miércoles, 20 de junio de 2012

Dicen, que...


Dicen que, en una pequeña plazuela, formada por las pequeñas casas, de un pequeño barrio, en una ciudad también pequeña, nacieron, el mismo día, los tres retoños de tres familias distintas. Al que nació primero, en la casa que ostentaba el nº 1, le llamaron José Antonio. Al que nació una hora más tarde en el nº 2, le llamaron José Luis. Y al que nació dos horas después del primero y en el nº 3 de aquella plazuela, le llamaron José Miguel.
Una simple coincidencia, que trajo de zarandillo durante todo el día a la partera, nada más. Bueno, si; la gente empezó a llamar a los niños, Un, Dos y Tres, hasta el punto de que casi olvidaron sus nombres.
Los chicos se criaron bien, y ya desde que comenzaron a andar, fueron inseparables.

Dicen, que eran tres zascandiles, y que como había escasos recursos, inventaron, a temprana edad, el sistema perfecto para hacerse con algo de capital.
Había en la ciudad, un paseo como de un kilómetro, y que comenzaba en la ermita de un convento. El recinto, era rectangular y cerrado todo él por alta tapia de piedra. La parte que daba al sur, era donde se construyó el paseo; un banco de obra tan largo como el muro y un ancho camino de tierra apisonada. Al frente, otro largo banco de piedra y cuyo respaldo era una, no muy alta verja de forja con filigrana. A partir de allí, el desnivel era muy pronunciado, formando un espléndido mirador; los campos de trigo, el río con sus chopos, alguna casa de labor, y al fondo de aquel valle, los montes majestuosos.
Aquella solanera, era frecuentada durante el día por  madres e hijos, y a la noche por las parejas de novios que buscaban el rescoldo de la piedra recalentada y algo de intimidad.
El alumbrado, que debía ser de cuando se inventó,  era escaso; cada cinco u ocho metros y adosadas a la tapia, se habían colocado unos minúsculos brazos que portaban bombillas desnudas y pobres.

Dicen, que los tres amigos, con sus tirachinas, se dedicaban a tratar de hacer blanco en las lámparas, y que con gran regocijo de las parejas, solían acertar. Si el lugar era concurrido, lo empezó a ser más.
Un, Dos y Tres, pensaron que podían hacer negocio; solicitaron una peseta de óbolo, a aquellos que llegaban tarde y que no tenían más remedio que colocarse bajo la luz. Si pagaban, que pagaban, tirachinas y bombilla rota.
Un día, preguntaron a un militar que se hallaba con su novia, si querían intimidad;
- Solamente te costará una peseta- dijo Un.
El soldado, más pelao que un pollo por navidad, les respondió:
- Aquí iba a estar yo si tuviera algo de dinero. Si tuviera al menos dos reales, estaríamos comiendo pipas.
- ¡Pues que ella nos enseñe las tetas! - dijo Dos
- ¡Largo de aquí, .malandrines!
- ¡Os damos tres pesetas! - arguyó Tres.
- ¡Será… cabrón! ¡Anda y que te las enseñe tu madre!
- Manolo, que son tres pesetas, y si quitan la luz, casi no se verá…
- ¡María, no me calientes que ya estoy yo bastante!
Pero el sorchi, que también quería ver, comenzó a dudar.
- ¡Venga, cinco y no se hable más! Y pusieron en su mano un duro de papel.
Montaron el tirador y se cargaron la bombilla. La moza se abrió la blusa, y remangándose el sostén hasta el cuello, dejó ver sus senos, no muy grandes, por cierto.

Dicen que,  Un, Dos y Tres, solían ir por el lado de la tapia que mira al oriente. A partir de la esquina que formaba el muro, el paseo se acababa y ya todo eran breñas. Anidaban las abubillas entre los huecos de la piedra y ellos, por el olor sabían si había pájaro o no. Para nada las querían, pero gustaban de hacerlas de rabiar, espantarlas, metiendo un palo en el agujero.
Fue así como se percataron, de que en cierto lugar, había unos huecos situados casi simétricamente; derecha, izquierda y de abajo, arriba. Parecían formar una escalera por la que era muy fácil subir hasta el final, simplemente metiendo manos y pies, ora en un agujero, ora en el otro. 
¡Ah, divina tentación! Subió Un, que para eso era el mayor. Desde allí se veía casi todo el interior, estorbaba algo una acacia, pero podía contemplar a lo lejos la parte trasera de la ermita, la casona del convento y el claustro a un lado, el jardín lleno de flores un poco más acá, la noria y el burro, la huerta, la caseta de los aperos, la cuadra y un cercado con cuatro o cinco cabras.
Una vez hubieron subido por turno los tres, trataron como podrían juntos atalayar a las monjas. Dos, el más agudo, propuso clavar un tablón a dos trancas que introducirían en los últimos agujeros, lo difícil sería subirlo, así que decidieron meter primero los soportes y luego clavar la tabla.
Unos días después, instalados sobre la tabla y apoyados en el muro, observaban. Una monja vieja cortaba rosas, el burro sacaba agua dando vueltas a la noria con el morral colgado, otras dos parecían leer en el claustro y otra, joven ella, se afanaba con el azadón en cortar o abrir el agua a los surcos según convenía.
La joven y menuda monja, miró a su alrededor, y tras comprobar que las demás estaban lejos, se fue a sentar en una banca adosada a la caseta de aperos. Apoyó la espalda contra las tablas y colocando el azadón en el suelo y el mango entre las piernas, sobre el mandil que llevaba encima del hábito, miró hacia el burro que parecía tener cinco patas. El agua resonaba cantarina al caer de la noria al pilón, del pilón a la acequia y de esta a los surcos, el aire traía el aroma de las rosas; los pájaros trinaban, las esquilas de las cabras tintineaban, el andar del burro marcaba un ritmo monótono, y todos los sonidos reverberaban como reverberaba el sol en el estanque,
Comenzó entonces a restregar levemente el mango contra sí, arriba y abajo. A poco, la pelvis acompañó con movimientos hacia delante y atrás, de tal modo, que pronto comenzó a jadear.
Un, Dos y Tres, se miraron incrédulos, pero callaron y siguieron observando. Un ¡hay Dios, hay Dios! se convirtió en un ¡hay! para acabar en un ¡aahhh! Luego, levantándose, se llevo él mango de la azada a los labios, y besándolo, exclamó:
"Bendito seas por el trabajo que realizas".
Los chicos a nadie dijeron nada de lo que habían visto, y dicen que, semanas después, se toparon a la joven monja acompañando a otra. Al parecer, necesitadas de dinero, andaban pidiendo de puerta en puerta, con el fin de instalar un obrador para poder vender las rosquillas que hacían y salir de la miseria.
Mientras la monja vieja hablaba con la dueña de aquella casa, la joven estaba unos pasos por detrás, y ni corto ni perezoso, Dos, se acercó a ella y le dijo;
- Sor, queremos parte, o nos chivamos.
- ¿Cómo dices niño?
- Que, bendito seas por el trabajo que realizas.
La monja, que era joven, pero no tonta, enseguida cayó en la cuenta de que la habían visto, y, apartándose un poco más, susurró;
- ¿Que es lo que queréis?
Y Uno respondió raudo- Que mañana nos enseñes el conejo.
Y, dicen que, sucedió tal como pedían, pero la monja joven, jamás volvió a hacer aquello que hacía. Dicen también, que a poco murió la joven, victima de una septicemia producida por las llagas que le produjo el cilicio que para expiación de sus pecados se había colocado.
Dicen que, Un, Dos, Tres, al conocer la noticia, se prometieron dos cosas; seguir la carrera eclesiástica, y pedir puesto en un lazareto de Filipinas.
Dicen, que por allí andan, y que a pesar de su ingrato trabajo, aún no están redimidos del crimen que cometieron.

12 comentarios:

Marta C. dijo...

Hola, Alfredo. Mucha imaginación tienes. Creas tres personajes peculiares ya desde su nacimiento. Luego su ingenio para buscarse la vida a base de tirachinas y la "extorsión" a la monja que acaba con sus algo mas que travesuras. Creas tres pequeños mafiosos de pueblo que acaban su carrera por la mala conciencia de creer que la monja murió por su culpa.
Es un relato muy original, defines a los personajes con unos cuantos trazos y el lector capta inmediatamente su personalidad. Otra de las cualidades que veo en tu relato y que haces magistralmente es la creación de espacios rurales. La minuciosidad con la que describes el paseo de los enamorados y luego el exterior del convento y los campos. El lector va recorriendo contigo esos lugares al tiempo que tú los describes.
Solo te daría un consejo, Alfredo. Por lo que te he leído hasta ahora, tus relatos suelen alargarse. Yo te propondría que trates en cada relato un solo tema, es decir una sola historia o anécdota. A mí me pasa algo parecido, tengo tendencia a alargarme. El relato breve, como indica la palabra, es preferible centrarse en una sola historia y desarrollarla. En el caso de este concretamente yo habría elegido contar o bien la historia de las parejas, las bombillas y los tirachinas con soldado y novia incluídos o el episodio de la monja. A mí personalmente me gusta más esta última. Eso acortaría el relato y lo haría más ameno.Es algo que me han repetido hasta la saciedad mis profesores de relato: pocos personajes, pocos lugares y una sola historia. Tú creas unos personajes y unos espacios estupendos, pero se alarga un poco al contar dos anécdotas de estos tres traviesos amigos. Si te centraras en una creo que cobraría dinamismo.
Alfredo, a pesar de lo que dijiste en mi blog, creo que estás perfectamente capacitado para valorar nuestros textos, dado que los tuyos tienen mucha calidad.
Una curiosidad ¿qué significa "sorchi"? Nunca había oído esa palabra. Otro detalle en esta frase se te ha escapadado la H de ha: "se dedicaban a tratar de hacer" y ese "como" llevaría acento: "trataron cómo podrían"
Alfredo admiro especialmente tu capacidad de descripción de paisajes y la riqueza de tu vocabulario que cada día, por desgracias, es más pobre. Te felicito sinceramente.

Alfredo dijo...

Marta C.

Te cuento Marta. A mí me viene la inspiración por la noche, cuando me voy a la cama. Luego, al día siguiente, si tengo tiempo, y lo recuerdo, escribo mi cuentin de un tirón. No lo suelo repasar, tal vez por tenerlo tan claro, y cuando lo hago, camino aprisa sobre las letras sin tener la constancia de haber cometido alguna falta.
Ese razonamiento tuyo sobre la extensión, lo hice conmigo y a alguna otra persona, pero ya sabes que en casa del herrero, cuchillo de palo. En este cuento, estuve dudando si dejar para el día siguiente, el episodio de la monja, pero pensé; para cuatro que lo van a leer, mejor lo acabo.
Creo que tengo algún cuentin…pasable… y mucha morralla; posiblemente sea esa manía de muchos que escriben un blog; el querer decir algo todos los días.
Agradezco profundamente todas tus palabras; eres la única persona que hasta la fecha, hace una crítica constructiva y no solo comenta por dar jabón, por tratar de mantener a toda costa a sus seguidores.
Yo, soy como soy; mayor para cambiar y duro de mollera para aprender, aunque lo intento. Me gusta contar cosas y soy bastante observador, por ello, trato de ser realista y sincero. Me coloco en el lugar de los personajes -aunque hay quien dice que ha de ser el personaje el que viva la historia y no tú- pues solo así soy capaz de dotarles de personalidad, aunque esa personalidad, se lleve parte de la mía. Esto debía decirlo en tu blog, pues al fin y al cabo, forma parte de la pregunta que formulaste ayer. Lo siento, me lié y se me pasó. Lo diré hoy cuando venga de pescar.
Sorchi, o sorche, significa soldado, recluta por mejor decir. Son vocablos vulgares o coloquiales que se utilizaron hace tiempo. Yo lo he empleado para no ser reiterativo. ¡Coño! - dirás- si no eres reiterativo…
Salu2.

Luján Fraix dijo...

Hola Alfredo
Gracias por pasar a visitarme.
Todavía no estoy recuperada pero quería venir agradecerte tu gesto cariñoso.

Un beso

RECOMENZAR dijo...

Es un placer haberte descubierto!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Leer tus letras y ver como bailan la danza de tu sentir.
Solo leo blogs y a diario voy descubriendo nuevos colores nuevas palabras que enriquecen mi sentir
gracias

roxana dijo...

TODOS QUEREMOS SER REDIMIDOS. lA CULPA! UN, DOS TRES SIEMPRE ESTARÁ! BUENA SEMANA ABRAZO

Alfredo dijo...

Luján Fraix.
En un periquete paso por ahí, que llevo tres días sin leer.
Salu2.

Alfredo dijo...

Recomenzar.
Gracias por el comentario.
Salu2.

Alfredo dijo...

roxana.
A mi me gustaría más, que cada cual se redima así mismo. Si así fuera, no me cabe duda de que todos seríamos mejores.
Salu2.

Rubén Xixón dijo...

No comparto un comentario tuyo anterior: aqui no se trata de dar jabon ni de reclutar seguidores. Cada cual es libre: de comentar o no, de ser constructivo o no serlo. Quien hoy te alaba mañana puede ser tu enemigo.
Saludos.

Alfredo dijo...

Rubén Xixón.

Rubén, no te ofendas, si andas por otros blog, que andas, no tendrás más remedio que darme la razón; hay gente a la que solamente le interesa llevarse la foto del seguidor como trofeo, luego jamás se acuerdan de él. Otros parece que tienen los comentarios grabados y los van poniendo sistemáticamente, y a muchos de ellos, les gusta todo aunque sea una verdadera mierda.
Faltaría más que privara yo de libertad para hacer o no los comentarios que estime oportunos, prueba de ello, es que ni pongo moderación, ni zarandajas por el estilo.
Entiendo que esa última frase, pueda ir destinada a alguien que te haya ofendido, pero no a mí. Yo podré criticar, incluso, basado en la confianza, ser algo faltoso, pero jamás seré enemigo de nadie.
Me gustan mis seguidores, los visito a menudo, procuro contestar cuando me hacen un comentario y suelo corresponder del mismo modo.
Salu2.

Rubén Xixón dijo...

Es verdad que en este mundo hay algo de lo que dices pero no es bueno generalizar. Yo sigo tu blog porque me gusta y seguire alli mientras tenga humor o sea bienvenido.
Saludos constructivos.

Alfredo dijo...

Rubén Xixón.
Sabes que lo eres; siempre te he considerado como un amigo.
Salu2.