martes, 31 de julio de 2012

El gato de Moon.




Tenía Moon un gato al que llamaba Bowie, pues al igual que el cantante, tenía un ojo de cada color. Este rasgo especial y su dulce pelaje blanco, podían inducir a error respecto de su carácter, pues todo el que no lo conocía, juzgaba que era bueno y apacible.
Dice la leyenda, que el gato romano desciende del león y el mono, sin duda por lo buen cazador y lo mucho que le gustan los juegos. Bowie era en verdad una aviesa fiera, a no ser que se hallase en el regazo de su dueño, entonces  aparecía el mono juguetón, ese que se entretiene con un simple hilo y que redondea los ojos de tal forma, que nos hace caer en sus redes.

Pasaba el anciano Moon la mayor parte del día sentado en el porche de su casa, hablaba con los vecinos que por allí circulaban y acariciaba su gato. Solamente la asistenta Laura le atendía un par de horas por la mañana y otras tantas de tarde, y solamente a Laura, el gato toleraba. Los demás, cuidaban mucho de allegarse a los cuatro escalones de la casa, pues más de uno había sentido lo afilado de sus uñas cuando trataron de invadir sus dominios.

Murió Moon cara al camino, sentado en su mecedora que tal parecía dormido. El gato se apartó de él. Se quedó acurrucado, maullando tristemente y asomando la cabeza entre dos de los barrotes de la balconada que formaba el porche, tratando de ver lo que su dueño miraba.
A las siete llegó Laura, para entonces Moon estaba frío y tan rígido, que el forense, de muy mala leche, opinó que mejor era esperar para depositarlo en el ataúd.
Los sobrinos del difunto que fueron avisados, al igual que le sucediera al médico, maldijeron al recibir las caricias de Bowie, pues en cuanto subieron los escalones, el gato, de un bote, se les tiró encima de la cabeza y a todos dejó marcados. Tras una breve persecución, Bowie desapareció entre el follaje de los alrededores y sólo de vez en cuando se oían unos lastimeros maullidos.

El velatorio apenas duró un par de horas, cada mochuelo se fue a su olivo y Moon se quedó en la mecedora hasta la mañana siguiente. Para entonces el músculo estaba relajado, así que lo vistieron con su traje y lo introdujeron en la caja. Cuatro velones iluminaban con mortecina luz el cuadro; sobre dos caballetes el cajón de pino donde reposaba el finado al que se podía ver el rostro y parte del pecho. La única ventana, la que da al norte, abierta para que no quedara estancado el olor que ya empezaba.

Unas docenas de vecinos pasaron por allí  - Mira que buena cara tiene, hasta parece feliz - luego, a medio día, se cerró el resto de la tapa y para el cementerio. Funeral,  responso y al nicho. Tuvo suerte; le tocó uno de los de arriba donde da el sol, en aquella batería nueva; tres en altura, diez en fondo y cubierta en terraza con suelo de grijo para que el agua de la lluvia no despertase a los durmientes.
Apenas el enterrador hubo colocado el último ladrillo, alguien creyó escuchar el maullido lejano del gato.

Dentro de lo malo, los sobrinos creyeron tener buena suerte: Moon dejaba su herencia para Bowie y para aquella persona que lo cuidara; Laura. Como no había gato, por más que se le llamó no apreció, todo para ellos.
Pero hay ciertas circunstancias en las que los detalles no desaparecen, más bien al contrario, agudizan los sentidos. Laura sospechó que el gato podía haberse colado por la ventana e introducirse en la caja de Moon. Lo malo era que Moon ya estaba enterrado.

Y la asistenta corrió al juez. Como posible beneficiaria de la herencia estaba en el derecho de reclamar la exhumación del cuerpo a la mayor brevedad. Era muy posible que los familiares, conociendo el testamento, hubieran introducido al gato en el ataúd para hacerlo desaparecer y quedarse con la herencia. Era pues cuestión de vida o muerte, para el gato, y vital para que la última voluntad del difunto se cumpliera.
El juez sopesó; jamás en la historia se había dado tal caso, tal vez fuera la ocasión de entrar en esa historia. Pero era juez, y no se iba a fiar solamente de la palabra de una persona; habló con el cura, el enterrador y todos los que presenciaron el enterramiento. Entonces, actuó.

La piqueta del enterrador golpeó el ladrillo. La respuesta no se hizo esperar; un débil miau. Extrajeron la caja y la abrieron. Moon enseñaba los dientes con una sonrisa burlona. Del gato no había ni rastro.
¡Menudo fiasco! El juez, con cara de palomino, se hacía cruces de cómo se podía haber dejado convencer.
Pero no todo había acabado, el enterrador subió a la techumbre de los nichos y al momento se acerco a la cornisa para desde allí mostrar a Bowie que se había dejado coger mansamente.
- Estaba encajado en el desagüe - dijo, sin llegar a explicarse de que forma había subido.

Al parecer, el gato dejó de ser arisco, y ahora se pasa las tardes en el regazo de Laura, que sentada en la mecedora, hace punto en el porche y da palique a todo el que pasa.

5 comentarios:

Marta C. dijo...

Hola, Alfredo. ¿Qué tal la pesca?
Me ha gustado mucho tu cuentino. Tiene todos los elementos que te caracterizan, bien escrito, sentimientos, historias imaginativas y curiosas. Los leo de un tirón. Un beso, Aldredo.

Alfredo dijo...

Marta.
Hace una semana que no voy a pescar; hay demasiadas fiestas en los alrededores.
Ya ves, no creí que te fuera a llenar el ojo. Gracias por tu paciencia conmigo.
Hoy se celebra San Félix, aunque todos lo conocen por el "día de la sardina". Esas que no te gustan.
Salu2.

Ruben dijo...

Pues un gato que deje de ser arisco es digno de ver

Alfredo dijo...

Rubén.
¡Hola Rubén! Ayer estuve en Valencia de don Juan. Buen tiempo, aunque esperaba más calor.Mejor así.
Yo tuve un siamés que era tonto de tan bueno. Ya sé que no es la norma.
Salu2.

Anónimo dijo...
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