martes, 24 de abril de 2012

En la oscura soledad de mi habitación.

De un tiempo a esta parte me sucedía a menudo. Siempre he sido olvidadizo, o tal vez despreocupado para aquellas cosas que juzgaba nimias. Creo que tenía un cuarto en el desván de la memoria adonde iban a parar todo aquello, y del que raramente salían. Pero lo de ahora es distinto. No lo digo por esos olvidos que solemos tener de vez en cuando -¿Qué coño iba a hacer yo ahora?- y das media vuelta y encuentras lo que andas buscando. No. Es más grave.
Cuando me acuesto, en la oscura soledad de mi habitación, suelo hacer planes para el día siguiente o fantasear con historias, para llevarlas al papel a la mañana siguiente. Pero me viene sucediendo, que de esas tramas tan bien urdidas, de esos poemas tan llenos de sentimiento, nada queda por la mañana. Lo recordaré después, decía tras mesarme los cabellos en un esfuerzo ímprobo. ¡Y al principio, algo conseguía! Al menos, la trama, aunque no las palabras correctas. Pero, a poco, tuve que buscar triquiñuelas para recordar. Buscaba palabras clave, que repetía una y otra vez, grabándolas en mi memoria cual si fuese un disco duro. Pero poco a poco, tampoco eso dio resultado. Y sin embargo, recordaba anécdotas de la niñez, cual si hubieran sucedido el día anterior.
A estas alturas, y para aliviar mi propia tensión, nadie sabe, sino el que lo sufre, cuan desesperante es, cambiaré el tema por un momento.
Mi abuelo paterno, que vivió hasta los noventa con extraordinaria lucidez, fue comerciante. De esos que en el pueblo venden telas y vestidos para las señoras, candiles, palas y picos para los buscadores de menas, azadas para los labriegos, comestibles para las casas y espirituosos para los ágapes de los días de fiesta.
Por las tardes, a eso de las seis, solían reunirse a la mesa que había junto al mostrador donde se cortaba el bacalao, el maestro, el fotógrafo y el boticario, que también ejercía de practicante, y mi abuelo. Jugaban unas partidas al dominó y tomaban vino del porrón, comentando las jugadas y alguna que otra de esas anécdotas que os digo.
- Hace cosa de un mes, apareció nuestro párroco con un tal don Senén, deán de la catedral y que había venido a visitarlo. Como quiera que hubiera de llevar para la capital un regalo, don Dimas lo trajo para ver si había modo. El deán, andaba buscando un  coñac, o cualquier otra botella, que ya estuviera entrada en años. Le ofrecí un brandy Duque de Alba con sesenta años, y el muy ladino, al ver el precio marcado, me dijo que se llevaría un par de ellas. Le cobré las veinticuatro pesetas y se marcharon. Una semana más tarde, volvió para comprarme todas las que tuviese tan añejas como las que se había llevado.
- Si señor, tengo una buena bodega y si quiere puede llevarse vino, coñac, ron o ponche con similar antigüedad, pero el precio que le cobré la vez anterior, como usted comprenderá, fue de cortesía; el precio real de cada botella, oscila entre trescientas y seiscientas  pesetas por botella. Usted dirá. Y se marchó por donde había venido. Al parecer, amante de los buenos caldos, recorría los pueblos en busca de chollos para regalarse y quedar bien con sus amistades.
Mi padre, que murió antes de los setenta, comenzó con este padecimiento que yo he heredado, a poco de jubilarse. Fue al médico, y le dijo que estaba empezando a padecer demencia senil. Como quiera que entendiera, que le llamaba loco, lo mando -literalmente- a la mierda, síntoma inequívoco de que el galeno tenía razón.
El también utilizaba sus triquiñuelas, repetía diariamente una rutina de la que casi resultaba imposible sacarlo; levantarse, aseo, desayuno, salida a por el periódico, mirar fecha y tachar el día en el calendario, ojearlo. Salir a tomar un vino, comer, dormir la siesta, ir al parque con mi madre, ver la tele, cenar, acostarse. Y así un día tras otro. Pero con el paso de los meses, hasta la rutina dejó de funcionar; hoy no se afeitó, mañana dejó de ducharse, pasado le aburría el parque y dejó de ir, al otro no volvió al bar porque aquél ladrón le había cobrado de más… Y así se fue retrayendo. No le gustaban las celebraciones con sus hijos y nietos, la televisión era una porquería y constantemente cambiaba "sus cosas" de cajón. Luego discutía con mi madre porque no encontraba lo que buscaba y que necesitaba con imperiosa urgencia… para cambiarlo de cajón.
No he ido al médico, para qué. Ya sé que llevo sus genes y que me ronda el vacío. Para mí es aún peor; soy viudo, y vivo prácticamente solo. En realidad conmigo vive un nieto, pero el puñetero es músico y casi siempre anda de gira.
- ¡Abuelo, he compuesto una buena música, ven, vamos a tocarla! ¿Te atreves a ponerle letra?
- Tócala y veremos.
Y él toca su guitarra, y yo le acompaño con la batería a la que me voy aficionando después de viejo… y me sale esta letra.

Hay vecinita, tienes culito respingón,
piel de cacao, cara de avellana y ojos de gata.
Andar felino de joven pantera
y rotunda la cadera.

Si tú quisieras tener conmigo un porqué
que feliz me harías corazón.

Sonríes cuando me ves y guiñas un ojo de almendra
¿acaso te intereso?, prenda.

De tus senos aspirar el perfume,
mis labios sobre tus labios de nata,
y olvidarnos de quien miente,
cuando digo que, yo treinta y tu veinte.

Si tú quisieras tener conmigo un porqué
que feliz me harías corazón.

- Oye abuelo, me estas saliendo rapero y la canción es melódica. ¿Tanto te gusta la vecina?
- Anda, calla y tócala otra vez Sam.

5 comentarios:

Ruben dijo...

Me gusta ese final, y si la viese, seguro que la vecinita también.
No te preocupes por el libro, lo encontraré, tardaré algo, pero para eso están los amigos libreros, que, ahora que les tengo a todos reunidos en la feria de la plaza San Marcelo, les tengo bien localizados.
(pero me está costando encontrar el librejo, la verdad. Me pasó lo mismo con "El mundo de Juan Lobón", de Luis Berenguer, que no me quedó más remedio que volver a la biblioteca pública, porque está decatalogado, y una vez lo vi en una feria de caza, y me querían cobrar 36 euros, y como que no me sobra el dinero)

Rubén Xixón dijo...

Lo que más me gustó del relato... la cancioncilla... y sin duda, la vecinita.
Saludos.

Ruben dijo...

Vale, Alfredo, ya tengo "El don apacible", me ha costado toda la semana encontrar el primer tomo, pero por fin lo tengo, ahora lo que no tengo es tiempo para ponerme con la lectura, pero bueno, eso es otra historia.

Alfredo dijo...

Rubén.
No estaría mal que la vecina fuese del estilo de Charlize Theron, en cuanto a la cancioncilla, no me fastidies; ni siquiera rima.
Espero que ese primer tomo no te resulte tan pesado como para no hacerte con el segundo.
Salu2.

Alfredo dijo...

Rubén Xixón.
Rubén, estoy vacío de ideas y me vino a la chola algo parecido y que abundase sobre lo que publicaste el otro día con relación a las enfermedades degenerativas.
Salu2.