jueves, 23 de agosto de 2012

El escribidor de cartas.


Dicen, que aún quedan escribidores -en esta ocasión sin ánimo peyorativo- que en las plazas céntricas de algunas ciudades, se dedican a escribir las cartas de aquellas personas analfabetas que por este motivo no pueden. Tal vez sea la costumbre, pero yo creo, que tienen alma de sicólogos aunque carezcan de título. Una pequeña mesa plegable, un taburete y una máquina de escribir portátil o un simple bolígrafo para los que desean trasmitir cercanía.
Han de interpretar lo que el cliente quiere para así darle más énfasis, y que el que recibe la carta vea, a pesar de la distancia, cuan cerca están, cuanto les echan de menos, o cuanto les quieren. Yo quise ser algo parecido.

Algunas revistas, incluso algunos diarios de hace años, incluían en sus páginas anuncios al estilo de; ""hombre soltero desea correspondencia con mujeres…". Se podían encontrar allí, mozos que no se comían una rosca, viudos faltos de compañía, pérfidas mozuelas ávidas de diversión a costa de algún pazguato, o desesperadas/os en busca de una última oportunidad.

Si, yo fui uno de tantos. No penséis que me movía el afán de buscar pareja; ni las otras ni las unas me importaban en ese sentido. Era el mío un experimento cuasi científico con el que trataría de averiguar, lo intrínseco del alma humana; verdad, falsedad, sinceridad, simulación, confianza, lealtad, traición… todo a través de su imagen y sobre todo, de sus cartas.

Al principio, no fueron muchas las misivas que recibí, pero, dado que el anuncio se publicó por espacio de casi un año, la cosa fue in crescendo.
Tres premisas me había impuesto; mentir lo imprescindible para no ser descubierto, no dañar a nadie y procurar ayudar en la medida de lo posible, a la persona que realmente lo necesitase.

Comencé mi carrera de escribidor, respondiendo, como es lógico, a todas las que se acercaban. Poco a poco las iba conociendo, sabía sus nombres, aficiones y gustos, y más tarde, sus imágenes. Ellas, sabían de mí el perfil único que les había dado, todo verdad a excepción de la foto (le pedí que colaborase a mi primo, un guapetón interesante) que siendo pura patraña, me resistía a enviar; soy bajito y regordete, de entradas pronunciadas y gafas redonditas, de esas a lo John Lennon.

Las cartas que me enviaban, pueden ser imaginables en la mayoría de los casos; quitar o poner años según conveniencia, fotos atrasadas en el tiempo, declaraciones de amor a la tercera misiva, incluso pasión desenfrenada sin siquiera yo alimentarla. Entre carta y carta, medias verdades, mentiras enteras y mentirijillas a montón en las que caían a menudo, pues bien se dice, que por la boca muere el pez, y que el que mucho habla, mucho yerra. La falta de picardía, en ocasiones nos lleva a meter el cuezo.

Pero lo que nunca pude imaginar, fue la reacción de las que quizá se sentían despechadas. Aquellas para las que ya en un principio, era yo el súmmum, el cohete que se eleva por encima de las nubes y que suavemente, casi sin ruido, estalla derrochando una lluvia de hermosos colores. Algunas, se fueron poco a poco, como la chispa de ese volador en que me habían convertido. Quizá fuera la premura del tiempo que transcurría sin una clara definición por mi parte y que para ellas era vital. Esas, bueno, a decir verdad, casi todas, no querían el amigo leal que yo trataba de ser. Sin embargo, ya desde el principio a nadie engañé; jamás dije que buscara otra cosa, solo amistad.
Estas me causaron resquemor, aún a sabiendas desde el principio, lo que iba a suceder. Y es que tantas alabanzas, tantos parabienes, tanto amor, aunque sea fingido, hacen aumentar si no el ego, si la autoestima.
Las otras, las que tras amenazar con suicidarse por tu amor, te llenan de improperios y desean todos los males del mundo, ni resquemor siquiera. ¡Nada te prometí, mujer! Hablamos, no, yo hable, de cosas transcendentes e intranscendentes, tal vez en tono paternalista, pero de mi puño jamás salio una letra que pudiera haber despertado tu pasión. Ahora dudo si no les exacerbaría  esa no querencia mía a tratar el tema.

Os contaré un caso que me sucedió con una de ellas.  Viajó desde lejos, se apostó en la oficina de correos donde en un apartado recibía la correspondencia, y esperó.
Como todos los días, llave en mano, me dirigí a mi buzón. Aúno había sacado todas las cartas, cuando sentí que me tocaban el hombro.
- ¿Es usted Fulano Tal y Tal? - preguntó.
Aquella cara me resultaba familiar. Si, era Fulanita, pero ésta tenía unos treinta y cinco años y la fotografía que recordaba apenas si llegaba a los veinticinco. No- le respondí- soy su primo Mengano Tal y Cual ¿desea algo de él?
- Es necesario que hable con él. Voy a tener un hijo suyo.

¡Madre del amor hermoso! ¡Menuda trapacera! Mío no era, nos acabábamos de conocer en persona, y de todo punto imposible que fuera de mi primo, ya que él, lo único que sabía del asunto, era que había prestado una foto.
- ¿Ha estado recientemente en la Argentina? - pregunté.
- No, por qué.
- Es que Fulano lleva dos años trabajando en la Argentina, y aún le quedan otros dos de contrato.
- ¿Y quien contesta sus cartas?
- Yo se las reenvío.
Y se dio media vuelta airada, la palabra más suave que oí fue ¡cabrones!

Aún queda un grupúsculo -iba a decir recalcitrante- pero no, ellas no eran tercas ni obstinadas, eran mujeres que tomaron mis cartas con la misma lealtad que yo las había escrito. Si, a éstas les confesé que aquél cachas de la foto, era mi primo. Que yo era el cuarentón insignificante de la que les enviaba, que esa fue la única mentira de relieve que había dicho, que imploraba su perdón si es que se sentían ofendidas y que lo comprendería si no llegaban más cartas.
Con todas me sigo carteando, y cuando tiempo y distancia lo permiten, nos vemos.
De mi estudio, nada que no supiéramos ya, he descubierto. Al final, todos somos casi iguales, pero sólo CASI.

4 comentarios:

Rubén Xixón dijo...

El estudio de las conductas se realiza en el día a día, conviviendo con los demás. La conclusión, prácticamente la misma que la del protagonista de la historia.
Gran labor, la del escribidor de cartas. Pero yo usaría una estilográfica y tinta de colores, para darle más originalidad. A la gente le gusta, doy fe de ello.
Saludos.

Marta C. dijo...

Muy buen relato, Alfredo. Escrito con gran realismo, tanto que pudiera haber sido verdad, pues intuyo que te gustan este tipo de experimentos. En cualquier caso, el ser humano es tan variopinto como cada una de las que contestaron a las cartas. Cada una buscaba lo que necesitaba, aunque tú no lo ofrecieras. Ocurre a menudo que no escuchamos lo que nos dicen sino lo que queremos oír.

Alfredo dijo...

RubénX y Marta C.
Nada que decir, apostillo los comentarios y os doy las gracias por vuestra paciencia para conmigo.
Salu2.

Marta C. dijo...

Alfredo, para leerte no es necesaria la paciencia porque es un placer hacerlo, al menos para mí. Y no es peloteo. Espero que andes mejorcillo de tus males. Besos.