viernes, 3 de agosto de 2012

Y tú convertiste...


                                                                   Fuente: info-costablanca

Todos en mi familia eran hermosos. En principio, desde los abuelos, generación que yo había conocido y que supongo habría heredado la raza. Altos, esbeltos, guapos de cara, pero sobre todo, sanos. ¿Dónde estaba escondido pues, el gen miserable? ¡Si, ese que hizo que ya naciera yo zopo de una mano y corcovado de espalda! ¡Quien lo sabe!, pero esa era la dura realidad.

Aprendí de bien pequeño lo que es la mofa y el escarnio, pero sobre todo, el valor de la amistad. Una cosa más aprendí; si no te respetan por tu físico, al menos que lo hagan por tus cualidades. Y me dediqué con ahínco al estudio de las humanidades en la creencia de que así comprendería al mundo, y él a mí.

Ya en la infancia tuve un valedor capaz de dar por mí, lo que no estaba escrito, y siempre sin pedir esa correspondencia que paga con igualdad, afectos o beneficios. Lucio se llamaba, y tenía solamente un año más que yo; mi amigo, mi único amigo. De alguna pelea me libró, más, burlas, escupitajos y collejas, no éramos capaces de evitarlas todas.

Con el devenir de los tiempos, mi chepa se agrandó de modo tal, que Cuasimodo la hubiera envidiado, y mi mano izquierda estaba tan doblada hacia adentro, que la hacía prácticamente inútil. No obstante, cuando contaba más o menos quince años, empecé a tener relaciones con las chicas, interesadas, no sé, si por saber si había alguna otra deformidad oculta, o por el morbo que les causaba. Sea lo que fuere, la que buscaba guerra la tenía, y pronto, de aquél Juanillo piadoso con que me conocían, se olvidaron; comenzaron a llamarme Donjuán.
Eran aquellos amores chabacanos, pues aunque producían placer momentáneo, dejaban un borrón indeleble en mi alma hasta el punto en que opté por negar favores a damiselas concupiscentes, y digo esto de manera fina, por no decir verriondas.

Suele suceder en esto del amor, que aquella o aquél por quien se suspira, no te hace el menor caso. Es más, si añadimos una mano tullida y una joroba, seguro que el efecto producido será, en el mejor de los casos, de repulsión. Este pensamiento me acoquinaba de tal forma, que solamente me permitía admirar a aquella joven, desde lejos. Sin acercarme siquiera, sin osar hablarla. Recordé los versos del poeta:

En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz ni guía                             
si no la que en el corazón ardía.

Decidí un día copiar el estilo de Cyrano, y, aunque no puse de por medio a ningún Cristián, mandé una misiva anónima a mi Roxana.
"Nadie pasa sed al lado de un pozo. Yo seré tu pozo, el que alivie tu sed de amor. En el que puedas hundir profundo la raíz de tus sentimientos. El pozo que ahogue tus posibles penas."

Pude observar como nacía en ti la intriga. Cómo con el papel en la mano, leyendo y releyendo, inquirías donde se ocultaba tu enamorado. Sin embargo, ni siquiera en mí te fijabas. Cambié aquellos versos del poeta y te envié otra nota en la esperanza de que nuestros ojos se cruzaran.

También con la mirada besar pueden
los ojos que del alma hablan
más ansío tus labios rojos
que la invisible atmósfera abrasan.

Lucio, al tanto de mis cuitas, intervino sin yo saberlo; "quizá lo que buscas esté más cerca de lo que piensas" -le dijo un día. Y ella comprendió, que viniendo de quien venían aquellas palabras, solamente de una persona podía tratarse.
Todo empezó con un - hola, que tal, ¿me recuerdas? soy Nuria. Desde secundaria que no hablábamos.

Y tú convertiste el pozo que yo era, en nuestro verde oasis, vergel donde la palmera es la reina.

3 comentarios:

Marta C. dijo...

Alfredo, primer cuentín romántico que te leo y con final feliz. De vez en cuando ponerse tierno y sensible nos dulcifica el carácter. No lo digo por ti que eres la ternura personificada. Muchos besos.

Alfredo dijo...

Marta.
Oye, alguno tengo por ahí atrás.
En cuanto a lo de tierno... en casa dicen que soy un cardo borriquero.
Salu2.

Alfredo dijo...

Repasando algunas cosas, he visto que este cuento solamente tiene un comentario, sin embargo las visitas han sido bastantes. Me ha llamado la atención, que nadie pusiera el grito en el cielo por atreverme a cambiar la estrofa en el verso de Becquer:

Sabe si alguna vez tus labios rojos
quema invisible atmósfera abrasada,
que el alma que hablar puede con los ojos
también puede besar con la mirada.

La estrofa primera, corresponde a un verso de San Juan de la Cruz y que yo he utilizado a mi conveniencia.
Salu2.