martes, 14 de febrero de 2012

El cuarto de los ratones.

Aquella casa era… como casi todas las de aquél tiempo, con cuarto de los ratones adonde iban a parar castigados los niños malos. No es que yo fuera un mal niño, travieso si, pero no malo. El problema era que no me gustaban las verduras, y mi padre, sargento "chusquero", era bastante quisquilloso con las cosas de comer. ¿Qué no quieres repollo? Al cuarto de los ratones. Y yo, que me agarraba unos berrinches de aupa, condicionaba a mi madre a la hora de preparar el condumio; nada de verde, ya fuera crudo, frito o cocido. Pero el sargento se dio cuenta de la estratagema, y convenció a mi madre de que aquello no era sano. Así que volvieron los fréjoles, y yo, a paso de marcha, hacia aquél cuarto tenebroso.

En el pasillo de la casa, había pintado un trampantojo simulando la profundidad de otro pasillo perpendicular y tras el que se escondía una puerta. Estaba ésta como a cincuenta centímetros del suelo, y se abría por medio de una "tarabica". Dentro, una escalera de dos peldaños que se sacaba para salvar la altura.

El desván abuhardillado, no parecía muy grande, aunque la escasa luz que entraba a través de los sucios cristales, tampoco daba un fiel reflejo de las dimensiones del espacio. Los objetos allí depositados, a saber desde cuando, constreñían aún más el recinto.

A mi la oscuridad, siempre me ha dado miedo, pero también arañas, cucarachas y sobre todo los ratones. Quizá fuera porque de vez en cuando, veía a mi padre sacar la ratonera con algún roedor pillado por goloso. ¡Y era lo primero con lo que te topabas nada más entrar allí! Me sentaba de espaldas a la puerta, con las manos tapándome los ojos e hipando desconsolado, a la espera de que los minutos pasaran rápido. Luego de un rato, retiraba mis manitas despacio, entreabriendo los dedos al principio, trataba de taladrar la penumbra y reconocer los objetos; una cómoda con espejo, un perchero, un baúl grande, una jofaina…

Tras visitar a menudo el cuarto de los ratones, fui cogiendo confianza. Ya no lloraba, sabía que no era el remedio y por tanto me dediqué a husmear aprovechando lo positivo que la situación me podía brindar. Encontré un paño con el que limpie los cristales desde una silla, y con un palo de cortina, quité cuantas telarañas pude. La luz ganó en intensidad hasta el punto que pude leer lo que el baúl tenía escrito a cada uno de sus costados; misterio, acción, saber, educación. Aún no me había atrevido a levantar la tapa por miedo a encontrar un nido de ratones, pero mi curiosidad pudo más. ¡Y total para qué, solamente había libros! ¡Tooodos llenos de letras! Algún dibujo, pero no muchos. Los saqué uno por uno hasta llegar al fondo. Entonces mi curiosidad si se vio recompensada. Un libro de gruesas pastas azules, tan ancho como el baúl, y que tenía escrito en letras de oro; Álbum de Ciencias Naturales.

Los cromos allí pegados eran poco más que estampillas de correos, y debajo de cada uno, la leyenda correspondiente; nombre y breve historia. Las Plantas, Las Flores, Los Árboles, Los Mamíferos, Los Peces, El Universo… todo estaba allí… y al completo; no faltaba ni uno solo.

No dije ni pío aquél día, no fuera ser que me privaran del entretenimiento. Pero un niño es un niño, y una madre, una madre. A los dos días me comí la coliflor con patatas y trocitos de chorizo y jamón ante la extrañeza de mis progenitores. Cuando se hubo ido mi padre, le dije el secreto a mi madre. Ella subió al desván con escoba y bayeta y lo dejó como los chorros del oro. Coloco los muebles; la mesa bajo la ventana, el sillón orejero de frente, y años más tarde, cuando yo ya me había leído la mayor parte de aquellos libros a la luz de una lámpara de pie, me confesó que le se lo había dicho a mi padre, de allí que él hubiera subido un cable y colocado dos enchufes.

Hoy sigo trabajando en el desván de mi casa, adonde, de vez en cuando, sube mi madre a coser. Los ratones no volvieron, se asustaron al ver su cuarto tan lleno de gente.

4 comentarios:

Ruben dijo...

El cuarto de los ratones, es una estratagema común, a mis hijos les gustan los ratones, así que la primera vez que les amenacé con eso, se mostraron entusiasmados, eso no era un castigo, ahora estoy probando con arañas, la niña tiene miedo, pero este animal disfruta aplastándolas.

Vicente Manuel SANCHEZ DIAZ dijo...

Me gustan los desvanes (prefiero sin ratones)
Tienen una atmósfera de tiempo pasado, de historia familiar, de recuerdos. Cada vez hay menos desvanes. Una pena.

Alfredo dijo...

Rubén.

Será que conocen esos ratoncillos de campo con esos ojos vivarachos. Seguro que los "aguarones" (rata de alcantarilla) les dan algo más de asco.
Salu2.

Alfredo dijo...

Por suerte tengo el mío, aunque la escalera cada vez se me hace más difícil.
Salu2.