. Coloca una silla delante del barreño de zinc. Se descalza. Se quita la camisa y el sujetador, luego, la falda y la braga. Se sienta en la silla y mete los pies en el agua. Se enjabona hasta las rodillas o poco más, luego saca las piernas y las seca. Acto seguido, con cuidado se sienta dentro de la bañera, las piernas fuera, apoyados los pies sobre el piso. Con un cazo se echa agua sobre la espalda y el pecho. Con ayuda de la esponja se enjabona; bien los sobacos, mejor las partes pudendas, más agua para aclarar, se pone la toalla sobre los hombros y se levanta. Por la rendija de la derecha alcanzo a ver sus prietos glúteos, y el velludo pubis. Un solo instante para contemplar tal belleza.

Por la mañana llamó mi padre por teléfono para decirme que estaba conforme con que buscase otra pensión. Y yo le dije; "no hace falta padre, ya me encuentro mucho mejor aquí".

10 comentarios:

Ruben dijo...

Claro, claro, una habitación con hermosas vistas, y es que el paisaje infuye.

Rubén Xixón dijo...

Por no arrepentirse no tiene por que ser mala persona; simplemente, persiste en un error y quizá no lo ve, como oportunamente le ocurre al protagonista de la historia.

Vicente Manuel SANCHEZ DIAZ dijo...

Sabido es que en Gijón hay unas vistas espléndidas !

Alfredo dijo...

Rubén.
Como sería la vista, que el protagonista olvidó todas sus fobias.

Salu2.

Alfredo dijo...

Rubén Xixión.
La vida puede ser una paradoja; tan pronto parece corta, como larga, según se mire. En el contexto que yo propongo, la vida es larga como para no tener algo de que arrepentirse. Es posible que en un caso determinado, alguien esté en un error y no se de cuenta de ello; es disculpable. Pero el que a sabiendas de que comete una acción reprobable, una difamación, por ejemplo, y no se arrepiente, es cuanto menos un canalla.
Cosas de este estilo se ven y oyen en la televisión casi a diario, hasta el punto de que una de las partes tiene que recurrir a los tribunales. Bueno, pues a pesar de la condena, hay quienes siguen erre que erre.
Al joven del cuento, le aterra el antro donde se ha metido y desea salir de allí cuanto antes, no lo soporta y procura estar fuera todo el tiempo posible. Pero una simple imagen, de algo que quizá no ha visto en su vida, le lleva a cambiar de parecer. Si por tan fútil circunstancia, se desdice, se retracta de lo dicho a su padre ¿que hará cuando se vea entre la espada y la pared por algo importante?
Saludos.

Alfredo dijo...

Vicente.
Si señor, hay que hacer Patria,
ahora más; tenemos la playa de Poniente y el Arbeyal con hermosas vistas.
Salu2.

Rubén Xixón dijo...

Creo que mezclamos varios conceptos distintos: difamar es hablar mal de alguien con intención de hacer daño; pero también se puede opinar algo de una persona sin intención de causar perjuicio y la opinión puede responder a una interpretación correcta o errónea de unos hechos, de ahí que se pueda caer o no en un error, pero no ello no implica ser un canalla. Canalla es quien lanza acusaciones sin más, simplemente por joder (con perdón).
Salu2.

Alfredo dijo...

rubo.
Yo he puesto un ejemplo, el meollo de la cuestión según mi parecer, es si una persona puede decir que jamás se arrepiente de nada.
Yo no creo que nadie pueda decir tal cosa.
Salu2.

Vir dijo...

Quien no se arrepiente de nada no es sabio, es necio. Una historia fantástica, ;)

Alfredo dijo...

Vir.
Gracias, por tu consideración con el cuento y por tu comprensión.
Salu2.