lunes, 13 de febrero de 2012

De burros y tal.

Lo prometido es deuda y yo la tengo con Rubén. Voy a contar dos anécdotas sobre burros. La primera la viví cuando tenía unos diez u once años, estamos hablando del año 54/5 más o menos y me dejó un recuerdo muy desagradable. En cuanto a la segunda, la conozco por boca de mi hermano y la cuento tal y como me la contó él.

Quiero resaltar la actitud de los dueños respecto de sus jumentos y que como veréis es dispar en grado sumo.

El burro del panadero.

Había un panadero, que repartía su mercancía con un burro. Era el asno de esos de gran alzada y que no se sabe si son grises con manchones blancos, o blanco con pelos grises. El pan iba colocado en dos grandes banastas, aunque a pesar de su aparatosidad, el peso no debía de ser excesivo. El burro caminaba cansino, y, aunque las paradas eran frecuentes, cada vez agachaba más la cabeza. Su dueño lo arreaba con una gruesa vara y sin miramiento, hasta que en un momento dado, se desplomó cuan largo era. El panadero arreció en sus golpes, hora en las ancas, hora en la cabeza. Pero el burro no se levantaba. Con el hocico pegado a tierra, resolló cuatro o cinco veces y murió.

La gente que se había arremolinado, gritaron al hombre, que estaba muerto, que dejara de golpearlo, y hubo un entendido, que propuso sangrarlo si es que quería aprovechar la carne.

Dicho y hecho. El panadero entró en un bar cercano y a poco salió con un gran cuchillo. Tentó por debajo del cuello y lo hundió hasta en mango. Un chorro de sangre oscura, casi negra corrió mezclándose con la tierra. Luego lo cargaron en una camioneta y lo más probable es que lo picaran para chorizos.

El burro del Antoñico.

Antoñico era un gitano con gran predicamento en Gijón, y no se vaya a pensar alguien, que el nombre denotaba una persona de baja estatura, al contrario; era alto, garboso, con el pelo algo cano bajo la boina, alegre y hablador.

Tenía un carro al que enganchaba un burrillo vivaracho, de esos marrones que parecen llevan pintada sobre la cruz una franja transversal negra, y con el que pasaba casi a diario por delante de mi casa. Dada la estatura de gitano y burro, Antoñico se sentaba en uno de los varales sobre la pierna derecha y dejaba colgando la izquierda con el consiguiente desgaste de la zapatilla por su roce con el suelo. Llevaba un mimbre en la mano que no utilizaba, pues al burro le encantaba trotar y el carro casi siempre iba vacío.

Revisaba de motu propio los trabajos que su parentela realizaba en la carretera, allá por la Universidad, y todos los días iba a cobrar. Cobraba por todos ellos y a diario, nada de esperar un mes o una semana, a diario. Eran los tiempos en que las carreteras se hacían a base de riegos de alquitrán y paletadas de grava que luego asentaría la machacadora.

De vuelta para casa y con el bolsillo caliente, solía parar en un bar -posiblemente Casa Gandoy- cerca del Paseo de Begoña, en un erial que había por bajo del cine Goya. Se tomaba una cerveza y servía otra al burro en una pequeña palangana. Un día, el burro cayó como fulminado tras la ingesta, quizá por el calor o la frialdad de la bebida. El caso es que Antoñico empezó a dar voces llevándose las manos a la cabeza…

- ¡Hay mi burrico! ¡Hay mi burrico que se ma muerto! ¡Hay mi burrico probecito!

Y con las mismas trataba de levantar al burro tirando hacia arriba de los barandales del carro. A poco, el burro se recuperó y Antoñico, más contento que unas pascuas, no dejaba de darle besos en la testuz.

Estas dos historietas, verdaderas, me han dado pie para rendir un pequeño homenaje a Antoñico y su burro, del que me hubiera gustado saber el nombre.

Antonio Torres Heredia,
hijo y nieto de Camborios,
con una vara de mimbre
va a Sevilla a ver los toros.

Moreno de verde luna
anda despacio y garboso.
Sus empavonados bucles
le brillan entre los ojos.

A la mitad del camino
cortó limones redondos,
y los fue tirando al agua
hasta que la puso de oro.

Y a la mitad del camino,
bajo las ramas de un olmo,
guardia civil caminera
lo llevó codo con codo.

El día se va despacio,
la tarde colgada a un hombro,
dando una larga torera
sobre el mar y los arroyos.

Las aceitunas aguardan
la noche de Capricornio,
y una corta brisa, ecuestre,
salta los montes de plomo.

Antonio Torres Heredia,
hijo y nieto de Camborios,
viene sin vara de mimbre
entre los cinco tricornios.

Antonio, ¿quién eres tú?
Si te llamaras Camborio,
hubieras hecho una fuente
de sangre con cinco chorros.

Ni tú eres hijo de nadie,
ni legítimo Camborio.
¡Se acabaron los gitanos
que iban por el monte solos!

Están los viejos cuchillos
tiritando bajo el polvo.

A las nueve de la noche
lo llevan al calabozo,
mientras los guardias civiles
beben limonada todos.

Y a las nueve de la noche
le cierran el calabozo,
mientras el cielo reluce
como la grupa de un potro.

8 comentarios:

Vicente Manuel SANCHEZ DIAZ dijo...

En el pueblo de mi infancia, el panadero también repartía el pan con un burro; más adelante con un mulo...y al poco tiempo con una DKV (verde por cierto)

Ruben dijo...

Alfredo, me ha encantado, y me ha dado pena por la muerte del burro. Por otra parte me trae a la memoria mi infancia conviviendo día a día con estos animales, y no solo yo, por lo que veo eran algo habitual en el paisaje del pais entero. Ahora, ya no se ven nada más que en los pueblos.

Vir dijo...

Se me revuelve algo por dentro cuando escucho historias como la primera. La segunda me parece muy tierna, aunque tenga su parte de salvajada, ;), Un saludo.

Alfredo dijo...

Vicente.
Después de todo, no parece que los panaderos hayan medrado mucho, siguen en furgoneta. Los pescaderos/as si que parecen haber medrado; del carrito de mano o la caja sobre la cabeza, pasaron a la Iso carro, y de ahí al furgón térmico
Salu2.

Alfredo dijo...

Rubén.
¿Y el basurero? Mula y carro y de puerta en puerta para recoger la ceniza. Entonces poco había que tirar.
Me alegro que te gustara… aunque el mérito no sea mío, yo solo cuento lo que ví.

Salu2.

Alfredo dijo...

Vir.
Hoy por fortuna quedan menos salvajes, pero quedan. En cuanto a lo de la cerveza, no es corriente, aunque el gitano se la daba todos los días y nunca le había sentado mal.
Salu2.

Rubén Xixón dijo...

Bonitas historias, más la segunda que la primera. Aún recuerdo con emoción a un vecino del pueblo, Serafín, y su burrito, eran inseparables... Hay un señor en Soto del Barco que los cría y es muy gracioso verlos desde la carretera... son tan tiernos (en el buen sentido).
Saludos.

Alfredo dijo...

Rubén X.
E inteligentes, aunque no lo parezca.
Salu2.