martes, 14 de agosto de 2012

De la envidia y la introspección, o el Chocolate y la razón.


Debido a mi carácter, me han llamado de todo en esta vida. En el mejor de los casos, dicen de mí, que soy áspero. Sin duda están en lo cierto, no todos han de ser los equivocados y solo yo el que piense lo contrario.
Maldita la importancia que le doy, pero si se puede examinar la razón o razones que me llevaron a ser como soy.

La ciudad está enclavada sobre una colina donde el estatus poblacional responde a los cánones que se establecieran ya de antiguo; arriba, el Alcázar, Catedral, Ayuntamiento, Palacios, Casonas nobles y centro neurálgico con negocios prósperos regidos por los prebostes. A medida que se desciende, las casas disminuyen de tamaño y allá en la falda, ya son simplemente covachas, refugio de las clases más humildes y pobres.

Mi familia vivía en un barrio casi a esa falda de la colina, mirando a aquella plaza que hace de frontera entre casas altas y casas bajas; entre los que comíamos todos los días, y los que para comer a diario, habían de recurrir al Auxilio Social.

Dos escuelas en los alrededores; la Nacional y el Colegio de las Monjas. A la Nacional acudían los que tenían recursos para comprar sus lápices, cuadernos y enciclopedias. A la de las Monjas; pobres de solemnidad e hijos de pudientes que colaboraban en el gasto con cuota fija.

Con seis o siete años, ir más hacia atrás  sería pedir demasiado a mi memoria, iba yo al colegio de las monjas con muchos de los niños del barrio. Algunos, pagábamos, los otros, no. Algunos, calzábamos zapatos, otros, alpargatas de esparto. Algunos, desayunaban y comían de caridad en el comedor, los otros íbamos desayunados de casa y a casa volvíamos a comer.
Es muy posible que ésta "pequeña diferencia pecuniaria", fuera la causa inicial de todos mis avatares.

Uno de aquellos rapazuelos, Jaime, vivía al otro lado de la plaza. Acudía temprano al colegio, tal vez para que nadie le viera ir descalzo, o quizá pensando que si entraba de los primeros, desayunaría dos veces, cosa que de vez en cuando ocurría. Pantalón por encima de la rodilla, culera con remiendos, un tirante cruzado de atrás a adelante sobre una camisa de manga corta y las zapatillas que se calzaba a la entrada.
Este elemento, mal estudiante, que robaba los regalices que la monja vendía antes de salir al recreo, que se apuntaba todos los años a coger la hucha del Domund para "distraer"  algunas pesetillas a base de hurgar por la ranura con la navaja, este gusano, capaz de vender a su mejor amigo, fue el causante de que yo fuera una persona apocada e introvertida, un misántropo que lo único que buscaba era ser todo lo contrario.

Jugábamos a la pelota- lo jugábamos es un eufemismo- en la plaza. Jaime, apodado por su color "el Chocolate", erigido en cabecilla de la panda de chicos, contaba a los presentes; si eran pares, yo tenía posibilidades, pero jugaría de portero. Si eran nones, me quedaba fuera. Entre él y Julio, dueño de la pelota, echaban a pies para escoger, y tanto el uno como el otro, preferían poner en su equipo una chica antes que a mí. ¿A caso jugaba yo mal? ¡No! Era simplemente su venganza, la humillación a que me sometía por conocer su secreto con la cabeza del negrito.
Sentado aguantaba un rato y luego me iba llorando sin que me vieran. Aquél hijo de un  peón de albañil borracho que zurraba a menudo a madre e hijo, me despreciaba sin motivo; ¡jamás dije a nadie que era un ladronzuelo! y más de una vez me he planteado si no hubiera sido mejor descubrirlo.
Un día se quedaron sin pelota, en un lanzamiento se rasgó con los cristales que el tío Manuel colocara en la parte alta del muro como método de disuasión para que nadie le robara las peras, y no hubo forma de poner un parche. Hicieron una con trapos.
 
Aquel año le dije a mi madre que quería una pelota para los Reyes.
- Ya veremos- me contestó. Bien veía desde el balcón lo que solía suceder. Pero mi padre fue generoso; me compró un balón de reglamento.
Salió toda la chiquillería la mañana de reyes, con revólveres de calamina que estallaban pistones, escopetas de un cañón que disparaban corchos, y yo, con mi flamante balón de reglamento. Pero el día no era propicio; se jugaba a guardias y ladrones.
Cuando la euforia de las pistolas de difuminó, los pistones se agotaron y la calamina o los muelles de las escopetas se rompieron, se volvió a jugar a la pelota.
Iban a escoger. Salí raudo con mi balón y lo ofrecí. El Chocolate lo tomó en sus manos examinándolo detenidamente…
 - No vamos a jugar con él. Tiene la raja de la cámara muy larga y el cordón de atar sobresale mucho. Nos haría daño al dar de cabeza.
Y lo soltó, sin dármelo a la mano siquiera. Los demás acataron la sentencia y entre risas comenzaron a darle patadas a su pelota de trapo.

Llegó el verano y comenzamos a bajar al río. El año anterior se habían desviado las aguas mientras se construían dos muros trasversales y se limpiaba el fondo de piedras entre ellos, luego el río volvió a su cauce. Quedaba así una especie de piscina, el primer murete, más bajo, retenía las piedras que el caudal pudiera arrastrar y daba movimiento al agua que saltaba formando una pequeña cascada, el segundo, mas alto, proporcionaba profundidad. Las orillas, que no se habían tocado, subían con suave inclinación tapizada de hierba hasta el soto donde se apalancaba la gente para pasar el día.
Corríamos en pandilla armando tal escándalo, que tal pareciera yo uno más de los amigos. ¡Que equivocado estaba! O me quedaba solo, o me inflaban a ahogadillas.
Cierto es que yo era fuerte, y que con cualquiera de ellos podía, pero no acierto a comprender el motivo de que todos se fueran a por mí. No me cabe duda de que la aversión que el Chocolate sentía hacia mi persona, era cuanto menos contagiosa.
Aquel día le dije a mi madre que de tarde me iba al río con los amigos. Ella no estaba dispuesta a consentir:
- Después de comer vas a dormir la siesta, y cuando vengan a buscarte, irás. Tienes que darte a valer, Juan, y si no te aprecian, mejor será que te olvides de ellos.
Entonces, a la chita callando, fui uno por uno pidiéndoles que me diesen una voz, el balcón estaría abierto. Como sospechaba, nadie se acordó de mí.

Esto que cuento, es simplemente una pequeña muestra de lo que ocurría a diario. Así, hasta que a los quince años me fui a estudiar a la Escuela de Artes y Oficios. Mi padre, que regentaba un colmado, deseaba que continuase el negocio, pero a mi me gustaba más el oficio de ebanista, que el apuntar al debe en la las libretas. Comprendió el hombre que dado mi carácter huraño, mejor sería.

El profesor de taller, marcaba el trabajo a los alumnos; cepilla estos barrotes, haz un  machihembrado para unirlos etc. Luego se dedicaba a lo suyo; la talla de la madera. Era bueno, muy bueno y la escuela le servía de refugio con sueldo y material gratis.
Utilizaba siempre la misma técnica; boceto, moldeo en barro de la figura y paso de ésta a la definitiva de los puntos claves. Escoplos, formones y gubias hendían con rapidez ayudados por la maceta de madera dando forma. Yo veía y callaba, hasta que un día, con un puñado de barro, hice una figurilla. Me tomó a su cargo como ayudante permitiéndome hacer los desbastes primero, y con el tiempo, hasta piezas enteras que vendía en conventos e iglesias.

Unos años después, convertido ya en escultor de cierta fama, aunque no fuera un Salcillo ni un Berruguete, paseando por la Gran Vía madrileña, sentí que me llamaban. Voltee la cabeza. Dos hombres de luengas barbas, sucios y mal vestidos, pedían limosna sentados sobre la acera y con la espalda apoyada en la pared.
- Soy Jaime, el Chocolate,- me dijo uno de ellos tratando de incorporarse- y tú eres Juan, "mi amigo" del barrio de San Andrés.
Me costó mucho reconocerlo; la barba y las greñas que asomaban bajo un mugriento gorro de lana, canas, de color cetrino la flaca cara, manos negras y uñas de luto. Olía a miseria pura y el perfume de su boca, era peleón acidificado. No obstante, parecía alborozado, reía enseñando dos únicos dientes en su boca, mientras sus ojillos me escrutaban ladinamente.

Extendí la mano a pesar del repelús que me daba, pero él la rechazó.
- No, que igual te pego algo- dijo con voz aguardentosa.
Milagro, pensé yo, que no me quieras pegar algún mal. Este huevo, sal quiere.
- Ven, comamos algo en esa hamburguesería de la esquina mientras hablamos. Tengo hambre.
Dudó un poco, pero encogiéndose de hombros, le dijo al compañero que le vigilara sus pertenencias.
Rápidamente las mesas alrededor de donde nos sentamos, quedaron vacías. Hasta el encargado del local hizo un intento para que nos marchásemos.
- Capacidad noventa personas, es lo único que leo, le falta aquello de "se reserva el derecho de admisión", además, ya hemos pagado y hemos sido servidos.
Mientras le veía comer, no con demasiada gana, me contó parte de su vida; tuvo mujeres que ejercían la prostitución para él, secuaces que le ayudaban a vigilar el negocio, y a aumentarlo con la venta de estupefacientes. El dinero corría, el vodka también, algunas rayas de vez en cuando y mujeres, las que quería. De la noche a la mañana, una mafia venida de quien sabe donde, le quito banda, drogas, chicas, y dientes. Medio muerto, se encontró en la calle con lo puesto, y con ello continuaba.

Aquellos que son sinceros, obran en mí el milagro. Los hay que dicen percibir cambios inexplicables en mi conducta, esos, creo que no comprenden bien mi forma de ser; ante la injusticia, me rebelo. Pero no hacia el exterior, me encabrono siempre hacia el interior. Ya sé que ese no es el método; no denuncio, no remedio, no comprensión.

El Chocolate había hablado con sinceridad y le ofrecí ayuda.
- Vente conmigo a mi casa, tengo una buena finca un poco más allá de la piscina donde íbamos de niños. Río, árboles, aire puro… podrás curarte de tus adicciones, yo te ayudaré. A cambio, posarás para un encargo que tengo; " San Pedro niega antes de que el gallo cante".
Y se vino conmigo, dejó el alcohol no sin sufrimiento para ambos, y ya convertido en persona, me pidió perdón por la envidia que siempre me tuvo. Lloramos abrazados como niños. Descargó él su mala conciencia y yo creí haber encontrado una razón, que nunca tuvo importancia.


6 comentarios:

Marina-Emer dijo...

Mi querido amigo Alfredo...dices que tienes mal caracter ...ni hablar yo te encuentro la persona mas dulce ...por lo menos para mi gracias amigo.y gracias po gustarte tanto el mar es qque es bellisimo,y cargado de misterio,
un abrazo y hasta otro ratin
Marina

Rubén Xixón dijo...

Me ha gustado pero el final lo encuentro demasiado perfecto... soy pesimista y no creo que en la vida real las cosas terminen así. Lo digo por propia experiencia: la mayoría de las personas resultan ser egoístas o falsas, por lo que acaban por quitar a cualquiera la voluntad de ser mejor. Ojalá algún día me de cuenta de que estoy equivocado, pero...
Saludos.

Marta C. dijo...

Hola, Alfredo. Magnífico cuentín. He ido recorriendo todos esos paisajes que describes, el río, la montaña construida jerárquicamente, las diferencias entre ricos, pobres y desgraciados en la vida. Es cierto que la miseria genera crueldad, es una manera de vengar todo lo que la vida te ha negado. Tu personaje no conocía el rencor ni a venganza ¡qué importa que fuera algo áspero en su caracter! Tenía buenos sentimientos, eso es lo importante.
Muchos besos.

Alfredo dijo...

Marina.
Siempre con palabras amables hacia mi persona, gracias.

Alfredo dijo...

Rubén X.
Gracias Rubén, sé que los cuentos largos no te van mucho. Agradezco el esfuerzo y tus palabras.
En principio creo en las personas, aunque a veces cuando conduzco suelto más de un taco, me molestan los trepas,los aprovechados, los mentirosos, los que jo... por jo... etc.
Cada cual es como es, y difícilmente cambiamos, aunque a veces sucede. Uno de mis protagonistas, no puede dejar de ser como es; buena persona. Aunque un tanto resabiado por los desplantes que de niño ha recibido, al final siempre aflora lo que lleva dentro.
El otro, el principal causante, vapuleado por la vida tras una efímera etapa de placeres, se da cuenta de que aquel no es el camino. Al repasar su vida, ve que solamente ha recibido bien por mal de aquél a quien por envidia trató injustamente. Llega el arrepentimiento, ese poso en el fondo de su conciencia, que yo creo todo el mundo tiene.

Alfredo dijo...

Marta.
Gracias Marta, me alegro que te haya gustado. Por lo demás, que te voy a decir, con tú capacidad de síntesis ya lo has dicho todo.
Salu2.