sábado, 7 de julio de 2012

Por la mañana cuando me levanto.


El gran edificio, de color rojo, semejaba un castillo situado en la parte más alta de la colina. Desde sus ventanales, y sobre todo desde su torre,  se divisaba al fondo, hacia el sudeste, la ciudad y la bahía con su hermosa playa de fina arena. Al norte, la mar, el puerto, y los farallones que forman el cabo de Torrestío, y allí, a sus pies, un hervidero de gentes que se afanaban en diversos trabajos; a la derecha, astilleros donde se construían grandes buques. Los ruidos de las remachadoras que unían las chapas de cascos y estructuras, se expandían; atravesaban la estrecha vía del tranvía y la asfaltada carretera, para llegar amortiguados a la casona.
Hacia el centro, había una pequeña playa flanqueada por sendos pedreros cubiertos en parte por el abigarrado y multicolor tinte de las diversas clases de algas. De cerca, a poco que observaras, la vida latente se hacía notoria; pequeñas quisquillas, cangrejos, burones y sapas, alevines de muíl o chicharro, bígaros, lapas y pequeños mejillones.
A la izquierda de esta playa, estaban los astilleros donde los carpinteros de ribera construían y reparaban pequeñas lanchas de madera y barcos de pesca para bajura. El olor de la brea calentada en grandes calderos, y empleada por los calafates, era lo más característico que se podía apreciar desde la colina. Luego, más al norte, podía divisarse, como si de una película muda y a cámara lenta se tratase, el movimiento de las grúas, los graneleros, o los mercantes entrando y saliendo del puerto.
Hacia el oeste, los prados donde pastaban las vacas, iban subiendo de nivel hasta llegar a la altura donde estaba el faro. Alguna casa que otra salpicaba el paisaje.

El alcaide de aquél castillo, era Don Dionisio, el doctor Dionisio, o el señor director; "zapatones", que le llamaban los insidiosos, dado el tamaño de sus peanas. Además, su gran humanidad había vencido de tal modo sus pies, que el puente se había hundido y en vez de cóncavo, era convexo cual barca de Osiris navegando por el Nun.
Su fiel ayudanta, más bien supervisora encubierta, era Sor María de la Merced, enjuta, como sarmiento reseco, superiora de un reducido grupo de Hermanas de la Claridad, con voz y voto en el consejo y posible piedra en vesícula biliar.
También había otros doctores en medicina, enfermeras, auxiliares de ambos sexos; los hombres solamente para trabajos de fuerza, y enfermos, puesto que aquella casona, era un hospital.
El enfermo, en realidad accidentado, del que trata esta historia, se llama Ramiro y es un joven albañil que tuvo la mala fortuna de caer de un andamio; tres costillas, brazos y piernas rotas y una contusión severa en la cabeza.

Dado el estado en que se encontraba, y puesto que el patrono correría con la cuenta, se optó por colocarlo en una habitación individual; las otras, en el mejor de los casos, podían alojar hasta seis personas.
Cuando el dolor de cabeza se le hubo pasado un tanto, Ramiro se encontró con las piernas escayoladas de tobillos a ingles, un brazo en cabestrillo para inmovilizar desde la clavícula hasta los dedos de la mano derecha, y de muñeca a antebrazo de la izquierda. Un gran bonete de gasa le cubría el occipucio, pero eso no lo veía, solamente lo notaba, y el pecho, de ombligo hacia arriba envuelto cual si llevara faja de baturro.
Había que cebarlo, pues se hallaba tumbado boca arriba que parecía X mayúscula, y sus necesidades… ¡hay Dios, que vergüenza! Al principio, mareado por la conmoción se dejaba hacer, luego, a medida que la consciencia volvía a sí... tres días pasó sin comer bocado. Peor fue lo del pis.
Todas las mañanas, la auxiliar de turno le subía un poco la sábana que cubría sus partes pudendas,  y le "enjarrillaba" aquella minúscula colilla en el orinal. Pero la naturaleza es una fuerza poderosa.

Sor María pasaba todos los días a visitar a los enfermos; una estampita de la Virgen de Lourdes para los nuevos, la venta de una participación de lotería a los que estaban mejor, una palabra de consuelo a los afligidos… Aconteció que una de las mañanas, llegó en el preciso instante en que la auxiliar introducía la colilla, que por arte de la naturaleza habíase convertido en habano, en el jarro del pis.
- ¿Qué sucede aquí? ¿Qué es esto?
Y la enfermera asustada, en un acto reflejo, retiró de sopetón la vasija al mismo tiempo que se giraba hacia la monja. Los orines que contenía, fueron a parar al hábito, Ramiro parecía la manga riega, y la chica tenía cara de colegiala cogida en falta.
Sor María se fue directamente a ver a don Dionisio, al que pidió que de inmediato despidiera a la auxiliar por libidinosa, y se trasladase a otro hospital al enfermo por salido.
Zapatones habló con los dos implicados y sacó las conclusiones correctas. Ahora habría de enfrentarse a la reverenda madre que malinterpretara la situación.
- Sor María,- dijo el director- perdone, pero parece que llevara usted cuatro días en el hospital. Ha interpretado algo natural como obsceno. Los implicados están sumamente ofendidos hasta el punto de que el muchacho -bastante vergüenza pasa el pobre- irritado, me ha cantado esta canción- no se ofenda:
Por la mañana cuando me levanto
la tengo más dura que un canto.
Luego echo una meada,
y todo se queda en nada.
Las cosas siguieron su curso natural, pero la monja no apareció más por aquella habitación.

6 comentarios:

Marta C. dijo...

Alfredo, no he podido resistirme a leer tu cuento y a ponerte tres palabras con el brazo q au´n puedo usar ¡como me he reído! te voy a poner un dicho catalan muy parecido q se entiende muy bie ."la trempera matinera no es trempera verdadera,es trempera de pixera" ¡muy bueno tu cuentino, como siempre! besos

Alfredo dijo...

Marta c.
El cuento iba por otros derroteros, pero se iba a alargar demasiado, así que mejor cortarlo aunque quedase mal.
Salu2.

Rubén Xixón dijo...

Me he reído mucho.
Pero, aparte del gracioso final, lo que más me gustó fue la descripción de los personajes.
Y lo difícil que es ver ciertas situaciones con naturalidad, por culpa de una educación quizá algo represora.
Bonita foto de San Esteban de Pravia, por cierto.
Saludos.

Alfredo dijo...

Rubén X.
Lo de la segunda foto era muy fácil para ti, no sé si la primera...
Y la ubicación, ¿no te suena?
Salu2.

Rubén Xixón dijo...

He vuelto a leer detenidamente la descripción del edificio... Es un hospital cercano al Puerto del Musel, ¿no? Jeje.

Alfredo dijo...

Rubén X.
Tan cerca lo tienes, que me extrañaba. Aunque por ese tiempo seguro que no lo conociste.
Salu2.