lunes, 16 de julio de 2012

La fumadera es una pejiguera.


Esta pequeña historia, es verídica al 1%, y como sucedió, la voy a relatar:
Tenía yo esa edad temprana en la que se empiezan a mudar los dientes de leche. Paletos, colmillos y muelas pugnaban por asomar en unas encías pequeñas, de unas pequeñas mandíbulas. Como quiera que sufría de grandes dolores, cosa que no suele suceder, mi padre me aplicaba el remedio de la abuela, en este caso, el del abuelo.
Consistía tal remedio, en hacer un cucurucho de papel de estraza (papel basto utilizado para envolver y que en aquellos tiempos, debía de contener todos los elementos de la tabla periódica), encenderlo por la parte ancha, matar la llama, pero no la favila, para que se fuese consumiendo poco a poco y produciendo humo. Luego, se truncaba un poco el vértice del cono y se introducía en una de las fosas nasales. Al aspirar por la nariz, aquel humo apestoso se colaba por todos los resquicios internos; adormilaba el cerebro, hacía saltar las lágrimas a borbotones, picaba la garganta y hasta de gormar daban ganas.
El dolor que producía la apretura de las piezas, se olvidaba. No era para menos; mareado, tosiendo y escupiendo, pedías a gritos que te retirasen aquel suplicio. Pero mi padre decía: - Tu abuelo empleaba este método para el dolor de muelas y siempre tuvo una dentadura sana. La primera pieza se la sacaron cuando contaba setenta y tres años, y hubiera sido la única, si el ferrón que lo hizo, no se hubiera equivocado y sacado una sana.
Me sometieron tres veces al suplicio, hasta que mi madre dijo: - Basta, le llevaré al médico. Unas pastillas de Melabón y a otra cosa.
Sin embargo este episodio me dejó secuelas; me aficioné a fumar los pitillos que fabricaba con papel de estraza, y establecía competiciones con los amigos, para ver quien era el que más aguantaba sin llorar.
Un par de años después, le sustraía a mi padre algún cigarrillo de los "buenos", de esos con tabaco, hasta que dejé de comer. Vuelta al médico de cabecera que me miró por rayos. Le dijo a mi madre, que tenía una caverna del tamaño de las de Nerja, lo que se traducía en; reposo, buenos alimentos y aire puro.  
El aire puro lo tomaba cuando me sacaban a la mecedora del balcón, el resto, en la cama. A cada minuto, mi madre me engolosinaba con esto o aquello, y así, a base de caprichos, le fui entrando a la comida.
El disgusto había sido mayúsculo, pero la cosa no fue para tanto; en dos meses cicatrizó y como nuevo. Nadie supo la causa de tal enfermedad, y yo hoy quiero achacarla a la fumadera en vez de a un retorcido bacilo.
Aún no había mudado por completo, las dos últimas muelas aparecieron a los doce años, cuando ya fumaba yo mis dos cajetillas a la semana. Las compraba con las pagas domingueras, alguna que otra sustracción del monedero de mi madre, y sisas discriminatorias en los recados.


El hábito fue in crescendo, y cuando contaba con treinta y cinco años, me fumaba mis tres o cuatro paquetes diarios. Por aquél entonces navegaba como jefe de máquinas en un pequeño barco quimiquero, y me pasaba más tiempo en el cuarto estanco, donde estaba permitido fumar, que en mi puesto. Me dejaron en la tierra del gigante Druoon Antigoon, que me cobró el peaje cortándome el trabajo. Poco tiempo pasé en tierra, pues siendo un excelente mecánico, pronto encontré otro barco.
Mis padres habían querido que fuera maestro, contra sentidos que se dan en la vida, siempre había oído aquello de "pasar más hambre que un maestro de escuela", por lo que de bien joven, me metí de aprendiz en un taller. La experiencia, el estudio, el sueldo y lo que me gusta la mar, me llevaron a ser marino.
El nuevo barco se dedicaba al transporte de amoníaco líquido, ¡mala suerte la mía! y aquí no había cuarto estanco. Fumaba de noche a escondidas, sentado a popa sobre la borda. Hasta que en una travesía, algo cayó del puente y me golpeó en la espalda. Me fui al agua de bruces. El barco se alejaba y yo calculaba mis posibilidades. El agua estaba templada, pero sin chaleco, ni donde aferrarme, en dos horas la hipotermia haría presa y me iría al fondo. Las dos opciones para mi salvación eran; que algún barco en la misma ruta me recogiese, o nadar hasta la orilla más cercana. No era imposible; estaba en el Canal de Suez. Distancia a tierra desde donde me encontraba; algo menos de 150 metros. Comencé a nadar; ocho brazadas, tos, descanso, cuatro brazadas, tos, tos, tos, descanso, descanso. Las flemas me llenaban la boca, y al escupirlas, un buche de agua salada iba para dentro. Aquello se complicaba ¡maldito tabaco!
A setenta metros de la orilla, estaba tan exhausto, que prometí hacer campaña en contra del tabaco si me salvaba. Entonces oí un peté, peté, peté que se acercaba. Era una gabarra.

Como prometí, lo cuento. Ahora, me iré a dar un paseo y me fumaré un pitillo - a escondidas- mi mujer y el médico están conchabados en mi contra.

3 comentarios:

Marta C. dijo...

¡Qué buen cuento, Alfredo! Pero un poco brutito ese marino que no escarmentó y siguió fumando.
Los tratamientos populares de antes eran auténticos suplicios: sangrías, aceite de ricino, ventosas y yo no sé qué barbaridades más. Mi madre me contó que su padre tenía un bote lleno de clavos oxidados con agua y cada semana le daba una cucharadita de aquella agua a cada uno de sus 7 hijos, decía que era para darles hierro. Lo curioso es que murieron todos de viejos, no mató a ninguno. ¡qué historias!
Por cierto, ¿tú fumas? je, je!
Muchos besos.

Alfredo dijo...

Marta.
A mi hermano y a mí,cada vez que íbamos al pueblo de mi madre, nos hacía beber de una fuente procedente de un manantial ferruginoso. ¡Huevos podridos, no veas!

Alfredo dijo...

Marta.
Para contestar a tu pregunta, he de ponerte una canción, enseguida comprenderás.