lunes, 18 de junio de 2012

Perdón.



Señor Director del Diario Al Alba.
Muy señor mío: Deseo someter a su consideración el contenido de esta carta, para que decida si ha de publicarse, ya que a mi entender, no entra dentro de los cánones usuales como  pueden ser las opiniones o denuncias. Juzgue usted.

Viudo a mis cuarenta y siete años, y desde hace cinco, con un hijo de veinte y mi vida resuelta en cuanto a lo económico y profesional, me he decidido por este método, dado que todos los demás no han fructificado, a buscar a la mujer de mi vida.
Entiéndase bien, esto no es un anuncio para buscar novia, y ruego encarecidamente se abstengan de publicar en esta sección de "Cartas al Director", misivas y propuestas en ese sentido.
Me casé con una mujer de bandera y veintiséis años; morena, torneadas piernas, esbelta figura, boca pequeña de labios gordezuelos y dientes perfectos, ojos de almendra, un poco al estilo del las hijas del Imperio del Sol Naciente. Una mujer de esas a la que todos miran, se les cae la baba y que para encima, casi todo lo hacía bien. Yo, a su lado, en plan machote, mirando a los ojos a los hombres y diciéndoles sin palabras… ¿te gusta, eh? Pues te jodes, que es solo mía. No, no confundamos, no era machismo, solamente era orgullo. Sin embargo, como alguien habrá podido intuir, no la quería. Bueno, quererla si, no podría ser de otro modo, pero no estaba enamorado.
El amor, mi único amor, por el que estado suspirando todos estos años, por el que mi carácter se fue volviendo mohíno y agrio, sin nadie tener la culpa, sino yo, fue el de aquel corto verano cuando apenas tenía diez y seis.

Camila era su nombre, y al igual que la de Virgilio, poseía alguna similitud con ella. Huérfana de madre a los doce años, mantuvo, al menos conmigo, su virginidad cual si estuviera consagrada a la diosa Diana. "El cuerpo es la casa del alma y ha de mantenerse puro; las relaciones sexuales solamente han de ser fruto del amor que se profesan los novios". Esta teoría, que le había explicado su progenitora, llevaba pareja una pregunta; "¿tú me quieres?". Aquél joven imberbe que yo era, aún no tenía clara la respuesta; era un si, pero no, y también un no pero sí. Creía estar enamorado, sin embargo me asustaba el compromiso. Quizá no lo estuviera, pero la ansiaba al completo; el cuerpo y la mente. ¡Que solo se fijara en mí!
Nuestros besos eran pues castos, pero dulces. Nuestros roces, livianos, aunque enervantes para mí. Solamente el pasar mi brazo por encima de su hombro, el llevarla cogida de la mano con los dedos entrelazados, era ya de un gozo inefable.
Dicen que el primer amor, casi siempre se malogra, no sé si es cierto, pero a nosotros nos ocurrió. Con catorce para quince ella, nos encontrábamos y despedíamos dos o tres calles lejos de su casa; el padre, la hermana diez años mayor, las vecinas, el que dirán… Ese fue el motivo de nuestra separación. 
A principios de septiembre, fui a buscarla como habíamos quedado; recibí el primer plantón. Volví al día siguiente y al siguiente, y al otro y al otro. Así hasta que convencido de que no la vería más, dejé de deambular por todas aquellas calles, a cualquier hora, en busca de su casa. Influyó también el inicio de curso, los amigos que me arrastraban en pos de nuevas aventuras; ¡éramos jóvenes! Había que disfrutar.
A mediados de curso, paseábamos en pandilla unos cuantos. Una chica gordita ella, se había cogido de mi mano en cuanto me conoció, y ya en los días sucesivos, no la había soltado. Entonces la encontré. Iba sola, color pálido, cara demacrada y casi en los puros huesos. Caminaba a prisa, cual si estuviera buscando a alguien…
- ¡Camila!
- ¡Teo! Te buscaba. Es que he estado muy enferma.
La gordita no soltó mi mano, al contrario, apretó con fuerza no fuera a ser que lo que intuía le dejara sin pareja.
- Lo siento de veras.
Ella, con tristeza infinita, solo pudo balbucir - es que yo… nosotros…
Mas, el muy cobarde que habitaba dentro de mí, volvió al si pero no. Mientras pensaba lo que hacer, la gordita y los amigos dieron la puntilla.
- ¡Venga, vamos!
- No tenemos que ir, "cariño".
 Yo me excusé - Ya nos vemos.
Allí la deje con el alma rota y carita de pena, sin volverme siquiera.
Mi cabeza estaba revuelta; ¡Idiota! ¡Memo! ¿Dónde la veras? ¿Cuándo? Solté aquella mano para siempre y volví sobre mis pasos, corriendo. Pero ella ya no estaba.
Unos años después, casado ya, estábamos en la terraza de un café. Mi corazón dio un vuelco. Una joven acompañaba a una señora con dos chiquillos. Se sentaron a una mesa un poco más adelante. Nuestros ojos se cruzaron. En ese brevísimo instante, los suyos me dijeron, esto ya no tiene remedio, me has defraudado. Los míos pasaron de la alegría al dolor, pero una vez más permanecí inactivo. Pensé en escribirle una nota y deslizarla a hurtadillas en su bolso. Me sentí ridículo.
No la he vuelto a ver a pesar de que como dije antes, la he buscado; para pedirle perdón, para decirle que ella fue, es, y seguirá siendo el amor de mi vida.
Camila, imploro tu perdón.
Gracias señor Director.


Anuncio a tres columnas aparecido en el Diario Al Alba:

Teo, soy yo. Nos vemos junto a la barandilla de San Pedro, donde mirando al mar, me diste nuestro primer beso.

4 comentarios:

Rubén Xixón dijo...

Es una buena historia sobre las oportunidades perdidas por no tener decisión en los momentos cruciales...
Ay si yo hablara...
Pero al menos el final tiene un poco de esperanza, que siempre viene bien.
Saludos.

roxana dijo...

No lloréis como mujer, lo que no supiste hacer como hombre . Esa seria mi respuesta

Alfredo dijo...

Rubén Xixón,
Siempre debemos tener esperanza.
Y es cierto ¡cuantas oportunidades se pierden por falta de decisión!
Salu2.

Alfredo dijo...

roxana.
Es una respuesta dura, quizá razonable, pero yo trato casi siempre de disculpar a los semejantes. Siempre he dicho que no serviría como jurado. Más allá de pruebas y testimonios, me preguntaría que razones tuvo aquella persona para cometer un asesinato, y, aunque jamás lo justificaría, siempre tendría dudas.
Salu2.