martes, 24 de julio de 2012

El estanque de las tres ranas.




Le llamaban Faraón y tenía una máxima en la vida: Faraón, come y bebe que la vida es breve. 
Contra lo que pudiera parecer, no era Faraón un tipo al estilo de los gigantes de Rabelais, más bien al contrario: Bajito, enclenque, cetrino y adusto, aunque en asuntos de comida, no les iba a la zaga.
Tenía numerosos amigos, pues a pesar de su carácter, ante un buen ágape, se transformaba. Se volvía locuaz, dicharachero y hasta fraternal. Lo conocí en una comilona de esas que se asemejan a la descrita en las bodas de Camacho, mas la relación no iba a durar demasiado.
Soltero y sin familia cercana, tenía José, que así se llamaba, aunque nadie por ese nombre lo conocía, una querindonga  guapa de cara y cuerpo de botijo que lo quería de veras. Era la moza, la antitesis de Faraón, lo que provocaba risas y comentarios cuando muy amarraditos bailaban. No era para menos; le ganaba en altura algo más que la cabeza, por lo que José se dejaba llevar con la cara entre los cántaros de miel de Rosita.
Sucedió, que en una de aquellas cenas, en la que cada cual llevaba a su mujer, cosa no muy frecuente, tras degustar perdices escabechadas, liebre con castañas, caldereta de cordero, cochinillo al horno y un par de azumbres de vino, (él no era de esos que comen pescado, ni tampoco de mariconadas como cambiar los vinos a cada plato) Faraón estaba algo más que mareado.
Estaba el restaurante cerca de un parque, bonito por la diversidad de su flora, pero que parecía estar dibujado a tiralíneas; tres anchos paseos paralelos y uno más que cortaba a la mitad a los otros tres. El de la derecha, o izquierda, según se mire, estaba bordeado de frondosos falsos plátanos, cerrados los unos sobre los otros, y que en verano apenas dejaban pasar la luz. Con el de la izquierda sucedía lo mismo, pero la variante radicaba en que era una rosaleda. El del centro estaba bordeado de setos de boj tras los cuales se encontraban todo tipo de árboles y plantas de flor.
En el centro se hallaba el estanque de las tres ranas; un círculo de unos diez metros de diámetro y pretil de no más de treinta centímetros. Un gran batracio de bronce, ocupaba desde el centro, hasta casi el borde del estanque y el agua que manaba por la boca, de manantial, servía de fuente. Otras dos ranas estaban colocadas al lado de las ancas de la primera y dado su tamaño, emergían solamente su cabeza con el consiguiente pitorro.
Rosita juzgó con buen criterio, que un poco de aire fresco -era noviembre- le sentaría bien a Faraón. Le sugirió ir a pasear un poco y él aceptó. Se calaron los abrigos y salieron. Despacio se encaminaron por el paseo central. La noche era fría, el cielo estrellado, la luz escasa.
Cuando ya llegaban cerca del estanque, Faraón se apartó hacia el seto y comenzó a orinar.
- Oye Rosa, ¿sabes aquel del borracho?
- ¿Cuál de ellos?
- El del borracho que se pone a mear junto a la fuente y después de un rato dice… ¡coño, que me desmeo!
- Mil veces lo has contado.
Se dirigió entonces Faraón hacia la fuente con ánimo de refrescar la pastosa boca, Apoyó sus manos en la cabeza de la rana y se inclinó para coger un buche de agua. Tras el primer sorbo, lo escupió, y dando un corte de manga exclamó; - El agua para las ranas… pero cuatro cosas; izarse, dar el corte de manga, escupir y hablar en dos segundos, son demasiadas cosas para un borracho; se fue al agua.
Rosita corrió presurosa para ayudarlo, llegó a tiempo de agarrarlo por el abrigo, pero no fue suficiente. La arrastró consigo. Rosa se golpeó en la cabeza y quedó aturdida cuan larga era dentro del estanque.
A penas había pasado media hora desde que salieran del restaurante cuando Rosa llegó de nuevo. Calada hasta los huesos, tiritando y presa del pánico. Faraón yacía sobre uno de los bancos… ahogado en dos palmos de agua. Tenía 34 años.

6 comentarios:

Marta C. dijo...

Mañana te lo comento, ¿vale? Me caigo de sueño, vengo de urgencias.
Besos

Alfredo dijo...

Marta.
Quiero creer que fue un mero trámite.
Recupérate.

Marta C. dijo...

Nada importante, pero ya sabes que la espera agota más que el minuto que te dedican.
Pues te diré que este cuentino no te ha salido tan redondo como los otrros. Echo en falta esa sabiduría tuya para describir ambientes populares y la historia tampoco me convence. Ya ves que no soy de las que halagan por halagar. Cuando te digo que un cuentino me ha gustado soy sincera. Hoy no me he quedado tan a gusto ni tan convencida como me quedo normalmente con tus encantadores cuentinos. ¿Hubo prisas? A veces el tiempo nos impide redondear lo que escribimos. Besos, Alfredo. Uno entre mil, no es mal resultado...

Alfredo dijo...

Marta.
Espero que así lo fuera.
Marta, en singular sería "cuentin".

¿Que te parecería, si el cuento fuese basado en un hecho real?
De todas formas, es cierto que escribo aprisa, sin recapacitar siquiera, un ahí te pillo, ahí te va.
No es tan sencillo escribir un cuentin cada pocos días. La mente también tiene que atender otros negocios.
No obstante, te agradezco que los leas y que pongas los peros que estimes oportunos. Así algo aprenderé.
Salu2.

Marta C. dijo...

Me apunto lo de "cuentin".
Pues te digo una cosa, Alfredo, tiene mucho mérito escribir tan bien como lo haces tú habitualmente sin revisar lo escrito. Yo también suelo escribir de un tirón, pero el proceso de revisión es casi interminable. Besos.

Alfredo dijo...

Marta.
Esta vez me ha costado encontrar el final. Lo escribí por la mañana y lo subiré dentro de un rato, cuando encuentre una foto acorde.
Mi agradecimiento por tus palabras de ánimo.
Salu2.